Hace algunos años dos jóvenes se dieron cuenta de que nunca podrían vivir juntos y decidieron matarse. Salieron el atardecer de un lunes para un hotel frente al mar, no lejos de Santa Marta, y pidieron la cabaña grande de atrás, la que daba a los jardines. Llegó la noche. Hicieron el amor, conectaron la manguera al tubo de escape del auto, la entraron por la ventana y se acostaron a esperar y a oír el mar, que sonaba a pocos metros, iluminado por la luna.
Los dos se quedaron dormidos bajo el efecto del monóxido de carbono, pero mientras Támaris ya no volvió a despertar, él lo hizo en el hospital. El administrador del hotel, en su recorrido de las doce de la noche, vio lo que estaba pasando y alcanzó a salvarlo.
Sus padres vinieron por él, de Medellín.
Pasaron los años. Felipe superó la afición juvenil por los amores imposibles y los gestos suicidas, terminó la carrera de Derecho y se dedicó con pasión a la política. Ocupó varios cargos de importancia. Durante mucho tiempo fue presidente del directorio departamental de su partido, y se retiró de las contiendas políticas a los 65 años de edad, respetado por amigos y enemigos, pues era de natural muy amable y sensato, para dedicarse a la familia y a sus propiedades.
A los 72 años comenzó a sufrir olvidos que preocuparon a su mujer y al resto de la familia. Cierta vez dejó el automóvil estacionado en la calle y cuando volvió no pudo abrirlo. Regresó a su casa en taxi, fue con uno de sus hijos a la calle donde creía haberlo dejado y se dieron cuenta de que había estado tratando de abrir otro automóvil, blanco también, pero ni siquiera de la misma marca que el suyo, que encontraron a dos cuadras de distancia. Con la pérdida de la memoria le llegaron las depresiones, cierto malhumor infantil y el gusto por el lenguaje soez, que, por venir de alguien como él, asombraba y ofendía bastante a Olga, su mujer, aunque divertía a hijos y nietos.
—¡Y preciso su papá, que siempre fue tan pulcro!
Se le empezaron a caer las cosas de las manos y derribaba todo lo que tocaba en las repisas y alacenas. “Yo no sé lo que le pasa a Felipe, que le dio por hacer daños”, decía Olga. Y él, como si hubiera regresado a la adolescencia, se besaba los dedos cruzados y juraba por esta Cruz Bendita que no era él el que estaba rompiendo todo. “Pero si yo misma he visto, Felipe, cuando soltás las cosas de las manos. ¿O no es verdad?”, decía Olga, que, sin embargo, no quería saber nada de demencias seniles ni demás estupideces de los médicos.
También por las noches empezaron a quebrarse los objetos. Aquello siempre ocurría cuando él venía de regreso del baño, de modo que a ella la despertaba el estruendo y después lo veía llegar, desconcertado, como si tampoco él supiera lo que estaba pasando. Una vez regresó sin que nada se cayera, volvió a dormirse, se despertó de repente y prendió un cigarrillo. Su mujer lo miró un rato desde la almohada y le preguntó que si estaba desvelado.
—No te metás en lo que no te importa. Callate más bien, ¿sí?, que no me dejás oír, vieja pedorra —respondió, y ella quedó tan asombrada que ni siquiera alcanzó a enojarse.
Las depresiones y el lenguaje sucio aumentaban. Los familiares decidieron esconder el revólver y todos los cuchillos de la casa, así como el martillo y las cuchillas de afeitar. Él se dio cuenta, claro, y les dijo con sorna que si era que iban a tapiar las ventanas del segundo piso, pendejos, o a quitar las vigas y a esconder las sábanas. Dejó de hablarles y empezó a hablar solo. Mencionaba a Támaris con frecuencia. Y por las noches las cosas seguían cayéndose de repisas y alacenas.
—¿Ta qué?
—Támaris, querida. Eso es lo que él dice. No te imaginás, en todo caso, las peleas, las discusiones con ella por ahí solo. O los arrumacos, las zalamerías. Hasta boleros le canta a veces.
—¡No bromiés!
—Cachito de luna y eso.
—Ese no es bolero, querida.
—Ay, no me molestés ahora vos también, ¿sí?
Otra familia habría terminado por llevarlo a algún instituto. A muchos ancianos de buenas familias los internaban, a veces por su propia voluntad, en aquellos sitios, que tenían salón de baile y masajistas. No ellos. Olga era orgullosa. Si iba a cometer algún disparate, que por lo menos lo hiciera en su propia casa, en su cuarto, entre los suyos.

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