La historia de estos cien días comienza mucho antes. Soy economista, en 2008 y a mis 32 años tenía un carro, lideraba mi propia empresa y vivía con mi familia. Antes había pasado un año en España, donde estudié una especialización en Mercadeo en la Escuela de Alta Administración y Dirección (EADA) de Barcelona y apenas volví terminé una relación de seis años con mi novio, con el que pensé algún día tener una familia. Me centré solo en lo laboral y me convertí en la jefe administrativa de una empresa de hilos, pero un día me dije “no más”, dejé el trabajo y fue entonces cuando me salió la oportunidad de unirme a las Obras Misionales Pontificias (OMP), un voluntariado de un año en el que dediqué a llevar la palabra de Dios a las zonas más apartadas de Colombia sin recibir a cambio sueldo alguno. Ese fue mi gran paso para seguir el camino religioso.

Cien días puede parecer mucho tiempo, pero no lo es cuando la decisión es servir el resto de la vida a Dios. De hecho, mis primeros cien días en el Prenoviciado Miguel Ángel Builes de las hermanas teresitas, ubicado en una casa del barrio Ciudad Jardín, en el sur de Bogotá, es apenas una pequeña prueba de lo que me espera: el prenoviciado es un proceso de dos años en el que la candidata a religiosa empieza a formar su vocación, luego se convierte en novicia por otros dos años y después llega al juniorado, en el que finalmente se pone el velo y el anillo de compromiso para pertenecer a la congregación.

No fue nada fácil tomar la decisión. En el prenoviciado, lo más difícil es, sin duda, la primera semana. Pasé de dormir sola a compartir la habitación con tres personas y el baño con muchas más. En la casa éramos veinte entre prenovicias y religiosas. Me descubrí sin privacidad y tuve que entender rápido que todo se decide en grupo y no se hace lo que uno quiere, sino lo que la comunidad dispone. Así me pasó con la comida, por ejemplo, entendí que no podía abrir la nevera y tomar lo que se me antojara.

Antes vestía de sastre y me maquillaba. Los primeros tres meses me vestí de jeans y tenis, mientras llegaba el momento de ponerme mi uniforme oficial de prenovicia. Solo me traje dos mudas de ropa, dos pares de zapatos, una piyama y la ropa interior. Todo lo demás lo regalé, menos el perfume.

En la billetera no cargo plata, el día antes de llegar al prenoviciado la gasté toda. Las monedas las metí en la alcancía de mis sobrinos y solo me quedé con la cédula, el carné de la EPS y el de la pensión. La tarjeta profesional la dejé en mi casa y la tarjeta de crédito la cancelé una semana antes. Siempre le dije a la hermana Miriam, mi mentora en esta casa, que desprenderme del dinero sería lo más duro, porque no sabía cómo pedir lo que necesitaba. Se me dificultaba decir “Hermana, qué pena, se me acabaron las toallas higiénicas, ¿me puede regalar un paquete?”, me sentía mal pidiendo algo que antes solo compraba, pero también lo recibí de buena manera porque ahí sí me tocó poner en práctica el voto de pobreza.

La rutina de estos cien días fue la misma: me levantaba a las 6:00 de la mañana, y faltando 15 minutos para las 7:00 estaba lista para ir a misa. Luego desayunaba y a las 9:30 empezaba la jornada de estudio: lectura de la Biblia, trabajo de conocimiento personal y relaciones humanas, que eran las materias que debía estudiar junto con las otras tres prenovicias. Tuvimos una semana en que tomamos un curso por fuera del prenoviciado y nos transportábamos en TransMilenio; era muy bonito porque toda la gente se quedaba mirándonos y sentía que yo tenía que ser un ejemplo.

De noche, después de la comida, tipo 6:30, hacíamos un rato de recreo comunitario (ver televisión, rezar el rosario, tejer) y a las 8:00 rezábamos la oración final y de allí hasta las 9:00 aprovechaba para adelantar trabajos de clase como interpretar una lectura de la Biblia para luego exponerla, por ejemplo. A las 9:30 tocaba acostarse y empezaba la jornada de silencio riguroso, no podía musitar palabra. Lo más tarde que me podía quedar despierta era hasta las 10:00 y eso que debía pedir permiso. Fue complicado eso del silencio riguroso, porque sin tener la intención de hablar, había muchas cosas que quedaban pendientes y ese era el único momento en que podía compartirlas con mis compañeras. 

En esos cien días recibí la visita de mi familia una vez al mes, siempre un domingo. Nos sentábamos en la sala o el comedor y hablábamos de todo. Esperaba ese día con muchas ansias porque acá los celulares están prohibidos y solo recibía llamadas al teléfono del prenoviciado en caso de emergencia.

En mi casa era la hija de mami, ella era quien se encargaba de lavarme todo, pero aquí yo soy quien lo hace. Eso no es lo único, cada semana tengo un oficio diferente. Recuerdo que a los 15 días me tocó el patio y abonaba y echaba agua a las matas. Comenzaba la jornada después de misa y terminaba por la noche. Después me tocó el lavadero: estaba pendiente de guardar la ropa y planchar manteles. En la cuarta semana fueron los baños, lo que menos me gustó, pero lo hice con todo el amor posible. Solo le decía a Dios: “Señor, ayúdame a hacerlo bien y con amor”. Así seguí con las otras labores de la casa y cada día aprendía algo nuevo sobre mí, acerca de todas las cosas que era capaz de hacer y no sabía.

Hace cien días entré al prenoviciado y por fin estoy estrenando el uniforme: una falda que me tapa las rodillas, camisa manga larga, medias veladas y zapatos negros. Tengo solo dos y me los cambio cada tres días. Al principio sufrí por la falda ya que no la usaba y sentía mucho frío en las piernas.

Ese no ha sido el único cambio que he tenido, siento que en estos cien días de estar en mi nueva vida encontré lo que quiero hacer. Estoy aprendiendo a ser una teresita en la sociedad, una verdadera religiosa, y siento gran fascinación. Quiero enseñar y para ello hay que tener un corazón noble y dispuesto. Cada día lo aprendo más, tanto que me han cambiado de habitación y de compañeras y lo he tomado con naturalidad. No puedo negar que sí me hace falta estar con mi familia y satisfacer todos mis antojos, pero de eso se trata esta vida que elegí y la asumo con humildad.

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