Me cuesta respirar, llevo medio plato de un mazacote enorme de arroz integral, que por alguna razón se infla más que el arroz blanco. Ya terminé la sopa, una crema de pollo. Me falta comerme un pedazo de carne que luce como media res con gorditos; una ensalada con lechuga, tomate y unas cuatro verduras más, y un par de papas al vapor que seguro tendré atravesadas en la garganta el resto del día. Hace una semana, a esta misma hora, mi almuerzo era solo un sánduche de 15 centímetros de Subway y una Sprite. Pero eso se acabó, hoy empecé oficialmente la primera dieta de mi vida: como soy de lejos el más langaruto de la oficina, resulté el conejillo de Indias perfecto para el reto de SoHo: someterme a una dieta de engorde por un mes.

Nunca había sido mi intención subir de peso. Siempre he sido flaco y nunca me ha importado. El título me ha acompañado desde que tengo memoria. Cuando juego fútbol, siempre alguien me grita “¡flaco, qué golazo!” o “¡flaco, no sea tan tronco!”, dependiendo del partido. Desde que me acuerdo, mis amigas juegan a alzarme solo para reírse y decirme que no peso nada. En la tienda de la esquina, cuando era niño, era frecuente escuchar “flaco, las vueltas”. Y, en el peor y más ofensivo de los casos, cuando alguien lleva un tiempo sin verme, me mira con cara de angustia, de lástima, y me dice “¡ay, estás muy flaquito!”, casi al borde de un abrazo de consuelo. Lo odio, siento que me diagnostican una enfermedad con la mirada. Aun así, nunca me he sentido enfermo, siempre he creído que es mi contextura y punto.

Pero era mejor preguntarle al médico. Nunca había ido a un nutricionista, todo es nuevo para mí en este experimento. La sala de espera tiene una decoración loft. Es blanca. Los muebles son como de casa alquilada en el Peñón, de esos que por más que les salte toda la noche encima y les riegue whisky no les pasa nada, pero que al sentarse sin camiseta su piel y el cuero de la silla se vuelven un solo ser pegachento. Suena música a volumen de consultorio. Al escuchar detenidamente, me doy cuenta de que están poniendo canciones de Kiss y de Radiohead. Me da confianza. La música de los consultorios es desastrosa por lo general: baladas pop sin letra, covers en violín de grandes clásicos, ritmos andinos en vientos de zampoña y tambora. Hojeo un par de revistas, ambas de peluquería, leo los chismes y veo las sociales; no reconozco a nadie, deben ser fotos del Hay Festival.

La doctora es guapa. Se llama Diana y tiene ojos claros. Me invita a tomar asiento y me pregunta por la razón de mi visita. “Mi mamá está preocupada y, además, estoy haciendo una crónica para SoHo”, le respondo. Ella se ríe y saca una libreta de apuntes.  Le hago saber que la idea es engordar durante un mes, pero le aclaro que quiero hacerlo bien, de manera saludable, y no convertirme en la versión criolla de Morgan Spurlock, el cineasta independiente que escribió, dirigió y protagonizó en 2004 el documental Super Size Me (Agrándame). El tipo, Spurlock, suplió durante 30 días todas sus necesidades de alimentación con productos de McDonald’s, y yo no quería terminar como él: con problemas de hígado, disfunción sexual, cambios de humor y un sobrepeso que solo logró bajar después de cinco meses.

La nutricionista, que está de acuerdo conmigo, empieza el cuestionario de rigor:

—¿Desayuno normal?

—Huevos y Chocolisto… cuando desayuno, porque a veces voy tarde para la oficina.

—¿Almuerzo?

—A veces arroz, papa, carne y ensalada, pero, sobre todo, sánduches y hamburguesas.

—¿Comida?

—Lo mismo del almuerzo.

El interrogatorio sigue: a qué horas como, si lo hago muy rápido, con qué bebidas acompaño mis comidas, si tomo medias nueves y medias tardes, cuántas veces hago popó al día, cuánto mido… Le cuento que mido 1,74, que cuando me da hambre como con toda y a toda, que soy medio adicto a las gaseosas, que paso cada bocado con un sorbo de líquido, que entre comidas me mando unas papas de paquete o una empanada, que fumé hasta hace poco, que bebo alcohol los fines de semana, que no consumo alucinógenos, que juego fútbol, que hago popó… no, eso no lo pienso contar acá.

