Yo, que mido casi dos metros, piso una manguera al comienzo de la inducción y caigo de bruces entre una nube de arena dorada y humo negro. Los bomberos ríen a carcajadas, mientras yo me levanto sacudiéndome los pantalones. No he cumplido la primera hora allí y ya me he llevado por delante la sagrada máxima de que entre bomberos no nos pisamos las mangueras y de paso he aprendido la primera gran lección: ¡vaya vidita la de un bombero! Comenzando con lo más elemental, la prenda superior del traje antifuego, un chaquetón amarillo de tres capas ignífugas, confeccionado en tejido molecular de Nomex, bajo el cual ardo en llamas con sólo probármelo y cuya última capa queda ensopada en sudor tan pronto logro quitármelo; o el pantalón el cual hay que saber ponerse en cuatro segundos en agobiante simultaneidad con las botas de caucho; o el famoso casco, el cual termina pesándome tanto que me zarandea la cabeza como a un robot con cuello de resorte; o el tanque de aire comprimido, que pesa cuatro libras y acaba siendo como un cadáver a las espaldas; todo eso sin haber ingresado todavía a un incendio de calores extremos, de llamas traicioneras, de humaredas oscuras y trágicas que hacen colapsar pulmones y hasta pueden suscitar alucinaciones en medio del apremio, quizá en el último piso de un edificio, sobre una tembleque escalera telescópica.

Pero el incendio es lo de menos: pronto me entero de que el fuego constituye apenas un fragmento de la misión bomberil, que al menos acá, en la sede central del Cuerpo de Bomberos de Barranquilla, incluye también atrapar una boa en una casa de familia, rescatar a las víctimas de un accidente automovilístico, sacar ahogados del río y del mar, forzarle la puerta a una señora que dejó la llave encerrada, neutralizar a un suicida, llevar agua a un pueblo sin acueducto, bajar un gato de un árbol, asistir a una parturienta, colaborar con los efectos especiales en las películas del naciente cine barranquillero, atrapar a un perro con mal de rabia, atrapar a un mico con mal de rabia, colgar pasacalles de la Selección Colombia, bajar pasacalles que violan el Código Urbanístico, decomisar mangueras de ciudadanos que estén despilfarrando agua, escoltar reinas y deportistas victoriosos por las vías principales, apoyar a la policía en los desalojos de barrios de invasión, apagar basureros, casas, fuegos forestales, solares, oficinas, y todo lo que se queme en Barranquilla y poblaciones circunvecinas; y la más exótica de todas las proezas en esta ciudad caribeña: atravesar una máquina de veinte toneladas en uno de los peligrosos arroyos de Barranquilla e intentar salvar al cristiano que marcha raudo hacia un festín de escualos en Bocas de Ceniza. ¿Con cuál de éstos destinos me iré a tropezar a lo largo de veinticuatro horas, yo, el torpe bombero de dos metros que de entrada pisó la manguera y al que de allí en adelante llamarán con pícara risilla ‘el bombero McCausland‘?

Tú, ‘Medio polvo‘, perro callejero de ojos vivaces, eres el símbolo de todo lo que encarna ‘La Loma‘, la segunda estación de Barranquilla, la menos favorecida, la hija de menos madre de las dos que sirven a una ciudad de dos millones y pico de habitantes. Ya me han contado tu historia, la noche oscura en que apareciste bajo rayos y centellas en medio de un padre aguacero y estos hombres tan valientes no tuvieron agallas para devolverte a la intemperie. Y allí has estado, con tus ladridos inquietos, a veces tu rabo entre las piernas, en los hitos históricos de la pequeña estación: la madrugada en que una adolescente del paupérrimo barrio vecino parió sobre las mangueras recogidas de la máquina número veintidós; o aquella noche húmeda en que una banda de truhanes se metió a la estación con una treinta y ocho gruesa y niquelada y amarró a los bomberos para cubrir un atraco en una de las fábricas de la zona; o la madrugada en que un anciano decrépito rompió el silencio con un tango a pleno pulmón y los bomberos, ellos tan generosos, le adjudicaron el remoquete de ‘Gardel‘ y también le permitieron quedarse a vivir allí para siempre. Hete ahí, inquieto ‘Medio polvo‘, negro como la noche en que llegaste, al pie de los cinco hombres trasnochados que se aglutinan alrededor de un televisor a la espera de la acción que en cualquier parada del segundero puede irrumpir, en esa vida de doble ritmo que es la del bombero: horas y horas mirando lejos para luego tener que salvar a un alma en apuros en cuestión de segundos; hete ahí, chandoso azabache, indiferente ante una película de la televisión abierta, que luego dará paso a un DVD pirata que bien puede ser de Van Damme, o quizá del completo arsenal de cine porno que uno de tus amos ha llevado esa noche, o tal vez esa película que te hace gruñir y que a ellos tanto les gusta ver: En la línea de fuego, Backdraft, bomberos gringos rubios y musculosos, con resplandecientes uniformes y adminículos de última generación, perros entrenados y elegantes, no como tú, ‘Medio polvo‘, en esa estación cavernosa de colchones deshilachados, duchas goteantes, inodoros incompletos, claraboyas que dejan pasar la luz sepia del poste exterior, instalaciones eléctricas con los cables pelados, rodeada además de un bosquecillo sombrío donde pulula el forajido y pasan lánguidos los caballos flacos robados con rumbo al matadero clandestino de la calle diecisiete. Tú, ‘Medio polvo‘, lo más parecido a un perro bombero en este desvencijado sistema provinciano y que recibiste tu flamante nombre porque en una de esas noches monótonas a un bombero se le ocurrió la idea de trocarte por una revolcada en los colchones ripiados y pelados. Sólo que aquella mujerzuela no te quiso aceptar por pago. "¿Y yo qué voy a hacer con ese perro?", dijo altanera.

