Los superclásicos son la Navidad del fútbol. El anhelo casi siempre supera al resultado. Durante meses, los hinchas imaginan goles con la desmesura de los niños que piden una PlayStation a Santa Claus a cambio de galletas para los renos que llegarán cansados.

El Boca-River del 4 de mayo comenzó para mí con años de anticipación. En 1974 estuve en el Monumental para ver un River-Boca, pero no había ido a la Bombonera, la excepción que Canetti no estudió en Masa y poder.

La espera cargó a la cita de tanta emoción que casi parecía una vulgaridad que se cumpliera. Amigos de México y España estaban atentos al 4 de mayo. El derby argentino interesa no solo a quienes duermen con una camiseta que promueve la cerveza Quilmes, sino a la tribu planetaria interesada en las leyendas.

Como el Everest o la Gioconda, el campo de Boca tiene la fama de lo que es insuperable en su género: el espacio único donde se retratan japoneses. ¿En verdad representa el pináculo de la pasión futbolística? "Nosotros nos odiamos más", me dijo el chofer que me recogió en el aeropuerto de Ezeiza. Se refería al encono entre Newells y Rosario. En el trayecto, habló de la capacidad de ira de los suyos y la desgracia de la tía Teresita, apóstata de la familia que se negaba a apoyar al equipo canalla. El eje de su discurso era el rencor. En los grandes días, el fútbol era asunto de desprecio, y nadie odiaba como un canalla. Por desgracia, los medios inflaban repudios menores, como Boca-River. El piloto remató su argumento en plan teológico: "Dios está en todas partes pero despacha en Buenos Aires".

No te preocupes: lo que tiembla es el mundo.

El 16 de abril, Daniel Samper Pizano organizó en Madrid una cena para preparar el clásico. Ese día se jugaba la final de la Copa del Rey, entre Valencia y Getafe, pero no quisimos verla. Preferíamos hablar de fútbol futuro, es decir, del 4 de mayo. El otro invitado justificaba que la palabra interesara más que el balón. Jorge Valdano contó su debut como visitante en la cancha de Boca. Mientras se ataba los botines, sintió que todo se movía. Uno de los veteranos se acercó a decirle: "No sos vos, pibe, es la cancha". Jugar en la Bombonera significa sobreponerse a un estadio a punto de venirse abajo por méritos pasionales. Ningún otro campo impone de ese modo en el ánimo del visitante.

En su estupendo libro Boquita, Martín Caparrós recuerda que fue en Argentina donde se bautizó al público como "jugador número 12". Acostumbrados a la adversidad, los mexicanos consideramos que el marcador es una sugerencia que podemos ignorar. En cambio, el hincha argentino desea mejorar el resultado con tres recursos básicos: contener la respiración, putear a los contrarios y entonar canciones de amor lírico. No es casual que una de las barras más conspicuas se llame "la Doce". Sus integrantes no están ahí para ver un partido, sino para jugarlo con sus gritos.

El realismo mágico desapareció de la literatura para refugiarse en la aviación. Volar por América Latina es una saga de rodeos y posposiciones. Cuando las rutas son directas, los horarios crean una dimensión fantástica. Recibí el 4 de mayo en algún lugar del cielo entre Bogotá y Buenos Aires. Quien tenga los poderes de meditación de un yogui, puede aprovechar esa noche de cuatro horas. Los demás llegamos como zombis.

La reflexión entre fútbol y aviación no es ociosa: la Copa Libertadores solo será competitiva cuando se modifiquen los calendarios de juego y las rutas aéreas del continente.

Los remedios de mi infancia solían decir: "Agítese antes de usarse". La exigua noche en el avión me hizo llegar agitado antes del clásico.

Entrar al estadio fue otro deporte extremo. Tuve la suerte de ir en compañía de mi amigo Leo, hincha de River que había jurado no pisar la Bombonera.

Leo está convencido de que el argentino vive para el antagonismo, se separa con facilidad de la regla, impugna en forma mecánica y solo se justifica a sí mismo por negatividad, discrepando de lo que no acepta. Después de exponer esta teoría, la puso en práctica. Cuando encomié los cantos de Boca, comentó: "En el fondo, esa alegría es amarga".

