Son una muestra subida de hipocresía las estrellas que disimulan los pezones de las mujeres para la venta en los anuncios de las empresas dedicadas a ofrecer sexo virtual, el insulso sexo oral de los teléfonos celulares. Más IVA. Sin entrar en detalles sobre el que llaman los moralistas el ser moral, el niño que uno lleva siempre consigo reacciona sin remedio frente a la amenaza de una estrella muerta en el lugar de un vivo pezón culminando la curva nítida de una teta: es como encontrar un culo de botella en un pudín.

Un pezón es un pezón es un pezón diría Gertrude Stein, una señora con apellido de piedra alemana de inmenso prestigio en la poesía gringa del siglo pasado. Pero una estrella no es un pezón no es un pezón. Esas puntas erizadas donde el inconsciente colectivo espera otra cosa menos sidérea, y recuerda con placer la isla que prometió don Quijote a Sancho (redonda y bien proporcionada), se convierten en un estremecimiento de dolor en las encías y destemplan los dientes por anticipado. Ningún niño en este mundo, ni siquiera el que yo llevo dentro de mí sobreviviéndose con sus aberraciones y sus rarezas, cambiaría por una estrella un blando pezón, esa gota de carne, de color de rosa (una rosa es una rosa es una rosa), con la textura de un corcho erguido, y con la forma de una forma gemela de sus labios ansiosos.

Ni siquiera los papas de la Contrarreforma osaron cubrir con una estrella los marmóreos pezones de las vírgenes clásicas en sus museos. Y consta que no fueron menos libidinosos que nosotros. Sí, pusieron hojas de parra en los flácidos penes de los efebos desnudos para evitar tentaciones demasiado vaticanas. Pero dejaron a la vista de la posteridad, en la punta de cada teta de Venus, mártir espartana, o ninfa romana, el pezón correspondiente por la gracia de Dios y de Apeles y Praxiteles. Incluso en la teta cercenada de Santa Bárbara. Y en las tetas de esas madonas amamantando al Niño que me parece recordar en ciertos pintores alemanes del gótico, pintores de vírgenes anémicas y neutras y sin embargo placenteras. Cuyas tetas evocan la esterilidad de los pocillos.

Es como si los fabricantes de recompensas para la libido infantil, con IVA y sin IVA, de alimentos pediátricos azucarados y fortificados con vitaminas y minerales, decidieran poner en los chupos de los teteros en los aparadores de los supermercados un gorro frigio o capuchas de franciscanos descalzos. Una estrella no sirve para ocultar, ni de lejos, un simple, bueno, a veces no tan simple, pezón. Por menos imaginación que uno ponga, sabe el detalle que esconde la estrella en la inocencia de una teta superlativa.

Es una estupidez a ojos vistas si lo hacen por conservar cierta decencia en los modos y las modas, porque es imposible encontrar indecente una teta aunque esté en superávit. Y una muestra de candidez, si se pretende guardar el debido respeto con los llamados fueros de la infancia. Porque además, no sé qué clase de niños pretenden engatusar con la obscenidad de una picuda figura geométrica en el remate de la teta de una mujer pública. O que se hace la puta por dinero más que por generosidad para redondear las paradojas de la modernidad.

Todos los niños de este mundo, por lerdos que sean, saben que la puntiaguda estrella resguarda de la mirada natural el archiconocido apéndice del pezón, corona de la curva, de la hipérbole de la bella cúpula de una teta bien formada. Con estos recursos el mundo se empeña en parecer menos vicioso de lo que siempre fue. Es decir, si la estrella no es una treta de ventas. Porque puesta ahí amenazando, agrava la agresión virtual con la curiosidad, y acentúa el deseo de retirar la celeste artimaña, para descubrir detrás la suave realidad de una teta de tierra como es. Con su pezón en reposo. O erecto. ¿Dormido? ¿Despierto? Eso intriga. Con esa intriga de la cual como decían los castos dominicos del pasado en sus discursos tan solo podemos salir victoriosos en la fuga, no en la brega.

Esta clase de apelaciones a las estrelladas mentiras de la hipocresía católica y del materialismo mamerto —que se parecen tanto en el fondo en todas partes, pues comparten el origen bíblico— resulta, como bien se intuye, incongruente por completo. La primera cosa placentera que nos pasa en esta vida mortal, el primer consuelo después del dolor de haber nacido, del ataque del primer buche de aire, y de la primera hostilidad de la luz en los ojos desacostumbrados es la aproximación de una húmeda teta con su supurante pezón, el pezón es clave en una teta, pendiente hacia los labios ansiosos del mamífero. Y eso marca. Eso nos fija, por reflejo condicionado, en la experiencia primordial inolvidable en el futuro, que nos esforzamos por reeditar el resto de la existencia bípeda.

Todos los hombres más o menos bien avenidos con la primera teta seguimos buscando tetas hasta el final. Pero por esas cosas del enigmático rechazo del placer que distingue nuestra cultura oscilante entre la represión evangélica y el desafuero pagano, entre la idolatría de la mujer y el repudio de lo femenino, pretendemos ocultar un pezón con el erizo de una estrella. Se comprendería, si les pusieran a las tetas el antifaz de un pétalo en el ojo del pezón. Una gota de liquidámbar, que suena tan bonito. O una perla, por duras que sean las perlas. Pero una estrella… no se lo traga nadie. Que brillen los pezones y apaguen esas inmamables estrellas. La gente no es pendeja. Todos al nacer lo primero que vimos no fue una estrella sino el globo pletórico de una teta con la corona de su pezón, un pecho blanco como un cielo de invierno, cálido y ubérrimo, surcado por estelas de nubes azules, a reventar, y en lo alto el manantial de una areola con su chorro de leche. Lo demás es engaño vil. Deberíamos dejarles las estrellas a los astrónomos, los horoscopistas y los reyes magos. No se entiende que una cultura hedonista como la nuestra, donde todas las mujeres andan con una teta al aire, o las dos, ya regaladas de naturaleza, ya adquiridas a precio de oro donde el cirujano plástico, y donde todo se vende apelando a la majestad de las tetas femeninas, los autos y las cuentas de ahorros, al mismo tiempo descienda a la trivialidad del timo que aspira a pasar una estrella por el pezón de una teta lisa.

Las tetas son un tema para un discurso largo. Sobre las diferencias que separan las apariencias y la realidad y los hilos sutiles que las unen. Y donde es preciso recordar al filósofo amigo mío que observó que las tetas son lo que primero se pudre. Y las mustias tetas de mi abuela que parecían calabazos, y obedecían con la devoción característica de la vieja a las leyes de la gravedad. Y aun, las de ciertos varones registrados por la historia que en la desesperación de la viudez se vieron obligados a amamantar unos huérfanos de madre, con las prolongaciones hirsutas de unas tetas más hormonadas que de costumbre.

En mi libro Prosa incompleta, los lectores encontrarán información suficiente acerca de estos caballeros suculentos que admiraron a Aristóteles y Humboldt. Capaces de producir bastante leche para fabricarse un buen queso.

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