En cierta ocasión me dijeron que tirar trabado era lo máximo porque uno se sentía como un volcán, como si se fusionaran un litro y medio de Coca-Cola batida con dos pastillas de Alka-Seltzer. Se lo comenté a una hincha del DIM, admiradora de Leonel Álvarez, y me dijo: “Listo, papito, si es ya es ya”. (Visita a las monjas marihuaneras)

Salí a buscar en las calles del Valle de Aburrá una porción de cannabis para reírnos mucho y hacer una buena junta de ombligos. Un sábado a las 9:00 de la noche bastó con disminuir un poco la velocidad del carro en el parque El Poblado para que se me acercaran entre 19 y 32 asesores de servicio al cliente psicotrópico. ¿Creepy? —me preguntó uno de ellos, con pinta de reguetonero—. Y como no sabía qué demonios era eso, asocié esa palabra con crispy, mi sabor favorito de KFC. Pedí dos presas de creepy y me fui a hacerle el pollo asado a mi paisita.

En el balcón del apartamento y con vista a la Capital de la Montaña destapé una botella de vino después de unos raviolis. Puse buena música para meterle candela a uno de esos misiles con la esperanza de recorrer la ciudad de la furia, como un patrullero del aire que está a punto de registrar la erupción del cerro El Volador.

Prendimos motores y pasados tres minutos y seis bocanadas, sentíamos: nada. Cierto olor a tabaco me hizo pensar que el distribuidor local de cannabis me había visto la cara de rolo y me había vendido dos Mustang sin filtro por 16.000 pesos. Estaba pensando en que el turista siempre paga más caro, pero ella me interrumpió, y con un tono nataliaparisesco me dijo: “No, hermoso, esto no coge nada. Yo me voy a recostar un ratico... ¡suéter!”. (Fumando marihuana con mi papá por primera vez)

Por unos segundos pensé que ella quería verme con un saco puesto en la Ciudad de la Eterna Primavera. El tiempo empezó a volverse relativo, minutos y segundos eran lo mismo. Así que, después de algunos segunditos solo quería preguntarle si lo que ella me quiso decir fue suéter o suerte.

Seguía sentado en ese balcón cual cacique Nutibara, tomando vino y pensando cómo se habían vuelto de flojas las paisas para la rumba. Luego de unos sorbos sentí que estaba abusando del alcohol y las drogas. Inútilmente trataba de recordar las advertencias universitarias de mis amigos: “Uno nunca debe trabar la borrachera” o ¿emborrachar la traba?, ¡ya ni me acuerdo! Voy a ir a preguntarle a ella si le parece que me veo muy feo sin suéter. Apretando los dientes miré los demás apartamentos para estar seguro de que los vecinos no me estuvieran viendo en semejante estado. ¡Mierda! ¿Y qué tal que me saquen el lunes en el Cazanoticias? Porque con las cámaras de la policía pudieron haberme grabado mientras compraba ese par de cohetes.

Seguí hablando conmigo:

—¿Y usted por qué se preocupa de todo eso si no está trabado? ¿No se acuerda de que le vendieron unos simples cigarrillos?

—Ahhh… ¡verdad!

—¿Sabe qué? Mejor vaya y le pregunta a ella si tiene algún suéter de la suerte.

Me puse de pie y en vez de vecinos me sentí observado por las ventanas de los demás apartamentos, que a pesar de la noche brillaban como agua azul de piscina. Me volví a poner de pie porque, en realidad, todavía no lo había hecho. Al plan de alcohol, drogas y rock and roll solo le faltaba sexo, por eso, ahora sí en serio, me puse de pie.

—¿Ya estoy de pie?

—Sí, idiota, ¿no ve que está caminando?

—Ahhh… ¡verdad!

Llegué a su habitación y estaba absolutamente deliciosa, durmiendo desnuda y sin suéter. Antes de entrar en lo fino, fui al baño a orinar y mientras trataba de buscar algo que no podía encontrar dentro de mis pantaloncillos, en el espejo pude ver que mis párpados tenían solo dos rayitas de batería. Me empeloté. Oriné. Me lavé las manos. Pude ver mis ojos rojos como de lentes de contacto para Halloween, tan vidriosos como aquellas ventanas chismosas… (El cóctel de Marihuana)

¿Vos es que te volviste marica o qué? Me imaginé que eso me lo preguntaría mi paisita hermosa, si se daba cuenta de que no le estaba echando muela a ella sino a otro plato de raviolis. Bueno, la verdad es que ese otro plato yo mismo lo había servido y estaba ahí solitario en la mesa, pero ahora mismo estaba comiendo directamente de la olla. Ambas porciones me las pensaba devorar. Sentía dolor de cabeza y tanta hambre que podía comerme toda esa isla de Ravioli, al norte de Italia. Por eso, calenté más agua para preparar toda la bolsa de ravio… ¡puta! ¿A qué horas me vine para la cocina? A la misma hora en que Italia tiene una isla llamada Ravioli en el norte, donde queda Suiza y no hay mar. Algo me dice que debo aceptar que estoy drogado y que necesito ponerme algo para cubrir mis partes nobles, pero primero debo apagar esa olla que hace no sé cuánto tiempo tenía agua y aún sigue sobre el fogón encendido.


Al día siguiente amanecí en la sala con una sed terrible que no pude calmar porque ella me pidió que me fuera. Creo que con la olla derretida, la llave del baño abierta toda la noche y su saco de Mickey Mouse que yo tenía puesto a manera de calzoncillo, crucé esa delgada línea entre un tipo cool y un tipo culo. Mientras me vestía me dijo: “Ve, llevate el saquito si querés, te lo regalo”. Me metí entre el bolsillo de la camisa el otro barillo de creepy, un porro que parecía armado por Lucho Bermúdez, Pacho Galán y la Billo’s Caracas Boys para trabar a Pachito E’ché. ¿Cómo fui capaz de convertir esa traga maluca en una traba maluca? Cuando me fui a despedir, hice carita de pato, estirando los labios y cerrando los ojos. Ella también cerró… cerró la puerta diciendo: “Suéter”.

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