El viernes 25 de mayo a las 5:35 p.m., el Chorro de Quevedo, en el barrio La Candelaria, es un territorio ocupado por la policía. ‘Tombos’ por todas partes, ‘aguacates’ por doquier. Nada que hacer: si recorres la plaza de un extremo a otro, si bajas por la Calle del Embudo, ahí están, con su mirada atenta, inquisitiva, amenazadora. ¿Qué hacer para tomarse un modesto e inofensivo Moscato Passito? ¿Cómo sentarse en el piso sin que vengan a joderte, a decirte que ahí no se puede beber? “Colaboremos”. Sí, imperativo. Si fueras senador de la patria, habría sido distinto, un ruego: “Colabórenos”. Lo mejor es ir ganándoles terreno. Poco a poco. Suave. Comprar la caja en la licorera de la esquina y camuflarla en una bolsa. Diez mil pesos. Caro. Cobran la necesidad. Más abajo se consigue más barato. Y si sigues bajando, hasta la estación de la Sabana: 7000 pesitos. Con la caja bajo el saco, en el sobaco: algo es algo. Un primer pasito. Aunque todavía no el primer trago.
Moscato Passito, moscatel de pasas. El licor que, según Nico Ordóñez en su texto Los néctares de mi generación, fue el acercamiento a la bebida del 95 % de los criollos: “¿Qué hubiera sido de nuestra infancia sin el ‘Moscato’? ¿Qué hubiera sido de ese domingo, a los 14 años, cuando uno se levanta oliendo a tigrillo, con esa tibieza propia de haberse embriagado con el ‘Moscato’, y ese dolor de cabeza profundo, tipo migraña, como si uno fuera una granadilla, lleno de pepas por dentro, que tenía la cualidad de incapacitarlo a uno tres días, por aquello del guayabo terciario? Nosotros no hubiéramos sido nada de lo que somos hoy sin ese magnánimo néctar de ladrones, vaciados, metaleros, curas e infantes colombianos”.

El dolor de cabeza “tipo migraña” de Nico tiene una explicación. El Moscato Passito es una imitación del moscatel y tiene una fermentación rústica, en robles nacionales, ayudada con azúcar, panela y un poquito de colorante. No muy santa, a pesar de que al moscatel lo llaman en otros países vino santo. Y el azúcar en un trago, ya se sabe, va mejor con los ponqués. Por eso, los grandes clientes de Bodegas Andaluz, productora de Moscato Passito desde 1947 hasta cuando la cerraron, fueron las pastelerías Guernika y Belalcázar. Con todos los peros, una bebida espirituosa criolla, mejor que el aguardiente según lo proclamaba una propaganda radial en los años cincuenta, por la época de la radionovela El derecho de nacer: “Temiéndoles al aguardiente y al escándalo, Benito no toma ruidosamente, bebe Moscato Passito”. En la emisora Nuevo Mundo canjeaban pauta por Moscato Passito. Ya podéis imaginaros, inteligentes lectores, quiénes fueron los padres fundadores de la bohemia con el Moscato Passito. Y no digamos mentiras, país arribista y olvidadizo: en las primeras comuniones, en la Semana Santa, en las navidades, en todas las ocasiones especiales, era la bebida elegante. Y no solo en Bogotá, donde las zorras repartían por sus calles las cajas de madera de 24 botellas envueltas en papel blanco y en chuspas, sino en Cundinamarca, en Boyacá, en Antioquia, en el Tolima.

Hoy está difícil beber el ‘magnánimo néctar’, aun sin ruido y sin escándalo. Ni siquiera pasito. La policía acecha. Los ‘aguacates’. Ay, cuidado y les dices ‘aguacates’. Sé de alguien que en pleno Chorro de Quevedo les gritó “¡aguacates!”, “¡aguacates!”, y lo llevaron a la estación de Las Cruces, a la guandoca. Saco el Moscato del sobaco, pero no lo abro. Lo miro. Este es de Bodegas Añejas y, según reza la etiqueta, producido desde 1939, año histórico: el cardenal Pacelli fue ungido papa, se transmitió el primer partido de fútbol americano por televisión en los Estados Unidos, se estrenó la película Lo que el viento se llevó y, por supuesto, apareció en tierras colombianas el Moscato Passito. Vaya usted a saber lo que quiso decir el creativo publicitario con esa rocambolesca línea del tiempo. Tenerlo no es delito, el delito es abrirlo. Me voy con la caja a oír a un cuentero en un extremo de la plaza, a la entrada de la iglesia donde las escaleras forman unas gradas naturales. Con sus cuentos sobre Adán y Eva, subidos de machismo, verdes, picantes, William empieza a convocar un pequeño público y rompe un poco el hielo policial. Nos hace reír. El ambiente se relaja. ¿Es hora del primer trago? Todavía no. Todavía la policía tiene el control del territorio. Al menos exhibámoslo, botemos la bolsa. Para que aparezca la cofradía del Moscato. No aparece. William termina su presentación y lo invitamos a un trago en la tienda de la esquina, al frente de la cigarrería. ¿Le gusta el Moscato? La cara lo dice todo: prueba superada. Alguna vez, en el pasado de las vacas flacas, lo probó. En el pasado oscuro de un colombiano siempre aparece un Moscato Passito. Ahora prefiere la cerveza, el whisky, el Cata Vieja, que es un vino seco. Ahora tiene 27 años y es un cuentero.

