El 2 de mayo de 1977 era lunes, el día en el que los bailaderos cierran para deshacer el desorden del fin de semana y comenzar a preparar la fiesta del que se viene, y el día en que Bianca Jagger, la entonces esposa de Mick Jagger, cumplía 32 años. Ella quería celebrar su día en la que sería la discoteca más famosa de todos los tiempos, Studio 54, en Manhattan. El sitio abrió, a pesar de ser lunes, y la fiesta fue legendaria. El espacio estaba cubierto con velas y bombas blancas y, a la medianoche, un caballo blanco guiado por dos bailarines desnudos empezó a desfilar por la pista de baile. Encima del caballo, la cumpleañera misma, posando para las fotos que le darían la vuelta al mundo y cimentarían la reputación de Studio 54 como el lugar para irse de fiesta con gente como los Jagger, Andy Warhol, Liza Minelli o David Bowie. Mitad fiesta, mitad performance y mitad ardid publicitario, la celebración del cumpleaños de Bianca fue la primera en una serie de noches que cambiarían la cultura popular en Estados Unidos y marcarían el final de una década y el comienzo de la siguiente.

Nudista durante el cumpleaños de Bianca Jagger.

El pasado 5 de septiembre, la editorial Rizzoli publicó un libro editado por Ian Schrager, cofundador junto con Steve Rubell de Studio 54. El libro, titulado sencillamente Studio 54, es una colección de anécdotas, fotos y entrevistas. Se trata de una mirada privilegiada al fenómeno cultural y artístico disfrazado de rumbeadero que fue la discoteca durante sus gloriosos 33 meses de existencia, antes de que la avaricia la destruyera.

Nudista durante el cumpleaños de Bianca Jagger.

El 26 de abril de 1977, hace 40 años, Studio 54 abrió sus puertas. Era un momento particular en la historia cultural de Estados Unidos, una tormenta perfecta de desencanto, energía creativa y el tipo de desenfreno que solo es posible si se combina la inocencia con la ignorancia.

Grace Jones canta Durante una fiesta de año nuevo

La guerra de Vietnam se había acabado y ya pocos creían en eso de que los Estados Unidos eran siempre los buenos; el escándalo de Watergate había pasado tres años antes, pero pasarían más años antes de que alguien volviera a confiar en un político; la Guerra Fría se vivía en pleno y la posibilidad del apocalipsis nuclear era real y constante. Nueva York, además, no estaba bien: la prosperidad de la década anterior se desvanecía y los índices de empleo bajaban mientras los de criminalidad subían.

Andy Warhol

Pero al mismo tiempo, las revoluciones de los años sesenta estaban por fin asentándose en la vida diaria: la revolución sexual, así como las luchas por los derechos de mujeres, afroamericanos y homosexuales empezaban a dar frutos. La música disco estaba de moda y, como si fuera poco, una nueva droga empezaba a aparecer en Manhattan: la cocaína. Una combinación de todas esas cosas, sexo, drogas y disco, crearon el ambiente perfecto para que surgiera Studio 54, sobre todo en Nueva York, donde había ganas de celebrar unas cosas y olvidar otras “Era un momento especial”, cuenta David Geffen en el libro, “después de la píldora anticonceptiva, pero antes del sida”. Por un instante, el sexo y las drogas no tenían consecuencias, y eso había que celebrarlo. Tanto así que, por ejemplo, uno de los balcones del Studio contaba con una habitación completamente forrada de caucho porque había que celebrar, claro, pero también limpiar. “Una habitación de secretos y secreciones”, cuenta Grace Jones, la cantante y modelo jamaiquina, en su autobiografía.

Woody Allen y Michael Jackson

A los pocos meses de abrir, Rudell y Schrager, los cerebros detrás del Studio, estaban llenando bolsas de basura con plata y la estaban escondiendo en el cielorraso de la discoteca. En una entrevista a New York Magazine en el 78, Rudell llegó incluso a sugerir que solamente la mafia ganaba más plata y que de los millones de dólares que le entraron al club en 1977, sus propietarios solamente pagaron unos 8000 en impuestos. Así que poco tiempo después de la publicación de la entrevista, el Internal Revenue Service (IRS), la entidad gubernamental encargada de perseguir a los evasores de impuestos, les abrió una investigación. Descubrieron que Rudell y Schrager tenían cientos de miles de dólares encaletados y que, claramente, no pagaban lo suficiente en impuestos. Después de una larga investigación, se declararon culpables de evasión y fueron sentenciados a la pena máxima por este crimen en Estados Unidos: tres años y medio de cárcel y una multa de 20.000 dólares. En 1980 se fueron para la cárcel, pero no sin antes hacer una fiesta de despedida. Promocionada como “el fin de la Gomorra moderna”, la fiesta tuvo la típica lista de invitados famosos; Rudell cantó I Did It My Way, de Sinatra, y Gloria Gaynor cantó I Will Survive, uno de los himnos icónicos del lugar.

Michael Jackson y Steven Tyler

 Studio 54 cambió de dueño a principios de los años ochenta y los nuevos propietarios volvieron a convertirlo en discoteca, pero nunca fue lo mismo. Los tiempos habían cambiado: todo el mundo odiaba el disco, el punk comenzaba a salir de los bares hediondos hacia el mainstream y el new wave estaba empezando a tomar fuerza en la radio y las discotecas. Además, Nueva York también había cambiado. Ya no era el refugio de artistas, bohemios y heroinómanos geniales. La Nueva York de los ochenta era el dominio de los lobos de Wall Street que trasnochaban para hacer plata, no arte, y usaban la cocaína no para la fiesta sino para poder trabajar sin parar. La libertad de la década de los setenta le había dado paso al materialismo extremo de los ochenta; la ingenuidad se había convertido en cinismo; el sida le había puesto freno al sexo libre; la guerra contra las drogas y los family values del gobierno de Ronald Reagan resucitaron los miedos puritanos de la sociedad.

Bianca y Mick Jagger

Pero el fin de la gloria de Studio 54 estaba cantado desde el primer día. La avidez que mató a Studio 54 se convertiría en la regla de la década que empezaba, y las semillas de la perdición estaban allí desde el primer día. Donald Trump (sí, ese) estuvo en Studio 54 la noche del lanzamiento. Fue con Ivana, su esposa de entonces, y se convirtió en cliente frecuente, pero no porque le gustara. Donald Trump iba porque quería cultivar su imagen de hombre de la alta sociedad, para hacer esa cosa odiosa que a ningún Jagger ni ningún Warhol se le ocurriría hacer en la discoteca más famosa del mundo: networking. La semilla de los ochenta estaba ahí, desde el principio, y Studio 54 se convirtió en una especie de bisagra entre la inocencia de los setenta y el cinismo de los ochenta.

Truman Capote y sus dotes de bailarín

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