La última vez que me subí en una báscula, pesé 59 kilos. Ya ha pasado bastante tiempo y espero superar, por primera vez, la barrera de los 60. Siempre he querido llegar a ese número. La báscula de este consultorio no es como cualquiera, no da el peso y ya. Esta es digital y mide el porcentaje de grasa, el porcentaje de masa muscular, el porcentaje de grasa visceral… La doctora me pide que me suba, y lo hago con un poco de ansiedad. De este resultado depende la cantidad de trabajo que tendré durante las cuatro semanas que vienen. Los números cambian constantemente y me siento algo confundido. Ella toma nota de lo que sale en la pantalla y procede a medirme el pecho, el abdomen alto y el bajo.

 “¡Vamos!”, grito cuando me dice que estoy en 61,3 kilos. Eso para mí es estar gordo. Pienso en mi mamá y su preocupación por ver que nunca llegué a parecerme en contextura a mi papá, un tipo grande y acuerpado. Pero la dicha dura lo que tarda la doctora en decir: “Tienes 28 años, pero tu contextura es la de un niño de 12”. Me dijo chupado, enjuto, feo (porque, aceptémoslo, es raro ver a un niño de 12 años bonito). ¿Tengo una bacteria en el intestino? ¿Estoy desnutrido? ¿Tengo algo raro? ¿Debo ir al homeópata? “No, no es malo del todo —me aclaró la nutricionista al verme pálido—, pero lo ideal es que peses 69 kilos“.

Al parecer, tengo un 11,1 por ciento de grasa y estoy en 5 en el rango de grasa visceral, que se mide hasta 10 (si estuviera por encima de 10, sería propenso a enfermedades vasculares y coronarias). Además, solo el 52,3 % de mi peso es de masa muscular. ¿Qué significa ese reguero de números? Que tengo que aumentar músculo, punto. Y eso solo se logra alimentándose bien y haciendo ejercicio; pero no cardio, no trotar, no montar bicicleta ni jugar fútbol, no: alzar pesas, hacer abdominales.

Yo, que me encalambro a la décima flexión de pecho, que le pago a mi mamá para que saque al perro porque me da mamera, que cojo bicitaxi hasta el TransMilenio, que no conozco un gimnasio por dentro… tengo que inflarme a punta de fierros. Yo, que soy una morsa, una morsa de 61 kilos.

Las dietas para aumentar de peso son más comunes de lo que uno se imagina, y no solo las hacen los flacuchentos como yo: también deportistas que necesitan subir de peso para rendir más o saltar de categoría para ganar más plata; actores que sueñan con un Óscar y algunos enfermos. Por ejemplo, quienes tienen cáncer, especialmente tratado con quimioterapia, sufren pérdida de apetito; por eso, estas dietas son necesarias para mantener su buen estado de salud. Otras condiciones, como la desnutrición o la anorexia, requieren una dieta saludable, con un aumento progresivo en la alimentación. Otra cosa que aprendí en este experimento es que la dieta que voy a hacer es tan sana que si alguien quiere dar un cambio en sus hábitos de alimentación para mejorar su salud puede hacerla. Lo único es que esa persona debe estar dispuesta a subirse unos kilos y verse, por lo menos, más cachetona.

Lo primero que tiene que hacer alguien que va a empezar una dieta de engorde es hacerse unos exámenes médicos de rigor (glicemia, colesterol, tiroides) para ver que todo esté más o menos bien. Después, purgarse. Los purgantes de hoy no son como los de antes, esos sí eran purgantes de verdad: usted no podía salir de su casa por tres días, se la pasaba en el sanitario tanto tiempo que vivía con las piernas dormidas, y solo podía comer sopa de lentejas y pan. Si se tomaba un trago, se envenenaba. Los retorcijones, sonidos y gases que expedía su cuerpo lo hacían odiarse por comer la basura que causó esa purgada. Los purgantes de antes venían en forma de jarabe; ahora vienen en pastillas, seis pastillas para ser exacto. Me toca tomarme una de esas cada doce horas. Cero traumático: no hay sudor frío, no hay carreras al baño con el rabo recogido, hasta se puede comer normal.



