Lo peor de ser papá después de los 50 es que los planes de jubilación no se aplazan, se cancelan para siempre. Y no va a ser fácil salir con una hoja de vida a pedir puesto a los 70 años, salvo que diga algo así como “cantante de los Rolling Stones” o “exbajista de los Beatles”. ¿Que todo hijo viene con un pan debajo del brazo? Será un adagio popular, pero suena a eslogan de los enemigos del control de la natalidad.

Lo peor de ser papá después de los 50 es que te agarran justo en un momento en que veías la vida relajadamente. Después de alcanzar el premio de montaña del medio siglo, ya lo que venía era mamey, cuesta abajo. Todo fluía sin los afanes de coronar, de llegar a la cima, de ser famoso o, en su defecto, flaco. Por el contrario, en ese camino al retiro no había operación retorno. Lo único que se veía en el horizonte era una playita, una finquita para temperar el resto de mis días, como los expresidentes de antaño, no los de ahora. Atrás quedaban las metas nunca cumplidas, los sueños nunca realizados, los genes que no se dieron. 

 

Y no podía importarme menos. Alguna vez dije en esta misma revista que “no tenía madera para sembrar árboles genealógicos”. Que si por mí fuera, que talaran el mío. Pero árbol que nace torcido nunca su sombra endereza. Quién hubiera creído que ese viejo tronco reseco y encorvado botara semillas. Y así fue. Germinaron. El que a buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija. Y ahora echo raíces y me aferro a la tierra. Y rezo para que las motosierras del Departamento Administrativo del Medioambiente no me encuentren nunca. Lo bueno de ser papá después de los 50 es que, por edad, a uno ya le tocan hobbies como la jardinería. Por lo tanto, ha sido una maravillosa coincidencia.

Lo bueno de ser papá después de los 50 es que el insomnio ya no es un martirio en el que no se puede sino comer techo. Por el contrario, pasa a ser una especie de activísimo estado catatónico. Para los mayores de 50 es una bendición tener algo que hacer a la una, a las tres y a las cinco de la mañana. Lo malo es que las únicas canciones de cuna y las rondas que te sabes son las de tu época. Y yo solo me sé Mambrú se fue a la guerra, ¡qué dolor, qué dolor, qué pena! Mambrú se fue a la guerra, no sé cuándo vendrá. Pero me niego a inculcarle el odio y la tristeza desde chiquita.

Eso sí, le leo cuentos peregrinos e historias fantásticas en libros que colecciono desde que era niño como ella. ¡Qué fortuna tener libros todavía! Y aún así me produjo una extraña felicidad su primera palabra: iPad.
Lo malo de ser papá después de los 50 es sentirse la persona más inútil, desactualizada e ignorante a la hora de ayudarle a un hijo a hacer las tareas. La única palabra en otro idioma de la que te acuerdas es Alzheimer; los mapamundis están totalmente cambiados por la mano dura de dictadores que anexan territorios con falsos referendos y por los tratados que La Haya decide desconocer; los textos de historia de Colombia hablan de unos próceres y unos megahombres que en nuestra época eran simples malos presidentes por lo cuales votamos y nos arrepentimos, y las palabras que antes llevaban tilde y por las que nos rajamos en cientos de dictados ya no la llevan.

Lo malo es que los nuevos mejores amigos de uno se vuelven los papás de los compañeritos del colegio. Como a todos les pasa. Pero en este caso, cuando uno es papá después de los 50, estamos hablando de unos pelados 25 años menores con los que no se puede hablar. Palabras de simple cultura general como Baretta, Kojak, Kempes, Tostao o mamola, por solo citar cinco, son para ellos vocablos de una lengua muerta o desconocida, mi lengua. Los chistes de Turbay que de vez en cuando echaba para romper el hielo, para ellos son icebergs. Y cuando a pesar de todo resuelven invitarlo a uno a una rumba, uno ya está que se derrumba. Y es que no hay con quién dejar a los hijos. Los papás de uno ya no tienen edad para quedarse cuidando la chinamenta. De hecho, cuando uno es papá después de los 50, tambiés hay que cuidar, además de los hijos, a los abuelos de ellos. Si sirve de consuelo, lo que tiene de bueno ser papá después de los 50 es que no te quedas con las ganas de ser abuelo. Lo fuiste sin darte cuenta.

Ser papá después de los 50 tiene la gran ventaja, que no tuvieron nuestros progenitores, de que los regalos del Día del Padre no son pantuflas, ni pañuelos, ni pisapapeles, ni mancornas, porque esos artefactos habrán, si es que no lo hicieron ya, desaparecido de la faz de la tierra.

Lo malo es que no podré montarme en una montaña rusa con ella, ni le podré enseñar a manejar. Para ese entonces me será imposible renovar el pase con esos exámenes psicotécnicos. Lo bueno es que cuando me toque bailar el vals con mi hija en su fiesta de 15, lo haré agradecido. Ese será el único ritmo que mi doctor le permitirá bailar a un viejo roquero o no se hará responsable de mi columna.

Lo peor de ser papá después de los 50 es que sabes que hay un chance de que no estés para la foto de graduación de tu hija, ni probablemente en la de su matrimonio y difícilmente en la del nacimiento de tu nieto. Pero a pesar de eso, lo mejor de tener una hija después de los 50 es que cuando te creías muerto, no mueres. Renaces con ella.

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