La pareja tomó asiento, el hombre de 50 y la mujer de 25, frente al psicoanalista de 40. El cincuentón era canoso, la mujer rubia y el psicoanalista castaño y con anteojos. El psicoanalista ocultó su sorpresa: las parejas de maduros y jovencitas nunca habían estado entre sus pacientes.

—En fin —comenzó el licenciado—. ¿Cuál es el motivo de su consulta?

—Las cosas no están saliendo tan bien como antes —respondió el cincuentón.

—Es que él ha cambiado —acotó la joven.

—Todos cambiamos con el tiempo —concedió el cincuentón—. De hecho, creo que el problema es que nunca nada es como cuando empieza…

—Bueno —intercedió el licenciado—. Muchos matrimonios llegan aquí con el mismo problema, creen que toda la vida será igual a la luna de miel.

Hombre y mujer lo miraron sorprendidos. Y la dama habló primero:

—Tal vez el problema es que no tuvimos luna de miel…

—Bueno —repitió el licenciado—. Podemos comenzar por hablar de eso…

—¡Ya te dije mil veces que no me puedo ir de luna de miel! —le gritó el cincuentón a la chica, como dejando asomar un antiguo entuerto.

—¡Te dije mil veces que no me grites delante de otra gente! —respondió ella.

—Calma, calma —atemperó el licenciado—. Olvidemos el tema de la luna de miel. ¿Hace cuánto están casados?

—No estamos casados —dijo ella.

—Ok. ¿Desde cuándo viven juntos?

—No vivimos juntos —especificó él.

—Ah… Entonces… ¿desde cuándo se consideran una pareja?

—¿Desde la tercera vez que lo hicimos? —sugirió ella.

Él asintió.

—Debo reconocerles —interrumpió el psicoanalista— que pocos matrimonios revelan una vida sexual tan activa como la que ustedes acaban de explicitar… Tal vez el problema matrimonial no sea tan grave como…

—Pero si yo no tengo ningún problema matrimonial… —expresó el cincuentón.

—Aunque no estén casados según la ley civil —acotó el licenciado—, ustedes quieren mejorar su relación, como cualquier matrimonio…

—Él con su esposa se lleva muy bien —dijo la chica—. El problema es conmigo.

—Ah, ¿pero usted estuvo casado? —preguntó confundido el licenciado.

—Estoy casado. Mi esposa es una mujer encantadora, de mi edad, muy de su casa. La adoro. Y Priscilla (señaló a la joven), acostumbraba saciar mis bajos instintos… Pero de un tiempo a esta parte, es como si algo se hubiera quebrado entre nosotros… Y lo grave, doctor, es que es un problema al cuadrado: porque también se está resintiendo mi matrimonio. Mientras Priscilla me atendió bien, llegaba en paz a casa. Pero ahora le exijo a mi esposa cosas en la cama que la pobre ni siquiera sabe cómo se hacen, ni puede aunque sepa. Estoy irritable, le grito. Antes…

—Antes era la adrenalina —aportó Priscilla—, el temor a que su esposa nos descubriera… yo nunca había estado con un hombre tan bien posicionado… Pero, con el paso del tiempo, me fui acostumbrando, y ya quiero otras cosas… No me alcanza con el sexo, y tampoco me dan tantas ganas.

—Por esto venimos, doctor —le dijo el señor al alelado psicoanalista—. Llevamos cinco años de amantes, y las cosas están empezando a funcionar mal. Ella siempre me aceptó a mí y a mi matrimonio como era; pero de un tiempo a esta parte quiere más compañía, estabilidad, un futuro… Y ya no traga. Parece una esposa.

—Es que estas cosas no pueden durar, mi amigo —dijo el psicólogo—. No se lo digo como licenciado, se lo digo como hombre.

—¿A usted le pasó, doctor?

—Mil veces. Tal vez me equivoqué al ofrecer mis servicios: soy un psicólogo de matrimonios, no de parejas. Solo puedo ayudar a los matrimonios.

—¿Y por qué sí a los matrimonios?

—Porque les digo que salgan de viaje, que vayan al cine, que se ocupen juntos de los hijos… así, el hombre consigue una amante y la mujer se queda tranquila, y duran hasta una edad inocua o incluso toda la vida. Pero a una pareja de amantes… que quieren fornicar, que sienten pasión… ¿cómo podría ayudarlos? Con los matrimonios puedo hacerme el curandero. Pero esto de usted con la chica, follan, se aman… No tengo la menor idea de qué se hace. Yo he fracasado toda mi vida.

—¿Me vas a abandonar? —preguntó la muchacha.

—¿Y tú seguirás negándote?—repreguntó el cincuentón.

—Les voy a tener que pedir que se retiren—sugirió el psicoanalista.

—¿Terminó la sesión? ¿Se reconoce impotente para ayudarnos?

—Siempre atiendo matrimonios tranquilos, asexuados. Lo que menos me reconozco en este momento es impotente. Les ruego que se retiren.

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