Este trozo del desierto huele a alcohol y a difunto. Son la misma cosa en el aire quieto. Y la luz no tiene sombras a esta hora, con el sol en toda la mitad del mundo. Aunque un viento llegara de alguna parte, si tal prodigio ocurriera, los tallos de los cactus y las ramas del trupillo seguirían inmóviles, sin resignación posible. Un lagarto de cola azul busca refugio en una olla vuelta bocabajo. Hasta los animales temen morirse de un latigazo de la solana que reverbera y hace temblar el horizonte. Un gentío ha ido llegando. Hombres, mujeres, perros, niños, burros. Llegan por caminos invisibles que solo ellos son capaces de adivinar sobre la arena dura. Esto es una fiesta y los más afortunados se acomodan en las enramadas que dispusieron los dueños de la ranchería, esas ciudadelas diminutas de la alta Guajira donde viven los wayúu. Los demás se desperdigan en el bosque de cujíes y cuelgan sus hamacas de las ramas. Esperan. Una mujer joven vestida de blanco termina de sacar de una tumba el esqueleto de un hombre muerto hace doce años: primero la cabeza, después las costillas, las piernas, las vértebras, las falanges. Acomoda todo en una vasija de barro. Los huesos suenan como palitroques de porcelana según van cayendo adentro. Este trozo del desierto también huele a comida. A plátano. A yuca. A carne de chivo. La fiesta consiste en celebrar el segundo velorio de Julio Pushaina conforme la ley de los guajiros. Tres días durará el agasajo, después lo olvidarán para siempre y será mal augurio recordarlo. Comerán. Llorarán otra vez como si acabara de morir. Conversarán. Cantarán leyendas y mientras todo eso, antes de sepultar la vasija en la tierra sin lápida, beberán chirrinchi, la champaña del desierto, como también lo llaman. Yo soy un alijuana, un forastero, y soy un akulajawaa aa’in, un hombre aburrido que no toma licor y, sin embargo, a eso he venido tan lejos: a acompañarlos a embriagarse.

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A los wayúu los llaman los hombres de arena, y sus mujeres, que se compran a precio de chivos y de hamacas, se pintan el rostro para evitar que el sol las devore. Son ellas las que deben caminar lejuras hasta los pozos para traer el agua en baldes que cargan en la cabeza, las más afortunadas a lomo de püliiki, burros flacos convertidos en camellos por cuenta de las gracias y las desgracias que impone este desierto del Caribe. Su pintura es un amasijo de frutos triturados, ceniza de carbón y grasa de ale’e, de la panza del chivo. Todo eso lo mezclan con arena hirviendo. Es lo que siento que acabo de tragarme: un puñado de polvo caliente. Quisiera escupir este primer sorbo de chirrinchi pero ya es tarde. Y no hay agua para mitigar el ardor de espinas en la garganta. Me lo dio un hombre con un revólver Smith & Wesson calibre 38 colgado de su taparrabo de colores. Otros hombres llevan katkousü, carabinas, y beben a pico de botella. Antes leí que el trago de los wayúu es lechoso, turbio, misterioso. En un rato veré cómo lo vierten de canecas enormes, igual que si fuera combustible. Y huele a eso. Pica. Abrasa. Me imagino que servirá para desleír durezas pegadas a los objetos, manchas, tiznes, óxido. Los wayúu lo usan para espantar espíritus, y cuando alguien se muere, las mujeres bañan el cuerpo desnudo con chirrinchi; de esa manera retardan la putrefacción que bajo este sol furioso se produce más rápido que en cualquier otro lugar. Los velorios, sean el primero o el último de un difunto, son siempre una celebración y se come tanto como se bebe. Una niña llega con un totumo rebosado de caldo de chivo. En otro plato me ha traído arroz y yuca y carne de anneerü, ovejo lampiño. Casi todos los hombres ya están ebrios. Un hombre canta antiguas leyendas en wayuunaiki, el idioma de los 400.000 habitantes de esta nación guajira que se extiende más allá de la frontera con Venezuela y que no responde a otra autoridad que la propia. El segundo trago quema igual. Espinas lastimando la garganta.

