En el libro décimo de defunciones de la parroquia de Simacota, Santander, se encuentra uno de los últimos testimonios escritos del ataque con el que el ELN inició su actividad guerrillera hace 51 años.

En la página 203, con impecable caligrafía, el padre Félix Duarte, párroco de la época, da fe de que el 9 de enero de 1965 “fue sepultado el cadáver de un joven de unos 23 años, miembro del Ejército de Liberación Nacional, muerto violentamente el 7 del presente mes. No se obtuvieron más datos”.

La nota fue embutida, sin número de registro, con letra apretujada y menuda, entre los párrafos dedicados al sepelio de un adolescente muerto por hemorragia cerebral y de un campesino fallecido a los 72 años.

El guerrillero se llamaba Pedro Gordillo, pero lo conocían como ‘Parmenio’. Era el encargado de arrear las mulas cargadas con medicinas y enlatados que los insurgentes acababan de robar. A Parmenio, el ELN le dio el rango póstumo de capitán y, con ese nombre, creó años más tarde un frente de guerra en la zona vecina del Chucurí.

Los otros cinco muertos en el combate no figuran en el libro de defunciones. La Policía reclamó los cuerpos del sargento segundo que comandaba la estación y de los dos agentes acribillados a mansalva; y el Ejército se llevó los cadáveres de dos soldados que formaban parte del pequeño contingente enviado como refuerzo desde El Socorro, ubicado a una hora en carro por una vía destapada que serpentea en el piedemonte de la Serranía de los Yariguíes.

Esa carretera fue pavimentada dos décadas después de la incursión guerrillera. Ahora se recorre en 20 minutos. A Simacota se entra por un camino empinado y angosto que desemboca en el parque principal. La iglesia y la mayor parte de las calles están enchapadas con una piedra ancha y plana que traen de Barichara. Alrededor de la plaza se levantan casas de dos pisos, con balcones de madera, casi todas pintadas de blanco y con zócalos verdes. En la zona urbana viven unas 2000 personas, el doble de las que habitaban en el momento de la toma. El resto de los habitantes, unos 6000, están distribuidos en 53 veredas.

Esta mañana de jueves, a mediados de mayo, las campanas de la iglesia repican desde hace media hora. Ángela Vásquez, la joven sacristana, explica que una romería viene desde El Socorro con el cuadro de la Virgen de Chiquinquirá. Los peregrinos, encabezados por monseñor Leonardo Gómez Serna, recorren desde hace ocho días los pueblos de Santander y Boyacá.

La persistencia de las campanas saca de la cocina a Clementina Colmenares, la encargada del hotel Casa Vieja, y la lanza a una pieza, de donde sale con una bandera blanca de ribete azul celeste, que amarra de prisa en el balcón con vista al parque.

Los trapos blancos ondean en casi todas las casas. La banda marcial del colegio se alista para animar la procesión, mientras un vendedor de estampas pregona en el atrio de la iglesia: “¡Virgen de Chiquinquirá, protégenos!.. ¡A 1000 pesitos los últimos recordatorios!”.

Las diferentes versiones

Sentados bajo los almendros del parque o mezclados entre los feligreses que esperan la caravana se encuentran algunos de los habitantes que vivieron, el 7 de enero de 1965, uno de los días más violentos en los 309 años de este municipio.

Casi todos andan por encima de los 60 años. Han contado decenas de veces la historia a los periodistas que, invariablemente, llegamos hasta aquí solo para averiguar por aquel asalto con el que se inauguró la lucha guerrillera en Colombia. Sin embargo, con los habitantes de Simacota se puede aplicar lo que dijo García Márquez acerca de la memoria: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla”.

Medio siglo después de ocurridos los hechos, es difícil enhebrar con certeza aquellas huellas dispersas, difusas, contradictorias, diluidas por el tiempo y la senilidad de algunos testigos. Clementina Colmenares, por ejemplo, afirma haber visto a los guerrilleros la tarde anterior acostados en un potrero colindante, cuando subió a dejar unas bestias. Sin embargo, el actual jefe del ELN, Nicolás Rodríguez Bautista, ‘Gabino’, quien participó en la toma cuando tenía 17 años, cuenta en una entrevista publicada por diversos medios que los guerrilleros permanecieron la víspera a más de 1 kilómetro de la población, escondidos en un cafetal.

