En noviembre de 2004, ocho meses después de que mi novio de aquel entonces me iniciara en la filosofía del intercambio de parejas, recibí una invitación de SoHo para ser portada de la revista contando mi historia junto con otras dos chicas swinger. Lo hice sin pensarlo mucho, movida por la rebeldía y aun sabiendo que si mis padres se enteraban, me iban a desheredar. La revista tomó unas lindas fotos y una periodista me hizo una entrevista en la que contaba cómo empecé a interactuar con las demás personas en el bar ADN, mis primeros y tímidos acercamientos a otras mujeres y cómo iba explorando aquel mundo. A mi círculo de confianza no le consulté, sino que directamente le informé de mi decisión de participar en el especial. Sus opiniones fueron divididas. El caso es que lo hice, y muchas cosas empezaron a cambiar en mi vida.

La primera gran consecuencia fue que me reconocieron algunas personas que no quería que lo hicieran. Sé que un familiar muy cercano de mi novio se dio cuenta y le habló de mí en términos desobligantes, aunque nunca me lo confesó. Aparte de eso, cometí el error de contárselo a un compañero de trabajo en quien confiaba plenamente, y este personaje se dio a ‘regar la bola‘ por toda la empresa. Como consecuencia, resulté despedida.

A las fotos se les sumó, y esta fue la parte positiva, una entrevista radial con Julio Sánchez Cristo. Creo que salí muy bien librada porque, inmediatamente después, me llamaron a mí y a mi pareja para participar en un reality de un reconocido canal erótico latinoamericano. Estuvimos por fuera de Colombia varias semanas grabando ese concurso llamado El oráculo del placer, al lado de otras parejas más del continente y Europa, en competencias que incluían masajes, reconocer el cuerpo del otro por medio del tacto y otros juegos eróticos. Al final quedamos de segundos y me pareció mejor así, pues llegó un momento en que sentí que me iba a volver famosa explotando mi sexualidad, y no me interesaba. Sigo prefiriendo el anonimato.

Para la época del artículo yo solo había explorado besos, caricias y sexo oral con otras mujeres, pero al pasar el tiempo fui avanzando. Luego vino el sexo con hombres frente a mi novio y toda una serie de variantes que me gustaban mucho. Pero llegó un momento en que las otras parejas se interesaban más por mí, y a él ni lo miraban. No lo pudo soportar y terminamos.

De eso hace ya más de un año. No volví por los bares swinger porque para eso se necesita estar inmerso en una relación de pareja muy sólida y madura, que no tambalee y que esté completamente de acuerdo con este modo de vida. De esa época extraño la rumba, la complicidad, la libertad y, sobre todo, el éxtasis sexual. Una vez has sido swinger, el sexo "normal" se vuelve algo aburrido y predecible.

Estar en SoHo me hizo ver a mí misma como lo que soy, una mujer bella que no necesariamente tiene que ser una modelo para gustar. Mis padres siguen sin enterarse de esta locura que hice. Creo que cuando esté de nuevo en una relación estable, no tendría problema en sugerirle a mi novio que fuéramos a algún bar swinger. Pero eso sí, bajo mis propias condiciones.
 
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