Desde hace varios años, tengo amenazados a mis amigos y a mi familia con una noticia fatal: estoy escribiendo una novela pornográfica. “¿Erótica?”, me pregunta mi madre, para que el asunto suene más amable. “No, mamá: pornográfica. Como las que escribía Hernán Hoyos en Cali”. Mi madre, prudente, como siempre, guarda silencio, pero yo sé todo lo que sufre. Mi hijo, por el contrario, que es un hombre del nuevo milenio, solo me advierte: “Me parece muy bien. Pero ese libro no lo va a comprar nadie”. Terco, he seguido insistiendo con mi novela pornográfica, aunque me cueste trabajo darle la razón a mi hijo. No es la primera vez que intento explicar las razones por las cuales me siento atraído por la pornografía: hace algún tiempo, escribí un texto que comenzaba diciendo:

“Conmovido ante el prejuicio de que muchos de los asuntos de mi juventud habían desaparecido (la máquina de escribir, la tiza, los acetatos, las cartas, el betamax, el blanco y negro, las novias…), decidí internarme por un tiempo en el mundo de la pornografía. O mejor, en las salas de cine donde aún se proyectan películas pornográficas en Bogotá. Uno cree que todo se ha acabado, hasta que se encuentra con escritores de pluma de ganso, profesores con caspa en las solapas, Dj con vinilos o, cómo no, salas de cine en las que aún reciben a cientos de fanáticos de las cópulas proyectadas…”.

Esto lo escribí, lectores erectos, hace más de cinco años. Como mi novela pornográfica crece y crece decidí, una vez más, volver a hacer eso que los investigadores llaman “trabajo de campo”. Me resistía a la idea de darle la razón a mi hijo. El problema es que sigo siendo muy cobarde. Así que me asesoré de mi amigo Camilo V., quien es experto en pasearse por los lados rudos del mundo. Los dos, como los personajes del Ulises de Joyce, decidimos deambular por la ciudad y recorrer los pasos que ya habíamos andado tiempo atrás, solo para saber si la pornografía aún existía. Para nuestra sorpresa, permanecía intacta. Hay dos salas de cine (bueno, el cine ya no existe. Todo se proyecta en video. Pero es una manera de rendirle homenaje a un arte que murió apenas cumplió 100 años), dos salas, digo, en el centro de Bogotá: el cine Esmeralda Pussycat y el Teatro Novedades. Terminando la primera década del nuevo milenio, me sentí entusiasmado y decidí rendirles un homenaje a estos oscuros templos de los hombres solitarios. En aquella época, recordaba sin vergüenza:

“Conocí un teatro, hace más de diez años, en la carrera 13, de cuyo nombre no puedo acordarme. Allí presentaban algo que poseía un título harto atractivo para mi profesión de hombre de la escena: Las aventuras eróticas de Hamlet. Nunca olvidaré el comienzo de esa película memorable: el príncipe de Dinamarca, sentado en su trono, con una calavera de látex, dudaba en italianglish: scopare o no scopare, that’s the question. Tirar o no tirar, he aquí la cuestión. Tirar, pichar, culear, follar, copular (¿cómo se dice ahora?). El asunto es que Hamlet, príncipe virgen, dudaba en si debería o no. Hasta que un travieso Horacio lo sumergía en el mundo de las penetraciones, antes de clavarse en el coño de la bella Ofelia. Pero esos eran otros tiempos...”.

No. No eran otros tiempos. Los adictos al peligro de la pornografía allí se mantienen. Es evidente que cualquiera puede recurrir a su ordenador personal y buscar las imágenes, las posiciones y las parejas que desee, con algún efectivo buscador de internauta, en la discreción de su propia casa. Pero vaya usted, lector sin pelos en la lengua, a alguna de las salas oscuras del centro de Bogotá: allí se mantienen contados espectadores, porque a ellos les gusta el peligro. Hace ya casi diez años entré, temblando de miedo, al Cine Esmeralda, donde presentaban tres títulos para sus silenciosos espectadores. Se llamaban Cum Glazed, Evil Elegance y Home Made Couples, traducidas de manera discreta como Mascarillas juveniles, Juegos en la cama y Videos caseritos de verdad. Hoy, los títulos no son muy diferentes: Veinte mil lenguas de viaje intrauterino, Penocho y Mamatrix. A mí me dio mucha risa, pero mi amigo Camilo V. se mantuvo muy serio. “Hay títulos mejores”, me dijo, experto. Así que nos quedamos un rato en el Cine Esmeralda Pussycat, pero pronto nos fuimos, porque Camilo V. me recordó: “No vinimos a entusiasmarnos. Solo para que os deis cuenta de que estáis viejo”.

