No es sencillo citar a un futbolista para invitarlo a ver, como él mismo dice, el peor partido de su carrera. Si contrastamos esos 90 minutos con su palmarés, termina siendo como un oscuro lunar en medio de títulos, consagraciones e historias épicas en las que siempre tuvo un papel estelar. Pero los seres humanos seguros van al frente y, por eso, creo yo, aceptó esta invitación. (Gianluigi Donnarumma, el arquero más caro del mundo)

La cita es en San Telmo, un barrio porteño con un aire a Usaquén (de hecho, los domingos se convierte en un gigante mercado de pulgas). Sergio Goycochea llega muy puntual; el invierno lo obliga a estar “lookiado” —así dicen en este español argentino, tan abierto a la influencia de otras lenguas— con una monumental chaqueta, bufanda, botas y lentes oscuros. Con la facha y los casi 1,90 metros de altura solo le faltan una motocicleta y una escopeta doble cañón para ser Terminator II.

Saluda rápido y, sin perder tiempo, nos informa que a media cuadra anima la zona un café tradicional del barrio, perfecto para ver y hablar del famoso partido.

En el corto camino, tres “Hola, Goyco” y una petición de foto con un “somos chilenos y te vemos desde Santiago”.

Con su respetuosa seriedad, el exarquero de la Selección Argentina nos pregunta qué tomar. Pide un cortado —un café con poca leche— y nos cuenta que poco sale al aire y le gusta estar atento a todos los detalles del show (traducción: rápido porque estoy muy ocupado y ustedes me van a poner una película de terror).

—¿Te duele ver el 5-0

—No, no. Ojo, tampoco soy masoquista y lo busco para sufrir y castigarme, pero a veces lo veo con mis hijos que bromean y me cargan (toman del pelo).

Me animo y le doy play al portátil.

Goycochea se concentra en el video, y lo primero que le llama la atención es la narración. “Ya una vez que estuve en Colombia lo vi con cámaras desde el ángulo opuesto y con el relato colombiano”. Al mismo tiempo que observa, busca el teléfono celular en el bolsillo de su chaqueta, como si el relato le hubiera hecho evocar un momento en su memoria. Lo saca y muestra una imagen. “Mirá la foto que me enviaron por Twitter”. Es Sergio con el buzo de entrenamiento de Millonarios, hace 24 años.

Millonarios le dio la oportunidad al argentino para reinventarse por primera vez en su carrera. Por un frustrado pase de River a San Lorenzo, Goyco recibió el castigo de las calumnias, que lo desecharon prácticamente del fútbol argentino.

—Al principio no iba a Millonarios superconvencido; en el 89 no había los canales de televisión que hoy existen. Falcioni en América de Cali era un fenómeno y acá no se sabía. Irse a Colombia significaba alejarse de la Selección, pero paradójicamente fue gracias a Millonarios que volví a representar a mi país. Bilardo conocía muy bien el medio colombiano y estuvo pendiente de mi rendimiento.?

—¿Qué es lo que más recuerdas?

—Nos quedó una espina muy grande; en la Libertadores del 89 teníamos un equipo para salir campeones, y fuimos mal eliminados por Nacional. René (Higuita) le cometió un penal a Arnoldo (Iguarán), y el chileno Silva no lo pitó. Nos hubiéramos puesto 2-0 y otra hubiera sido la historia. Finalmente nos empataron y nos sacaron.

El video de la eliminatoria al Mundial Estados Unidos 94 nos vuelve a atrapar. Colombia crea la primera opción al minuto 13. Wilson Pérez, Valderrama y el Tren Valencia que no define. “En ese momento, nosotros tuvimos la pelota, pero no hacíamos daño, y ellos de a poco se fueron tomando confianza. El Pibe empezó a pedirla más y a acomodarse en el campo”.

Viene una etapa de faltas mutuas, se pone áspero el juego, la pelota no llega a las áreas hasta el minuto 20. Fredy Rincón ubica a Valencia, y Goyco ataja. Me mira, mueve su cabeza y suelta una carcajada: “Esa fue la única que atajé”.

Al minuto 31, Simeone y el Pibe miden qué tan fuertes están los líderes, se agreden y se insultan mutuamente. El Mono, como siempre, no arruga; el arquero se silencia y observa cómo el árbitro uruguayo Ernesto Filippi les muestra la amarilla a los dos. Las jugadas son interrumpidas por animaciones de publicidad hoy caduca, como: “Refájate, Colombia, refájate con Cola y Pola”. El arquero ríe. Gesto que se desvanece cuando Valderrama toma la pelota, la filtra para Rincón, que rompe con control, amague, contacto con la pelota nuevamente y definición a la red. De forma espontánea, Goyco comenta señalando la pantalla con su índice derecho:

—No tuve nada que hacer. Si me tiro abajo, cometo penal.

—O sea, ¿no te comiste ningún amague? Te pregunto por aquel programa polémico de televisión, en el que te criticó José Sanfilippo.

