Se trata de un cadáver que respira. Sus padres ya autorizaron que, antes de desconectarlo de la máquina que le infla los pulmones, le extraigan los órganos, el corazón, los riñones, el hígado. Es una mujer joven, una chica que quizás no tenga más de veinte años. El médico cirujano Sergio Hoyos está familiarizado con la escena: alguien sale de su casa en la mañana, la ropa impecable, las mejillas y el cuello perfumados, el cabello al viento, las gafas que le hacen juego al bolso, los zapatos nuevos, la vida entera esperando intacta, recién estrenada, y de pronto, en el tiempo que dura un parpadeo, nada, o todo, según se vea. Es más que una ironía: una madre lleva semanas rezando por un hígado para un hijo moribundo, el teléfono al fin suena. Buenas noticias: apareció una donante. Sergio Hoyos escinde los tendones y vasos y arterias de los órganos de la joven, entonces recuerda que la esperanza de una persona también es el abatimiento de alguien más y que la noticia que celebran en una casa es la misma que lamentan en otra. ¿Injusto? El cirujano hace su trabajo en silencio, las manos hábiles descifran las entrañas, cortan aquí, ligan allá, presionan, sostienen, liberan. Los órganos se empacan como piezas de museo que valen una vida. En alguna parte, en extremos de la ciudad, otros cirujanos son alertados, todos corren. A lo sumo, escindidos del cuerpo, un hígado, un corazón, un riñón, apenas duran la fracción de un día, después de eso, siete, ocho horas, las células engañadas con frío parecen descubrir que ya no están dentro de un ser humano y mueren sin remedio.

Sergio Hoyos permanece sentado en un puesto de control de enfermeras en el pabellón de cirugía del Pablo Tobón Uribe, en el noroccidente de Medellín, quizás el hospital con la unidad de cirugía más moderna del país. Se trata de una suerte de plataforma espacial, o eso me parece, con el aspecto interior que tienen las naves de las películas, todo impecable, en ningún lugar palancas o manijas para asir, solo botones que reaccionan al tacto, a la voz, al calor. Las puertas se abren y se cierran con sensores de movimiento, el aire que todos respiran llega a través de un complejo sistema de purificación y las bolsas de sangre que urgen los pacientes viajan a toda velocidad en un sistema de vacío similar al de los cajeros electrónicos. En total hay trece quirófanos inteligentes, una tecnología que cuesta lo mismo que un avión de pasajeros. Aquí y allá hay paneles digitales interconectados de tal forma que, por ejemplo, mientras un grupo de especialistas reconstruye el corazón de una mujer, puede preguntarle algo a sus compañeros en el quirófano de al lado o, sin necesidad de soltar el bisturí, mostrarle la disposición de una arteria a un investigador vascular en alguna universidad de Europa, todo simultáneo, en imágenes de alta definición. Nadie moriría aquí si no fuera porque, en todo caso, a pesar de la perfección de las máquinas, los médicos siguen siendo hombres y mujeres. La lista de operaciones del día incluye un par de bypass gástricos, una cirugía de tiroides, el implante de una rodilla de plástico, una eliminación de hernia cervical, la amputación de un par de dedos, la revisión de un intestino grueso que se sospecha con tumores, la limpieza de la caja torácica de un niño invadido por flema, la reconstrucción de un seno extirpado a una mujer con cáncer, casi cuarenta operaciones en un turno de doce horas, pero es posible que sean más. A veces llegan personas con disparos, puñaladas, golpes de bate, la sangre corriendo a borbotones.

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Toda la ropa que nos pusimos esta mañana debió quedarse en un casillero afuera, más allá del umbral donde los microbios y los seres humanos compartimos el mundo. La única prenda que aún conservamos es la ropa interior. Aquí adentro, en este ambiente artificial, todos son expedicionarios, yo apenas un turista: llevamos traje verde, camisa, pantalón, encima una bata azul, gorro de amarrar, guantes, tapabocas, funda para los zapatos. Antes, cada quien debió lavarse las uñas con jabón quirúrgico, los dedos, las palmas de las manos, las muñecas, los brazos, los codos, en ese orden, primero una vez, después otra vez, el agua corre amarilla. El anestesiólogo Ricardo Toro digita claves de acceso en una pantalla, a un lado de la mesa donde acaban de acostar a un niño. La secuencia de números le permite acceder a su historia clínica, el peso, la talla, los posibles cuadros alérgicos, el diagnóstico previo, la ruta completa de la operación.