William, el cuentero, acepta compartir conmigo el primer trago. Me confiesa cuál es su resistencia al Moscato: le parece traicionero, como todos los cocteles; le parece que en cualquier momento lo puede patear a mansalva. Luego me habla de su infancia en Florencia, de un amigo que cayó en los ‘falsos positivos’. La conversación da un giro abrupto hacia el cine colombiano y, de pronto, me cuenta cómo fue su primera borrachera: en un paseo, se agarró a tomar, lo arrastraron hasta el carro y su papá le dijo: “Mijo, se volvió grande”.

Aparece en la mesa un muchacho moreno, de gafas, pelo largo y una sonrisa tímida pero amistosa: Andrés. Estudia Derecho: “Es la forma más obvia de cambiar el país. Si se conocen las leyes las posibilidades son infinitas. En Colombia, la ley es de la rosca, la ley es del más poderoso. Los ricos son más ricos, los pobres son más pobres”. Nos cuenta que viene de Doors, un lugar donde ponen rock. Vino al Chorro porque tiene una cita con una amiga. De vez en cuando viene por acá a tomarse un vino, a escuchar un cuentero, a farrear. Aunque el centro le trae recuerdos ingratos: malas compañías, drogas, delincuencia. Le gusta el Moscato, pero el guayabo le parece brutal: “La cabeza se le pone a uno como un bombo con doble pedal y no paran el desaliento, el dolor de cabeza, de estómago, el vómito”. Lo probó muy joven: “Salíamos del colegio, comprábamos tres cajas y le echábamos sal: alguien nos había dicho que eso era buenísimo para bajarle el azúcar. A veces le echábamos ceniza de cigarrillo y lo calentábamos. Asqueroso”.

El cuentero se despide, y Andrés se queda esperando a su amiga. Afuera, la plaza ya es otra cosa. Está llena. De hippies, gomelos, artistas callejeros, raperos, estudiantes. Es la verdadera unidad nacional. La mancha verde se ha opacado. Ya puede uno sentarse en el andén a tomar tranquilo. Sara y Shyla, dos estudiantes de Topografía del Sena que han venido “a parchar” al Chorro, aceptan gustosas un trago. Claro que ellas no vienen desarmadas: en la chaqueta traen camuflada una botella de chicha. Me dan a probar: muy rica. Después del intercambio me cuentan que les gusta el Moscato —“combinadito con otros tragos”— y que lo compran por la 19. “Aquí no, es muy caro”.
Camino hasta el centro de la plaza. El olor a marihuana perfuma el aire de la noche. La gente bebe, mete, habla duro, se ríe a carcajadas. El parte es de victoria: la policía ha sido derrotada. O sobornada: para el efecto es lo mismo. Se aparece otro William (con una caja de Moscato Passito, en esta plaza nunca estarás solo), William Álvarez, guardabosques y guardarríos del Sumapaz y también promotor de la actividad circense: sueña con hacer un Circo al Parque. William es un fan del Moscato Passito: “Yo me crié con el Moscato Passito. Viéndolo del lado bonito, el vino tiene como la característica de dar paz a la gente, tiene como esa característica tranquila. Te da un estado de ánimo que te relaja. Cuando tomas vino, tú no llegas a pegarle a la mujer”. ¿Y el horrible guayabo? “El guayabo es para los borrachos, si tú te pones a mezclar, paila”. ¿Lo dulce no le molesta?: “A mí eso es lo que me gusta, lo dulcecito. Tengo amigos que toman Cata Vieja y se las dan de trago fino, uy, sí, y dicen que les gusta, pero eso es mentira. El Moscato es el vino del sector humilde”.

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