Devastador para las neuronas y el orgullo masculino. Su historia es única. Si en este momento se busca su nombre en la web, se encontrará casi en todos los idiomas. Desde hace diez meses, entrevistas, documentales, programas de radio y noticieros de televisión en muchos países han discutido su peculiar “discapacidad”, como él la califica. Pero, pese a su fugaz celebridad, continúa viviendo en la miseria, solo; sigue invisible en una ciudad de un millón de habitantes en el industrioso y moderno norte de México.

Roberto Esquivel Cabrera, “el Centauro”, como también se le conoce, nació hace 55 años en Saltillo, Coahuila, y lleva entre las piernas, al parecer, la carga más grande en la historia de la humanidad: 48,2 centímetros de longitud que causan un golpe de morbosidad y asombro, ataques de risa ligados a la virilidad amenazada, excitación transformada en repugnancia y muchas sensaciones diferentes.

La comparación con otros penes resulta absurda. Actores porno de fama mundial, como Nacho Vidal y Rocco Siffredi, no pasan de los 25 centímetros. Incluso el actor —no porno— y escritor Jonah Falcon, conocido por tener un miembro de 34 centímetros, supuestamente el más largo del mundo, está muy lejos del Centauro.

El calibre fálico es una referencia fundamental y ha atesorado sueños en muchas civilizaciones. Así que mantener la normalidad ante Roberto es un verdadero reto. Su presencia es una intromisión visual a complejos y a sueños, a la brutal realidad.

Hablar con él no es sencillo. Más allá de esa incomodidad visual, está la densa energía de su personalidad y un olor incómodo que sale de su entrepierna. Además, uno siempre está tratando de descifrar a quién tiene enfrente: ¿al modesto, ignorante y hasta ingenuo hombre en la pobreza que quiere ser actor porno o al calculador y sagaz operador de un gran fraude?

Fotografía: Getty Images

TOCANDO PUERTAS

La mañana del 6 de febrero de 2015, Roberto llegó a las instalaciones del periódico Vanguardia, en Saltillo, para pedir ayuda. La razón de la visita era clara y directa, nunca la ocultó: quería dar a conocer su portento internacionalmente, pues tal vez así lograría entrar al mundo del cine porno y se volvería millonario. Aunque, para un tipo como él, empezar con tener las tres comidas diarias aseguradas y dejar de vivir de la caridad sería un buen comienzo.

Era la segunda vez que Roberto se pasaba por el diario —donde trabajo como director editorial—. La primera visita había sido siete meses antes, pero la recepcionista, incómoda al notar su envergadura, simplemente le pidió regresar luego, pues de momento no había reporteros en la redacción. En su siguiente intento, una periodista lo recibió sin saber cómo reaccionar y pidió el apoyo inmediato de un compañero, quien finalmente le realizó la entrevista y dio inicio a su historia mediática.

El testimonio del Centauro empezó con un reproche: era la primera entrevista que lograba tras deambular ¡durante cuatro años! por todos los medios de comunicación de la ciudad; suplicó que sacaran su historia a cuatro televisoras, cinco periódicos, unos diez portales web y a los corresponsales de los principales medios nacionales. Los periodistas ni siquiera se molestaban en conversar con él; menos, en comprobar visualmente la grandeza de su entrepierna.

Su historia, publicada por Vanguardia finalmente el 15 de agosto, seis meses después de la entrevista, no salió hasta que el fenómeno que carga fue medido, pesado y constatado en cuatro revisiones clínicas. Todo está documentado y el resultado fue avalado por el Centro de Salud Mental de Coahuila (Cesame).

Y vino la fama; lo que todavía no le ha llegado a Roberto es la plata que pretende. “Me buscaron reporteros de muchos países —me cuenta—, pero nadie quería pagar, y yo necesito el dinero para sobrevivir. Solo me hicieron un documental de Nueva York y me pagaron algo (1000 dólares), luego otro de Inglaterra (3000 dólares)”.

A pesar de esa popularidad, no se siente cómodo cuando hay gente alrededor. Tiene más de 30 años de no ir al cine, no visita la iglesia y, en general, no le gustan los lugares de concentración masiva. Incluso dejó de asistir a reuniones familiares cuando sus sobrinos crecieron lo suficiente como para darse cuenta de la anormalidad.

Dice que por el tamaño —le llega debajo de las rodillas— tiene una movilidad bastante limitada y, aunque puede realizar muchos trabajos, no lo contratan por una cuestión de pudor: nadie quiere estar cerca de un hombre con un pene de casi medio metro. Todos sus pantalones, excesivamente anchos, fueron modificados por él mismo con una especie de bolsillo gigante con cierre de botones.