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Un hombre desciende de una camioneta. Es igual a la de un anuncio de revista. Blanca, de vidrios oscuros. Las llantas marcan un rastro de culebras sobre la arena. El hombre que la conduce lleva un lazo de oro en el cuello y trae su propia caneca de licor. Su riqueza es reciente, de hace apenas unos días. Es uno de los que accedieron a vender el trozo de tierra que le correspondía por la ley indígena en las playas de Mayapo, a 20 minutos de Riohacha, la capital del departamento. Una carretera pavimentada serpentea por la costa, la única de toda la zona. La llaman maa’ala, la culebra ponzoñosa. La prometió el presidente aquel, je’yulu, en uno de esos consejos comunitarios en los que repartía sanitarios y escuelas y daba órdenes a los gritos. Se supone que por allí llegaría el progreso, eso dijo je’yulu, pero los únicos que llegan ahora, casi los únicos, son los compradores de las mejores franjas de playa frente al mar azul. A veces, dependiendo de cómo el sol meta sus dedos al agua, las olas son verdes. Se supone que ningún wayúu puede vender estas tierras sagradas a un alijuana. Se supone que cada familia dueña de un terreno debe atesorarlo y protegerlo para sus descendientes. Se supone, pero los compradores arriban con dinero en maletines y ya muchos indígenas cayeron en la trampa de firmarles escrituras a nuevos propietarios, de quienes se dice que en realidad son testaferros de una cadena hotelera empecinada en construir, de espaldas al desierto y frente a las playas más hermosas del país, un hotel cinco estrellas con casino, helipuerto y cancha de golf. Los lotes de los nuevos dueños están cercados con alambres de púas, y los fines de semana, entre los turistas que llegan a bañarse a estas aguas transparentes, se ven hombres de lentes oscuros observando planos, señalando el desierto, riendo, brindando con licores servidos en copas de cristal que olvidan sobre jasai, la arena blanca. Esta nueva versión del progreso, lo dicen los ancianos wayúu, es una promesa que beneficia a otros, no a ellos. Es la historia repetida tantas veces. La Guajira produce carbón en la mayor mina del mundo a cielo abierto, así es que dicen. El cielo es la medida en esta tierra sin bordes. Y también se extrae gas y se reparte al resto de Colombia por tubos que comienzan aquí y terminan en casas de Barranquilla, Cartagena, Bogotá, Medellín, menos en las casas wayúu, donde siguen cocinando con madera seca de los cactus y los trupillos. Ningún indígena hará una fortuna en el casino que prometen construir ni alguno de los que se fue antes regresará en helicóptero. Y es seguro que ya no serán suyos los cangrejos ni las langostas que ahora pueden comer los que salen a pescar. Tal vez entonces sí haya agua para beber, pero tampoco será para ellos, y las mujeres seguirán adentrándose en el desierto hasta los aljibes y los pozos donde beben por igual cerdos, asnos, niños, lagartijas. Oídas esas historias, el siguiente trago de chirrinchi arde menos. El dolor de espinas no es en la garganta.

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La champaña del desierto se fermenta a partir de ruedas de panela. El proceso completo toma semanas, y los trapiches, sin excepción, pertenecen a los wayúu. Es, lo admiten ellos, un trago feroz, su bandera, su himno, el único que cantan entre todos y que nadie va a quitarles, aunque ya un alijuana estuvo por aquí alguna vez calculando la posibilidad de exportarlo al resto del Caribe con un nombre tan obvio: aguardiente salvaje. Nos creen malaa, dice un anciano y bebe a pico de botella recostado en una hamaca. Él es uno de los miles de indígenas wayúu a los que los políticos llevaron a la Registraduría del Estado Civil a sacarles la cédula para que pudieran votar en elecciones. Como eran grupos de 30, 50, 80, 200 indígenas de una vez, y como muy pocos saben español, los funcionarios encargados de tomarles las huellas dactilares y de llenar las fichas de reseña creyeron gracioso bautizarlos como se les fue ocurriendo: Puta Magnolia, Frente de Papa, Cara de Caca, Estatua, Policía, Fe­-?rrari, Nariz de Cau-cho. Esos son los nombres que rezan en las cédulas con las que votan para elegir alcaldes, concejales, gobernadores, congresistas, presidentes de la república. A cambio de cada equis en el tarjetón electoral, los indígenas reciben botellas de aceite, carne de chivo, sacos de arroz, canecas de chirrinchi. Ahora soy yo quien pide el siguiente trago. Las mujeres se han congregado en una enramada aparte para llorar alrededor de la vasija con los huesos del difunto. El resto de los invitados come, bebe, canta, habla. La celebración de los velorios, si hay suficiente comida y licor, puede durar una semana. Después, cada quien se va yendo como vino, por los caminos sin trazo del desierto. Es un gesto habitual que las familias les regalen botellas de chirrinchi y comida a los invitados para el viaje de regreso. A los fallecidos también los entierran con su ración de licor y de chivo para que no lleguen manivacíos a la otra vida y puedan sentarse a hablar y a beber con sus parientes, sus amigos, los vecinos de estas tierras bajo el sol que se fueron antes. En el cielo de los wayúu no hay alijuanas.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

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