Tengo 57 años y he dedicado 40 a embalsamar animales. La taxidermia es considerada un arte, por tal motivo uno no la aprende en una universidad en especial, sino que la lleva en las venas. Cuando tenía 15 años comencé con algo muy elemental, que era observar los animales embalsamados en el Museo de la Universidad de Antioquia. Vi que tenía una afinidad muy grande con lo que estaba viendo, con lo que yo anhelaba. Ver la figura de un animal de forma que pareciera vivo me impactó bastante. Me propuse hacerlo mejor de lo que lo había visto en ese momento.

Al mismo tiempo que estudiaba el bachillerato, acompañaba al taxidermista de la universidad que en ese momento era Ramón Cadavid. Él no me delegaba cosas importantes, yo solo hacía la limpieza de los huesitos y cosas así. Más adelante, cuando vio que yo tenía cierta capacidad en la forma en que tomaba los instrumentos, en mi método, me dejó entrar en algo más complicado.

A los 20 años yo solo hacía segmentos del proceso, hasta que logré llegar al punto de embalsamar un animal completo, un perico australiano. El procedimiento de taxidermia es complejo y delicado, pero ya tenía mucha experiencia y no me fue tan difícil. Vinieron después varios lugares donde practiqué la taxidermia hasta que me llamaron de la Universidad de Antioquia y aún sigo aquí.

Recibo muchas mascotas. Lo más importante para mí es que el animal no haya muerto de una enfermedad contagiosa, porque cuando uno practica la taxidermia se corren muchos riesgos de sufrir una infección por un pinchazo o una cortadura. Debo cuidarme en ese sentido porque tengo un trasplante renal. También es importante resaltar que ningún animal se sacrifica. Solo recibo animales que hayan muerto naturalmente o por un accidente, exceptuando los peces. Si no se puede hacer la naturalización inmediatamente, tengo que congelar el animal. Cuando se trata de animales grandes, de zoológico, como un caballo, un camello, un avestruz, esas pieles se sacan allá mismo, las llevo al taller y entonces es más fácil, pues no necesito un gran congelador. Aunque a veces ni se necesita porque lo que hago es salar la piel con sal marina y la piel resiste.

Dependiendo si el animal es de pelo, pluma o escamas, se aplica un proceso específico. Luego tomo las medidas del animalito y anoto los colores que tenga en el momento. Saco el molde del cuerpo en yeso, poliuretano o fibra de vidrio y hago la pose que pidieron los dueños, sentado, acostado, en dos patas, etcétera. Los animales que más me traen son los perros, los canarios (mascotas pequeñas) y los trofeos de pesca. Saco la piel, la limpio completamente, le pongo la sal y la dejo en varios químicos entre 8 y 24 horas. Dejo que la piel se escurra, luego la pongo sobre el animal, lo mido nuevamente y la quito otra vez para aplicarle bórax para que dure más tiempo. Monto la piel en el maniquí, le acomodo las partes móviles como las orejas, la nariz, la cola y las extremidades, y lo dejo secar entre 20 y 40 días, dependiendo del tamaño del animal. El trabajo se cobra por centímetro lineal dependiendo si es de plumas, pelo o escamas (para un labrador, por ejemplo, el centímetro vale 8000 pesos). Esta es mi pasión, y más que una ciencia, es un trabajo artístico.

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