Se llama Jesús David, tiene siete años, 25 kilos, un metro de estatura, el pecho inundado de flema, está consciente, aprieta las manos, intenta decir algo, tose, se le oyen burbujas. Lleva una piyama de osos que juegan fútbol, llama a su mamá, parece que va a llorar. Toro le pone tres electrodos sobre la piel, uno en el brazo, dos en el pecho, son terminales para medir sus pulsaciones, la respiración, la presión arterial. Una de las tres enfermeras que acompañará la operación le dice que se calme, que nada le harán. El niño, por supuesto, no le cree. Sobre él hay tres lámparas enormes en forma de disco; al lado, torres de metal con conexiones que titilan y suenan. Otra mujer alista agujas, un catéter, pinzas, llaves, sondas, un punzón, bisturíes. El pequeño oye el ruido de herramientas, abre los ojos, de nuevo las burbujas en el pecho, parece una sopa que hierve. Finalmente, Ricardo Toro le pone una mascarilla que le cubre la nariz y la boca, pasan cinco segundos. Duerme.

Si una operación, en efecto, es como un viaje, la salida y la llegada pueden resultar los momentos más críticos. Los encargados de lograrlo son los anestesiólogos y un fallo suyo, de apenas un miligramo, puede convertirse en una fatalidad. A veces, el trance de dormir a un paciente llega a ser más riesgoso que la misma operación y, solo por eso, algunos enfermos deben soportar sus padecimientos sin la oportunidad de ir al quirófano. No es el caso de Jesús David, por suerte. Las líneas en las pantallas indican que todo marcha bien. Le abren la boca y le meten un tubo que lo proveerá de oxígeno mientras le drenan el pecho. Sacar el líquido será solo una parte. Lo desnudan, le ponen esparadrapo en los ojos cerrados y en el cuello, alrededor de la vena aorta donde acaban de clavarle un catéter por si urge la necesidad de inyectarle sangre. Una enfermera lo limpia con yodo, enseguida lo acuestan de lado y lo cubren con sábanas, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve sábanas en distintas direcciones. La única piel expuesta es la que cortará el bisturí. El pequeño parece una ofrenda para un dios pagano. Llaman al especialista.

Francisco Mejía tiene 38 años y es cirujano infantil, una suerte de malabarista de objetos diminutos. Él y el anestesiólogo hablan cosas en ese lenguaje médico de palabras irrepetibles. Todavía dice algo mientras pasa el bisturí por entre las costillas, luego clava un punzón hasta hacer un orificio del tamaño de una moneda, empuja, incrusta un tubo, después una cámara de video. Las vísceras del niño ahora son una exhibición a color en dos pantallas. La sopa que lo ahoga está por todos lados, afuera de los pulmones, en la caja torácica, debajo del esternón, de nuevo una incisión y otro orificio, por allí insertan una manguera conectada a una aspiradora. El líquido al fin fluye hasta un recipiente de vidrio, casi 320 mililitros, lo mismo que una botella de Coca-Cola. La madre espera más allá de los muros impecables. Se llama Blanca Inés. Lleva una camisa de rayas, sin mangas, el cabello recogido, las mejillas rojas, los ojos tristes, las manos temblorosas. En un par de horas hablaré con ella y me dirá que vive en el barrio Carambolas, en el extremo nororiental de Medellín, que su hijo es único porque no tiene más y que la otra noche le dijo a dios, con toda franqueza, sin andarse con miedos ni rodeos, que lo salvara o que ella también se moría. En el quirófano suena una alarma. Es un pito agudo, intermitente: algo pasa con Jesús David. El drenaje se suspende.

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Sergio Hoyos todavía no cumple 44 años y sin embargo, pese a su juventud, hace parte de un reducido grupo de cirujanos expertos en la inmensidad del hígado, esa víscera que desinfecta la sangre y es órgano y glándula a la vez, que ayuda a digerir los alimentos y almacena energía para cuando el cuerpo la necesita, "una pieza sin la que nadie puede vivir —dice él—: porque, por ejemplo, algunos sí lo hacen sin cerebro", y se ríe. El aire a su alrededor no huele a nada. Hoyos es delgado, alto, parece que se rasuró esta mañana, tiene la apariencia de alguien cualquiera, pero no lo es, claro.

Media vida después de graduarse de médico, luego de cirujano, luego de magíster en trasplantes, luego de especialista del hígado, su conocimiento es patrimonio de todos y en la calle, propongo, los científicos como él deberían vestir algún tipo de escafandra para que nada malo les ocurra, nada, en este bendito país nuestro de balaceras porque sí. Hace cinco minutos terminó de operar a un hombre de 54 años con una estenosis biliar, un estrechamiento del conductor colédoco, el tubo que lleva la bilis desde el hígado hasta el intestino delgado. Por padecimientos como ese, hace años, la gente se enfermaba hasta morir. Ya no. Ahora Hoyos puede conectar el hígado de una persona en otra, así no más, después de un esfuerzo que en promedio le toma nueve horas, a veces trece. Esa es, de todas las operaciones posibles, la que más esconde trampas y riesgos. Pero ¿qué pasa cuando, pese a todos los esfuerzos, el conocimiento, la experiencia y las máquinas, la muerte se aparece en el quirófano y hace lo que le viene en gana?

