Siempre me entendí mal con la plata. En los sueños de la niñez acaricié uno especial: ser santo. Y me imaginaba como los más flacos personajes del santoral en un rancho precario, en un lugar con un hermoso nombre como Bitinia, comiendo un pan por semana que me llevaba un cuervo que era un arcángel disfrazado. Y en la adolescencia, decepcionado de las trampas intelectuales del catolicismo y de sus riquezas que no son los oropeles de las casullas, las patenas de oro y las vírgenes revestidas de rubíes y esmeraldas sino las del dogmatismo y la arrogancia, decidí ser poeta, dañando mi futuro económico de modo irreparable, pues mis modelos fueron esos vates amargos, mártires del oficio, que murieron en hospitales de caridad entre monjas gruñonas, como Baudelaire, o Barba, mirando desfiles de fantasmas o soportando putas inclementes a la espera del último estertor para arrancarles la única solvencia del diente de oro.

Pero a veces pensaba que no es preciso morirse de hambre para escribir poemas apreciables, que es una falsa idea romántica, que a punta de versos uno podía convertirse en un burgués como Neruda, verborrea, grasa, y una casa en una isla remota, mimado por las mujeres y llevado en andas por los secretarios de los partidos comunistas de todas partes. Pero me faltaron hígados y me sobraron escrúpulos para cantar a Stalin.

Hijo de mis padres, comerciantes hábiles, emprendí una carrera de negocios en la juventud, por si acaso. Y mezclé los problemas de caja menor con los de la poesía en dosis imperfectas. Entonces acaricié la imagen de los poetas raros, como Jorge Rojas, que además de medir versos son capaces de administrar fortunas. Pero a mí la poesía no me dejó trabajar a derechas. Y fracasé en mis fábricas, en mis talleres de baratijas, en mi almacén de chucherías, en mi bar para bohemios de la clase media culta y en mis aventuras de editor, como agricultor y ganadero. Con el resultado de este palmo de narices y esta úlcera triple.

Jamás conseguí que le creyeran a mi firma en los bancos. En el bar me hice por fuerza coleccionista de vales de amigos con firmas floridas, en mi almacén de lampadarios tuve la única improductiva satisfacción de sacar de apuros a escondidas de mi socio parejitas de proletarios que necesitaban hacer un regalo, y me llené de cheques de los que llaman 'chimbos'.

Al fin me resigné a la inopia con cierto orgullo, cansado de hacer coincidir en vano las grimas de las rimas con la salud de mi saldo bancario. Y me dije que al fin de cuentas los mejores hombres, los óptimos, mantuvieron casi siempre magras la presencia y la bolsa. Pero el consuelo de tontos no acalló el llamado genético, el gusto antioqueño por la plata, y contra la falta de cualidades para la acumulación, me aferré al azar, hermano del milagro, y me convertí en un comprador compulsivo de lotería. Sobre todo de las grandes. Porque de ser rico prefiero ser de los que llaman los envidiosos podridos en plata.

Me gusta la plata. Sobre todo en abundancia. Me repugna conseguirla, me cuesta ponerle, como dicen, la zancadilla al peso, pero soy bueno para dilapidar. Me atraen los libros caros, los carros finos, los estilógrafos de oro, los caballos de sangre azul, los vinos raros. Por un rezago de mi educación católica entre obispos con báculos labrados y campanas y aromas de incensarios. O de mi admiración por Neruda. Ya no sé.

La invencible inclinación a la sensualidad está en mí siempre llena de contradicciones, sin embargo. Frutos de la moral esquizofrénica de la cultura que vivo. Y más allá de mi amor por las lujurias del derroche, del gusto de vivir al ancho de la seda, dudo de mi vocación de príncipe sin remedio. Y si el dinero me envileciera. Tiemblo. Y me veo tergiversado, yo siempre tan afable, en un canalla lleno de ínfulas empujando porteros, humillando sirvientas que me aguantan por la paga, quitándoles la cara a los parientes pobres y negando el saludo a mis amigos poetas, siempre tan impertinentes con sus necesidades. Y el ángel del lado derecho me dice. Por plata que tengas, eso significará que te hundiste en la peor pobreza que es la del corazón. Y el de la izquierda, hincándome el codo en el costado, le hace equilibrio: no importa. Que te obedezcan aunque te odien. Y entre la sombría decisión de pagar con las zozobras de los pobres relativos el poema redondo que quizás me espera al cabo del camino espinoso, y de arduas sesiones de mecanografía mientras los acreedores tumban la puerta, y de convertirme en un perfecto hijodeputa pero con los problemas económicos resueltos, cada que compro lotería, me coge el sobresalto. Y si el premio me trae la desgracia, como le pasó a mi tía que se ganó una y enterró a la semana su único hijo, o a ese amigo mío que le atinó a un gordo y la mujer que adoraba lo dejó por otro llevándose los hijos. Y tomo entre las manos cerradas sobre el pecho con unción franciscana el quinto de la Extraordinaria, alzo los ojos al cielo, y ruego a Dios que me deje las cosas como están, y le pido perdón por mi codiciosa idea de la felicidad, una prueba más de mi poca sabiduría. Con la comisura derecha. Porque con la izquierda increpo al Patas: qué carajo, Negro, ganémonos esta. Y lo tiento a que me deje probar que puedo seguir siendo buena papa, y caritativo, y simpático como siempre, a 100 km/h, en ese Lamborghini rosa que él y yo sabemos. Y contigo, mi amor, de copiloto.

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