—Yo recibí una agresión de ese señor, un gran exfutbolista, pero totalmente fuera de lugar, nada constructivo y descalificativo.



En un programa periodístico en directo, 72 horas después del juego, Sergio fue invitado a un debate con periodistas, políticos y los exfutbolistas Hugo Gati y el mencionado José Sanfilippo. El arquero expuso que no estaba de acuerdo con la portada de El Gráfico. La mítica revista había publicado en su tapa la palabra “Vergüenza” sobre un fondo negro. Goyco se defendió diciendo que pese a que habían jugado muy mal, ninguno de sus compañeros merecía tal palabra, pues vergüenza deben sentir los que roban. Y fue en ese momento que Sanfilippo lanzó la famosa frase: “Pibe, te comiste todos los amagues”. El goleador del fútbol argentino culpaba a Sergio de la derrota, y de forma altanera seguía hiriendo (busquen en Google Goycochea Vs. Sanfilippo y verán la escena). En un momento, una cámara toma el puño cerrado del vituperado invitado y el esfuerzo que hacía por mantener la calma.

—Tuve la capacidad y la inteligencia para saber que no valía la pena y no conducía a nada una discusión con un tipo que solo quería sobresalir.

—¿Por qué aparece Bilardo? Él no estaba invitado.

—Porque a Carlos le daba dolor que me expusieran de esa manera. Estaba en su casa viendo el programa y se fue a los estudios. Cuando él llegó, yo ya había tomado la posición de no reaccionar. Bilardo me dijo: “Goyco, tú debes irte”, pero yo aguanté.

—¿Hoy crees que hiciste bien aguantando tantas agresiones?

—Sí, toda la agresión verbal de ese señor le dio un giro a la situación. Salí del programa, y pusieron pasacalles apoyándome, la gente me felicitaba por haber superado con altura las humillaciones. Fue como haber atajado los penales de Italia 90 otra vez. La verdad es que la gente respetó mi dolor y mi caballerosidad. El partido ante Colombia fue el 5 de septiembre, y el 12 jugué por el campeonato en el Monumental con River. La gente me recibió con aplausos.

Volvemos al juego. Batistuta por poco empata poco antes de acabar el primer tiempo, pero le faltó suerte. La teoría de Goyco es que el resultado fue más abultado de lo que merecía, y el trámite del partido se hace evidente a partir del minuto 5 del segundo tiempo. William Vinasco, el relator del juego, no puede narrar toda la jugada; una cuña de Vidahorro se atravesó en la acción iniciada. El Tino elimina a Jorge Borelli y remata. “Me pasó por entre las piernas, disparó muy cerca. No es un error, fíjate en la repetición, lleva la pelota para acá y para allá, y remata a 6 metros del arco”.

A los 8 minutos combinan Redondo y Batistuta, y Óscar vuela. Sesenta segundos más tarde, de nuevo, el Bati y el zurdazo moría en los guantes del meta cafetero, doble posibilidad del Mencho Medina Bello, y Córdoba, impasable. Lo mismo pasa contra Rugeri y el Beto Acosta, que protagonizó un mano a mano ganado de forma excepcional por el número 1 de Colombia. Observa, hace una mueca con su boca.

—Óscar es un fenómeno, y ese día estuvo genial.

—¿Son amigos con Córdoba?

—Tenemos una muy buena relación. Hace poco nos cruzamos en un evento de Adidas, muy buena gente, pero no hemos contado con el tiempo para hacer crecer una amistad. Ese día estuvo espectacular. Si hubiera estado otra persona en el arco de Colombia, no estaríamos haciendo esta entrevista, ni viendo un partido que pasó hace 20 años, en un café de San Telmo. (Vivalda, el arquero suicida)



La atención se focaliza en una voz en off que se me hace familiar: “Coopdesarrollo, porque el desarrollo no se detiene”, y como si el eslogan inspirara, Asprilla se hace imparable; las largas zancadas remontan la banda izquierda; el centro es rechazado por Goyco — “esa es la segunda pelota que toco”—; el rebote lo toma Leonel que centra. “Nunca había visto a Leonel desbordar, y Rincón le pega mordido”. Igual, la pelota se va al fondo de su arco por tercera vez.

—Mirá, la pelota le pega a Simeone y me descoloca, este fue el golpe de gracia. Hasta ese momento hubo partido, nosotros dejamos de estar, y empezamos a preguntarle a Basile cómo iba Perú contra Paraguay, porque sabíamos que perdiendo por tres goles no dependíamos de nosotros.

—¿Pensaste que estabas en una pesadilla? ¿Que de pronto ibas a despertar?

—Sí, y a los tres goles hay que sumarle a nuestra propia gente gritando “ole”. Estábamos atontados, duros, sin capacidad de reacción, y eso fue terrible como sentimiento, pero sigo creyendo que a largo plazo me duele más el penal de Brehme en la final de Italia 90 ante Alemania.