Un habitante dice haber visto entre los asaltantes a Manuel Pérez, cosa imposible porque el cura español llegó a Colombia dos o tres años después y se ‘enguerrilleró’ a finales de los sesenta. Otro simacotero, de casi 90 años, asegura que fue él quien le pegó el balazo, con una carabina, al guerrillero Parmenio.

Tampoco hay consenso sobre la vestimenta de los asaltantes. Al periodista de El Tiempo que llegó al pueblo pocas horas después del ataque le dijeron que era de color caqui. Ahora, una mujer de 65 años asegura que vestían de blanco, con pañuelos en la cabeza, y otro más afirma que parecían carabineros, “con ese cordón amarillo y sombrero grande… igualitos”.

Sobre el número de guerrilleros, las cifras van desde 27, según Jaime Arenas (ideólogo del ELN asesinado por ese mismo grupo en 1971), hasta 120, según algunos periódicos de la época.

La Mona Mariela

El episodio más revestido de leyenda es el de ‘la Mona Mariela’. Se llamaba —o se llama, porque existen varias versiones sobre su suerte— Paula González y es, quizá, la primera mujer vinculada a los grupos alzados en armas. A la Mona Mariela le atribuyen la muerte del comandante del puesto de Policía y el robo a la Caja Agraria, de donde, en compañía del cofundador del ELN Fabio Vásquez Castaño, se llevó 53.000 pesos.

—Yo la conocí. Era una hembrota. ¡Una hembrota!—enfatiza un carnicero que bordea los 65 años y afirma haber conversado con ella el día de la toma—. Hasta me invitó a que me fuera pa’l monte.

Dicen que Mariela tenía unos 19 años. Que era rubia, delgada y ojiclara. Los pobladores la conocían porque vivió en una vereda cercana hasta que se fue para la guerrilla con dos de sus hermanos. Algunos afirman que murió en un combate y que la enterraron en la Serranía de los Yariguíes; otros, que pagó varios años de cárcel en el Buen Pastor y después se fue a vivir a los Llanos. Incluso aseguran que, ya setentona, vendía chance en Bogotá.

En todo caso, coinciden en que era una mujer de sangre fría. Cuentan que ella disparó contra el sargento Luis Alberto Herreño en venganza porque este había torturado años antes a su padre, un antiguo combatiente de las guerrillas liberales de Santander. Hay quien asegura que la mujer le cercenó una oreja al cadáver del policía con un cuchillo.

La leyenda alrededor de la Mona Mariela comenzó el mismo día del asalto. Un cabo del Ejército le dijo al corresponsal de El Tiempo que vio “cuando disparaba su Colt 45 contra el sargento de Policía Herreño, lanzando sonoras risotadas”. El mismo suboficial, de apellidos Vega Mora, también le dijo a ese reportero estar seguro de que a él nada le iba a pasar ese día porque el militar vio que una imagen de la virgen, instalada a la entrada del pueblo, se reía con él.

Un nuevo repique de campanas, largo y destemplado, anuncia que se acerca la procesión de la Virgen de Chiquinquirá. El cuadro de la imagen sagrada viene en un anda tapizada de rosas rojas, sobre el platón de una 4x4 gris. La preceden la banda marcial y cuatro carabineros a caballo. La romería le da la vuelta al parque y, minutos después, colma la iglesia con banderitas blancas. Monseñor Leonardo Gómez Serna, el párroco de Simacota, Eduardo Bohórquez y otros cinco sacerdotes elevan una plegaria para que cese la violencia en Colombia y para que el ELN también entre en diálogos de paz con el gobierno.

El estigma

A dos cuadras del parque, en la calle que lleva al cementerio, vive Eugenia Robles Rueda. El día de la toma guerrillera, ella tenía 14 años. A las 7:00 de la mañana estaba barriendo el andén de su casa cuando oyó las primeras detonaciones. “¡Se metió la chusma!”, gritó alguien. Ella y sus 14 hermanos se escondieron durante más de una hora, hasta que oyeron la algarabía de la gente y salieron a curiosear. Los adultos fueron congregados en el parque, donde un guerrillero leyó una proclama que luego se conoció como el Manifiesto de Simacota.