Estar con Leo era lo contrario a estar con un escudo humano. Caminamos por un yermo donde se alzaban los tonificantes humos del choripán. El baldío se convirtió poco a poco en un embudo. Había verjas a los lados, respaldadas por policías. Seguimos de frente hasta que alguien —el invisible líder que iba en punta— cometió una torpeza. Fuimos repelidos por balas de salva. Retrocedimos hasta una patrulla, donde preguntamos por la tribuna de prensa. Un teniente hizo un ademán similar a un pase hipnótico. "Entendimos" que debíamos ir al otro extremo de un círculo. Preferimos tomar el primer callejón a nuestro alcance; de nuevo nos hundimos en la multitud y de nuevo fuimos repelidos por tiros de salva. Corrimos en tropel hasta una barda donde la Policía montada permitía el acceso a un pasillo improvisado con rejas. Aquello no parecía una ruta de entrada sino de detención. Supongo que para los habituales del estadio, los dilemas de ingreso generan una deliciosa adrenalina común. Nosotros no estábamos en condiciones de pasar por ese hacinamiento. Sobre todo, no estábamos en condiciones de que Leo expusiera ahí su teoría del antagonismo.

Recorrimos calles que parecían conducir al estadio pero llevaban a una desviación. Ante la desconfianza de mi amigo por cualquier informante de Boca, pedimos señas a los policías. En todos los países, quienes custodian los estadios vienen de lejos, detestan estar ahí e ignoran cómo se llega a los asientos. "No vamos a entrar", dijo Leo, con rara satisfacción.

Me distraje con las banderas que colgaban de los balcones, los graffitis, las mujeres que se habían puesto delantales auriazules para vender empanadas. Pocos equipos conservan el temple urbano de Boca, la capacidad de que el fútbol sea un barrio. El equipo de Maradona no ha perdido el contacto con las calles, el problema es saber cuál lleva a tu entrada.

El rodeo nos alejó hacia una calle donde todo mundo se asomaba a las ventanas. El ambiente festivo fue relevado por un grito: "¡Puuuuuuuuuutos!".Una motocicleta rugió a lo lejos. Vimos la bestia blanca: el autobús de River. Habíamos llegado al corredor del ultraje, donde los que no asisten al estadio hacen su juego. Al día siguiente escuché al Beto Alonso, emblemático jugador de River, hablar por la radio de los objetos que había sentido caer en el techo del autobús. Hay quienes congelan hielos para la ocasión y quienes sacrifican ahí sus más sólidos candados. El autobús avanzaba, lento, escupido, injuriado.

Desconfío de los cantantes que visitan un país, se vuelven hinchas instantáneos de un equipo y ofrecen un encore enfundados en su camiseta. Sin embargo, en el callejón del oprobio estuve a punto de volverme hincha de River. No lo hice para no estimular a Leo.

Cuando no quiere hallar culpables, la Policía mexicana habla de "suicidio asistido". Mi repentina simpatía por los ultrajados y las teorías de mi amigo podían convertirnos en suicidas en busca de asistencia.

Mi percepción era forzosamente extraterritorial. En 1974, cuando fui al estadio de River, un señor oyó mi acento y me preguntó si era cierto que en México el hincha de un equipo como River podía sentarse al lado de un hincha equivalente a un bostero. Le dije que sí. "¿Y no se matan?", preguntó con interés. Le expliqué que, al menos para eso, éramos pacíficos. Su respuesta fue fulminante: "¡Pero qué degenerados!".

Nunca olvidaré a mi padre en el estadio de Ciudad Universitaria, levantando a una fila de aficionados para que aplaudieran a los visitantes: "¡Son nuestros invitados!". Formado en una escuela donde la derrota es una variante de la hospitalidad, el hincha mexicano pasa trabajos para entender el ánimo de la barra brava, que parece forjado en la batalla de las Termópilas, o al menos en la película 300.

