Si yo fuera joven, aprendería a nadar como Tarzán.

Mi padre, libanés de nacimiento, les tenía pánico a las aguas turbulentas del trópico, y nos prohibió acercarnos a las barrancas del río Sinú cuando pasa por San Bernardo del Viento, rumbo a la desembocadura. De meterme en el mar, ni hablemos.

La primera vez que regresé a casa con el fondillo mojado, y un modesto pescadito barbudo en las manos, me propinó una cueriza soberana con Mateo Moreno, que sacaba lo malo y metía lo bueno, una temible correa de afilar navajas que le había regalado el peluquero cuando compró una nueva. Santo remedio.

Me parece que a estas alturas de la vida es un poco tarde para empezar a dármelas de tiburón. Sigo pensando que la experiencia es como aquella peinilla hermosa que le regalaron al calvo cuando aún tenía pelo. Ya para qué.

La verdad es que si yo volviera a ser joven no habría aprendido a nadar, pero me hubiera quedado para siempre en mi pueblo. Tendría una hacienda enorme repleta de vacas paridas, un caballo piquetero con montura antioqueña tachonada de remaches, mil terneros cimarrones, un jeep Land Rover de doble cabina y una barriga satisfecha de comedor de yuca con chicharrón. Y quién sabe cuántos hijos naturales en cada camino.

A lo mejor tampoco hubiera sido así. No me gusta la ganadería. En cierta ocasión, al hombre que intentó venderme un toro en el mercado de Montería, le dije que a duras penas soy cliente para un bistec.

Lo más probable, en consecuencia, es que hubiese envejecido en mi taburete de cuero, sentado a la puerta de una humilde tienda, vendiendo dril armada de "Coltejer", fiando café en grano, pesando azúcar por libra y enrollando alambre de púas. En los ratos libres me dedicaría a chismosear con mi compadre Victorino Manjarrés y a engatusar los achaques del reumatismo con una botella de ron blanco.

Pero, ahora que lo pienso bien, recuerdo que en los años de las quimeras moceriles —"mitad sueño y locura", según el poeta— lo que quise fue desentrañar los misterios del acordeón vallenato. Me despepité para lograrlo y nunca pude. Debe ser porque mi madre se negó en redondo a comprarme el acordeón y no tuve con qué ensayar.

—Bonita historia —me dijo—. Usted dedicado el resto de la vida a animar borrachos.

De todas maneras, hubo noches en que soñé que la muchedumbre me llevaba cargado en hombros por la plaza de Valledupar, triunfante en el festival, y que las muchachas besaban los pétalos de rosa y luego me los lanzaban. Tenía que haberlo hecho: hoy estaría feliz, en un prostíbulo de Lorica, cantándole a la clientela nocturna las historias de Escalona, con un corbatín de raso rosado. De día me ganaría la vida jugando billar y pelando a los incautos.

Si yo fuera joven no perdería mi tiempo, como me ha pasado desde entonces, dedicado durante tres reencarnaciones seguidas a investigar las cosas más inútiles y placenteras del mundo: cuál es el nombre castizo del cáñamo que los pescadores usan para lanzar la atarraya, cómo se llama la tinta china en China o el baño turco en Turquía, qué significa la palabra perfunctorio ni cómo es que se conjuga el presente de indicativo del verbo haber.

Hablemos en serio: si yo fuera joven de nuevo no malgastaría mi vida escribiendo las tonterías que estoy escribiendo en este momento. Me metería en un chinchorro, bajo las palmeras de Moñitos, con una mulata de ojos amarillos. Pero entonces no habría encontrado a la mujer que duerme cada noche en mi camarote, que también los tiene amarillos, del color que el oro bueno va cogiendo con los años, y que también es cetrina, como todo guajiro verdadero.

Si yo fuera joven haría las diabluras que nunca me atreví a hacer: dormiría en un parque, con las estrellas por techo, y saldría desnudo a la calle, porque nací encuero y lo que tengo puesto es ganancia. Aprendería a bailar como Dios manda, con un pasito suave, apoyado en el hombro de una mujer para olerle el pelo acabado de lavar. Cuando uno baila, el pelo de las mujeres siempre huele a libro nuevo.

Si yo fuera joven. ¿Y quién ha dicho que no lo soy? Creo que ni siquiera ha llegado la hora de preguntarme qué haría yo si fuera viejo. Recuerdo en este momento la insuperable reflexión de Raúl Roa Kurí, el gran escritor y canciller cubano: "El hombre es joven mientras tenga flexibles las articulaciones, impetuoso el miocardio y retozón el músculo primo". No me duelen las rodillas, salvo en invierno, y mi corazón parece una flor. A ustedes les corresponde ahora averiguar cuál viene siendo el músculo primo. A mí se me olvidó desde que era joven.

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