Paradójicamente, soy un sobreviviente. Ocurrieron en las épocas nefastas de las bombas urbanas, del terrorismo indiscriminado. El primero, el 6 de noviembre de 1985, con la toma del Palacio de Justicia por el M-19. El segundo, el 7 de febrero de 2003, el día que explotó la bomba en el Club El Nogal, introducida subrepticiamente por miembros camuflados de las Farc. He debido estar en el Palacio de Justicia a la hora exacta de la toma, y no estuve. Por el contrario, estuve en El Nogal el día de la bomba, pero salí justo una hora antes de que explotara.

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Por la época de la toma del Palacio de Justicia, yo ejercía, como hoy, mi profesión de abogado. El 6 de noviembre, a las 11:00 a.m., salía para la Corte Suprema a revisar un proceso, cuando mi socio, Fernando Molina, me detuvo en la puerta, para que le ayudara a revisar un tema urgente. Le dije que iba para el Palacio de Justicia, pero no tenía inconveniente en aplazar mi visita a la Corte. Nos pusimos a discutir el caso cuando entró de improviso la secretaria agitando un radio en la mano y diciéndonos, en medio de sollozos entrecortados, que un comando guerrillero se había tomado a sangre y fuego el Palacio de Justicia. Eran las 12:00 del día. Calculé que de haber salido a las 11:00 de la mañana de la oficina habría llegado a la Corte alrededor de las 11:25 y, según las noticias, el asalto se inició a las 11:30, de modo que hubiera estado adentro en ese momento. Pero no estuve. Con un escalofrío indescriptible me puse a pensar en las personas que a última hora logran cambiar el destino y me invadió un fresco, aunque un fresco culposo.

El segundo chiripazo con bomba incluida ocurrió el 7 de febrero de 2003. Era presidente de una compañía de turismo, y teníamos las juntas mensuales en el Club El Nogal, a las 5:00 de la tarde, que se extendían hasta las 9:00 de la noche. La junta de febrero estaba prevista para ese día, 7 de febrero de 2003, pero uno de los miembros, Gustavo Tobón, nos solicitó días antes que la anticipáramos para mediodía, pues por la tarde tenía un compromiso. Estuvimos reunidos en uno de los salones del club desde la 1:00 hasta las 6:30 de la tarde, cuando terminó la junta, y todos nos retiramos de sus instalaciones. Estando en mi casa, unos minutos antes de las 8:00 de la noche, un miembro de la junta que había salido del club a un apartamento vecino me llamó a contarme que acababa de explotar una bomba y lo había destruido por completo. Llamé de inmediato a Gustavo Tobón, quien a la sazón era vicepresidente del club, y le informé de la explosión. No sabía. Se quedó mudo. Se despidió con voz llorosa y, sin dudarlo, se volvió para el club a rescatar cadáveres de los escombros humeantes, con sus propias manos, completamente atolondrado, echando madres hasta las 4:00 de la madrugada.

Cuando colgué el teléfono, todavía temblaba y se me vino a la mente el cambio de horario de la reunión. Si no se hubiera aplazado por una circunstancia fortuita, habríamos estado dentro del club, pero no era ese, tampoco, el día de mi encuentro con la muerte y quiera Dios que cuando ocurra, no sea en condiciones tan deplorables.

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Gracias a mis amigos me salvé de haber estado presente en las dos circunstancias más espantosas de que se tenga noticia en Colombia y de haber muerto en ellas. Experimenté una sensación confusa y contradictora, de alegría y tristeza. Alegría porque dos cambios de programa me salvaron la vida, y tristeza inmensa, y mucha rabia, por los centenares de muertos y heridos como resultad o de dos episodios tan demenciales, que nunca debieron ocurrir, pero que ocurrieron, para vergüenza eterna de sus infames gestores.

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