El frío no ha parado en Nueva York. Aunque la crudeza del invierno ha disminuido en los últimos meses, el sonido que producen los dientes cuando chocan entre sí es constante, lo que hace posible que se vean algunas sonrisas tiritando como si quisieran desencajarse de la boca. Son las dos de la tarde de un día de marzo y apenas hemos tenido tiempo para hacer una llamada desde el hotel donde nos encontramos: ¿por favor, Tomás González?, con él habla; ya llegamos a Nueva York, qué bueno; ¿a qué horas podríamos comenzar la entrevista?, a las cuatro; ¿nos podría repetir la dirección?, sí, claro; bla, bla, bla, gracias; no hay problema, para allá vamos…; Okey.

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Tomás González vive en un apartamento localizado en el East Village, en Manhattan. No hay ascensor y, desde luego, subir por las escaleras produce esa clase de fatiga que se traduce en inhalaciones y exhalaciones agitadas, fuertes movimientos del corazón debajo del abrigo y, desde luego, un asomo de lengua recorriendo los labios como si con ese gesto modesto, con ese simple gesto, pudiera reclamar algo para calmar la sed. El ascenso al apartamento de Tomás tarda algunos minutos. Subimos sin afán. Uno, dos, tres, cuatro pisos. Buenas tardes, sigan. Gracias.

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El hogar de Tomás es pequeño: sala–comedor, cocina, un baño (¿dos?) y cuarto principal. Nos sentamos en un sofá y nos alistamos para oír su historia. Hay un pocillo de tinto sobre la mesa y un ejemplar de la primera novela que publicó, Primero estaba el mar, en 1983. “La historia de esta novela comenzó en un bar”, dice. La década de los 80 apenas comenzaba a despuntar y la jacksonmanía de Billy Jean no había sacado su guante de plata para saludar al mundo. Tomás González trabajaba, en ese entonces, en el festivamente famoso Goce Pagano, en el centro de Bogotá, un rumbeadero de línea dura sólo apto para melómanos y vampiros dispuestos a mover la sangre de su propia euforia.

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“Yo trabajé durante una época como bartender en el Goce, pues desde Medellín ya conocía a Gustavo —dueño del bar junto con César Pagano—. Esa fue una época muy dura porque había que beber y hacer las cuentas, y volver a beber, y hacer más cuentas, y entonces seguir bebiendo. Y además estaban los borrachos… Uno tenía que emborracharse un poquito para que no existiera una distancia muy grande con la gente. Si no se hacía esto era imposible manejar a alguien. Y es que en lugares así, como el Goce de aquella época, hay una energía tan grande que en cualquier momento todo se desmadra. Manejar borrachos es lo más difícil que existe en el mundo.

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“En el Goce trabajé como seis meses. En esos días precisamente estaba escribiendo Primero estaba el mar, que no se llamaba así sino de otra manera que no recuerdo. Yo tenía la ilusión de que podía ser bartender y escritor al mismo tiempo, aunque sabía muy bien que eso era bien complicado. Sin embargo, logré terminar el libro. Recuerdo que César y Gustavo publicaban cosas que les llamaban la atención, las imprimían y luego las sacaban en folleticos para distribuirlas en el mismo Goce. Yo les mostré a ellos lo que había escrito, y les gustó. Creo que ese ha sido el único libro que han sacado, sí, hasta dónde sé, Primero estaba el mar —que recientemente fue relanzado en la Feria del Libro— ha sido el único. Fueron como mil ejemplares, no sé, en realidad nunca lo supe. Si hasta lo publicaron con otro nombre, y a mí nunca me lo dijeron porque yo ya me había venido a vivir aquí a Estados Unidos. Afortunadamente ese título era mejor que el que yo tenía”.

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Tomás no es una persona de muchas palabras. Serio, introvertido y prudente, el escritor antioqueño —nació en Medellín, en 1950— se dirige hacia su cuarto y regresa con una edición príncipe de Primero estaba el mar. Dice que fue bonita. Muy bonita. En la novela, la historia gira alrededor del tema del mar y del amor. En la contracarátula de la reedición publicada por editorial Norma se lee: “(González) localiza la historia frente al mar, en donde deciden instalarse los protagonistas —J. y Elena—. El pueblo los ve llegar cargados de ilusiones, pero también los ve partir desde su separación hacia la soledad y la muerte, en medio de los sueños destruidos, de su felicidad perdida”. Tomás González cierra las páginas del libro y se hunde en el silencio.