Recordé mis escritos pretéritos: “Me gustó comprar la boleta de cartulina, entrar al teatro, entregarle el tiquete a la misma dama triste que vendía papitas fritas y chupetas, pararme en el umbral, recibir la proyección pálida donde lo primero que vi fue a una mujer negra introduciéndose una verga de 20 centímetros en la boca, mientras miraba, en claro efecto de distanciamiento brechtiano, a nosotros, los espectadores. En la oscuridad del teatro (de unas 400 sillas), se oía el crujir de asientos, toses de viejos hombres. Minutos después, preferí salir a dar un paseíllo, antes de que la desenfocada noche del porno me apagase las luces para siempre…”.

Salvo el rostro de la actriz, nada había cambiado. Antes de salir del Esmeralda, le pregunté a la señorita de la taquilla cuánto tiempo llevaba trabajando allí y se molestó con la obviedad: no se había movido de su silla. Lo mismo me sucedió cuando fui a visitar el Teatro Novedades. Al contrario del nombre del establecimiento, todo parecía tan antiguo como la primera vez que visité, años ha, el segundo templo de los solitarios del sexo cachaco. En aquel tiempo evoqué: “Las funciones para homosexuales son los sábados, y los viernes se goza con filmes ‘de bestialismo’: caballos, perros, cabras, pavos reales, dinosaurios. Son los protagonistas de las audaces escenas de penetración a las que podemos asistir los mortales (nunca vi mujeres en las salas, salvo las señoritas tristes que venden los adminículos para la felicidad de sus clientes)…”.

Con Camilo V. regresamos a la “sala pequeña” del Teatro Novedades y comprobamos que el tiempo pasa, salvo para los tercos habitantes de la pornografía. Salí, salimos, de allí. Estuvimos en los mismos almacenes que confunden el cine con las piezas inventadas para que el erotismo se mantenga firme. Todo sigue igual. Recordé la frase de Russ Meyer, viejo realizador pornográfico: “Nunca permito que la historia interrumpa la acción”. “Es una vieja regla inamovible”, me explicó Camilo V. “El sexo no tiene historia. Tiene urgencias”, me confirmó. “Lo único rescatable de todo este asunto es que las salas de cine porno están diseñadas para el peligro. No para la tranquilidad. Si lo que quieres es sexo seguro, para eso está el video casero. Las pocas salas de cine porno se inventaron para la soledad de alto riesgo”. Y, claro, le di la razón. Pero debí reconocerle que no soy adicto a la paja en el ojo ajeno.

No. No voy a adelantarles nada de mi novela pornográfica. Puedo, eso sí, repetir mis reflexiones sobre el tema: “Poco a poco, la pornografía ha ido perdiendo el encanto de lo prohibido. Hoy por hoy, podemos ver audaces escenas de cópula en la televisión por cable, a través de internet o en confiables copias en DVD. En el infierno sobrenatural de la industria del erotismo descarnado, la proyección pública de una película de exposición genital es una curiosidad un tanto inverosímil, pero que cuenta con sus adeptos, con sus adictos y con sus feligreses…”. ¡Y eso que, en aquella época, no había oído hablar de la temible Deep Web! En fin. Ese es tema de otro textículo.

Hace poco estuve en Lyon, la cuna del otrora llamado “séptimo arte”, donde los frères Lumière filmaron las primeras películas de la historia del cine. Recordé que alguien me había dicho que los pioneros de las imágenes en movimiento habían realizado películas pornográficas. Pleno de curiosidad, compré una caja con los 114 films realizados por los franceses y que se consideran los tesoros más antiguos para los coleccionistas de la belleza. No. No había películas con segundas intenciones salvo que, quien me lo contó, hubiese confundido títulos como El regador regado con un perverso juego de manos.

Ayer, le dije a mi amigo Camilo V. que les propusiéramos a los dueños del Esmeralda Pussycat y del Teatro Novedades que pasaran de vez en cuando, para educar a sus espectadores, La llegada del tren a la estación o Explosión en el mar. Convencido de que le estaba hablando de pornografía, Camilo V. me insistió en que le mostrara las películas citadas. Al terminar, me miró con tristeza y me confirmó: “Lamento decirte, amigo mío, que tu novela va a ser un fracaso. Es mejor que te resignes a los vicios solitarios. Y no escribas más”.

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