El kilo de cocaína que Jairo Siris se tragó en Bogotá para llevar en sus entrañas hasta Madrid, donde terminó expulsándolo con la ayuda de un purgante, fue la combinación que golpeó su carrera y dejó sus aspiraciones sobre las cuerdas. Corría el año 1991 y la entonces promesa del boxeo colombiano padecía la eterna historia del peleador que solo tiene la lona para caerse muerto.

Su estampa de atleta natural, los músculos que comenzaron a parecer la extremidad de un caballo de carreras por el duro entrenamiento, y los tres subtítulos nacionales que logró representando al Atlántico en su trayectoria como amateur, lo motivaron a dejar el colegio cuando apenas iba por noveno grado, pues en su cabeza díscola de aquel entonces, en la que le daba más espacio a la imaginación que al raciocinio, se vieron como cosa cercana las fastuosas veladas del Madison Square Garden, las mismas en las que se visualizaba como la estrella más asediada.

No recibía un peso de ningún patrocinador y se sostenía con una venta ambulante que tenía en el Paseo Bolívar (centro de Barranquilla), pero quería alcanzar rápido la fama y tenía la obsesión de pelear en el exterior. Lo que menos pensó fue que al llegar a territorio ibérico pelearía en muchas ocasiones, pero dentro de la prisión y trabajando como sparring de otros pegadores, con los que compartiría los años de encierro.

En aquel sitio inició el duro estilo de vida que en un principio no parecía destinado para él, pues el sparring en el mundo boxístico es un personaje condenado casi al anonimato, que únicamente se dedica a ser ‘hueso duro‘ en el entrenamiento de los que muestran verdaderas condiciones para ser amos del cuadrilátero.

Aunque su condición natural no era la de un pegador mediocre, el mal negocio en el que le ofrecieron 6.000 dólares lo tenía entre barrotes junto a varios compatriotas y decenas de africanos, con los que intercambiaba golpes sin importar las bajas temperaturas que maltrataban sus sueños de gloria.

El sparring ya aparece en los diccionarios de habla hispana como la persona que ayuda a entrenar a un boxeador antes de un combate. En muchos lugares del mundo, donde el boxeo no solo está en boca de todos cuando sus ídolos protagonizan escándalos, las personas que cumplen con esta labor tienen ingresos que les permiten vivir con tranquilidad.

Por lo menos en Estados Unidos son leyenda urbana los avisos clasificados que aparecían en los diarios pidiendo un sparring para Mike Tyson a cambio de miles de dólares, pues la figura de Brooklyn ya había acabado con las costillas de todos los anteriores.

"Allá la gente que se dedica a eso gana buen dinero y viven bien con lo que reciben", cuenta Epifanio Mendoza, púgil colombiano radicado hace varias temporadas en Norteamérica, quien además busca los servicios de Jairo Siris cuando regresa a Barranquilla.

Como es costumbre, la realidad del medio colombiano es totalmente opuesta. La mayoría de peleadores viven con el sueño permanente de emigrar y este se aumenta las veces en las que solo reciben escasos 200.000 pesos al terminar un combate.

De esa cifra que se alcanza a envolver con una sola mano, tienen que darle algo al entrenador, el mismo que ha convertido sus puños en las herramientas para abandonar la pobreza eterna que tanto acecha. Como si fuera poco, dicho personaje tiene centradas todas sus ilusiones en el ‘gallo de pelea‘ que está formando, además no resiste otro gesto de ingratitud, pues los campeones anteriores que nacieron en su ring ya no lo recuerdan.

En el ranking de espera también figura la familia, grupo que alimenta las ilusiones del futuro ‘monarca‘, pero que tampoco está dispuesto a ver al hambre levantar los brazos en señal de victoria al final de cada jornada.

En ese orden de prioridades el sparring aparece de último, es así como se termina aplicando la popular frase de "cualquier cosa es cariño", pues se debe tener en cuenta que ningún pegador de esta tierra se prepara para vivir del peculiar oficio, simplemente se colaboran mutuamente y con el paso del tiempo los que ven dilatada su carrera profesional por diversas razones, terminan como ayudantes del que tiene mayor relevancia.