Él, Sergio Mendoza, bombero con doce años de experiencia, pasa las jornadas dibujando en la estación principal ‘Once de noviembre‘, mientras casi todos sus compañeros duermen. El silencio de la noche, ya avanzada, solo se altera con las baladas tristes, obstinadas, que brotan de la guitarra del bombero Julio Olmos, quien está empeñado en aprender, y rasga con empeño la balada Llorona mediante el método empírico del que no se resigna solamente a cargar mangueras. Mendoza, el dibujante de la noche, saca de su vetusto portafolio de cartón un retrato viejo y lo exhibe con orgullo. Allí está un hombre de ojos penetrantes que se las arregla para mirar con convicción desde lo más profundo de aquel carboncillo elemental. Aunque fue pintado con la camiseta del equipo de fútbol de la estación, esa mirada de fuego lo revela como hombre de llamas. Se llama Yesid Jiménez y a pesar de que los hechos ocurrieron hace apenas cinco años, en el mediodía aciago del treinta de mayo del noventa y nueve, ya ha traspasado el umbral en que los bravos se vuelven leyenda. Yesid estaba de turno ese día cuando entró la llamada: un humilde jardinero que podaba ramas en la copa de un árbol acababa de pegarle un machetazo a un cable de alta tensión, recibiendo una descarga de trece mil voltios. Cuando Yesid y sus compañeros llegaron, observaron desde abajo que el cuerpo estaba rígido, pero en un instante lo vieron moverse. Convencidos de que ya la compañía eléctrica de la época había abierto el circuito y de que el hombre estaba vivo, Yesid y sus compañeros se lanzaron al rescate.

Cuando el experimentado bombero tocó el cuerpo, ante las cámaras de televisión que ya habían hecho su arribo, y una multitud de horrorizados curiosos, se produjo el chisporreteo
fatal que luego le daría la vuelta al mundo, como imagen sensación del género snuff. Yesid y su compañero Lorenzo Rueda murieron de inmediato electrocutados, mientras otro bombero, Luis de la Cruz, cayó del árbol, astillándose el pubis. Pronto se conocerían los eslabones corroídos de esa cadena de pequeños infortunios que se requiere para que la fatalidad actúe a lo grande: la empresa eléctrica no había abierto el circuito; los bomberos habían ascendido sin el equipo necesario y cuando lo hicieron ya el podador llevaba varios minutos muerto, y si se movió fue por un efecto latente de su asesina, la electricidad. Es decir, como lo afirma con melancolía el teniente César Fonseca, "el muerto los mató". Hoy ya reintegrado a sus funciones, el sobreviviente De la Cruz tiene dos clavos ortopédicos en la cadera y se mueve con dificultad. Los difuntos Yesid y Lorenzo son como nobles fantasmas, acaso mártires, criaturas omnipresentes que les recuerdan a ellos cuán eficiente es la ronda de la muerte. Mientras vuelve a contemplar el retrato inconcluso, trémulo de emoción y de memorias, el bombero pintor, Mendoza, no olvida que apenas una semana atrás, en una de esas llamaditas casuales de cualquier momento, ingresó a apagar un pequeño incendio en un apartamento del barrio El Silencio y un mueble, electrificado por efecto de las llamas, lo mandó al piso como una maldita trompada de Pambelé.

