Cien pares de ojos me miran expectantes; el murmullo inicial va menguando hasta que queda solo el silencio. Me encuentro en la Universidad Nueva Colombia en Toribío, Cauca, donde estoy trabajando como educadora. Esta universidad fue fundada por las Farc-EP hace 19 años exactamente, en 2017, apenas un año después de la firma de los acuerdos de La Habana, con el propósito de brindarles una formación integral y gratuita a los adolescentes de esta zona rural, afectada de manera especial por el conflicto de esa época.

Mientras mastico lentamente una hoja de coca, que me fue recetada por el tewala del pueblo páez-nasa para combatir los dolores del reumatismo que me están atacando, mis ojos se deslizan sobre los hombres y mujeres presentes en la sala. ¿Cómo responderle a esta gente joven la pregunta que me acaban de hacer? Estamos en el seminario “Proceso de Paz y Desarrollo”, y estoy tratando de explicar cómo el proceso de paz cambió la vida de la gente en los últimos 20 años.

Pero, como siempre, la gente está más interesada en las anécdotas personales, y quieren escuchar de mi boca la historia que ocupó titulares en Colombia y en el mundo durante semanas: el porqué se dio la Asamblea Nacional Constituyente en Colombia.

Así que empiezo mi relato… “El año 2016, chicos y chicas, fue decisivo para la paz de Colombia. Digo, para la paz verdadera, porque ya en ese momento todos sabíamos que la firma del acuerdo se iba a dar pronto. La pregunta era: ¿Y después qué? ¿Cómo vamos a construir un país en el que todos y todas podamos disfrutar de las riquezas naturales que nos brinda Colombia? Como ustedes saben, en ese tiempo la situación era bastante crítica. Solo por mencionar unos detallitos que hoy les parecerán abominables, un congresista ganaba 23 millones de pesos al mes, mientras que el salario mínimo estaba en 690.000 pesos; se presentaban cerca de 70.000 casos de violencia intrafamiliar al año y los recursos naturales eran explotados por empresas extranjeras que saqueaban lo que querían, se llevaban todo, sin importarles los daños medioambientales ni el bienestar de
los colombianos”.

Varios estudiantes se codean y miran de reojo a un muchacho que está sentado en primera fila. Cuando el estudiante se da cuenta, contrae varias veces el ojo izquierdo, como una especie de tic nervioso. Reconozco al nieto de Ardila Lülle y le mando una sonrisa casi imperceptible. Nadie tiene la culpa de ser el hijo de.

“Pero esto no era todo. El país estaba repleto de paramilitares, que se estaban aprovechando, además, del cese al fuego unilateral de la guerrilla para copar muchas áreas, donde empezaron a amenazar y asesinar gente… El gobierno le estaba haciendo conejo a la discusión con decenas de cortinas de
humo, al tiempo que presionaba para que las Farc firmaran rápido. La cosa estaba peluda, decía más de uno”.

“Mejor dicho, vuelto mierda el país”, dice una estudiante. “En 2016, la pregunta giraba alrededor del tema ¿Plebiscito o Asamblea Nacional Constituyente para refrendar los acuerdos? Creo que sí habrán oído hablar sobre eso, ¿no?”. La gente asiente con la cabeza, como diciéndome que vaya al quid del asunto. Una estudiante resume de prisa: “El gobierno quería un plebiscito para que la gente dijera sí o no a la paz. Las Farc querían una Asamblea Nacional Constituyente para abrir un espacio democrático de discusión para que todo el mundo pudiera opinar sobre los acuerdos”.

“Exactamente, muy bien, pero había otro asunto detrás: las Farc aspiraban a que los acuerdos de La Habana fueran vinculantes, es decir, que no hubiera gobierno futuro que devolviera el asunto e inhabilitara de alguna forma los acuerdos. Acuérdense, muchachos, que en esa época todavía había bastantes fetichistas de la guerra en la arena política”.

“Bueno, lo cierto es que no había quién convenciera a Juan Manuel Santos de la necesidad de la Asamblea. Resulta que la ayuda llegó desde un ángulo totalmente inesperado: se trata de la noruega Kaci Kullmann Five”.

