Soy el típico niño de 2 años. Coloreo, tengo los mismos ademanes. Mi niño interior está mucho más en la superficie que el de la demás gente.

Esto me lo dice Stanley Thornton, de 34 años y más de 150 kilos, residente de la aletargada ciudad de Redding, en California. Él ha decidido llevar hasta las últimas consecuencias esta premisa.

Me lo dice, además, con toda la sinceridad del mundo, apoltronado en el sofá de esa especie de guardería que es su casa, su cuartel general, ataviado con un gigantesco enterizo color crema. Tiene una pantaloneta encima, imagino que por pudor ante la visita. Y enarbola su chupo en el aire como para probar el punto.

La imagen a la que me enfrento es entre absurda e intimidante: un niño gigante que duerme en una cuna igualmente gigante (adaptada de una cama de hospital). Trae puestos pañales, come papilla en una silla alta de bebé, usa chupo, se comunica con balbuceos preverbales y juega con sus muñequitos (su favorito es Puppy, guardián simbólico de sus sueños, que lo acompaña cada noche en la cabecera de la cuna). La leche, eso sí, la prefiere en tetero que de pecho. Es decir, tiene las mismas actividades, la misma mentalidad y la misma disposición vital que caracterizarían a cualquier párvulo de 2 años que se respete.

Ocurre que Stanley es lo que se conoce como un AB (que quiere decir adult baby, bebé adulto) en el creciente y variopinto menú de las parafilias, en la nómina de sabores del fetichismo puro y duro. Una persona que, aunque capaz de cocinar, limpiar, manejar y hacer las compras, encuentra satisfacción (como el nombre sugiere) en vivir como un bebé, adoptando sus accesorios, su dieta, su rutina, su aspecto.

UN MUNDO PROPIO

Stanley me abre la puerta cómodamente enfundado en su atuendo de bebé. El gesto con el que me extiende el brazo para invitarme a entrar encierra el simbolismo de quien abre una compuerta a un mundo propio, aparte. El mundo de Stanley Thornton es casi intrauterino: espacios apiñados e iluminados pálidamente, persianas casi fóbicamente cerradas (más tarde declinaría amablemente mi pedido de abrirlas para mejorar la iluminación del cuarto durante la sesión de fotos). Su habitación en especial es todo un altar AB. La suspensión del paso del tiempo, idílica, utópica.

La gentileza y los modales suaves del anfitrión, en contraste con su estatura y complexión, con su sobrepeso, reflejan esta apacibilidad. Stanley tiene una voz delicada, amable, reconfortante. En nuestras conversaciones telefónicas se había mostrado comprensivo y abierto. La benevolencia aflora. Es tan cordial que hasta escribe sus emails en letra cursiva.

—¿Cómo se siente ante el hecho de que los años pasan pero en este aspecto usted sigue igual? —pregunto.

Y Stanley completa mi duda, lo que de por sí ya es contestarla: “Es un poco irreal”. Sin duda. Basta mirar este lugar donde las dimensiones físicas desafían la razón. Es como si viéramos todo a través de una lupa. En la sala, un corral que parece más bien del tamaño de un ring de boxeo. Junto a la cocina, la surreal silla para darle de comer a un bebé gigante (hecha por el propio Stanley), adornada con stickers enormes. La descomunal cuna destaca imponente y domina el reducido espacio del dormitorio. Las paredes están ocupadas por estantes de peluches y libros para colorear, dibujos infantiles, fotografías de las primeras mamás que tuvo al abrazar el estilo de vida del adulto bebé: las mommies Pam y Sandra, ya fallecidas. El panorama lo completan muñequitos y varios DVD de Disney (Handy Manny, el mecánico latino, es su favorito, como atestiguan varias decenas de discos). El espacio apretado rezuma calidez, protección. Un entorno acogedor, una burbuja que aísla a su dueño del maltrato, de la incomprensión, de la crueldad.

La escala magnificada de la parafernalia parvularia que encuentro desperdigada por el apartamento, que comparte con su madre biológica y el novio de esta, impregna todo de un aire absurdo.

Stanley ocupa aquí, en este pequeño universo ritual, la mayor parte de sus días. Un abanico de dolencias conspira para confinarlo en la cuna o en el sofá: de la evidente incontinencia que lo obliga a usar pañales a la bipolaridad; del estrés postraumático al síndrome de deficiencia de atención; de las lesiones vertebrales fruto del abuso infantil a afecciones cardiacas vagamente formuladas.

