En menos de cinco minutos ya me sentía con dolor de cabeza y de garganta, y con la fiebre a punto de venir. Mi cantaleta por descartar mi enfermedad era irremediable, hasta que llegaba el doctor y repetía: "No joda, que la varicela no repite".

Eso es ser hipocondríaco. Aún no leo el Quijote pero tengo como seis versiones del célebre Vademécum, que ya salió digital. Vivo intranquilo porque el pulso se me está acelerando, siento los ganglios inflamados, porque se me va a pegar la gripa o porque la orina no mantiene un color normal. Una vez alcancé a pensar que tenía linfagiomiomatosis, una enfermedad que se manifiesta con una leve fatiga y que con el tiempo se convierte en neumotórax y hace que los pulmones se revienten. Me sentí aliviado (en todos los sentidos) al enterarme de que solo aparece en mujeres jóvenes, usualmente después del embarazo y que solo se habían registrado 300 casos en el mundo.

Sé que debo estar generando pérdidas a mi EPS: yo le saco el jugo a mi cuota moderadora y al pago mensual, que no supera los 200.000 pesos por visitas ilimitadas al médico. Ya para este mes he programado un tratamiento dental y estoy por pedir cita para descartar la hipertensión (porque se hereda y mi papá la tiene). Tengo pendiente una radiografía de cadera, que la siento desajustada, y estoy en mora de hacerme los exámenes de sangre.

Hubo una época en la que iba al médico dos veces por semana y aunque hoy la diferencia es abismal (solo dos veces al mes) es seguro que varias de mis enfermedades actuales, las reales, son producto del poder de mi mente. A mis 26 años ya tengo gastritis, sinusitis, esofaguitis, helicobacter pylori y unas 20 más itis. No hay día que salga sin mi dispensador de píldoras.

Es ridículo, pero nadie como yo les pone cuidado a las secciones de los noticieros en las que hacen recomendaciones del estilo de "comer zanahoria reduce las probabilidades de contraer enfermedades respiratorias". Ahí llega el popurrí de recetas de zanahoria durante varias semanas, hasta que la reemplazan la papaya o la fresa. Una vez me dijeron que las relaciones sexuales reducían el riesgo de cáncer de próstata, y yo sin novia…

El punto crítico fue entre los 9 y los 17 años. Cuando llegaron con el tema de las enfermedades sexuales al colegio, recuerdo el mito de que en los teléfonos públicos ponían agujas untadas de sangre con sida. Yo pensaba que ya me había pinchado y que estaba contagiado. Con eso, a los 19 años ya me había hecho 3 ó 4 pruebas de sida.

Para colmo, cuando vivía con mi familia en Sincelejo mi madre era dueña de una droguería. Y, como era de esperarse, yo era a la vez el vendedor más exitoso y el mejor cliente. No había medicamentos que no supiera qué contenían y para qué eran. Porque, en efecto, uno de los problemas graves de ser hipocondríaco es que, para no perder tiempo yendo al médico, uno se la pasa automedicándose. Y lo peor es que los medicamentos que yo consumo, como buen hipocondríaco, no necesitan fórmula.

Después de todo este tiempo, me di cuenta que tenía que tranquilizarme con el tema. Así lo he hecho, aunque todavía en algún hospital me reciban en urgencias con un cálido "don Juan Abel... ¡Grata visita la suya!".

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