Ya sin bichos, llegó la hora de someterme a una ingesta descomunal, por lo menos para este flacucho mal alimentado. Debo comer seis veces al día, todos los días a la misma hora:

—Antes del desayuno, un batido de leche descremada, un yogur, un banano, una cucharada de granola, otra de miel, una más de canela.

—Al desayuno, huevos, chocolate, jamón o queso y pan integral.

—A mediamañana, Ensure (suplemento alimenticio de vainilla o chocolate) en leche, galletas integrales y fruta.

—Al almuerzo, sopa, preferiblemente crema; arroz o pasta integral; carne, pollo o pescado; papa y ensalada.

—De onces, más Ensure y una lonja de jamón o de queso.

—Para la comida, el mismo plato enorme del almuerzo… Me lleno de solo escribirlo.

Me consuelo pensando en los actores que tuvieron que engordar para lograr papeles memorables. Y este es mi papel memorable, me doy ánimo y me río antes de enfrentarme a un Ensure más. Hay casos extremos en el cine, como el de Christian Bale, quien en 2004, para la película El maquinista, marcó el récord de pérdida de peso en un actor: bajó 29 kilos y llegó a los 50. Los productores le insistieron que detuviera su dieta (que consistía en extensos ejercicios aeróbicos, una lata de atún y una manzana al día), pero él se negó. Un año después, para protagonizar Batman, Bale ya había recuperado su peso regular, y en 2013, cuando grabó American Hustle (Escándalo americano), se metió 40 kilos y sacó una panza terrible. El papel le valió la nominación al Óscar.

Jared Leto, por su parte, aumentó más de 20 kilos para encarnar a Mark Chapman, el asesino de John Lennon, en la película Chapter 27. Leto, siendo vegetariano, asumió una dieta de pizza, cerveza y Coca-Cola (parecida a la mía hace unos meses, pero yo no pude engordar así). Otro caso memorable es el de Robert De Niro, quien en una de las transformaciones físicas más impactantes de su carrera, aumentó 28 kilos en 1980 para personificar al cincuentón Jake La Motta en el filme de Martin Scorsese Raging Bull (Toro salvaje). Y está Edward Norton, quien subió 14 kilos de masa muscular para dar vida a Derek Vinyard, el brutal skinhead de la película American History X (Historia americana X); a este último es al que yo debo emular en este momento. ¿Cómo? Pues a punta de ejercicio.

No hay nada peor que un primerizo de gimnasio. Uno parece un idiota deambulando por las máquinas detrás de algún instructor, entre tipos sin cuello, con trusas fluorescentes y que gritan mientras alzan pesas.

Mi cita es a las 8:00 a.m. en Alexfitbox, en la calle 113 con carrera 13 de Bogotá. “Métale peso, solo peso, nada de cardio —me decía Álex Fitbox, mi entrenador personal y dueño del chuzo, por supuesto—. Lo vamos a agrandar, chino, pura hipertrofia a esos músculos”. Es una manera sutil de decir que me va a sacar la leche y que me van a obligar a usar manga sisa. A los cinco minutos, después de calentar, ya estoy muerto. Es vergonzoso ver cómo después de ocho flexiones de pecho me tienen que empezar a levantar de la cintura para ver si completo 15. Me tiemblan las manos al tratar de levantar pesas de 10 libras, que no es nada. Tengo que terminar la sesión de una hora a los 25 minutos porque no doy más. Me toca ir a vomitar. Minutos después, me obligan a comerme una lata de atún para recuperar el color, y debo esperar tres días para poder, siquiera, levantar los brazos para ponerme los audífonos. Qué dolor tan insoportable. No existe crema caliente suficiente para quitármelo.

La segunda semana, uno ya está medio acostumbrado a la dieta y se siente un dolor diferente, uno chévere; puede ser por el hecho de que la modelo Elizabeth Loaiza entrena a mi lado, y ver ese cuerpo merece un sacrificio… un sacrificio de cuatro veces a la semana en el gimnasio. Poco a poco, las pesas de 10 libras pasan a ser de 15 y después de 20. La rutina de 25 minutos pasa a ser de hora y media.