En un diálogo sobre fútbol y literatura que sostuvimos en la Feria del Libro, Caparrós advirtió que el mexicano dice "le voy al Guadalajara" mientras el argentino dice "soy de Boca". El grado de pertenencia es muy distinto. Nuestra pasión es algo que seguimos, un horizonte inalcanzable, no un ingrediente del ADN.

En la calle donde el autobús de River se sometía al vendaval de los insultos, la identidad no podía ser más precisa. El que no lanzaba una piedra, no era de ahí.

Un efecto secundario: el partido

Sobrevino uno de esos momentos en que los mexicanos mostramos grandeza en la frustración. Me resigné a no entrar al estadio y comer el choripán de los seres pacíficos. En eso avistamos a un policía de pelo blanco que daba órdenes con una firmeza de director de orquesta. Él y solo él podía saber dónde estaba nuestra entrada. "Es muy sencillo —habló con la voz profética—, sigan las vías del tren".

Avanzamos entre los rieles oxidados de una vía muerta. Por ahí se iba al estadio en los tiempos en que se jugaba con gorra. Recorrimos ese trecho oloroso a pasado hasta llegar a otra confluencia de peligro. A nuestra derecha había un muro azul, metálico, con pequeños orificios. Por ahí entraban los hinchas de River. No podíamos verlos, pero percibimos su avance, como un rebaño de sombras. Solo había una prueba de que eran ellos: los insultos que recibían.

La intensidad de este rincón contrastaba con una escena en la acera de enfrente. Tres chicas en leotardos amarillos y azules posaban a favor de un candidato a la dirigencia de Boca.

Al fin subimos la torre elegida. Arriba, comprobé el efecto óptico descrito por el cronista colombiano David Leonardo Quitán en Fútbol sin barrera: es el único estadio en el que no te alejas de la cancha a medida que asciendes. La verticalidad de la construcción crea una mareante cercanía. "Hay que tomar lecciones de abismo", dicen los protagonistas de Viaje al centro de la Tierra. Buen consejo para la Bombonera.

Cuando Hugo Orlando Gatti, el portero más querido y extravagante de la historia boquense dijo "voy al encuentro del abismo" se refería a su capacidad de complicar las jugadas, pero también al público a punto de desplomarse en la cancha.

La Bombonera es un estadio impar, y lo es de forma fanática: en sus gradas caben 57.395 espectadores. Ni un solo número de la cifra mágica es par.

Para el público no hay mejor entrenamiento que la anticipación. Potenciada por la espera, "la Popular" definió el superclásico. Quien deseara ver un derby con encomiables argentinos podía sintonizar ese mismo día el Inter-Milan. El partido en Italia fue un oleaje de ida y vuelta; nada que ver con el marasmo en la Bombonera. El equipo local ganó desde la defensa y administró las pausas con lentitud de teatro kabuki. A River le faltó la contundencia que le sobraba a su actual técnico, el ‘Cholo‘ Simeone, y solo trianguló cuando eso importaba poco. Pero el sol bañaba las gradas como un regalo y la gente gritaba con la felicidad elemental de quien tiene muchos huevos para matar muchas gallinas. Difícilmente, quienes estábamos ahí hubiéramos cambiado ese partido por la eminencia del Inter-Milan. El superclásico era lo que debía ser: un pretexto eficaz, un trámite menos decisivo que las pasiones de la gente. No se va ahí a descubrir el fútbol sino a confirmar lo que le importa. Hay una defraudación implícita en la gesta: nunca sucederá el enfrentamiento ideal que condense la tradición, donde Labruna, Pedernera y Sívori jueguen contra Rattín, Pernía y Batistuta. Esa imposibilidad —la suma fantasmal de lo que ahí se ha disputado— otorga atractivo a cada nueva cita de los enemigos íntimos. Un lance de cuchilleros donde las heridas nunca son tan profundas como el rencor que las anima.

Hay, por supuesto, días de excepción en que un derby semeja una propaganda de la pasión: en el minuto 90 llega el empate a 3 y en los segundos de prórroga hay una voltereta. Pero el domingo señalado el desconcierto en la hierba fue superclásico. El esplendor estaba en las tribunas.

