Ni hablar de los ‘entretenedores’, esa pandilla de jóvenes hipertonificados que al menor descuido te hacen bailar, saltar, concursar, cantar, como si fueran los carceleros de la buena onda. Que sus espectáculos no sueltan una gota de cultura. Que cada mañana te tienen preparado un guion, en el que siempre eres un personaje de reparto de esa película sin suspenso llamada Vacaciones paradisíacas. De todo eso, y peor, se suele decir de los hoteles con el sistema ‘todo incluido’. Pero siguen apareciendo. Y se llenan.

Reivindico los All Inclusive porque no pretenden cambiarte la vida. Nadie llega a ellos buscando un destino, persiguiendo nuevas formas de vida o esperando respuestas existenciales. Los feligreses de estos templos del neopaganismo se conforman con un plan demoledoramente más simple: dejar la vida diaria afuera de la fortaleza, para sumergirse durante una semana en la creencia saludable del no-hacer-nada.

La mayoría de quienes detestan estos resorts son, o quieren ser, algo. Son, o quisieran sentirse, importantes, especiales, influyentes. Nada de eso ocurre allí adentro. Como una bronceada pantomima socialista, una vez dentro del hotel todos somos iguales. La pulsera es la moneda única con la que vamos a buscar nuestras provisiones al bar, a los restaurantes, a los chiringuitos, como si fueran los almacenes populares de esas ciudades donde todos son iguales. Aunque nunca lo seamos.

Reivindico los all inclusive porque, así como muchos los detestan, hay quienes encontraron en ellos su sistema. Por eso lo defienden como un dogma. Una filosofía polémica, que suele recibir ataques e insultos, y que por lo mismo los obliga a juntarse entre ellos como una secta. Una donde los gurús se llaman activistas o entretenedores y cuya Tierra Santa está ubicada en pleno Caribe.

Defiendo los ‘todo incluido’ porque han sabido llevar la ilusión a lo concreto. Muchos aventureros buscan en un viaje el alimento espiritual. Estos vacacionistas también buscan alimento, pero del otro, del verdadero, del que tiene calorías y azúcar y sal o aceite y colesterol. Por eso hacen largas colas frente a la mesa del bufé. La idolatría por la comida ha llegado a casos extremos, como aquellos hoteles donde los fieles son obligados a llevar una tiquetera en el pecho como un crucifijo, y así poder comer comida tibia de un bufé.

En la rivalidad del alimento espiritual versus el alimento real, un sitio destacado ocupan los hoteles y restaurantes con el sistema all you can eat. Conocido también como ‘tenedor libre’ o ‘comer hasta reventar’, la gracia de estos sitios es que logran suprimir del ser humano toda gota de búsqueda trascendental. Terminan siendo espacios, a buena hora, donde lo más cercano a la espiritualidad es comer sin freno hasta engordar como buda.

He estado en all inclusive de Cuba, República Dominicana, México y Colombia. En todos ellos, tarde o temprano, llega el momento mágico en que no recuerdo el país donde estoy. Las fortalezas del bar abierto y los cerros de comida tienen su propia nacionalidad. Parecen territorios libres, donde los periódicos solamente entran de contrabando. Importa, mucho más, del país que uno viene escapando con ganas de no-hacer-nada.

¿Qué buscan quienes atacan los ‘todo incluido’? 

¿Qué les molesta tanto a estos policías del ‘biempensar’? 

¿Les molesta que el vacacionista de resort los ignore

En ninguna de las excursiones artificiales a las que nos someten los activistas de los resorts he visto, ni escuchado, que el ciudadano ‘todo incluido’ se burle o reclame contra otro tipo de viajeros. Nunca supe que le molesten los jóvenes que viajan con mochila por el planeta. O que se rían de aquellos que arman tours culturales por ciudades grandes y viejas. O que critiquen la ingenuidad de los que usan sus vacaciones para recorrer parajes ecológicos, zonas de difícil acceso o territorios vírgenes.

La nobleza del ciudadano ‘todo incluido’ radica, precisamente, en no importarle nada. Su gran causa colectiva es usar la misma pulsera que el vecino de silla, o compartir el sol horas enteras tirado a un costado de la piscina. Como pocos, sabe que la vida es de carencias, por eso paga vacaciones con todo incluido. Aunque también está pagando para no incluir en el viaje su vida diaria.

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