Nos gustaba llegar de la escuela, almorzar a toda prisa, cambiarnos el uniforme y salir a un lotecito abierto a menos de media cuadra de la casa. Estaba lleno de postes arrumados y de material de construcción que pertenecían a una obra pública que llevaba años, y que duraría una década más inacabada. Creo que era un Telecom, y para cuando quedó terminado, ya no existía Telecom.

Nos íbamos volando, uno por uno, cada vez que mi mamá nos volteaba la espalda con la previa rifa del lavado de los platos, que frecuentemente me ganaba (por eso tal vez nunca confié en la suerte). El último que llegaba se quedaba casi siempre sin nada que hacer, pues al parecer en la cuadra existía esa sincronía en todas las casas y las rutinas se cumplían cronométricamente para todos los muchachos de nuestra edad. Si había fútbol, ya los equipos estaban armados; lo mismo con el trompo, no lo dejaban entrar a uno en la partida porque ya tenían el camino adelantado.

A veces iban las hermanas de algunos a vernos jugar, a conversar entre ellas, a mostrarse sus zapatos o accesorios nuevos, a hacer esas cosas que saben hacer las niñas.
Lo nuestro era cosa de varones: llegar tarde era quedar relegado a sentarse por ahí cerca de donde estaban ellas y ver de lejos a los otros, que miraban burlones, que hacían chistes, que lo trataban a uno de mariquita para arriba.

Eso era, en todo caso, mejor que devolverse a la casa a ver una televisión llena de programas educativos de Europa del este o hacer los trabajos jartos de la tienda que le ponían a uno: pesar harina, empacar papas, lavar enfriadores.

Un día cualquiera empezó a ir una niña, hermana de nadie, conocida de alguna, que llamaba la atención por ser la mayor de todas. No era particularmente bonita, pero por motivos que no conocíamos en ese momento era el centro de atención de todos. Se llamaba Camila.

Una tarde de esas, durante un partido de fútbol, yo, un escuálido ser de 9 años que siempre jugaba de defensa, recibí un pase corto y arranqué desde bien atrás, como poseído por algún espíritu kamikaze. Y me fui sin mirar a nadie, sin pensar en entregarle el balón a nadie. Con la portería en la cabeza, con visión de túnel, llegué al área con la pelota, le pegué y la vi meterse en la pequeña y destartalada portería de tubos que antes tuvo una vida más gloriosa. La fuerza del balón lo hizo rebotar en el costal que usábamos por red, y Urbano, el arquero contrario, lo agarró fingiendo que no había entrado.

Inmediatamente todos los del otro equipo se agolparon en la mitad de la cancha gritando y chillando que no había gol. En segundos, la emoción de la gloria alcanzada se convirtió en bilis negra: empecé a sentir un latido en la cabeza que no me dejaba pensar, mientas el idiota de Urbano, que tenía la cabeza gigante y recién rapada y los dientes torcidos, se reía sentado encima de la pequeña portería. Mucho más adelante, cuando aprendí nociones de física, entendí lo que había pasado ese día: con el palpitar en la cabeza, con más decisión de la que tuve para anotar el gol, me acerqué lo suficiente y le di un puñetazo a esa cabezota odiosa. Causa y efecto: Urbano perdió el equilibrio, la canchita le sirvió de punto de apoyo al balancín que formaban su cabezota y sus piecitos, cayó con todo su peso de espaldas y la portería se fue con él. Nunca ese potrero había presenciado una batalla de dimensiones bíblicas, con un David pequeñísimo y un Goliat cabezón. El tiempo se paró. La burla estalló un segundo después de la caída. El gol. La gloria, que por más ínfima es gloria. Los recuerdos que todavía me llegan.

Claro que Urbano se paró y alcanzó a darme una golpiza antes de que mis hermanos, algunos amigos y las niñas intervinieran para separarlo de mí. En medio del caos, vi a Camila. La niña más grande estaba a mi lado. Con solo ver que se acercaba, empecé a sentir esa incomodidad agradable que no se puede entender a los 9 años.

Después de esa batalla, las cosas cambiaron entre ella y yo: trataba de alejarme y ella de acercarse; le gustaba besuquearme y acicalarme como a un niñito, y eso delante de mis amigos no estaba bien visto, al menos por mí. Llegar tarde al potrero significaba, entonces, convertirse en objeto de besuqueos y coqueteos de una niña mayor; también en la burla —más tarde entendí que los chistes venían cargados de envidia— de los compinches, como les decía mi mamá. Camila era bien rara, no era de allá, tenía un hablar lento y cantado.

—¿Cierto que vos estás enamorado de mí?
—No sea tan boba, Camila.
—Confesalo.
—Camila, que no me moleste, ¿por qué no se va a jugar con sus amigas?
—Pero no hagás esa carita —me estiraba los cachetes y se iba corriendo con una carcajada aguda.

Nunca se ha visto a un ser humano en un estado de indefensión peor que ese. Nunca se han visto peores afrentas.

Por más que trataba de imaginarme mil maneras de librarme de sus ultrajes, cuando le respondía me quedaba con mis argumentos ensayados, pues siempre salía con una payasada diferente.

—Adiviná lo que tengo aquí —señalaba con las dos manos los bolsillos de la camisa blanca del uniforme.
—Yo qué voy a saber.

Y me cogía ambas manos y se las ponía en las tetas. No sé por qué quise librarme, tantas veces y tan rápido, de esas manos más fuertes que las mías que contrastaban con la suavidad de lo que había debajo de la camisa.

Un día nos enteramos de que los paisas, los que habían puesto la Tienda Nueva, se habían devuelto a su tierra: que no lograron tener clientela, que la gente de ese pueblo no los quería. Creo que se les olvidó preguntarme.

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