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Hace catorce años llegó a Nueva York escapando de la realidad colombiana. Venía de Miami, donde alcanzó a vivir durante tres años, hasta que se aburrió porque, como dice, “no era una ciudad peatonal”. Ciudad que se recorra en carro no es ciudad. La ciudad, a veces, debe ser sentida desde los pies. “No me gustó”. Así de simple. En la Gran Manzana, los primeros trabajos de Tomás fueron como traductor —todavía hoy alterna las mañanas en la escritura y las tardes en la traducción—. Luego vinieron encargos para revistas y periódicos, y oficios varios que siempre llevó adelante de la mano de la literatura. ¿Por qué Nueva York? Tomás se mueve un poco, mira hacia la nada y finalmente responde: “Esta es una ciudad buena para vivir y escribir. Al contrario de lo que muchos piensan no creo que sea agresiva. Nueva York es veloz”.

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“Nueva York —dice Tomás— es una ciudad donde uno está como en Colombia, y eso es algo muy particular. Acá se puede vivir como si uno estuviera en su propio país, y no sólo porque haya comida colombiana en Queens, o cualquier otra cosa, sino porque la ciudad es un espacio comunal en el que cada nacionalidad se puede sentir como en su lugar de nacimiento. La nostalgia se siente mucho menos en Nueva York que en Miami”. Y continúa: “El espíritu que crea NY es único: como nadie es de acá uno mantiene lo propio más intacto. Lo conserva mejor. La ciudad no impone una manera de pensar ni de ser. Hay mucha libertad. Yo estuve en Ciudad de México hace algunos años y allá es imposible ser uno mismo porque la ciudad tiene tanta personalidad, es tan decididamente mexicana, que sólo quedan dos cosas por hacer: o uno se larga o definitivamente se vuelve mexicano. Nueva York es otro cuento”.

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Carmen Balcells es una señora muy grande con una fama más grande. Haber sido la agente literaria del escritor vivo más conocido actualmente en el mundo —García Márquez— lo confirma. En las leyendas urbanas que se viven en el subsuelo de la literatura se ha llegado a afirmar, incluso, que todo lo que ella toca lo convierte en oro. Y puede ser cierto. El caso es que según los rumores, según el ‘corre–ve–y–dile’ de las reuniones y las llamadas a los amigos, Balcells ya fijó sus ojos en Tomás. Su más reciente novela, La historia de Horacio, la conmovió hasta el punto de decir que había talento para mucho tiempo. ¿Lo sabe nuestro entrevistado? La persona que está sentada en este preciso momento en el sofá de un edificio ubicado en el East Village, ¿lo sospecha? “No, no he sabido nada de eso”.
Y entonces aparece el último cambio de tercio: “Siempre he tenido claro que yo trabajo y escribo, y que eso me permite escribir lo que me dé la gana. Nunca me he considerado un escritor de carrera, y por eso a veces me preguntó ¿por qué?, ¿qué sentido tiene hacer lo que hago?, ¿para qué me metí en todo esto?, ¿podría hacer otra cosa?, por ejemplo, ¿dejar de escribir todas las mañanas y mejor irme al parque del East River para trotar? Todavía no sé por qué me metí en estas bregas.A cada rato pienso que debe ser por una manera de tratar de abrir el mundo, de estar en el mundo. Lo demás, para serles sincero, no me preocupa demasiado”.

Fragmento de La historia de Horacio

(...) Pues así como hay personas a quienes a menudo muerden los perros, o personas que se ganan loterías, así Álvaro tenía la suerte de encontrarse con gente que hablaba hasta por los codos.
Carenalga, por ejemplo, que a raíz del negocio del Volkswagen le había tomado confianza, ahora no podía verlo por ahí, disfrutando de su cerveza en alguna heladería, porque se le sentaba a conversar. El comisionista usaba una de esas lociones que no era para hombres sino para muy hombres. No tenía fragancia de pino la loción, ni de otro árbol conocido o flor; era como si en el laboratorio hubieran juntado hormonas de caballo con el extracto brutal de algún árbol inventado allí mismo en el laboratorio. El comisionista, de quien algunos decían que era pederasta, se bañaba en ella, y Álvaro, después de hablar con él, quedaba dos o tres horas con el olor encajado, hondo, en las narices.
La culpa de que se pensara mal de Carenalga la tenían, según Álvaro, sus corbatas, casi siempre verdes o amarillas; sus ojos, que a veces se le ponían espesos como almíbar; sus anillos de esmeralda, el que le gustara hablar de las amantes que había tenido y que nadie nunca le había conocido; la loción, y, sobre todo, sus alardes de hombría. Cuando veía pasar una muchacha bonita, Carenalga decía:
—¡Qué bueno para empelotarla toda, bañarla en aguardiente y lambérsela hasta las uñitas! ¿O no, don Álvaro?
A lo que Álvaro respondía “¡hmm…!, como tantas veces a propósito de temas muy diversos, y se quedaba pensando en lo de empelotarla toda. ¿Redundante o se podía empelotar sólo una parte, digamos un brazo? (...)

Publicada en 1983, esta novela se escribió mientras Tomás González se las arreglaba para cuidar la borrachera de los amantes de la rumba., “trabajé un tiempo como bartender en el goce y mientras tanto escribía”: gonzález,

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