Algunos se estancan por no tener cualidades, pero niegan su condición y sin sonrojarse caminan como estelares. Otros, como Jairo, tienen la sinceridad y la humildad a flor de piel y son conscientes de que la rebeldía que se convirtió en torpeza es la causa que los llevó a pelear asaltos extras que no figuraban en el plan de vida.

Siris cuenta que una vez en Alemania le ofrecieron trabajar como sparring con todas las garantías, pero no aceptó la oferta porque tenía una lesión en una mano. "Además, allá por mucho que a uno le duela algo hay que seguir porque pagan un buen salario", dice quien a estas alturas se ha convertido en una especie de libro de consulta, gracias no solo al buen hábito de escuchar, sino también a los numerosos viajes que ha hecho por más de nueve países, todos gracias al boxeo.

En Colombia es donde le ha tocado hacerlo con mayor regularidad y varios compañeros terminan entregándole entre 20.000 y 50.000 pesos. En otros casos un par de botas, guantes o cualquier otro elemento que le sirva para entrenar. Jairo lo reconoce mientras mira una de las paredes de su casa, donde cuelga con orgullo las fotografías que sirven como testimonio de sus ‘batallas‘, aunque indudablemente tiene mayor relevancia, la antorcha que llevó en una marcha llamada Europa Contra las Drogas.

 El 2 de marzo de 1995 Jairo regresó a su terruño después de pagar una condena de casi 40 meses lejos de casa. Su familia le abrió las puertas y con admiración recibieron el testimonio de vida que traía. En cada palabra daba muestras de no ser el joven desubicado que buscaba peleas en cualquier esquina del barrio Las Nieves.

Al mejor estilo de una obra literaria, el personaje central regresó con mejor ropa, buen semblante, sonrisa constante y las ganas necesarias para construir una nueva historia de vida. En la cárcel lo felicitaron por el buen comportamiento y le rebajaron la pena. Trabajó haciendo limpieza, después en la tienda y al final terminó como instructor en el gimnasio. También tuvo tiempo para estudiar inglés y hasta para hacer un curso corto de psicología.

En esos días de renacimiento volvió a los sitios de entrenamiento en Barranquilla, epicentro del pugilismo profesional colombiano. Cuando reapareció por sus viejos predios se le abrieron las puertas con el afecto de siempre y eso lo motivó a demostrar que la lección estaba aprendida. Fortalecido por el proceso de rehabilitación carcelaria que vivió en Vitoria, España, Jairo volvió con el ímpetu que requiere un campeón de la vida. Con el pellejo más duro luego de recibir los puños de contrincantes africanos, Jairo llegó para renacer como peleador. La meta parecía sencilla, ocupar de nuevo titulares por su fuerte pegada y no por llevar algún alcaloide en su vientre.

Así arrancó la nueva etapa.

"Cuando salté al profesionalismo me echaron con Oney Valdez, quien tenía mucha experiencia y el comisionado no me quería dejar pelear", cuenta entre risas, después de recordar que esa noche se impuso por la vía rápida. De esa forma inició una carrera en la que dejó más de un mal recuerdo a sus rivales. Siris volvió a proyectarse como una amenaza en las 168 libras, pero sin planearlo las circunstancias fueron permeando la imbatibilidad del guerrero y terminó convertido en un boxeador irregular.

Hoy registra 33 peleas, de las cuales ha perdido 14, de ellas 7 por nocaut, y aunque sigue sacando fuerzas para subir al ring, hoy la vida de el ‘Diablo‘ Siris, como alguna vez lo apodaron, parece estar totalmente envuelta en la cotidianidad.

A sus 38 años es padre de tres hijos junto a  Mónica, la mujer con la que convive y que una y otra vez se ha negado a ir al altar. Ella también está dedicada al deporte de las narices chatas. Es una mujer trabajadora y comprometida con su hogar. Ha peleado dos veces por campeonato del mundo. Siris destaca de su compañera, el carácter fuerte que él ya aprendió a dominar.