Si los héroes del cómic suelen ser criaturas bipolares, que alternan la deprimente existencia de Clark Kent con los brotes maniacos de Superman, los fanáticos del fútbol van de la invectiva al cariño sin nada en medio. La entrega de una hinchada se mide por su bipolaridad y la de Boca califica muy alto: No me importan lo que digan/ lo que digan los demás/ yo te sigo a todas partes/ cada día te quiero más, cantan los románticos varones que minutos antes invitaban a asesinar hinchas de River.

Cuando Battaglia anotó el golazo de cabeza que definiría el 1-0, el edificio se cimbró conforme a su leyenda. Como vengo de un país de terremotos, durante varios días hablé de ese entusiasmo, medible en la escala de Richter. Un escritor, un mesero y un policía me corrigieron con la misma frase, surgida del ventrículo azucarado del bipolar corazón bostero: "El estadio de Boca no tiembla: late".

La pasión también se define por la forma en que convoca a los ausentes. La barra auriazul recordó a la Raulito, hincha de fuste a quien la muerte no impedía estar ahí, y a los grandes que alguna vez jugaron en ese sitio en el que se dura poco. Muy lejos quedan las gestas de caballería de Ernesto Lizzati, que pasó por el fútbol sin ser expulsado una sola vez y vistió los colores de Boca sin pensar que hacía antesala para viajar a Europa. Hoy los argentinos son los grandes nómadas del fútbol. "Si fueran buenos no jugarían aquí: Verón regresó porque es viejo y Riquelme porque es raro", me comentó un taxista. Recordé una escena de Alemania 2006. Coincidí con Carlos Bianchi como comentarista en las transmisiones de la televisión mexicana. Durante una pausa, el entrenador que logró todo para Boca recibió una llamada. Dijo más o menos lo siguiente: "No puedo hacer más, vos ya tenés otro padre". Luego comentó "era Riquelme" con la satisfacción con que Homero hubiese dicho "llamó Aquiles". El 10 argentino necesita sentirse querido para rendir. Durante las concentraciones de Alemania 2006 buscaba el apoyo emocional que Bianchi le supo dar en Boca. Ante la Bombonera en pleno hervor, se entiende que Riquelme no haya triunfado en el Camp Nou de Barcelona, donde hay un ambiente de conocedores de ópera. Por virtud, es el último de los sedentarios. Palermo lo es por déficit. Fallar dos penaltis en un juego es mala suerte. Fallar dos penaltis, pedir la pelota para tirar un tercero y volver a errar, es literatura. Fue lo que el trágico Martín logró en la Copa América ante Colombia. Su altura depende de reconvertir tanta torpeza en motivos para ganar. No destacará nunca en el firmamento del fútbol, pero los balones rebotan en su cara generosa para que anote Boca.

Salvo excepciones, los cracks argentinos tramitan con sus lances el boarding pass que los llevará lejos. Lo único sedentario es la hinchada. Tal vez su entrega tenga que ver con ese desacuerdo insalvable. La pasión futbolística se alimenta de dolor; cada público encuentra la forma de superar males específicos. En Argentina los milagros son posibles pero duran poco; en México se posponen para siempre y la gloria debe imaginarse. El cronista del Estadio Azteca narra jugadas que necesitan adjetivos para valer la pena. El cronista de la Bombonera no está ante algo que deba ser validado por las palabras ("lo único que quiero es que gane Boca", me dijo en la tribuna de prensa Juan Carlos Becerra, quien narra la temporada de su equipo).

¿Qué encuentra un profesional de la posposición en el territorio de los impacientes? En la Bombonera, el hincha mexicano pasa de la ficción (la zona de los golazos imposibles) a una realidad acrecentada. El estadio vibra como una naturaleza radical: no reclama interpretaciones sino métodos de supervivencia.

Hundido en la marea, el cronista que viene de lejos tiene 90 minutos para adquirir un hábito que no asociaba con el fútbol: el vértigo.

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