Nací en Cucunubá, un pueblo ubicado en el Valle de Ubaté que siempre se ha caracterizado por ser una tierra de tejedores de lana. Mis primeras letras las hice en la escuela pública del pueblo con el apoyo de mi madre, que era maestra de profesión. Siempre tuvimos una vida austera y con el apoyo de mis hermanos mayores que vivían en Bogotá estudié en el Salesiano León Trece, en donde se estilaba un internado riguroso.

Cuando me gradué de bachiller decidí ser abogado y estudiar en una de las mejores universidades del país: el Colegio Mayor del Rosario, no en vano personas muy prestigiosas de mi pueblo estudiaron allí y fueron grandes juristas. Mis hermanos se opusieron, uno de ellos que tenía contactos con la Universidad de Chile, quería que estudiara Química, pero yo a duras penas pasaba esa materia en el colegio. El otro me sugirió estudiar en la Nacional, que era prácticamente gratis, pero yo me decidí por el Rosario. Ante esto, uno de mis hermanos mayores que me estaba dando la mano en Bogotá desaprobó esa iniciativa, me quitó su apoyo y tuve que buscar la manera de sobrevivir por mi cuenta. Ahí encontré una circunstancia muy afortunada: una amiga mía, Elvirita, era la secretaria del ministro de Agricultura, Pedro Castro Monsalvo, y ella le pidió que me diera un puesto que me permitiera estudiar. El ministro me hizo llamar y me dijo que mirara la nómina del ministerio para que eligiera el puesto que me sirviera. Yo tenía que estudiar de día y lo único que me servía era el puesto de celador nocturno del edificio del ministerio, en la carrera 14 con calle 19. Tenía 18 años.

Acepté de inmediato, tenía la decisión de trabajar como fuera y en lo que fuera para poder pagar mi universidad y sostenerme. Mi trabajo no era tan complicado tenía dos turnos: de 6:00 de la tarde a 12:00 de la noche o de 12:00 de la noche a las 6:00 de la mañana. Cuando entraba a las 6:00 contaba con la compañía de Elvirita y otras amigas que me hacían visita con gaseosa y sándwiches, luego, como a las 8:00 de la noche, me quedaba solo y me dedicaba a leer y estudiar. Esto, sin duda, fue un plus para adelantar mis estudios y ser un excelente estudiante. A diferencia de mis compañeros, yo tenía toda la noche para devorarme los textos de derecho romano.

El turno duro era el que terminaba a las 6:00 de la mañana. Me tocaba correr, llegar a mi casa, pegarme un baño e irme para la universidad a clase de 7:00. Al filo del mediodía el cansancio me pasaba factura y sentía mucho sueño.

En mi trabajo como vigilante no me tocó usar uniforme ni me dieron un arma. El edificio del Ministerio de Agricultura era muy seguro y quedaba sellado por un portón gigante, nunca me pasó ningún susto y en medio del silencio de la noche, armado con un buen termo con tinto, me entregaba al estudio. Mi salario mensual era de aproximadamente 20 pesos, el semestre en la universidad costaba 25 pesos, así que me quedaba dinero para ahorrar y vivir modestamente sin que me faltara nada.

Trabajé como celador menos de un año porque un día el rector de la universidad me llamó y me dijo que ante mi buen desempeño me había ganado una beca completa de estudios, de ahí en adelante todo fue más fácil.

Mi vida dependió de la Universidad del Rosario, estudié y trabajé allí, fui lo que en esa época llamaban pasante, que era el estudiante que vigilaba a los otros estudiantes. Luego fui prefecto en la sección de bachillerato y secretario de la Universidad. Así me pude graduar de abogado.

Tras ocupar varios cargos, Fernando Mazuera Villegas, que fue alcalde de Bogotá, me llamó para trabajar con él en su compañía urbanizadora. Entré como gerente fundador de Mazuera y compañía con tan solo 25 años.

En 1968, di el grito de independencia y creé Pedro Gómez y Compañía, una empresa que cumplió 40 años y que ha innovado en materia urbanística con ideas diferentes a las tradicionales como los conjuntos residenciales cerrados con todas las comodidades, incluso en sectores populares, y los centros comerciales para hacer una ciudad más amable. De igual forma tenemos la Fundación Compartir, que construye viviendas de interés social y promueve el Premio Compartir al Maestro.

Para mí, la clave para salir adelante es tener las ideas claras sobre lo que se quiere y trabajar con perseverancia y tesón. La vida me ha enseñado que como empresario o celador uno debe servir a la comunidad.

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