Hasta ahora ningún campanazo ha anunciado la llegada del título y la gran fortuna a su humilde casa, la misma que pudo comprar con el dinero que ganó peleando, mucho después de aquel 11 de noviembre en el que voló hacia suelo europeo. Su realidad ahora se basa en la sesión de ejercicios que comienza un poco antes de las 6:00 a.m. y en la que Mónica no lo acompaña, pues ella corre en otra dirección y con entusiasmo desmedido, mientras él se preocupa por seguir lo que el entrenador planifica.

La madurez como deportista no era algo innato en su conducta. A estas alturas sabe que también paga el precio por algunos excesos, como el de volver a entrenar al día siguiente de la pelea aunque sintiera fuertes mareos por los golpes de la noche anterior. También hace remembranza de sucesos que hoy no permitiría, como la vez que un mánager lo puso a inhalar amoniaco en la esquina para darle mayor resistencia. "Sentía que la cabeza me daba vueltas y no alcanzaba a pegar como de costumbre", recuerda con asombro.

Aunque aún no ha protagonizado la gran velada transmitida por satélite, él parece no perder el entusiasmo y al mejor estilo de los campeones mostrados en el cine es saludado por la gente de su barrio, donde lo llaman "señor" al verlo correr por la habitual calle destapada.

Mientras trota y hace movimientos de cintura su imaginación alcanza a volar, más allá de que no está programado en ninguna cartelera, y así logra noquear a cualquier sombra que se le cruce.

Jairo trabaja como mototaxista para llevar el pan de cada día, ese que jamás cae del cielo. Según él, ese esfuerzo extra que hace para sostener a su familia es el factor principal para que sus piernas hayan flaqueado en varias ocasiones y ya contabilice siete derrotas por la vía del sueño. Nunca ha trabajado en una empresa, le ha tocado vender relojes y frutas, manejar taxi y ahora andar en moto.

Entre los logros importantes de su vida, destaca el haber comprado una motocicleta que usa para trabajar en la modalidad de transporte que aún no se ha legalizado. También admite que antes la lucha diaria era más compleja porque no tenía vehículo propio y debía pensar inicialmente en los 10.000 pesos de la tarifa. Ahora siente que cuenta con más garantías para llegar a tiempo al gimnasio del barrio La Magdalena, sector popular de Barranquilla en el que entrena de lunes a viernes después de las 3:00 p.m.

Allí vuelve a sumergirse en sus anhelos por segunda vez en el día. El sol que maltrata su espalda con inclemencia mientras trabaja como sparring de Segundo Herrera, un compañero de club que no quiere hacer gala de su nombre.

Bajo la amenaza de la incertidumbre de que más de un gasto del próximo día no está resuelto, Jairo trabaja y procura no recibir manos que lo afecten.

Ha trabajado como sparring de Fulgencio Zúñiga que ya es campeón mundial. También con Edison Miranda y otros peleadores cotizados. Ellos lo buscan porque, dice, es difícil pegarle. Hace la demostración de cómo esquiva los puños que lo llevarían a una incómoda fila en un pésimo centro hospitalario, esos a los que están condenados los usuarios del Sisbén.

La tarde pasa y el sol anuncia su marcha. Viendo las cosas desde la tribuna, es utópico pensar que Jairo Siris será campeón mundial. Su mejor ubicación fue cuando estuvo como noveno aspirante de los supermedianos en la Federación Internacional de Boxeo, algo que pasó hace más de un lustro.

Es común ver en el deporte y otras actividades de la vida cómo los padres pasan a los hijos las frustraciones. En el seno de la familia Siris, en cambio, los pactos de herencia parecen no tener cabida. "Yo no quiero que mis hijos sean boxeadores. Pretendo que estudien, y por eso casi a diario les hablo de mis errores. Más que nadie sé que si uno en la vida no estudia, no será nadie", pronuncia con la sabiduría que ha ganado a golpes ante la atenta mirada de Jafet, el hijo mayor, que se alista para ir al colegio en la moto de su padre. Él lo mira como campeón, no como sparring.

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