 

ASÍ EMPEZÓ TODO

A los 13 años superaba los 15 centímetros. Eran tiempos de vida familiar y común en Saltillo. Bueno, no tan común para él, pues por los rumores, muchas chicas —y chicos también— le pedían que les mostrara la entrepierna. Desde la infancia fue siempre retraído y, al llegar la juventud, ese rasgo se acentuó.

Aunque acepta que era muy buscado por las mujeres, nunca tuvo novia ni nada parecido. La soledad lo acompañó hasta el momento de partir a Estados Unidos, en 1981, cerca de cumplir los 21 años y ya con más de 20 centímetros. Saltillo —que fue refugio, santuario y centro de operaciones del cartel de Los Zetas— está ubicado a menos de 300 kilómetros de la frontera con Laredo o McAllen, Texas, pero él prefirió ir hasta California.

Fue entonces cuando —asegura— se empezó a transformar en el Centauro, pues desde ese momento y hasta 1987, su “virilidad” creció inexplicablemente hasta alcanzar la longitud actual. No hubo dolor ni otro síntoma, simplemente creció.

Luego de trabajar varios años en cargos de mantenimiento, Roberto fue encarcelado en Seattle en 2003. Antes de ir a prisión, ya había sido fichado por las autoridades por firmar un cheque sin fondos. Pero el cargo que lo llevó finalmente tras las rejas no fue el de fraude sino el de asalto sexual a dos menores de edad. Según él, fueron las jóvenes quienes, alcoholizadas, le pidieron que se lo mostrara.

En la cárcel, era constantemente exhibido y fotografiado por los guardianes, quienes incluso organizaban concursos cuando llegaba un nuevo reo. Ninguno de sus rivales, la mayoría de raza negra, estuvo cerca de destronarlo. Roberto denunció esos abusos ante las distintas autoridades de Estados Unidos, pero nunca obtuvo respuesta. En contraparte existen documentos oficiales de la prisión que lo acusan de exhibicionismo.

Justamente una de las razones por las cuales quiere hacerse millonario es para pagar unos buenos abogados y entablar un nuevo juicio contra el sistema penitenciario estadounidense. “Es que nadie me ayuda —me dice—. Allá no hicieron caso de mi juicio y aquí en México ni me atienden. Para eso quiero hacer una película, para eso quiero el dinero, para demandar al gobierno de Estados Unidos. Imagínese, aquí ni siquiera me quieren ayudar para declararme discapacitado, tengo que ir a los comedores de las iglesias para sobrevivir porque nadie me da trabajo. Muchos dicen que sí me darán empleo, pero al final, nada”.

 

CUESTIÓN DE DINERO

La casa del Centauro está sobre una importante avenida de Saltillo, cerca de la vieja zona industrial de la ciudad, conocida como “la Detroit mexicana” por su extraordinaria producción automotriz. Es mediodía y un sol implacable lleva la temperatura a 33 grados centígrados. La pequeña habitación en que vive, prestada por sus hermanos, se convierte en un sauna, debido a la olla de fríjoles que guisa en una vieja y cochambrosa miniparrilla eléctrica; ese será su único alimento del día.

Roberto ya tiene una oferta para entrar al porno. Fueron los directivos de uno de los principales emporios de la industria, con sede en Los Ángeles, quienes entablaron diálogo con él. Le ofrecieron escoger a cualquiera de las actrices del portafolio de la empresa para su debut mundial. La oferta económica debió ser tentadora, considerando la pobreza en que vive Roberto desde su regreso a Saltillo, luego de ser deportado a México en 2011. Pero dijo que no.

“Era bien poquito —me comenta—. Querían darme nomás 30.000 dólares, cuando ellos van a ganar muchos millones con ese material. Querían abusar… y no, brother, así no, ya han abusado mucho de mí”.

Hay otro inconveniente en el tema de hacer porno: Roberto nunca ha logrado una relación sexual completa en pareja. Es obvio el motivo de su inexperiencia: 48,2 centímetros de longitud y una circunferencia de 25 centímetros serían demasiado para una mujer.

No lo dice, pero posiblemente el aspecto visual también es determinante para no lograr su primera vez. La apariencia es más bien la de un equino. “Caballo” o “burro” son los motes más usados para aquellos que presumen de su virilidad. El Centauro es más adecuado para Roberto, por lo irreal de su historia.

GIGOLÓ FRACASADO

Antes de llegar a esta fama fugaz, Roberto intentó la prostitución. Recorría los buses urbanos de Saltillo ofreciendo sus servicios sexuales en pedazos de papel con su nombre, sus características y su teléfono. Lo hizo durante cuatro años, con un éxito raquítico. Dice que llegó a tener algunos clientes, pero los consiguió mediante un conocido que hacía los contactos y concretaba las citas. Aunque Roberto es heterosexual, la mayoría de estos encuentros —en realidad, podrían contarse con los dedos de las manos— fueron con homosexuales que llegaban con una gran expectativa, pero al verlo desnudo desistían. Por cada sesión con una mujer, Roberto recibía 100 pesos (menos de 7 dólares); cuando atendía a homosexuales o a parejas, cobraba el doble.