Ella, la candela, está en boca de los bomberos como el hacha en la retina del condenado a decapitación. Se refieren a ella no como calórico y luz producidos por la combustión de ciertos cuerpos, sino como a una dama peligrosa, esa que, al decir del guitarrista Olmos, "no tiene ojos pero ve, no tiene manos pero abraza". Todos la conocen en carne propia, saben de sus mañas sigilosas y traicioneras, cual bestia lista que espera el descuido para prodigar su mordisco lacerante, a veces hipnotizándolos con sus refulgentes encantos. Cada cual tiene una huella que exhibir. El bombero Johnny Orozco me muestra una sanguijuela de piel reseca que porta sin orgullo en el antebrazo derecho. La adquirió durante el incendio de un vehículo al que ya consideraba apagado. Luego del quemón, le aplicó saliva a la llaga para aplacar el ardor y fue tal la infección que "durante dos semanas no le pude hacer el amor a mi mujer". William Mayo, el más negro de los bomberos, hombre de sonrisa reluciente y franca, muestra su pierna blancuzca, quemada después del incendio en la Central de Abastos del Caribe. Mayo ingresó cuando ya el fuego parecía controlado, pisó entre unos escombros y se encontró con las llamas subyacentes que lo quemaron hasta la rodilla. Aun así, con todo y que bajo esos raídos uniformes del diario se alojan cicatrices grandes y pequeñas, tragedias de todas las dimensiones, hay quienes anhelan la candela. Edwin Pacheco, un experimentado bombero de ojos amarillos como si un par de llamas se le hubieran quedado allí prendidas para siempre, con su verba impetuosa me cuenta que algunos esperan con ansiedad el momento de enfrentarla a ella, a esta mujerzuela que bien puede devorarte y escupirte en un santiamén. "Hay colegas que están enfermos y cuando van a apagar un incendio se curan", me cuenta Edwin. Hay otros que llegan a su casa diciendo: "Hoy tuvimos un buen incendio". Pero ‘ella‘ -anota- no es amiga de nadie. "Bombero que pide candela no es buen bombero", sentencia Edwin.

Nosotros, incluido el tal bombero McCausland, ahora somos amigos. No sabemos ni cuántas horas hemos pasado entre relatos épicos y la entonación sistemática de la tal Llorona que ya está a punto de arrancarnos lágrimas. Hemos cometido el pecado venial de relajarnos en la quietud de una noche sin acción cuando de repente suena la impredecible sirena de las emergencias, que nos lleva a alistarnos para salir a toda prisa. No puedo afirmar que ‘nos lanzamos‘, así con esa descarada primera persona plural, a través de los famosos tubos de bajada, porque yo he optado por las escaleras, luego de conocer la historia tragicómica de un viejecito, bombero voluntario, que llevó a su nieto para que lo viera deslizarse por el tal tubo y terminó con varios huesos de las piernas reventados, aunque tuvo el mérito de caer parado, así no haya vuelto a caminar jamás. Cuando llego al punto crítico, la parte trasera del rugiente camión de bomberos, ya los compañeros están encaramados y listos, mientras yo no he tenido serenidad ni para ponerme el juego de botas y pantalón. Me toca entonces engancharme el chaquetón y el casco a toda prisa y colgarme del carro en movimiento. Salimos a la noche sin estrellas, a la brisa que a esa hora sopla seca desde el cercano Caribe. Aún no es la medianoche, y la vía pública está atiborrada de carros y de gente, en medio de un trajinado viernes currambero. La máquina de bomberos, sus balizas invadiendo de rojos destellos la noche naranja, su sirena reventando la estridencia de la salsa callejera, rueda triunfal e imponente, y sobre ella nosotros, quizá héroes en potencia, quizá calamidades humanas a cien kilómetros por hora.