En su caso se cruzan, además, dos fetiches concurrentes, pero no necesariamente voluntarios. Stanley es también un DL, o sea un diaper lover, amante de los pañales, así como un bedwetter, un mojacamas. Cada una de estas facetas alimenta la otra y se confunde con ella.

Lo descubrió a los 13 años, cuando tuvo su primer incidente y se orinó en la cama. Quizá era el resultado de antiguas golpizas paternas o del maltrato sufrido en una estadía en el pabellón psiquiátrico. Nadie sabe. Su hermano menor había pasado por un periodo similar y la reacción de la familia había sido virulenta: abuso físico y psicológico, humillación. Lo obligaban a usar pañales en presencia de extraños, lo trataban como a una criatura. El solo prospecto de ser víctima de similares represalias, de pseudocorrectivos tan enfermizos y sádicos, fue suficiente para que Stanley hiciera del acto de mojar la cama una actividad completamente clandestina.

Siete años vivió con el alma en vilo, ocultando su condición, alternando jornadas de lavado de sábanas orinadas con sendos contrabandeos de pañales, ambos a espaldas de sus padres. Llegado el momento, se atrevería a llevar los pañales puestos al colegio, y luego al trabajo, sin ser descubierto.

Mojar la cama fue para él la droga que lo condujo a los senderos del infantilismo. A comienzos del año 2000 le regalaron su primer computador. Eran los tiempos prehistóricos de la eterna conexión telefónica para internet y pronto desarrolló una presencia online en foros para personas con incontinencia. Pedir consejos para encontrar pañales más eficaces derivó en recibir un enlace a otros foros, los de bebés adultos. Era toda una epifanía descubrir que había otros como él: “Lo que me ocurría tenía nombre, yo no era un marciano”. Poco tiempo pasó para que creara su propia página, una extensión informática del entorno protector y seguro que todo AB ansía. Rudimentaria en su diseño (que mantiene hasta hoy) pero efectiva en su alcance, www.bedwettingabdl.com crecería hasta contar con miles de usuarios en sus diferentes foros y alcanzar la nada desdeñable cifra de 2.000.000 de visitas.

LA NUEVA FAMILIA

Stanley no tiene ningún recuerdo previo a los 10 años. Afirma reprimir un pasado de abuso familiar sistemático. Cuando regresan, las imágenes de esas épocas generan crisis que lo han mandado al hospital, dice. Él las llama simplemente flashbacks.

No es de extrañar, entonces, que busque en la regresión la forma de reconstruir su infancia, pero en sus propios términos: negando simbólicamente a su familia biológica para fundar la suya propia.

Stanley conoció a comienzos de 2002 a Pam, una neoyorquina con un fetiche de mamá y antecedentes de incontinencia. Fue por internet, en la página de Diaper Pail Friends, organización surgida a fines de los años setenta como una lista de correo (correo postal, físico) que publicaba un boletín semestral para AB y DL. Conectaron desde la primera llamada. “Pam fue la respuesta a mis plegarias. Fue como un respiro de aire fresco”, dice Stanley.

Tras dos semanas de conversaciones telefónicas de seis o siete horas diarias, y una cuenta astronómica, Pam sugirió que se mudara con ella a Nueva York. Stanley no lo dudó un instante y atravesó el país en un viaje de tres días en un bus Greyhound. “Sabía que era la decisión correcta para mí”. Iniciaba por fin su vida como AB. Pam lo alimentaba, le daba el tetero, lo arropaba en las noches. Se acurrucaban juntos para ver películas. Una rutina de varias horas, intercaladas durante el día para no agotar a Pam, aquejada de diabetes severa.

Era una existencia ideal. Distribuidos en dos apartamentos, Pam y Stanley formarían una especie de nueva familia nuclear junto con la vecina Sandra, amiga de Pam, y otro adulto bebé llamado Darien. “Era como haber vivido con padres adoptivos toda tu vida y de pronto encontrar a tu familia de nacimiento”. Esta utopía la trasladaron a Stockton, California, tres años después. Pasarían allí un año más hasta la muerte de Pam. Luego se mudarían a Redding, donde Sandra ofrecería asumir el papel de mamá. Para consolar a un desolado Stanley, pero también para sanarse de la pérdida de su amiga, sentirse necesitada y saciar su deseo de cumplir todavía un rol maternal. Darien, quien se había mudado con su padre, se les volvería a unir en 2008. Pero la muerte seguiría desmontando la sensación de unidad: Darien fallecería de fibrosis y, meses después, en julio de 2010, sería el turno de Sandra, quien se despediría en medio de un fiasco mediático-político que amenazaría con descarrilar la existencia misma de Stanley.