El último paciente que se le murió en cirugía a Sergio Hoyos fue una anciana, a Francisco Mejía una niña de cuatro años, a Ricardo Toro un hombre ya mayor, él no recuerda la edad. La orden es que los procedimientos de reanimación, antes de dar por muerta a una persona, se prolonguen 45 minutos, lo mismo que dura medio partido de fútbol, pero la muerte también sabe jugar y a veces se ensaña, corre, salta, muerde, pega, jala, gana. Nadie lleva el marcador de los reveses. Lo más difícil, admiten los médicos, es salir del quirófano y presentarse ante los familiares para decirles que la madre, el abuelo, el hermano, la hija falleció, que hicieron lo posible, que la vida, en fin, es así, que lo sienten. No existen manuales para eso, admite Hoyos. En un quirófano contiguo, justo ahora, le retiran un carcinoma a una mujer de 50 años. Aunque todo marcha bien, todos aquí saben que la vida pende de hilos muy delgados. Nadie se confía. Enfermeras y médicos siguen el parpadeo de los monitores. Eso hacen las computadoras, se supone: inspeccionan el grosor de esas hebras que sustentan la vida y que nadie sabe cómo, de dónde permanecen amarradas.

La enfermera Diana Betancur recuerda a una niña de diez años que llegó apuñalada, al parecer por el padrastro, dos cuchilladas en la base de la espalda, los riñones perforados. Lucharon varias horas, nada lograron. "Cuando se muere un paciente, sobre todo si es un niño, uno no quiere saber nada de medicina", dice un anestesiólogo y confiesa que todos, alguna vez, han llorado en el quirófano al lado de un cuerpo fallecido. Diana tiene ojos juguetones y una risa de concurso, lleva corazones de plata en las orejas. Otras veces también le pudo el llanto.

Al Pablo Tobón Uribe llegan con frecuencia soldados heridos por minas explosivas, de esas con las que los guerrilleros brutos insisten libertarnos. Era un chico de 19 años, despertó de la anestesia. Le preguntó a Diana si le habían cortado la pierna, le contó una historia oída muchas veces: que era campesino, el mayor de una familia campesina, que se fue al ejército porque soñaba darle una casa a su mamá y a sus hermanos. "Gracias a dios me queda un pie todavía, puedo trabajar", dijo resignado. La enfermera ya sabía que estaban preparando el quirófano antes de sedarlo de nuevo y amputarle la otra pierna. "No fui capaz de decirle nada. Después se volvió a dormir".

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La alarma en el quirófano es por un cambio de presión en los pulmones del niño. Le inyectan droga, ajustan botones, nuevas alarmas se encienden, la vida cruza ahora un pasaje estrecho, al lado de un abismo sin fondo. Nadie mira para abajo. No hay razones para creer que Jesús David no lo logrará. Además, se sabe que pese a su aparente fragilidad, el cuerpo de los niños esconde un raro poder para persistir más allá de ciertos límites. Los pulmones responden. El médico debe darse prisa. Usa pinzas, retira materia muerta del revés de las costillas, tejido pleural se llama, gajos de piel blanca, mortecina. En una semana, de no haber sido operado, el hijo único de Blanca Inés habría muerto sin importar qué tanto rezara ella. Casi tres horas después de abrirlos, el cirujano cierra uno de los orificios, en el otro clava una manguera de plástico para drenar el líquido que aún no salió por la postura del pequeño. Lo tendrá ahí algunos días, como un único tentáculo de pulpo. Justo en ese instante, en algún lugar de la ciudad, un hombre sale de su casa, los zapatos impecables, la camisa nueva, el pecho perfumado, un aire de menta en la boca, se despide de su perro. Con suerte, lo sabe él, en un rato hará el amor con la mujer que ama y esa será su forma de celebrar que sigue vivo, aunque él no lo dice con esas palabras, ni lo piensa. Antes de tomar un taxi compra una rosa roja en una tienda donde también venden revistas de crucigramas y discos piratas con canciones para enamorados. Cruza el andén, suena el celular, es ella. Hablan tonterías, se ríen, ella también lo espera con un regalo, le dice; él intenta una respuesta pero algo, un ruido, ya no le da tiempo. Y otra vez, en lo que dura un parpadeo, nada, o todo, según se vea. Las madres que rezan por que aparezca un donante para un hijo moribundo saben que dios no las desampara y que esta madrugada, mañana en la noche, este viernes, por su poderosa intersección e infinita bondad, aparecerá ese órgano que las hará felices. En los quirófanos todo permanece dispuesto.

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