A las 10:40 de la noche, desde el fondo de un silencio planeado y calculado, Dairo le hizo a Ludwing la señal que aceleró su corazón. Una especie de sí mudo. Significaba que los músicos estaban listos. Los forros de la guitarra, del requinto y de las guacharacas esperaban recostados contra la pared, junto al ascensor. Los instrumentos estaban en posición y las manos, listas para hacerlos sonar.

Sin embargo, el primero que sonó fue el timbre. A las 10:40 de la noche.

Habían pasado once años desde la última vez que Ludwing Badillo llamó a la puerta de la casa de Cristina Zapata escoltado por un trío. Habían pasado once años desde la última vez que le dijo a su novia todo lo que la quería con palabras de otros y en la voz de alguno de los muchos cantantes que en América Latina han querido parecerse a los integrantes de Los Panchos o de Los Tres Diamantes.

Habían pasado once años, pero en esos once años habían pasado muchas cosas: Ludwing y Cristina terminaron la relación de seis años que habían comenzado cuando él empezaba los estudios de Ingeniería de Sistemas y ella, los de Medicina. Él se casó con otra, ella se casó con otro. Creyeron olvidarse. Él terminó con la otra —que había dejado de ser la otra— y ella terminó con el otro —que había dejado de ser el otro—, se preguntaron en qué andarían, se buscaron, se reencontraron y decidieron volver a intentarlo.

Y desde el reencuentro, a Ludwing varias veces se le había pasado por la cabeza la idea de llevarle una serenata a Cristina. Como en los viejos tiempos, como en esa primera etapa en que dos veces llegó a su casa acompañado por un trío. Se le había pasado por la cabeza, pero no se había decidido, hasta que, unas semanas atrás, su hermana recibió una serenata de su novio, y esa noche recibió el impulso que le faltaba. Ludwing convirtió a su cuñado en cómplice, buscó al mismo trío que cantó para su hermana, se acordó de las canciones con las que había dado en el blanco en las dos oportunidades anteriores, más de una década atrás, y cuadró el repertorio con Dairo Rodríguez, el líder del trío Juventud, uno de los más apreciados de Camucol, ese club de serenateros que fundaron en 1956 en el barrio Las Nieves, y que desde hace varias décadas atiende a parranderos, enamorados y despechados en su vieja casa de la avenida Caracas con calle 32.

Por Camucol, que es la sigla del Club pro Arte Musical Colombiano, desfilan a diario decenas de tríos, y desfilan decenas de clientes potenciales que quieren oírlos cantar antes de llevarlos a la casa de sus seres queridos. También van los despechados que solo quieren tomarse una copa de aguardiente o un par de cervezas mientras los músicos pasan de mesa en mesa haciendo gala de sus virtudes musicales y, de paso, alborotando la herida de los que ya no tienen a quién llevarle un trío. Aunque casi siempre hay a quién: de hecho, una de las fechas en que más ocupados se encuentran los músicos es el Día de la Madre. Y si bien es cierto que la mayoría de las serenatas que contratan tienen como propósito llevar un mensaje romántico, no son pocos los que llegan a Camucol o los que buscan tríos en la Caracas para pedirle perdón a la esposa.

Y dice Dairo Rodríguez que en los muchos años que lleva en el oficio, que son casi todos desde que tiene uso de razón, nunca le han fallado a sus clientes las serenatas que buscan el perdón de aquel o de aquella a quien se ofendió.

Son comunes las serenatas que pretenden la reconciliación de una pareja, como lo son las que en realidad han sido planeadas como disculpa para convertir un cumpleaños en una pequeña parranda entre semana. Menos comunes, pero en todo caso solicitadas de vez en cuando, son las serenatas para despedir a un ser querido que acaba de fallecer: eran habituales en los tiempos más escandalosos del narcotráfico, y al tiempo con las cuerdas de las guitarras solían sonar las balas que se disparaban al aire cuando la mezcla de tristeza y de alcohol terminaba por accionar el gatillo de las armas que los deudos llevaban al cinto.