Somos cuatro sombras; cuatro almas ansiosas que marchan hacia lo desconocido, sus corazones como impetuosos tambores, hacia el rumbo incierto de toda misión, donde bien puede aguardar la fatalidad o el aguado desenlace de una falsa alarma. Ya me han contado, a lo largo de aquella jornada, de la imprudencia de los choferes colombianos. Ya el bombero Carlos Cárdenas, un bogotano que lleva veinte años en Barranquilla y sin embargo no ha perdido su acento, nos hizo un pormenorizado relato de su drama, aquel sábado de Carnaval en que conducía la máquina con rumbo a una emergencia y se le atravesó un Hiunday cubierto de maizena, que lo golpeó por detrás y le reventó el tanque de doscientos cincuenta galones de agua; también conocimos la historia legendaria del veterano maquinista que murió al chocar de frente contra un bus; y hemos escuchado también el relato preocupado del veterano Javier Cabrera, que una vez se chocó con una buseta cuyo chofer venía escuchando salsa con audífonos. Cabrera nos hizo una descripción de cómo le toca zigzaguear por las calles de Barranquilla, a pesar de que acá les han clausurado a los camiones nuevos las sirenas modernas electrónicas, y les han instalado las de los más viejos, sirenas electromecánicas de monstruoso ulular. Al describirnos con su mano derecha la manera como le toca gambetear a través del tráfico rebelde, Cabrera remata con una frase corta: "¡Ni Maradona, pues!". Y en efecto, cruzando la calle setenta y dos, se nos atraviesa sin contemplaciones un bus de reparto. El carro de bomberos frena en seco, un chirrido que alcanza a confundirse con la sirena. Casi me voy de bruces contra la barra de sujeción. Luego, sin tiempo siquiera para un madrazo contra el infractor, me aferro a la barra y mis pies, mal equipados con mocasines de cuero, quedan colgando. Uno de mis compañeros entonces me enseña: "con una mano agarras la barra de abajo hacia arriba; con la otra de arriba hacia abajo; de esa manera, si frena no te vas pa‘lante, y si arranca no te vas pa‘trás". Dejamos la vía principal y nos desplazamos entre un apagado vecindario, rumbo a la Vía Cuarenta, la zona industrial de la ciudad, allí donde han ocurrido algunos de los peores incendios en la historia de Barranquilla.

Entrevemos en las ventanas ojos fisgones que se asoman para ver pasar aquel intruso monstruoso. El olor del fuego es cada vez más evidente. Entre la calma chicha de ese tramo final, la ansiedad que crece, alcanzo a fijarme en mis compañeros. Entre los cascos y la máscara transparente logro identificarlos: allí están Julio Olmos, el guitarrista; Sergio Mendoza, el pintor. Sólo que ya no somos alborozados contertulios de las horas por matar. Ahora somos los silenciosos bomberos que marchamos raudos hacia la incertidumbre, sin saber que unas cuadras después, ya en la Vía Cuarenta, nos enteraremos de que el humo proviene de un intrascendente incendio forestal al otro lado del río. Como una quinceañera juguetona, la fatalidad bromeará con nosotros, dejándonos plantados, toda esa adrenalina contenida.

Ustedes, bomberos provincianos de Colombia, son criaturas sin redención que han acumulado en su larga vida de servicio más hijueputazos y abucheos que palabras de gratitud, las frases habituales del instante en que arriban a un incendio: "¡Nojoda, casi no llegan!". Ya ustedes se han resignado a esperar lo peor de la gente, la misma gente que llama todo el día al número de los bomberos, ese ciento diecinueve tan fácil de aprender, a prodigarles insultos: el mocoso que se limita a un ‘hijueputa‘ gritado a todo pulmón, y por varias veces; o la mujer que llama con una frase que ojalá al menos fuera verdad: "¡Ven a apagarme el coño que lo tengo caliente!". Uno de ustedes, el teniente César Fonseca, un hombre macizo y apuesto que tiene la misma sonrisa del actor Ben Gazzara, me cuenta que alguna vez le dijo a uno de los niños que llamó a insultar: "¡Te acabas de ganar una bicicleta! Pásame a tu mamá para tomarle los datos". Cuenta el Teniente que en el mismo teléfono escuchó complacido los alaridos del menor mientras su madre le daba una azotaina. Ya hoy con el identificador de llamadas, tales argucias no son necesarias, y las palizas han aumentado, aunque la gente se las arregla para llamar desde teléfonos públicos no identificables. Es decir, mis queridos amigos de veinticuatro horas, ustedes siempre llevan las de perder: arriesgan su vida dos veces al día y les corren la mama cada diez minutos. Claro que en las memorias de ustedes hay excepciones: en una mañana del noviembre pasado, los bomberos Humberto Mejía y Carlos Vergara, bajo el mando del teniente Carlos Díaz Bornacelli, acudieron al edificio de los juzgados de Barranquilla, el ‘Rodrigo Lara Bonilla‘, porque un joven universitario se aprestaba a poner fin al suplicio de un mal semestre académico, lanzándose al vacío. Para la operación no hubo treta psicológica alguna de película de Hollywood. El método fue indígena y simple. Mejía le endulzó el oído derecho a aquel proyecto de suicida, mientras Vergara se le vino por la izquierda, lo agarró como a un pavo de nochebuena y lo puso en sitio seguro. Un mes después, el alcalde de Barranquilla le imponía al trío la medalla al valor.

