Distrito Rojo de Kabukicho — Tokio — Japón

Dos oficinistas japoneses, con una sonrisa de oreja a oreja, se ponen de pie. Visten idénticas camisas blancas de manga corta y bolsillo en el pecho en el que llevan, cada uno, un bolígrafo. Son salaryman: empleados de rango bajo o medio que trabajan duro seis días por semana y que hoy, que es martes, probablemente se hayan despertado a las 6:30 y estén un poco cansados a esta hora de la noche, porque la jornada fue larga, pero aun así avanzan con una expresión de felicidad que en la oficina raramente enseñan. Adelante hay dos mujeres, y ellas los esperan con los brazos extendidos y sin brasier. Las luces relampaguean y la música del animé Attack on Titan suena fuerte.

Estoy en Arena, un strip club en Kabukicho, la zona roja de Tokio. Con un orgullo no común en el austero comportamiento diurno japonés, este distrito de fiesta es presentado en algunas guías turísticas como “el área de entretenimiento adulto, para hombres y mujeres, más grande de Asia”. Kabukicho, que en unas diez manzanas concentra 300 sex shops, 160 host clubs o clubes de acompañantes, 80 love hotels y cientos de discotecas, cabarés, karaokes, bares y restaurantes, no conoce el día. (Los ping pong shows de Bangkok)

Adentro de Arena, los dos salaryman llegan al escenario, se sientan en el borde, se recuestan y dejan que sus piernas cuelguen. Las dos mujeres avanzan sobre el primero: una le pone en la boca un papel que parece un billete y le desabrocha el cinturón mientras deja que las tetas caigan sobre su rostro. Son conos pequeños y suaves: tetas delicadas de mujer oriental, que el tipo lame mientras la segunda mujer ayuda a la primera con la bragueta. Al lado, el otro hombre espera su turno.

El suelo en el que hoy se alza este distrito rojo fue un pantano, luego un santuario de patos, más tarde un barrio escolar y, después de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, un montón de escombros. En 1948, durante la reconstrucción de la ciudad, se planeó levantar aquí un teatro Kabuki (el tradicional arte local), y de ahí viene lo de “Kabuki-cho”, pero ese escenario nunca fue erigido porque el dinero no alcanzó. Los chinos radicados en la ciudad comenzaron con el negocio de la noche, y en la década del setenta, con un Japón potente y lleno de salaryman, esto por fin explotó.

Kabukicho queda en Shinjuku, un barrio céntrico. En la terminal de metros y trenes de la zona (no es una sola terminal, sino un hub) circulan 3,64 millones de pasajeros por día que hacen de esta la macroestación más transitada del mundo. El distrito rojo está a cuatro cuadras de ahí y es todo neón, gentío, morenos que te quieren llevar –con demasiada vehemencia y en spanglish– a un “sex massage” (con una mujer) y carteleras en las que se ofrecen los rostros angelicales, misteriosos y photoshopeados de chicos y chicas que más bien se parecen a personajes de animé. ¿Y solo me parece a mí, o las más bellas aquí, las que más hombres atraen, son las que tienen los ojos más grandes?

Uno de los morenos del spanglish fue quien me trajo hasta Arena. Era un tipo alto, que me encaró en la calle y me dijo que venía de Ghana, mientras yo, que estaba con mi amigo Matías, observaba un cartel luminoso que anunciaba un club llamado Super Angel, donde –rezaba– las trabajadoras podían ganar 40.000 yenes, unos 400 dólares, aunque no sé si por día o por hora o qué. (Una noche en Bagdad (el mejor bar de sexo en vivo)).

El tipo nos empezó a hablar de un bar, y como habíamos dado algunas vueltas y ya queríamos meternos a tomar algo, decidimos seguirlo. Nos condujo adentro de un edificio, y en el ascensor apretó el número 4 (ah, sí: en Kabukicho hay nightclubs hasta adentro de los edificios). Llegamos y nos metimos en un bar de luces bajas. Había una barra, algunas mesas. Apareció otro tipo. Nos explicó que la tarifa era de 5000 yenes (50 dólares) por 90 minutos de compañía con una mujer. Detrás de él apareció ella: era bonita –las mujeres orientales son refinadas y sensuales–, pero el bar estaba vacío, completamente vacío, y nos fuimos.

Los japoneses viven su sexualidad de un modo extraño: por lo que entendí, son santos en casa y locos afuera. De hecho, en Kabukicho hay girls bars (en los que la barra está atendida por una mujer guapa que te da charla), kiabakuras (donde la mujer se sienta a tu lado y te habla, pero no te deja tocarla), oppai pubs (con mujeres en tetas que te invitan a tomar algo y a tocar algo), health clubs (prostíbulos con mayor o menor creatividad y permisividad en torno a la penetración, que es ilegal si hay dinero de por medio), soap lands (burdeles en donde te enjabonas para que una mujer se te eche encima) y hasta un sitio carísimo, para gringos, llamado Robot Restaurant, en el que hay shows de máquinas autómatas con poca ropa. Ahora, uno debe imaginarse todo eso conviviendo en una jungla fluorescente en la que corren ríos de sake y shochu, las bebidas alcohólicas locales. Y es bueno saber que a medida que uno quiera extender más sus manos, el precio subirá: la entrada al strip club nos costó el equivalente a 60 dólares a cada uno y el ingreso a un soap land sale a más de 300. (¿Por qué los hombres van donde las putas?)