ENEMIGO PÚBLICO NÚMERO UNO

Para ser un bebé, las reacciones que despierta el caso de Stanley son extremas. Dejé un reguero de taxistas y ciudadanos indignados en Redding por responder con sinceridad qué me había traído a la ciudad. La idea misma de su fetichismo les parece impensable. Pero desata su furia, sobre todo, que reciba una pensión por discapacidad, lo que interpretan como un abuso del sistema, en que el desprevenido contribuyente acaba subvencionando los pasatiempos sexuales de un adulto funcional. Esta impresión la cimentó a escala nacional la notoriedad televisiva de Stanley Thornton.

Sus proverbiales 15 minutos de fama son fruto de su paso por el programa Taboo, de Discovery Channel. En un segmento del show presentaron su caso como ilustrativo del fenómeno AB/DL. Psicólogas circunspectas sancionaron su estilo de vida como mero escapismo, mientras un narrador tremebundo introducía con aire sensacionalista el estrés postraumático como la clave mágica para explicar por qué Stanley es como es.

Pero, por desgracia, también incluirían, sin consultarle, referencias a su cheque por discapacidad, sugiriendo erróneamente que lo recibía por ser un bebé adulto. El canal le propondría, además, realizar otro proyecto: construir frente a las cámaras una silla alta para comer. Las imágenes editadas de Stanley manejando a la ferretería para comprar madera daban la impresión de que se podía desempeñar de manera funcional en el mundo adulto y que, incluso, tenía aptitudes para la carpintería.

El segmento puso a Stanley en el mapa mediático nacional. Por un lado, dice, sirvió para visibilizar a la gente como él y darle una voz. Pero a la vez lo dejó expuesto al cargamontón virtual de reaccionarios, bullies e infaltables trolls. Stanley adquiriría entonces la típica fama efímera de alguien reconocible/felicitable en la cola para pagar en el supermercado, pero también susceptible de recibir airados insultos en tiendas o estacionamientos.

La mayor amenaza provendría, insólitamente, de parte del senador republicano por Oklahoma Tom Coburn. Ilustre representante de la actual asonada de cascarrabias conservadores enquistados en el poder legislativo estadounidense, Coburn aprovechó la ocasión para poner el grito en el cielo y exigir una investigación por los cobros de discapacidad de nuestro adulto bebé.

Coburn es un republicano de la línea reaganita. Bautizada así en honor al expresidente Reagan, esta facción es enemiga del estado de bienestar, pues ve a sus beneficiarios como parásitos que desangran el tesoro público, mimados por el gobierno central. El paso de Coburn por el Senado dejó como saldo 35 proyectos de ley bloqueados con tecnicismos legales, dudosa hazaña que le mereció el mote de Doctor No. Sin duda, Coburn no iba a dejar pasar la oportunidad de dar cátedra sobre disciplina fiscal.

El 2 de mayo de 2011 se emitió el programa sobre Stanley. Cinco días más tarde, Coburn dirigió una carta al inspector general de la seguridad social en la que exigía una investigación: “En vista de que el señor Thornton es capaz de determinar cuáles son la vestimenta y las acciones apropiadas en público, puede manejar para hacer los mandados, diseñar y hacer a medida muebles para bebé y administrar un grupo de apoyo por internet, es posible que haya estado cobrando indebidamente beneficios de discapacidad”.

La investigación incluiría también a la Procuraduría General y al mismísimo FBI. ¿Es tal el poder desestabilizador, disruptivo, de un joven fetichista con sobrepeso?

Seis meses pasó Stanley bajo el triple escrutinio de estas agencias gubernamentales. Durante el transcurso de la investigación fallecería Sandra, su segunda mamá, quien ya no pudo disfrutar de la reivindicación de su nombre cuando fueron exonerados de toda sospecha de fraude. Sandra se desangraría en una mesa de operaciones en medio del escarnio público desatado por el exhibicionismo del Doctor No.

