Me critican a menudo que yo sólo critico en los periódicos, en vez de hacer propuestas de gobierno. Es decir, me critican que no sea candidato a la presidencia, como tantos. En el momento en que esto escribo —último día de agosto— hay nada menos que veintiuno. Sin contar al actual presidente en ejercicio, que es además candidato in péctore (pero como es frentero no lo dice). Y todos ellos hacen las mismas propuestas que han hecho siempre los candidatos presidenciales en Colombia: salvar la patria. ¿De qué? ¿De quién? De los demás candidatos, cuya confusa chusma es definida por el candidato secreto como una "hecatombe": cien bueyes muertos.

Porque digo veintiuno, o veintidós con el encapuchado que viene remando de espaldas, pero en realidad son más de cien. Son millones. Casi todos los colombianos (y colombianas), muchos de ellos desde su más tierna infancia, quieren ser presidentes de Colombia. Miren a los alcaldes y a los ex alcaldes, miren a los generales en activo o en retiro, miren a los rectores universitarios, miren a los mafiosos, miren a los periodistas y a los ex periodistas, miren a los ex embajadores y a las ex embajadoras. Hasta ese dulce y algo alelado poeta que fue José Asunción Silva quiso en su día ser presidente, y así lo cuenta, como si lo soñara, en su novela De sobremesa. Pero se le atravesaron varios poetas más —Caro, Núñez, Valencia— y tuvo que suicidarse.

Dije que hacen propuestas. Pero no: tampoco ellos. De lo que se trata es de hacer promesas. Promesas que el candidato no va a cumplir, ni puede cumplir, y sobre todo no piensa cumplir. A los colombianos en general, y no solo a sus candidatos presidenciales, les gusta más prometer que cumplir, como es visible en los contratos de obras públicas.

No. Yo no podría ser candidato a la presidencia de Colombia, ni querría serlo, como sí quieren la mayoría de mis compatriotas. Ni siquiera para salvarla de ellos: ardua empresa. Qué horror, ser candidato: tomar trago con desconocidos, besar niños ajenos, reconocer caras extrañas, recordar nombres olvidados, hacer promesas falsas. No.

Podría en cambio, eso sí, ser presidente. Iría contra mis principios, por supuesto. Pero esa es condición obligatoria en Colombia para llegar a la presidencia: traicionar convicciones y principios, lealtades y responsabilidades. Si yo traicionara mis principios aceptando ser presidente, tendría ya por lo menos medio camino andado.

Ahora bien: solo aceptaría ser presidente si no tuviera que pasar por el trance engorroso y vergonzoso de la candidatura y de la campaña presidencial. Si la presidencia me cayera de lo alto como una fruta madura, tal como le cayó a Isaac Newton la manzana que lo hizo famoso. Por ley de gravedad o por arte de birlibirloque, por voluntad popular o por imposición de la CIA, por lo que fuera, pero sin mover un dedo. Y entonces, si fuera presidente de Colombia —eso que, salvo yo, siempre han querido ser todos los colombianos, y hasta algún venezolano como Simón Bolívar—, si fuera presidente, digo, ¿qué haría yo?

Pues… servirle al país, claro. Sacrificarme por el país. Cómo decirlo de algún modo que no se haya dicho ya: trabajar y trabajar y trabajar, decir y hacer, gobernar para la gente, dar la bienvenida al futuro, reducir la inmoralidad a sus justas proporciones… No sé: reconozco con rubor que todo lo que se me ocurre ya ha sido dicho. Yo qué sé: salvar la patria. ¿Cómo? Pues haciendo lo necesario. Reformaría la Constitución cuantas veces fuere preciso, haría caer todo el peso de la ley sobre quien debiere, viniere de donde viniere, llevaría las investigaciones exhaustivas hasta sus últimas consecuencias, cayere quien cayere, y aunque nadie cayere. Disolvería el Congreso, cerraría las Cortes, impondría la censura de prensa, restablecería la pena de muerte. Quiero decir: la mantendría vigente, como lo ha estado siempre. También mantendría el culto a la personalidad. Practicaría el tráfico de influencias desfachatadamente. Ejercería con ímpetu el abuso de poder. Beneficiaría a mis amigos y parientes. Fomentaría la corrupción y el vicio. Metería la mano en el erario, y la pata en todo lo demás. Actuaría sin escrúpulos ni frenos morales. Y me retiraría rico, dejando en ruinas el país.

En resumen: haría exactamente lo mismo que han hecho todos los que han sido presidentes de Colombia desde que Andrés Díaz Venero de Leyva vino a Santa Fe para presidir la Real Audiencia, en el remoto siglo XVI.

Pero ¿para qué hacerme ilusiones? No tengo ninguna posibilidad de llegar a la presidencia de la República, como no la tiene tampoco ninguno de los veintiún candidatos ya declarados. El puesto está ocupado ya.

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