No me refiero únicamente a las que cobran por un rato, sino a las que son miradas con desdén por su reputación dudosa. Se les cuestiona porque no hicieron de la decencia su forma de vida, o al menos, no utilizaron la decencia para encubrir lo que otros hacen al escondido. Se les recrimina porque buscan en la sexualidad la libertad y la igualdad que se nos permite a los hombres, y porque no se resignan a que en el amor tengan que soportar la rutina y el aburrimiento. Las tildan de sinvergüenzas, de robamaridos, de perras, de putas, de zorras, de dañamatrimonios; abren los ojos cuando se las encuentran, las señalan con la boca cuando aparecen, se habla de ellas por entre los dientes.

Las señoras casadas no las quieren, las temen, pero qué sería de sus reuniones y encuentros con otras "de su nivel" sin la existencia de las que tanto critican; de qué hablarían, a quién devorarían, quién podría ser la víctima de su canibalismo verbal. Los señores juegan doble dependiendo de las posibilidades. Rajan de ellas cuando les conviene, aunque si se les da la oportunidad echan el lance a ver si alguna cae, pero si no les paran bolas seguirán rajando de ellas, seguirán acariciándolas en sus deseos mudos.

Ay de que alguna llegue lejos, de que triunfe. No le alcanzará la vida para oír los improperios con los que pretenden regresarla a su origen, y nunca escuchará otras razones de su mérito que no sean las que relacionan su éxito con la cama y el sexo.

A pesar de todo, casi todas son alegres, buenas conversadoras, buenas bailarinas, buenas en general. Tienen claro que el juego de la vida está casi siempre por fuera de las reglas, que los convencionalismos son para la gente aburrida, y probablemente intuyen que solo hay una oportunidad sobre esta Tierra, que lo del Más Allá es pura carreta, y entonces, no hay excusas, ni cielo ni infierno que les impidan vivir intensamente. Y gracias a ellas la vida de los demás es menos jarta; por su intensidad el mundo adquiere pique, tiene salsa, el piso se sacude, tiemblan las piernas, valen la pena las fantasías sexuales.

Cuando fueron muy jóvenes eran como todas las otras, aunque muchas de ellas ya empezaban a marcar diferencias y territorio; ya se las veía inconformes con las imposiciones de una sociedad pacata y goda como la nuestra; empezaban a sentir, como todas las otras, que había algo que las inquietaba debajo de sus faldas pero solo ellas no se resignarían al simple cosquilleo. Y después, con el paso del tiempo, comenzó su mala fama, a andar su nombre de boca en boca, su prestigio de cama en cama; a veces era verdad, a veces solo la rabia de un chisme, pero se fueron quedando con esa aureola de mujeres distintas, manchadas con ese estigma injusto con el que se marca a todo el que quiere salirse de la manada.

No hay que descartar la participación de la envidia en estos señalamientos; hay que recordar que no todo el mundo tiene el privilegio de hacer lo que se le da la gana, o el coraje, porque en las sociedades cerradas y bobas no solo se deja el prestigio sino parte del pellejo en la búsqueda de las mínimas libertades.

Por eso, y por más, también con el tiempo les llega la tristeza, sobre todo, cuando comienzan a entender que se están convirtiendo en mujeres solas, porque a ellas también el resplandor se les apaga. Y porque en nuestro machismo e hipocresía las necesitamos como si fueran estrellas: queremos que sigan alumbrando nuestras noches, pero solo de noche y sin el riesgo de colisionar con nuestro insignificante e íntimo planeta.

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