La aventura televisiva había culminado en el vacío absoluto. El desmantelamiento de la burbuja protectora. El universo consagrado al juego de roles, resquebrajado. Un balance devastador. La muerte de sus seres queridos. Pensamientos suicidas. El descrédito. Y una pinche silla alta que va a tener que poner en un almacén de alquiler por falta de espacio.

UN PATIO DE JUEGOS VIRTUAL

Bedwettingabdl.com es el legado de Stanley. Este inmaterial patio de juegos sirve como punto de encuentro para aventuras de exploración y autodescubrimiento. En él, almas perdidas, marginales, incomprendidas, erigen una comunidad llena de deseos infantiles. Todos buscan amor, protección y plenitud no satisfechas. Es un espacio de información, de orientación, de juego, de identidades refundadas, es una cruzada para la creación de un nuevo yo.

Stanley es un arquitecto de sueños imposibles que codifica y mapea una red de deseos no reprimidos, liberados. Trama citas clandestinas para jugar con peluches, ver dibujos, conversar en léxico de bebés con completos extraños que conoció en el engañoso mundo virtual. Algunas veces se ha visto en aprietos, pues en más de una ocasión sus compañeros de juegos (playmates) han asumido equívocamente que la idea era tener un encuentro homoerótico. En vez de sentarse a jugar con bloques y colorear, Adulto Bebé deja caer de pronto los pantalones para revelar un paquete listo para una sudorosa faena. No, gracias.

Resulta que, además, Stanley es minoría en el mundo AB, debido a su visión asexuada y aséptica del infantilismo, toda una regresión a un limbo psicosexual. No faltan los colegas suyos que ven en esta predilección una forma codificada de la voluptuosidad y el deseo, de la fantasía. El AB picarón que quiere que una mujer despampanante le muestre el empaque original de la leche. El bribonzuelo que ansía secretamente que le den nalgadas.

Cuando su segunda oportunidad televisiva llegó con The Learning Channel, la cadena no tuvo mejor idea que mostrarlo en una sesión de juego de roles con una rubia hipster, una dominatriz de San Francisco conocida como Lady Evadne. El programa era My Crazy Obsession (Mi loca obsesión). La mona y el bebé macro jugaron a la comidita. Pero la ausencia de chispa sensual era evidente en la incomodidad de Stanley, intimidado ante el estilo seductor de ella.

Para Stanley Thornton, esta es una esfera enteramente casta. “No tengo deseo sexual; ni el menor deseo de tener sexo nunca en toda la vida”. Ser AB no está ni remotamente conectado para él con tener pareja.

Stanley no asume un estilo de vida infantil las 24 horas del día, a eso le dedica “el tiempo necesario que necesite para escapar”. Ser un AB ha pasado de ser algo negativo a convertirse en algo positivo. Ha dejado de ser un recurso para lidiar con una historia de abuso hasta transformarse en una forma de vida. “Ahora, para mí es una manera de relajarme y de sentirme seguro”. Y sabe que debe vivir día a día: con sus antecedentes médicos, Stanley es consciente de que sufrir el mismo destino de su antigua familia AB no es improbable.

En el contexto de esta vida más positiva, ha podido reconstruir su sistema de apoyo. Ahora cuenta con un papá y una mamá nuevos (Daddy y Mommy a secas, Stanley prefiere no usar sus nombres). Ella, afincada en Canadá, cinco años mayor que él, con familia e hijos propios, lo vio en Taboo y sintió una conexión inmediata, aunque no sabía nada del mundo AB. Él, otro neoyorquino, envió una historia para publicar en la página de Stanley y terminó conquistándolo. Un rol inédito en su vida: nunca antes en su vida de bebé adulto había tenido un papá. Hablan unas tres horas diarias, por teléfono, por mensajes de texto o en línea. Han construido una suerte de coquetería filial. Tienen su propia jerga infantil digitalizada, dan golpes de teclado que imitan un lenguaje preverbal para expresar una desbordante necesidad de afecto, de juego, de conexión. Skype se vuelve un territorio de incorpóreo amor donde el tiempo y la distancia dejan de existir. No importa que sea un chiquillo de 21 años (aunque aparente 35), su nuevo Daddy es una fuerza estabilizante que parece haber inyectado vitalidad en el mundo de Stanley.

Daddy viajará a Redding en agosto para visitar a Stanley. Es emocionante la idea de verlo por fin en persona, esa dimensión tan esquiva en su vida. Tras cinco años de orfandad, es la promesa de estar completo de nuevo, o por fin.

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