“Casi todos nomás vieron —dice—. Otros sí se animaban a tocar y poquitos intentaron, pero pues no se pudo, no pude entrar y mejor ya se iban. También me llevaron algunas parejas. La fantasía de ellas era conocerme y tener sexo conmigo, aunque ya enfrente solo miraban y decían que mejor no. Desde que salió la publicación de mi historia dejé de hacer eso, porque no me dejaba nada”.

Con lo que ganó Roberto con los documentales, compró una nevera que parece irreal dentro del cuartucho de 4 por 4 metros donde pasa la mayor parte de su vida. En este lugar —que es al mismo tiempo dormitorio, cocina y baño—, el piso es de tierra, las puertas son plásticos adaptados y los muebles parecen sacados de un basurero. Por toda la habitación hay lazos de los que cuelgan sus prendas de uso diario y las vendas con las que cubre permanentemente su “tesoro”.

Esas vendas son precisamente el impedimento para que Roberto tenga una confirmación médica de la magnitud de su miembro y sea declarado como el hombre con el pene más largo en la historia. Él se niega a quitarlas, aunque le han advertido que si no lo hace, no quedará inscrito en el Récord Guinness, otro de sus objetivos, pues piensa que le traerá dinero.

A Roberto ya le practicaron una tomografía en tercera dimensión. Fue el examen determinante para publicar su caso en el periódico Vanguardia. Esa prueba mide el cuerpo principal, de 16 centímetros, y el resto de la piel, que creció extraordinariamente. El problema para el Guinness es que sin retirar las vendas es imposible conocer si lo anormalmente dimensional, lo que le da el tamaño, es el prepucio o el glande. Pero Roberto es tajante: “No me quiero quitar las vendas porque es lo que me mantiene firme; si me las quito, luego batallo mucho. Hagan todo tipo de exámenes, cualquier prueba de laboratorio, lo que sea para que se den cuenta de que es real”.

Tras la publicación de su caso, hace diez meses, el Centauro no ha recibido la visita de ningún médico. Como director editorial del periódico que cubrió primero el caso, he atendido las llamadas de muchos periodistas que preguntan por su historia. Además, varios programas de radio y de televisión incluyeron en sus shows el testimonio que publicamos e, incluso, han hecho debates en vivo con expertos que dan su opinión. Pero nadie de la comunidad científica de Saltillo, de México o de cualquier otro país me ha contactado.

El médico David Salazar, quien lleva el caso en el Cesame, tampoco ha recibido llamadas de sus colegas al respecto. Ninguno le preguntó por Roberto siquiera por curiosidad. “Hace unos días —me dijo—, comenté el caso en el congreso internacional ‘Por una visión unificada de la psique y el cerebro’. Algunos sí habían leído la noticia, pero creían que era una broma. Desde entonces, con el interés profesional de algunos, estamos preparando el caso para presentarlo en el próximo congreso internacional”.

Además de descartar que Roberto tenga piel extraña o una prótesis artificial, el doctor Salazar enfocó sus análisis a la salud mental y emocional del paciente. Basta con hablar unos cuantos minutos con el Centauro para dudar de su equilibrio; su dualidad es desconcertante. Sin embargo, la conclusión del Cesame, tras meses de estudios, es que nada le impide a Roberto ser responsable de sus acciones, aunque su conversación algunas veces roza los límites de la cordura. 

LA INVISIBILIDAD DE ROBERTO

Paradójico, pero real: las pocas imágenes que se encuentran del Centauro en la web son las correspondientes a los reportajes de Vanguardia. Roberto se pasea por calles infestadas de móviles y dispositivos donde esas fotos están a la mano, pero él es invisible. No importa que su historia sea famosa en todo el mundo: cientos de personas se topan con él cada día en el transporte público y en comedores comunitarios, incluso ha brindado servicios sexuales a algunos, pero sigue pasando desapercibido.

Si efectivamente sus 48,2 centímetros son naturales, sus dimensiones lo ubicarían como un ser humano único; si fuera un truco, también sería un fraude excepcional e inédito. Si acaso el crecimiento hubiera sido provocado, Roberto logró un anhelo ancestral y su “fórmula” será siempre un tema de debate.

Después de él, cualquier tema relacionado con la pregunta “¿El tamaño importa?” cobra otras dimensiones. Todos después de él somos pequeños. Todos después del pene más grande y despreciado de la historia somos ínfimos.

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