Y hablando de dinero, una de las strippers le acaba de meter la mano por debajo del pantalón al salaryman aquí en Arena. Pensé que el asunto iba a pasar a mayores, pero hay cierta decencia japonesa que no se quiebra jamás: esto dura un ratito en el que la mano se mueve por debajo de la tela, y ya. Ahora le toca al compañero, y entonces ocurre algo inesperado, algo que quiebra las reglas del cabaré y que para nosotros en Latinoamérica sería un tabú, pero que aquí parece no serlo: el primero de los salaryman está tan borracho y divertido que él mismo estira la mano y le acaricia la bragueta al otro –y se muere de risa con las dos chicas desnudas–.

Japón: hay aún tanto por entender.

Hace un rato, cuando la noche recién comenzaba, hablé con dos strippers mexicanas que trabajan en Tokio. Me las encontré en Tantra, un strip club grande, de categoría. Mientras tomábamos un gin-tonic, me lloraron sus penas: que los japoneses no quieren latinas curvosas como ellas, porque prefieren a las mujeres con cuerpo pequeño; que a los japoneses les gusta más dar un beso en la boca que meter mano por debajo de la falda; que trabajan mucho y por eso no está mal visto que se queden dormidos al lado de ellas, luego de emborracharse; que son hipercorrectos, pero distantes e ingenuos; que son machistas, y ellas en cambio vienen de algo que llaman “un matriarcado” –¿México?, ¿seguro? –; que si por fin se los pueden coger, los japoneses casi ni las miran a los ojos.

“¿No te has preguntado por qué en el porno japonés la mujer siempre sufre?”, me interrogó una de ellas (yo no lo había pensado, pero quizá comience a hacerlo). Y la otra me dijo: “Los japoneses están como robotizados…” y blablablá. En resumen: la primera llegó a Tokio hace 15 días y la segunda, hace dos meses, y ambas quieren irse cuanto antes.

Les pregunté sobre Kabukicho y una de ellas, encantadora y enérgica, me contó una historia: apenas llegó a la ciudad –hace dos semanas–, se fue a buscar trabajo allá, al barrio rojo, porque le habían dicho que ese era “el sitio”. No tenía ningún contacto, así que caminó, dio vueltas, se metió en los nightclubs y en los callejones, y finalmente conoció a un moreno que le dijo que la iba a llevar a un bar en el que le darían trabajo como table dancer. Ella lo siguió. El tipo entró a un edificio y bajó las escaleras. Ella iba detrás. Finalmente, él se detuvo ante una puertita y sacó del bolsillo un manojo de llaves. Eligió una. La giró, abrió y le dijo a nuestra chica que pasara. Pero cuando dio un paso y vio lo que había ahí, se lo pensó dos veces: “¡Cinco mujeres apiñadas en un cuartito, wey!”, me dice, gin-tonic en mano. “Había rusas y negras, estaban todas en silencio, mirando para abajo”. Abre los ojos. “¡Ay, no, wey! Yo me di media vuelta y le dije que no me metía ahí… y salí corriendo… y el tipo atrás mío... y corrí y corrí… y por suerte lo perdí”. (La terapeuta sexual que se acuesta con sus pacientes)

Si uno pone “Kabukicho” en Google, la primera asociación que aparece es “Kabukicho peligroso”, pero la verdad es que el ambiente es relajado en comparación con otros distritos rojos en el mundo. No hay demasiado riesgo a la vista. Antes de 2004, más de 1000 mafiosos de la yakuza caminaban por aquí y manejaban unas 120 empresas, pero en ese año una operación masiva de la Policía ‘limpió’ el distrito. ¿O será que tanto neón esconde la oscuridad de los sótanos?

En Arena, las chicas melonean un poco con el segundo salaryman… y luego ya está: fin. Los dos regresan a sus asientos, a su sake. Cada uno acaba de pagar por esto 2000 yenes, 20 dólares, y todo ha sido un poco breve. Lo bueno es que en el escenario aparece una chica nueva, una oriental que lleva el pelo teñido de rubio y con corte carré, y que se trepa al tubo y gira vertiginosamente, como un ninja.

Atrás, en otra mesa, un grupo grande festeja un cumpleaños. Todos visten con la misma camisa blanca de mangas cortas y bolsillo en el pecho: salaryman. Cuando le cantan el feliz cumpleaños al agasajado, una decena de strippers se suma y aplaude, y de repente aparece el regalo: una caja enorme que contiene una aspiradora (de la oficina al cabaré, la limpieza manda en Japón). Termino mi tercera copa de shochu. Alcohol: 25 grados. Estoy un poco borracho. De repente, no sé de dónde salió, aparece uno de los camareros. Señala el escenario, señala a la stripper, hace un gesto como de bajarse el pantalón y me dice: “Do you want to try?”.

* Periodista, ganador del premio Gabriel García Márquez. Es autor del libro de crónicas Sangre joven (Tusquets).

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