Yo había visto las películas. Tenía previsto que, al comenzar las contracciones, mi esposa se pondría muy nerviosa, y yo también. Tomaríamos un taxi que se atascaría en el tráfico, y llegaríamos al hospital justo a tiempo. En la sala de partos, ella gritaría y me insultaría, y yo me desmayaría hasta que sacasen de su vientre a un bebé rollizo y rosado, que contemplaríamos embelesados. Sonrisas a la cámara. Final feliz. 

Fue todo lo contrario. Las contracciones se anunciaron con tiempo, desde la madrugada, y mi esposa me llamó por la mañana para reunirnos en el hospital. Ella ya estaba ahí cuando llegué, y aún pasaron unas horas más antes del parto, que se desarrolló —epidural mediante— con calma y rutina. Y por cierto, los bebés son morados y sangrientos, como los zombis.

El estrés no fue el parto. 
El estrés recién estaba a punto de empezar.
La primera noche nos trajeron al niño a nuestro cuarto en el hospital. Yo dormía en el sofá, mi esposa en la cama y el niño en una especie de incubadora, bajo un potente haz de luz que debía estar encendido todo el tiempo por alguna razón médica que no entendí. Para proteger sus ojos, le embutieron unas gafas oscuras que pugnaba por arrancarse con sus recién estrenadas manitas. Nuestra obligación era asegurarnos de que no se quitase las gafas ni se apartase de la luz. A pesar del sueño, vigilarlo fue fácil. Porque durante nueve horas, no paró de gritar.

Obviamente, lo atribuimos a la lámpara. Pensamos que nuestra idílica existencia familiar tendría que posponerse un par de días, hasta llegar a nuestro dulce hogar. Pero una vez en casa, nada cambió. Con lámpara o sin ella, el pequeño lloraba toda la noche, pegando alaridos. Primero tenía cólicos. Más adelante, resultó que debía aprender a dormir. Yo siempre había pensado que uno nace sabiendo eso, pero uno nace sabiendo nada. Uno nace siendo un extraño, que no conoce el mundo ni a las personas con quien vive, y se ve obligado a hacer ciertas cosas en ciertas horas sin entender por qué. 

Debíamos haber planeado alguna solución. Pero cuando llegaba el día, estábamos demasiado agotados para pensar. Aunque hubiésemos estado más frescos, no teníamos tiempo de nada. Nuestra idea original del permiso de maternidad era un periodo de tierna convivencia. La realidad hizo pedazos nuestras previsiones. 

Mi día consistía en darle personería jurídica al niño: registro civil, seguridad social, ayudas del gobierno a la maternidad, libro de familia. Había que inscribirlo en miles de lugares, haciendo miles de colas, para llevar a casa miles de papeles. Pero el día de mi mujer era peor. Ella se había convertido en un restaurante abierto las veinticuatro horas. Vivía en piyama, agotada, con el cuerpo derrengado por el parto y las fuerzas absorbidas por el recién llegado. Durante la fase de adaptación a la lactancia, para colmo, el niño le lastimaba los pezones. 

Pero lo más desesperante era el llanto. Un bebé no tiene ningún medio para hacerse entender. No conoce palabras, y ni siquiera tiene una paleta de matices para sus ruidos, como los gatos o los perros. Un bebé ni siquiera tiene claro qué quiere exactamente, ni cómo conseguirlo. Un bebé siente alguna necesidad, hambre, frío o dolor, y lo único que puede hacer es gritar hasta que alguien la resuelva.

En este caso, podría decirse lo mismo de sus padres. Mi familia vivía a dos mil kilómetros de nosotros, en Lima. La de mi esposa se reducía a una persona: su madre, una valenciana de setenta y cinco años, con sus propios problemas médicos, que vivía a quinientos kilómetros de Barcelona y que había criado solo a una niña en una ciudad pequeña en tiempos de Franco. No teníamos ninguna referencia sobre cómo actuar con un bebé. Si seguía llorando después del pañal y el biberón, no sabíamos qué hacer. Si tenía fiebre, lo llevábamos de inmediato al hospital. Dicen que los inmigrantes recurrimos demasiado a la seguridad social. A lo mejor. Pero es que ‘demasiado’ es una palabra para familias con abuelos y tíos, equipos de asistencia médico-afectiva. Cuando eres de fuera, no tienes nada de eso.

