A finales de 1970, Carlos es expulsado de la Universidad Javeriana de Bogotá por "falta de amor a la institución", según rezaba la escueta carta del mítico e influyente padre Gabriel Giraldo, decano por años de la Facultad de Derecho. Su vida tomó caminos radicalmente distintos a la de la mayor parte de sus compañeros de curso, entre quienes se hallaban Ernesto Samper, Noemí Sanín, Julio César Turbay y muchos otros que tendrían una destacada figuración en el establecimiento. Su rebeldía habría de conducirlo a la lucha armada antisistema. Inicialmente en las filas de las Farc y, más tarde, tras desertar de esta guerrilla por sus métodos totalitarios, en el M-19, grupo que contribuyó a fundar en 1973.

Durante esas dos décadas, Carlos se convirtió para sus familiares en una sombra furtiva que aparecía por unos días y desaparecía por años. A veces llegaba a mi casa o a la de mis padres o hermanos en épocas en las que los servicios de inteligencia del Estado se hallaban de rumba. Ante todo, en Navidad. Y luego, tan rápido y tan discretamente como había llegado regresaba raudo a la vida clandestina. En estos períodos, llenos de incertidumbre, solo teníamos referencia de Carlos por la prensa o por las breves notas que a través de correos inimaginables nos hacía llegar en diminutos pedazos de papel.

Tras el descalabro del Palacio de Justicia y la muerte posterior de Álvaro Fayad, Carlos asumió la dirección del M-19. Se hallaba en ese entonces en Europa, tan desorientado como su propia organización. ¿Cómo reivindicar al M-19 tras el demencial acto terrorista contra la Corte Suprema de Justicia? ¿Cómo responder al grito a favor de la paz que había en la garganta de la inmensa mayoría de los colombianos?

A finales de los ochenta, Carlos decidió jugársela toda, consciente de que el precio podía ser su propia vida. En estos años, la sombra furtiva comenzó a hacerse de carne y hueso. A reencarnarse, al menos para mí. Nos reunimos en La Habana, en Managua, en México. Contra viento y marea, contra la oposición interna y contra la oposición de las Farc y del Eln, llevó al M-19 a la firma de la paz con el presidente Virgilio Barco y a su reinserción a la vida democrática. En la televisión apareció, el día de la dejación de las armas, envolviendo su revólver en una bandera de Colombia con una mirada llena de incertidumbre. Era el 9 de marzo de 1990.

Con la misma pasión con la que vivió la lucha armada, abrazó la lucha en el plano democrático. Primero, se presentó como candidato a la Alcaldía de Bogotá y luego, a la Presidencia de la República. Esos días transcurrían como un vendaval. De la noche a la mañana se había convertido en una figura nacional.

A las pocas semanas, sin embargo, fue asesinado cobardemente por orden de Carlos Castaño. En la figura de Carlos, los enemigos del M-19 saciaron su deseo de sangre y venganza. El resto del M-19 pudo sobrevivir gracias a su muerte.

Para mi familia, el retorno de Carlos significaba, en alguna medida, que la guerra había terminado. La sombra furtiva había regresado a su seno después de 20 años de espera angustiosa. Por ello, su asesinato fue tan devastador. Si hubiese ocurrido en las montañas del Cauca o del Tolima, probablemente hubiese sido menos traumático, pues, hacía parte del destino trágico propio del camino que él había escogido.

Nos arrancaron a Carlos, cuando lo habíamos recuperado tras años de discusiones en torno al grave error que significaba el uso de la violencia como herramienta de cambio social. Sentíamos que habíamos ganado una dura batalla: Carlos había rectificado su camino y desbrozado la ruta de la esperanza de la paz a los colombianos. No fue una decisión fácil. Fui testigo de una dura conversación telefónica con el máximo jefe de las Farc, Jacobo Arenas, pocos días antes de la firma de la paz. Arenas lo calificó de traidor. Carlos lo trató de intolerante, ciego e insensible frente al sueño de paz de los colombianos.

Para sus hijas, la paz era la posibilidad de crecer al lado de su padre. Terminaban los reencuentros llenos de sobresaltos en discretas fincas en Melgar o en la Sabana de Bogotá. Los reencuentros algunos diciembres en La Habana en la ‘Casa de Seguridad‘ que tenía el M-19 a pocas cuadras del Tropicana, el cabaret más famoso de Cuba. Durante estas navidades, muchas de las cuales compartieron con Fidel Castro, gozaban de la presencia de su padre por unos días para luego verlo desaparecer por largos meses y, a veces, por años.

Para ellas como para el resto de la familia era, también, recuperar la tranquilidad. Las llamadas amenazantes a altas horas de la noche, los seguimientos de carros con vidrios polarizados, los teléfonos interceptados. El miedo instalado en la vida cotidiana.

El 26 de abril de 1990 fue herido de muerte por un joven sicario en un vuelo de Avianca hacia Barranquilla, mientras el avión pasaba por encima de Cota. Mi madre, que vivía en una pequeña finca en esta población, tuvo de inmediato un presentimiento. Es impactante: a las madres el corazón jamás les falla. Conocen, antes que nadie, los acontecimientos trágicos que afectan a sus hijos. "Hirieron a Carlos", exclamó. Para ella, su muerte fue muy dolorosa. Los padres siempre esperan ser enterrados por sus hijos. Jamás se preparan, ni sicológica ni emocionalmente, para enterrarlos a ellos.
Ese día hubo pánico en Bogotá. Su asesinato revivió en la mente de muchos sectores el recuerdo del 9 de abril de 1948. Enterrar a Carlos en paz, como homenaje a su gesto a favor de la reconciliación de los colombianos, constituyó el lema central durante su velación en el Capitolio y durante su entierro en el Cementerio Central. No hubo ni un solo muerto, ni un solo acto de terrorismo.

Este fue el mayor homenaje que le pudimos brindar. A los asesinos les dimos una lección de dignidad.

Las hijas de Carlos y el resto de sus sobrinos cargando el ataúd hacia el Cementerio Central en una marcha interminable de más de 50 mil personas nos colocó ante una realidad angustiosa: la guerra no había terminado. Todavía faltaban miles de viudas y de huérfanos en la carnicería infame de la inútil guerra colombiana.

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