De niño nunca quise ser torero, ni astronauta, ni bombero. De niño, cuando algún adulto me preguntaba qué quería ser cuando fuera grande, yo encogía los hombros y respondía la primera idiotez que venía a la cabeza: "ingeniero electrónico". Los años y los números me demostraron mi completa incompetencia para convertirme en ese profesional soñado en la infancia. Hoy, si pudiera devolver el tiempo, respondería sin ningún asomo de duda: narrador de striptease. (Por qué los hombres van donde las putas)



Y es que se necesita alma de niño para convertirse en uno de ellos. Estar siempre abierto al asombro, atentos al descubrimiento de las palabras exactas para recrear lo que otros apenas ven con ojos cansados, gastados por la monotonía. Me adentré en la eterna penumbra de los bares del barrio Santa Fe en busca de estos traductores de sueños eróticos, de estos profetas pornográficos.

Dejé atrás una tarde fría y lluviosa, de esas que despiertan el suicida que hiberna dentro de nosotros y después de la requisa rutinaria entré a una sala amplia de pisos ajedrezados, con mesas dispuestas alrededor de la tarima. Al fondo, detrás del infaltable tubo, había una pantalla donde se proyectaba una película en la que tres chicas, una morena y dos rubias, discretas y candorosas, intentaban jugar al billar. Las otras mujeres, las reales, conversaban animadamente en el otro extremo de la barra y solo un cliente, ubicado en la mesa central de la sala, rompía aquella atmósfera de desolación. (Las mujeres del prostíbulo más exclusivo de Colombia)


Era un hombre entrado en años, tenía un traje gris de borracho o de profesor universitario que recién se ha pensionado. De perfil, su cabezota de cabellos blancos y alborotados y sus lentes de marco negro le daban el aire eclesiástico y el parecido inevitable a Carlos Monsiváis, el omnipresente escritor mexicano. Con una sonrisa teñida de escepticismo y delicadas manos de estrangulador de estudiantes, tomaba sin prisa una cerveza, como si fuera el último sobreviviente de una casta privilegiada de intelectuales.

Entonces lo vi caminar entre las mesas con el desgarbo propio de los adolescentes y meterse de un salto en la cabina de sonido, haciendo rechinar las suelas de sus zapatillas. Tomó el micrófono inalámbrico y su voz impostada inundó la sala. Se presentó como el DJ Checho y pidió un aplauso de bienvenida para la chica del show: "Pero qué pasa, señores —y en su voz se hizo evidente el enojo—, una chifladita de machos para recibir a la chica más selecta de nuestro casting. Con ustedes ¡la ‘Diabla‘!, el chochito en vivo con mayor poder erótico de nuestra casa".


La ‘Diabla‘ llevaba una blusa dorada pegada al cuerpo y una tanga diminuta que desafiaba el movimiento de sus caderas. Bailó pegada al tubo mientras al fondo, las dos rubias y la morena de la película hacían malabares desnudas sobre la mesa de billar y, por un instante, entró a participar de aquellos juegos y escarceos. Luego se fijó, con un gesto exagerado y teatral, en ‘Monsiváis‘. Sin cambiar de expresión descendió de la tarima, caminó con el rostro iluminado por las imágenes de la mesa de billar, con la parsimonia de un cocodrilo en un campo de golf.


‘Monsiváis‘ se removió y clavó sus manos delicadas en los brazos curvos de la silla. Los cabellos negros de la ‘Diabla‘ lanzaron un brillo azulado cuando se sentó sobre las piernas del ‘profesor pensionado‘, se soltó la blusa dorada y tomó un sorbo de cerveza. Con delicadeza, le soltó las manos de la silla y dejó que estas cubrieran sus pechos desnudos. Se inclinó y le susurró al oído. En el rostro de ‘Monsiváis‘ se congeló una sonrisa equina y asintió. (España abre el primer prostíbulo de muñecas sexuales del mundo)

Pensaba que no había mejor fin para un escritor, pensaba e idealizaba mi propio final, cuando la voz del narrador de striptease me trajo de vuelta: "Y recuerden, amigos míos, ¡quien se enamora pierde!".

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