Una vez, llevamos al niño al hospital solo porque lloraba. Llevaba seis horas sin parar, y ya no sabíamos qué hacer. Pasamos una hora más en la sala de espera hasta que nos atendió una doctora bajita de mediana edad, con cara de conocer bien la vida. Apenas miró al bebé. Le tocó la frente, le miró la lengua y sentenció:

—Es un bebé. Los bebés lloran
—¿Todo el día? Tiene que haber una medida, un promedio. ¿Qué es lo normal ?

Ya de espaldas, quitándose los guantes de látex como dos condones, alejándose para revisar a otro paciente, abandonándonos a nuestra desdicha, la doctora concluyó:

—Llorar. Llorar es lo normal. 

La crisis neurótica que me producía la falta de sueño tenía otras manifestaciones, algunas de ellas, francamente siniestras. La peor fue el descubrimiento de que amar a tu hijo es obligatorio. Es tu deber ser feliz. 

Cuando tienes un bebé, la gente se te acerca con sonrisas beatíficas y te pregunta, más bien te afirma:

—¿Qué tal la paternidad? Es un dechado de bendiciones y felicidad, ¿verdad ?

Y tú, que sientes que alguien ha metido tu vida en una batidora, que llevas un mes sin dormir dos horas seguidas, que dedicas cada segundo de tu existencia a una persona incapaz de agradecer nada pero infaltable para quejarse y demandar, que recuerdas con nostalgia aquella época lejana en que salías por la noche y dormías hasta mediodía los fines de semana, sabes que debes callar. Exponer tu sufrimiento no resolvería tus problemas. Solo te convertiría a ojos de los demás en un psicópata. Así que recoges tus ojeras, fuerzas a tus labios a dibujar una sonrisa y dices, con toda la firmeza de que eres capaz:

—Sí. Soy muy feliz. 

Pregunté a otros padres si sus hijos habían llorado tanto al nacer. Todos me dijeron que no, que sus hijos habían dormido siempre de tirón catorce horas. Que comían como caballos, de todo y sin chistar. Que cada minuto a su lado había sido una fuente de inagotable felicidad. Algunos incluso aseguraban que sus niños se comunicaban con gestos desde antes de aprender a hablar, formulando con claridad sus demandas y sugerencias.

Supongo que los seres humanos tienden a olvidar las malas noches de su pasado. Quizá se deba a un condicionamiento biológico, orientado a garantizar la reproducción de la especie. O quizá solo fingen olvidar. El caso es que, ante ese despliegue de unánime felicidad, te empiezas a preguntar si tu niño tiene algo raro.

O si tú tienes algo raro. 

Quizá eres una mala persona. Tal vez no estás preparado para ser padre. Hay algo malo en ti, algo congénitamente equivocado, y es demasiado tarde para que te eches atrás. Acabas de cometer el peor error de tu existencia, y es un error que te acompañará, en el mejor de los casos, de por vida. 

Lo único positivo, en medio de esos sombríos pensamientos, es que valoras más a tus padres. Específicamente, valoras que no te hayan arrojado por la ventana mientras podían. Y no importa qué tan tirante sea tu relación con ellos, o qué conflictos hayan tenido en el pasado, empiezas a sentirte realmente agradecido por ello. 

Pero no quiero deprimir a nadie. Todo lo contrario. Más adelante, las cosas cambian. Después de los primeros meses, los niños empiezan a reír y a comunicarse, y cada paso que dan es como una nueva aventura para ellos, y para sus padres. Tener hijos es la experiencia más plena y también la más divertida que he tenido. La prueba es que he reincidido.

Lamentablemente para los límites de esta crónica, las cosas hermosas de la paternidad ocurren pasados los cien días.

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