El arquero que tres años atrás era el gran ídolo recibía la primera goleada de locales en una eliminatoria. En 1990, el número 1 de la celeste se transformó en un portero casi invencible y en un atajapenales que dejó llorando a los anfitriones, ilusionados italianos que tenían como objetivo levantar la Copa Mundo en casa.

—Yo viajé como un jugador de fútbol, y 60 días después regresé con una condición de popular, me empezó a conocer todo el mundo, el vínculo con la gente cambió, me posicionó en la sociedad y el cambio no se dio en mí, fueron ellos los que me vieron diferente.

Pero el clima triunfalista del recuerdo de su mejor momento lo tira por el piso el globo de Faustino Asprilla.

—Otro mano a mano. Qué podía hacer. Si el Tino hace ese gol hoy, iría entre los diez goles de la semana ¿Dónde debía estar parado yo? Nada que hacer, genial lo de Asprilla. Recuerdo que en ese gol vino el Cholo y me dijo: “¿Y ahora cómo estamos? A ver si podemos hacer por lo menos un gol y recortamos diferencia”. Ya no nos preocupaba Colombia, nos preocupaba Paraguay.

—¿Por estos goles Basile perdió confianza en ti? No atajaste en el Mundial…

—Pero sí lo hice con Australia en el repechaje. Para el Mundial, yo no estaba bien, no me molestó la decisión del Coco, pero sí la manera como lo hizo. Yo no estaba en forma, es cierto, pero Basile demoró hasta último momento la elección del titular. Lo entrevisté en directo y se lo pregunté, él dijo: “Va Islas, porque está mucho mejor que vos”. Tenía razón, pero no manejó bien la situación.

Se agarra la cabeza y, sin que yo medie comentario, se lanza a la autocrítica:

—Este es el más horrible. El Tino se la pasa al Tren y se sella el 5-0. Ya estábamos todos muertos. Mirá, mirá cómo salgo, es el único gol que me da vergüenza, parezco un pibe recién comenzando.

—¿Si Sergio Goycochea hubiera sido el comentarista y no el arquero del 5-0, cuál hubiera sido el diagnóstico del partido?



—No los hubiera matado, no puedes pretender decir que jugamos bien, pero nunca caer en la descalificación. Hubo un bajo nivel de la Selección, y Colombia fue un equipo serio, ordenado y, sobre todo, contundente. Tuvo a un genio creador (Valderrama), un desequilibrante (Asprilla), un definidor implacable y responsable de sus tareas en marca y ataque (Rincón), un arquero impresionante (Córdoba) y siete guerreros más.

Noto que el partido aún le produce un dolor muy bien manejado, que es un tema casi superado, pero con las imágenes y las preguntas se revuelven los recuerdos, los sentimientos, su seguridad, su éxito, la vida épica que escribió y la que escribe como un presentador de televisión. Su amabilidad distante del comienzo se fue convirtiendo en una charla de confianza. Ir tan a fondo en el 5-0 desata el nudo verbal que se convierte en un sentido monólogo.

—Es cierto que la final con Alemania es lo que más me duele, ahora que lo pienso desde el retiro, pero el peor momento fue ese 5 de septiembre. Eso tiene la profesión del arquero; yo fui el que atajó los penales en el Mundial, pero también soy el que recibió los cinco goles, pese a que no fueron cinco errores míos.

Hace una pausa, toma aire con ganas y sigue.

—El hincha argentino que llenó el Monumental pudo haber llorado, haber masticado bronca, pero yo te pongo las manos en el fuego por que ninguna de las 60.000 almas que había en la cancha de River sufrió la goleada como yo. Los goles se los hicieron a Goycochea, no a la Selección Argentina. Perdí prestigio, perdí dinero, como calificativo te repito, fue el peor partido que viví en un campo de juego, me comí cinco goles. En mi familia estaban todos muertos, me quedé dos días sin dormir. Pero en últimas agradezco que recibí esos cinco goles, ¿sabés por qué? Porque los recibí debajo del travesaño del arco de la Selección Argentina, por culpa de lo que soñé toda la vida.

Siento que no debo preguntar más, lo dijo todo, tuvo la valentía de ver el partido frente a un medio extranjero, del país que lo hirió con cinco golazos. La famosa soberbia argentina queda hecha añicos. El único ciudadano de su país que tiene en su egoteca el premio Olimpia al mejor deportista y el Martín Fierro al mejor conductor de la televisión liberó todo el sentimiento. Una humildad orgullosa sin contradicciones, asumiendo todas la virtudes y los defectos del famoso encuentro. Qué desactualizado queda ese chiste de cuando vivía en Bogotá. Lo voy a echar en una versión para todos. Una vez estaba el arquero de Millonarios en la carrera séptima y una mujer hechizada por su pinta se le acerca y le dice: “Dios mío”, y él, con su acento muy argentino, le contesta: “Che, me podés decir Sergio”.

—Gracias, Goyco.

—No, a vos. (El mejor arquero de la historia)

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