Tengo como mil apodos, pero el que más me gusta es la Tongolele. Así me pusieron en el Splendor, un bar karaoke de Culiacán, norte de México, donde fui a cantar una vez con un noviecito que tenía. O con un amigovio, más bien, pues era casado, pero en fin, yo no le pongo problemas a eso. Canté Ella, de José Alfredo, y mi mancito se acercó al oído y dijo: cantás como la Tongolele, y así me quedé. Espero que les guste. A mí me fascina. He visto que una parte del público es como yo y por eso voy a hablar sin tapujos: el nombre con el que nací es asqueroso, decadente, de pobre. Wilson Amézquita. Tuve que mamarme ese horror, y perdonen, hasta la mayoría de edad, cuando por fin me lo operé, como si fuera una deformidad o un tumor. Siento un tirón en el estómago con solo decirlo. Amézquita, qué ceba... Lo cambié por Jennifer Mor, que suena más elegante y romántico, que evoca a una mujer sentada en un salón leyendo obras clásicas, por ejemplo Fedra, de Racine, mientras afuera, en Nueva York, llueve a cántaros y se oyen apagados los pitos de los taxis. Uf, ¡Wilson! ¡Ni que fuera una pelota de tenis! Eso evoca un orinal lleno de aserrín en una chichería de Choachí. Soy una dama, tengo en mi mente cosas delicadas y bellas.

Me cambié de sexo en la clínica Tarabaya Memorial de Bangkok, a los veintiún años, cuando acepté una gran verdad: lo que a mí me gustaba era estar con hombres, no con maricas. Perdonen, soy culta y sé que esas palabras no se deben usar, pero los organizadores me dijeron que hablara como si estuviera en mi casa. Así que, si les molesta, qué pena, mírenlos a ellos. Decía que me hice operar en Bangkok. Sí. Lejísimos, pero seguro. Allá un montón de gente se hace el cambio de sexo y tienen experiencia. Les queda todo divino. Lo vi primero en una revista y después hice averiguaciones. Mis amigas me dijeron que estaba loca. Tonguis, ¡te enloqueciste! ¡Se te corrió el champú! Pero yo estaba segura. Cherezada, que es como una hermana, fue la única que le metió un poco de ciencia y me previno, que no valía la pena, que era un riesgo innecesario. Según ella las mujeres tienen tres cucas en el cuerpo: una en la boca, otra en la vagina y la tercera allá atrás, en el cuatro letras, ¿no? Y entonces decía y dice todavía: de esas tres yo tengo dos, y con eso me contento y hago felices a mis hembros, a los que también les gusta que mi anatomía tenga algo contundente y punzante. Para Cherezada es suficiente, pero no para mí. Yo quería verdaderos hombres, de los que no se consiguen teniendo el saucisson en activo. ¡Guerra de espadas! Cuando me recuperé de la operación, que eso lleva su tiempo —por cierto, ¡Bangkok es divino!—, fui donde un preparador físico, pues ahora venía la transformación exterior... Le mostré una foto de Natalia París, la mamacita a la que quería parecerme, y le dije: necesito ser así, ¿qué tengo que hacer? ¿Cuánto vale?

No me dijo que era imposible, aunque me miró con lástima. ¿No podías haber elegido un modelito más fácil? Le dije que no, que la París era la mujer de mis sueños; si hubiera sido hombre, hombre en el alma, sería una nena como ella la que habría querido a mi lado. La que me gustaría encontrar cada mañana entre las sábanas, en la ducha, cuidarle un cólico o verla sentada en el wáter, haciendo el primer pipí matutino. Por eso quiero ser como ella. Y tampoco es que yo estuviera tan lejos. Quiero decir, mis queridos, que yo ya era una mujercita, los hombres me tiraban pupila cuando me levantaba, cuando salía a caminar; yo sentía esa mirada que levanta minifalda, atraviesa tela de calzón y se le clava a uno allá adentro, como el comején pero bien rico, es una delicia que la miren a una así, ¿no es cierto, mis tongoleles? Pero sigo con mi historia: con la foto de Natalia me fui también donde el mejor cirujano plástico del mundo, un paisa simpatiquísimo, Tomás Zapata, que es el que hace bonitas a las mujeres que importan en este país, empezando por Amparito Grisales y antes por Fanny Mikey, hablo del cuerpo y no del alma, y no solo en Colombia sino también en España y Brasil, allá donde están las grandes ligas, y le dije, Tomasito, amigo del alma, esto es lo que hay y esto es lo que queremos tener. Le saqué una foto de Natalia que originalmente era en tanga pero que con Photoshop empeloté, pues necesitaba que me entendieran bien. Tomás la agarró al vuelo y dijo: vamos a hacerte lo más parecida que se pueda, y el resto se lo ponés tú, con la gracia y la inteligencia. Ay, ¡yo a ese Tomás lo adoro! Porque como dicen los clásicos: no hay belleza donde no hay cerebelo. Yo lo creo así.

Pero en fin, aquí me invitaron a contar aspectos de mi vida y mi relación con Natalia, no a filosofar, así que sigo contando: primero fueron las siliconas, el bótox, las costuras y remiendos, y luego, cuando me repuse de todo, empecé el trabajo físico. Tres horas de gimnasio al día. El bronceado me lo hago con los productos de ella, que son los mejores porque tienen su nombre, que para mí es un amuleto. Yo me cuido cada cosa, cada detalle, porque el cuerpo es una pintura. Digamos, para las que sean cultas, como La guardia nocturna, de Rembrandt. Cada matica, cada orla del vestido, cada sombra, todo es perfecto. Así debe ser una si el objetivo es ser la más hermosa del mundo, o por lo menos de Colombia, no seamos tan presuntuosas. Si uno quiere ser una dama y no una loca de peluquería. Cada cosa ínfima debe estar perfecta y si no se tira todo el conjunto. Este pelo tan lindo que tengo, por ejemplo, es natural. Y bueno, ya me ven hoy. Pasado mañana cumplo treinta y cinco y nadie me cree. Todos me ponen menos de treinta. Y alguno hasta me confunde con la original, pasados unos tragos, pero yo siempre les digo: no, papito, yo soy la otra, la number two, ¡la original es inalcanzable! El otro día un noviecito que tengo, para sacarme la piedra, dijo que yo era la Natalia de los pobres. Tan bobo. Si supiera que ya he ganado siete concursos de belleza en bares trans, a nivel latinoamericano, y que he sido Miss Camiseta Mojada Trans 2007, 2008 y 2009. En el 2006 me lo robaron para dárselo a la novia de un traqueto, una maricona horrible que les pagó a los jueces. Pero cuando la cosa es limpia siempre gano yo, que soy la más bella porque soy idéntica a Natalia París. Ya me imagino que todos deben estar pensando si la conozco, si ella me ha visto. Pues les tengo un chisme: sí, una vez nos vimos. En un desfile de beneficencia. Ella estaba en su camerino y yo en el mío, pero preferí no saludarla. Me dio miedo. ¿Qué tal que me diga algo descortés? ¿Qué tal que me mire con inquietud? Ella y yo, en el fondo, somos la misma persona. Por eso prefiero no conocerla: para poder seguir soñando. ¿Qué podría hacer? Me quedaría muda. Lo único sería decirle la verdad: siempre quise ser tú. Pero eso, mis queridas, no se le dice a nadie. Ni siquiera a ella, que es mi diosa.

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