Si una mujer está en esos días, nadie lo nota. Pero si un hombre acaba de afeitarse lo más seguro es que todos lo compadezcan porque tiene la cara roja en el mejor de los casos y en el peor, un pedazo de curita hecha con cinta microporo para tapar un pequeña rebanada de piel. A nosotros nos toca todas las semanas del mes y no está oculta como les sucede a ustedes sino que se hace obvia en forma de horribles vellos en el sitio más vistoso del cuerpo. Claro, ustedes pueden decir que las piernas son más extensas y que hacerse el bikini está siendo estudiado por el Comité Olímpico Internacional porque en algunos lugares del mundo el cuquicure es casi un deporte extremo pero, si alguna se descuida depilándose, pues la medalla de bronce queda reservada para el entrenador de ese tesorito. Además, queridas mujeres, a ustedes esa vaina se les pasa como a los cuarenta y cinco años mientras que a nosotros nos van a seguir creciendo pelos hasta en las orejas y según los entendidos, hasta tres meses después de haber muerto. Así que literalmente, nos toca ponerle la cara al tema y cuando las cosas no salen bien, es decir casi siempre, uno sale de la casa, se mete al ascensor y en el espejo se da cuenta de que tiene una isla de cerdas que lograron esquivar la cuchilla mañanera y que nos hace ver el cachete como un pedazo de chicharrón cocho.

Porque para lograr la perfección de esos tipos que salen bien afeitados en los comerciales de televisión, uno necesita estar en el patio de una casa en Guanajuato, sin camisa, con cuchilla de barbería, platón metálico lleno de agua caliente, crema para afeitar seca en cajita de madera, brocha, espejo colgado en un árbol y una ranchera de fondo.

Este calvario empieza entre los doce y los catorce años con una tierna pelusa que poco a poco se empieza a poner tan negra como los comentarios ofensivos de los amigos de uno para que se empiece a afeitar. Uno se va adentrando en un oficio para el que nunca está ni estará preparado porque en estos quehaceres no se cumple eso de que la práctica hace al maestro. Por el contrario, mientras más años lleve uno haciéndolo le coge más pereza y, por eso, cada vez lo hace peor y sin que le importe mucho. Empezar a afeitarse, a fumar, y sobre todo a autocomplacerse son padre, hijo y espíritu santo de comportamientos que a uno lo empiezan a hacerse sentir varoncito. El problema es que nadie nos advierte que una vez iniciado pasarán los años y estos tres pecados lo acompañarán a uno hasta la muerte.

Casi todos los hombres latinos quisiéramos cambiar el bozo por barba Bosé pero hasta en eso somos subdesarrollados. Los pelos de la cara nos crecen de una manera tan desordenada, tan atrasada y tan pobre que en menos de dos semanas naufraga cualquier intento por lograr el look Robinson Crusoe. Y aquellos que traspasan la barrera del oso peludo y llegan a tener barba, tienen que lidiar con una rasquiña permanente que se le cambia de sitio cada media hora y con una que otra morona de galleta de soda que adornará su mentón como árbol navideño. Obviamente, dentro de ese subdesarrollo capilar no falta el pelo de izquierda que se niega a crecer como lo hacen los demás. Se arma de una punta afilada y moviliza de manera subversiva hacia la piel. Ese es el pelo enquistado al que toca hacerle Operación Jaque a punta de uña, llave de carro o depilador de cejas, antes de que se encone.

Afeitarse es como casarse. Uno no quiere pero al final, le toca. Si uno se va a afeitar, tiene que levantarse más temprano. Por eso, cuando uno abre el ojo y se acuerda de que ese día tiene que afeitarse, la idea da vueltas por la cabeza y actúa como una esposa cansona que abre las cortinas para que uno se levante ya mismo haciendo que se sacrifiquen esos cinco deliciosos minuticos que se disfrutan entre la cama después de que suena el despertador.

Pero el asunto es que absolutamente todos los hombres del planeta nos afeitamos por culpa de las mujeres. Sabemos perfectamente que con pelos en la cara nos vemos inmundos y que a ustedes les pican nuestros besos peludos. Así que, mientras existan humanos la magnitud seguirá siendo inversamente proporcional: mientras más zonas peludas tengan ellos para fastidiar, serán menos las zonas peludas que permitirán ellas disfrutar.

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