Blas Carmona, un bombero que robándole horas a las llamas fue capaz de terminar la carrera de derecho, logró sacar el año pasado de las aguas del impetuoso arroyo del Country a un auxiliar de bus que ya olía a alimento de tiburones. A los pocos días Carmona y sus compañeros constataron emocionados que el salvado de las aguas llegaba a la estación en silla de ruedas, empujado por su madre, y les daba la mano a cada uno en genuino acto de gratitud. Pero, ustedes lo saben, son excepciones. La norma es: "¡Yo pensé que ya no venían!"; o el concejal que les armó un debate a gritos en plena sesión porque supuestamente llegaron tarde a un fuego de cocina; o el escuchado periodista radial que les dijo al aire hasta de qué se iban a morir porque no llegaron en segundos a un solar encendido. Ustedes, con todo y que les toca vivir instantes como ese que vivirán, con el bombero McCausland a bordo, saben muy bien que en el mundo de los incendios apagados y de las vidas salvadas reina la ingratitud.

Ellos, habiendo atravesado la noche con una sola alarma, y falsa, han comenzado a disponer todo para el regreso al hogar; para el instante de luz en que traspasarán el umbral íntimo de una casa sencilla, en un humilde barrio de Barranquilla, y una mujer hará una fiesta silenciosa porque esta vez tampoco golpeó el infortunio. La mayoría de los bomberos ha dormido bien. Ahora que el sol inicia su ascenso entre un par de nubes perdidas, se larga un sábado de buenos augurios, sancochito al mediodía, cervecita y dominó por la tarde, Héctor Lavoe por la noche, promesas que se advierten en la diligencia de los bomberos para las faenas finales. El motorista lava con esmero el
camión, una norma estricta que ha impuesto el actual Comandante, capitán José Ballesteros, para que la máquina no corra la misma suerte de otras dieciocho que hoy son chatarra. Aún falta un par de horas, tiempo suficiente para trapear el piso con calma matinal, o para tomarse una taza de café cerrero, mientras las noticias de Radio Caracol brotan desde un radio ronco.
Entonces suena la alarma.

Se alistan y se trepan al camión, obsecuentes y silenciosos, sin atreverse a suponer qué pudo haber roto aquella plácida y soleada mañana de sábado. Entre el tráfico diurno el andar resulta más complicado aún, pero allá van los bomberos, ululando ante esos rostros estáticos, alelados, curiosos, que los contemplan desde la ciudad, rumbo al llamado de un accidente de automóvil en el cruce de dos de las principales vías, la Circunvalar y la cuarenta y seis. Un Renault Cuatro de color verde ha sufrido el estallido de una llanta, se ha volteado y se está incendiando. Basta una manguera corta con la cual ellos apagan pronto el carro en llamas. El bombero Diego Estrada se asoma, casi convencido, como lo están también sus compañeros, de que allí adentro no puede haber nadie. Pero el destino de una jornada bomberil no es así de sencillo. En el interior del Renault calcinado está el cadáver de Claudia Patricia Solano, un ama de casa de treinta años, profesora de arte y de música. Su marido, que iba conduciendo logró sacar a su pequeño hijo de cuatro años, pero a ella se le atascó el cinturón de seguridad y no alcanzó a salir. Las llamas, el fuego que no es amigo de nadie, la calcinaron. Llega la policía, la fiscal de turno, el carro de la funeraria y todas las criaturas de una escena trágica colombiana. Luego la fiscal les ordena a los bomberos que volteen el carro. Ellos me convidan a que los ayude. Les digo que no. Ya esto hace tiempo que dejó de ser un juego. El vehículo de bomberos emprende un melancólico retorno sin sirenas ni balizas. Ya nadie se ríe cuando, en el cambio de guardia, llaman a lista al bombero McCausland. Cunde la pesadumbre en un fin de jornada donde la ruleta de la vida jugó en contra. Como bien lo anota el Oficial entrante, teniente Jorge Castaño, no siempre Dios es bombero voluntario.

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