En la pared les señalo una diapositiva del personaje en cuestión: una mona con rasgos parecidos a Hillary Clinton. “Resulta que esta señora era la encargada de nombrar los premios Nobel de Paz para el año 2016. Cuando la señora Kullmann lo llamó en septiembre para decirle que, junto
con Timoleón Jiménez y cinco víctimas del conflicto, había sido elegido Premio Nobel para la Paz de ese año, al mandatario se le disparó la dopamina en el cerebro hasta un nivel tan alto que entró en coma durante varios días. Cuando despertó, sus primeras palabras, apenas audibles pero inconfundibles,
fueron: ‘Organicen ya la Asamblea Nacional Constituyente’…”.

“El impacto de la noticia armó un zaperoco en todo el país. Sergio Jaramillo desayunaba en Colombia, almorzaba en el avión y cenaba en Washington. A Timoleón Jiménez e Iván Márquez se les cayó la barba en un solo día. Marco León Calarcá y Luis Carlos Villegas bajaron barriga. RCN inmediatamente
acusó a las Farc de haber sobornado a la noruega para que llamara al presidente. Caracol, en cambio, tomó la cosa con más calma, y luego de haber entrevistado a Uribe y al procurador Ordóñez, también acusó a las Farc de haber presionado a la noruega”.

“Lo concreto es que a finales de 2016 tuvo lugar la Asamblea Nacional Constituyente, no hubo cómo pararla. Ahí fue donde se sentaron las bases para un país mejor, como lo conocemos hoy día. Abrió el espacio para que todos los sectores de la sociedad discutieran y decidieran sobre el rumbo que tenía que tomar Colombia. La discusión no fue fácil, porque hubo gente que llegó con los mismos prejuicios que habían reinado en Colombia durante muchos
años, pensando en términos que hoy día nos parecen ridículos, como ‘castro-chavismo’, ‘terrorismo’… La estigmatización fue grande. Pero la Asamblea logró abrir espacio para la creación de importantes leyes, instituciones y proyectos. Se creó el Ministerio de la Mujer, los talleres de alfabetización organizados por guerrilleros y soldados surgieron como hongos después de la lluvia en toda Colombia. La gente empezó a crear proyectos productivos en
campos y ciudades, miren esto por ejemplo”.

Y paso a la siguiente diapositiva, que muestra a un japonés comiendo arepa con palillos, lo que produce cierta hilaridad entre los estudiantes. “Unos guerrilleros del bloque Efraín Guzmán empezaron a exportar arepas por todo el mundo, hoy hasta en el Japón comen arepas al desayuno”, les explico. “Y
así, cientos de proyectos por el estilo. Nos dimos cuenta del enorme potencial humano que durante tantos años había estado oculto en las montañas, en las calles y en los campos de Colombia...”.

Después de la firma del acuerdo final, no volví a salir de Colombia. La construcción de la paz, el trabajo con las comunidades para constituir escenarios de participación, justicia y veeduría fue tan intenso y necesario que nunca materialicé mi sueño de viajar y conocer nuestra América a profundidad. Eso sí, recibía visitas constantes de mis familiares y amigos que venían de diferentes lugares del mundo a conocer nuestras experiencias de transformación social. Y no solo ellos: árabes, africanos, europeos; gente de todo el mundo vino a aprender de este proceso porque sirvió como punto de partida para la reflexión de muchas sociedades que buscaban cambio y justicia social. Nos tocó trabajar duro, pero ahora que vemos los frutos de ese esfuerzo,
sabemos que valió la pena.

Por la tarde, saliendo a la calle, paso por la guardería comunitaria a recoger a mi nieta Ángela Nardeira, de 2 años. Me llama la atención una gigantesca valla publicitaria con una cabeza arrugada estampada en la mitad. Reconozco a Germán Vargas Lleras, con una caja de dientes nueva, blanca esta vez. “Ahora sí”, dice el letrero, y al lado el número 13. Tres veces ha perdido ya las elecciones contra el Frente Amplio Revolucionario de Colombia. “¡Tres veces! Al menos se le valora la perseverancia al compañero”, murmuro entre dientes y sigo mi camino. 

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