Para la tercera semana, la guerra no es contra el ejercicio sino contra la ropa. Subí una talla de pantalón, lo que significa que debo pelear todas las mañanas para cerrarme los jeans talla 28 que he usado siempre. He llegado al punto de acostarme en la cama con los pies mirando para el techo y, como una protagonista de película que se niega a aceptar que subió de peso, jalar hasta que me entran. Al final, el ejercicio ya es parte de mi día, me gusta. Y sin problema ya como después de las rutinas físicas para recuperar lo que perdí con el esfuerzo. Me siento un boxeador, pero un boxeador de los de antes, de los que subían de peso obligados para llegar a categorías superiores y luchar a puños por recompensas millonarias.

En la Agencia de Nutrición del Deporte y Salud me explican sobre el proceso que llevaban estos deportistas legendarios. Antes era común que los pugilistas fueran sometidos a procesos poco convencionales para obtener cierto peso: o bien comer hasta reventar para subir; o bien pasar tardes en una carpa bajo un sol inclemente o comer chicle y escupir sin parar para deshidratarse y perder aunque fuera unos gramos. Ahora no, ahora el deportista pasa por un consejo de médicos, nutricionistas y preparadores físicos que buscan las mejores opciones, según cada caso, para no comprometer su salud. En lucha libre también era común ver tipos que participaban en una competencia de categoría 50 kilos y luego, un mes después, tenían que subir para otra competencia, pero de 58. Ahora se busca dejarlos a todos en una sola categoría para maximizar su rendimiento.

Rafael montaña, médico del Independiente Santa Fe, me cuenta que en las concentraciones del equipo, el día antes de un partido, la alimentación tiene una carga de carbohidratos fuerte. El almuerzo se sirve cuatro horas antes de la competencia y consta de sopa de pasta o arroz, y un seco con pollo, arroz, pasta y pan. La razón es que la cantidad de calorías que el jugador está consumiendo será quemada en una competencia de alto rendimiento. Todos tienen la misma dieta, pero a cada uno, dependiendo de la posición en la que juegue, se le ponen ejercicios diferentes: los defensas centrales, por ejemplo, necesitan más masa corporal que otros.

Viendo esto, creo que pasaré de delantero a zaguero. La dieta que hago, sin embargo, es suave. Como más, pero como bien. Engordo de la manera más sana posible. El pan, la pasta y el arroz integrales que consumo a diario desde hace un mes son cargados de fibra, y tienen componentes extra de grasas, vitaminas y minerales. Los batidos me dan una carga proteica bien fuerte (aclaro: aunque una persona puede subir de peso con solo batidos, no es recomendable). El resto de la carga que le estoy metiendo empujada al cuerpo la compenso a punta de proteína (carne, pollo o el recomendadísimo pescado), de ensalada, de sopa.

¿Y el resultado?

—Semana uno: 61,3 kilos.

—Semana dos: 62,5 kilos.

—Semana tres: 63,4 kilos.

—Semana cuatro: 64,4 kilos (después de cambiar radicalmente mi alimentación y someterme a cuatro semanas intensas de doloroso ejercicio).

Estoy 3 kilos por encima de lo que estaba pesando al iniciar este experimento. El reto era subir 500 gramos por semana, pero subí un kilo de más. Mejor, mi mamá está feliz. Y no es que me haya cambiado la vida, pero sí me siento más saludable. Ahora tengo el propósito de hacer deporte más seguido (pero no con un entrenador personal, porque eso vale un billete). Y sí, voy a seguir haciendo dieta, aunque no tan estricta. Quiero comer más saludable y asesorarme más en temas de alimentación: ahora entiendo que puede no ser sano hacer la misma dieta de una amiga, de una tía, de la mamá sexy del gimnasio. Cada cuerpo es diferente y sufre cambios únicos. ¿Qué cómo quedó el mío después de un mes engordando? Pues con una panza de papá hedionda que no la baja ni Christian Bale.

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