La mujer asegura haber visto a Fabio Vásquez Castaño —el del robo a la Caja Agraria— a caballo y con sombrero de ala ancha. “Daba órdenes para que asaltaran la sede de la Compañía Colombiana de Tabaco cuando sonaron los tiros de los soldados que llegaron de refuerzo y les tocó salir a la carrera”. Sentada en el zaguán de la casa, Eugenia Robles Rueda recuerda que, dos días después de la toma, Victorio, uno de sus hermanos, llegó a contar que al guerrillero muerto lo habían enterrado en un potrero, detrás de unas palmeras, donde hoy se levanta el colegio.

Dos horas antes, con el fotógrafo Camilo Rozo habíamos recorrido el cementerio y sus alrededores en busca de la tumba de Parmenio. Nos habían dicho que, posiblemente, estaba sepultado en el muladar, por fuera del camposanto, donde antiguamente enterraban a los suicidas y a los amancebados, pero allí solo encontramos maleza.

Ahora, la versión de Victorio parecía la más creíble. Su hermana Eugenia incluso agrega el detalle de que lo enterraron en un ataúd de madera rústica, fabricado a la carrera en la carpintería de Juanito Ardila. El vigilante del colegio dice que cuando se construyó la sede educativa, los trabajadores hallaron algunos huesos, pero guardaron silencio y levantaron las columnas del comedor escolar encima de los restos.

Medio siglo después, a los habitantes de Simacota aún los impresiona una imagen de aquel día: las manos de los dos soldados muertos aferradas, como garras, al pasto del potrero donde cayeron acribillados.

Cuentan los habitantes que ocho días después de aquel suceso, corrió el rumor de que el ELN se había tomado Chima, una población cercana, y ya iba para Simacota otra vez. Al grito de “¡viene la chusma!”, algunos habitantes se parapetaron con escopetas y machetes. Al cabo de unas horas se aclaró el asunto. El rumor lo había echado a andar la telefonista local, que intentó comunicarse inútilmente con la oficina de Telecom en Chima y concluyó que la guerrilla había cortado las líneas, tal como había ocurrido en Simacota; no se acordó de que ese era el día libre de su colega.

Después de la toma, los habitantes del pueblo no volvieron a ver a un guerrillero. Pero bastaron esas dos horas para que los simacoteros cargaran durante décadas con la fama de violentos y de subversivos.

—Nos tocaba sacar la cédula en El Socorro o en Bucaramanga, porque si veían que éramos de Simacota no nos daban trabajo y en toda parte nos miraban mal —dice Eugenia Robles Rueda.

El estigma también obedece a otra situación. El municipio es una franja larguísima que atraviesa casi todo el departamento de Santander. En el extremo occidental está el llamado Bajo Simacota, que limita con Barrancabermeja y con Carmen del Chucurí (donde nació el ELN, en 1964). En esta región, en el corregimiento La Rochela, los paramilitares mataron a 15 funcionarios judiciales en 1989. En la otra punta, separado por la Serranía de los Yariguíes, se levanta el casco urbano de Simacota, un poblado tan apacible que el libro de las defunciones solo registra una muerte violenta en los últimos tres años: Nelson Cala, conductor de buseta, de 53 años. Le atravesaron un palo en la carretera que va para Chima y, cuando se bajó a quitarlo, le pegaron un tiro.

De resto, la vida de los simacoteros transcurre bajo un calor soporífero que apenas si logra diluirse con las ráfagas de viento fresco que bajan de la misma montaña por donde se asomaron los guerrilleros hace 51 años.

estaba barriendo el andén cuando oyó las primeras detonaciones. “¡Se metió la chusma!”, gritó alguien. Ella y sus 14 hermanos se escondieron.

En el cementerio no está el cuerpo de Parmenio, el guerrillero muerto en el ataque.

Los simacoteros dicen que fue enterrado en un muladar al que llevaban a los suicidas.

La estación de Policía (a la derecha), uno de los

lugares atacados por el ELN, fue reconstruida hace poco.

Los periódicos de la época que registraron el ataque a Simacota no coincidieron en los datos básicos. Algunos hablaron de unas pocas decenas de guerrilleros; otros se aventuraron a publicar que había al menos 120 insurgentes.

"¡era Una hembrota! —dice un carnicero, que afirma haber conversado con ‘la mona mariela‘ el día de la toma—. Hasta me invitó a que me fuera pa’l monte".

Por esta calle empedrada entraron los guerrilleros disparando. Desde entonces, el pueblo de Simacota es tranquilo y muy rara vez se oye un tiro.

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