Pero esa noche, en la puerta del apartamento de Cristina Zapata, en el barrio Bella Suiza, en el norte de Bogotá, además de la guitarra, del requinto y de las maracas, lo único que sonó fue el timbre. A las 10:40 de la noche. Un toque largo y sostenido, de manera que antes de que dejara de sonar ya hubieran entrado las cuerdas, mientras el valluno Orlando Mejía alistaba la garganta para dejar salir con todo el sentimiento la letra de Motivos.

A los 73 años, Mejía conserva toda la potencia de una voz que parece adiestrada en los bares de La Habana vieja y que ha hecho enamorar a muchas mujeres a las que les ha dicho lo que en realidad les quiere decir quien contrató a ese trío que se llama Juventud, y en el cual no desentona, no obstante las fechas de su cédula.

Y así como a otras les ha dicho que sin ellas no podrá vivir jamás, que sin ellas no hay clemencia en su dolor y que será inútil vivir, al repetir en el mejor estilo de Los Panchos la letra de Sin ti, que es la canción que más les piden a los serenateros, así mismo le dijo a Cristina Zapata “y me quedo mirándote aquí y encontrándote tantos motivos; yo concluyo que mi motivo mejor eres tú”. Se lo dijo como si estuviera enamorado de esta médica de 36 años, porque para eso los contrató Ludwing Badillo: para que hablaran por él, para que le dijeran a su novia de todas las maneras posibles lo mucho que él la quiere. Primero con Motivos, seguida de otro clásico de las serenatas, Somos novios, como si estuviera calculado que cuando Mejía dijera “nos amamos, nos besamos como novios, nos deseamos”, Ludwing abrazaría, besaría y seguramente desearía a Cristina, ante la mirada atenta de su suegro, que fue el encargado de abrir la puerta cuando estaban a punto de completarse los primeros dos minutos de la canción que marcó el inicio de esta serenata que terminaría 50 minutos después.

Se demoró en abrir la puerta porque no esperaba que su yerno llegara con serenata esa noche. Porque esa es una de las gracias de las serenatas: que sean sorpresivas. Que quienes las reciben ojalá se encuentren dormidas. Que al oír los primeros acordes no sepan si vienen de la realidad o de la fantasía de los sueños.

Y Cristina no la esperaba. Por eso solo alcanzó a ponerse un buzo sobre la piyama. Por eso, mientras entraban los músicos, su padre ordenaba de prisa la sala. Por eso le confesó a Ludwing que le temblaban las piernas, aunque su novio había notado la tembladera mucho antes de que se lo confesara. Por eso se demoró en escoger una canción, y esperó a que sonaran Motivos, Somos novios, Madrigal, La gloria eres tú y esa canción que siempre le dedica Ludwing, A unos ojos, y que a ella le gusta cantar con la boca casi cerrada, antes de elegir Alma, corazón y vida, para responderle a su novio que también ella lo ama, y que, aunque no tiene fortuna, esas tres cosas le ofrece: “Alma para conquistarte, corazón para quererte y vida para vivirla junto a ti”.

Animada la novia y entusiasmados los músicos, a continuación le llegó el turno a la suegra de Badillo, que entró en escena cuando estaba por terminarse la cuarta canción. Con una cara que hacía evidente el viaje que había iniciado a través de la nostalgia, pidió esa canción que casi siempre alguien termina pidiendo, normalmente el suegro o la suegra, y que de hecho es la segunda más pedida en las serenatas: El camino de la vida. Y cuando llega esa parte que dice “y brotan como un manantial las mieles del primer amor, el alma ya quiere volar y vuela tras una ilusión…” el que hubiera logrado contener las lágrimas se rinde, se entrega, saca el pañuelo.

A las 11:30, luego de conceder las ñapas de rigor, el trío Juventud se despidió, y los novios se quedaron mascando las canciones que acababan de oír, que acababan de pedir, que acababan de reafirmar esa relación que, después de tantos años, empieza a tomar formas más definidas. Ludwing lo tiene claro: la próxima serenata, cuando termine la maestría, será para proponerle matrimonio a Cristina. ¡Que vivan los novios!

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