Mi hermana, que vive en Colombia, estaba de visita en Groninga, en los Países Bajos, por lo que había decidido llevarla a uno de los mejores sitios de la ciudad. Preferí no advertirle la razón por la cual el sitio es tan especial, pero no pasó mucho tiempo antes de que se diera cuenta. Justo cuando estábamos entrando, a una mesera se le cayó la bandeja que llevaba. El estruendo que hizo y la escena de ver la vajilla desparramada por el piso hubiera asustado a cualquiera, pero ella estaba más afectada de lo normal, lloraba descontrolada. El supervisor apareció a los pocos segundos, le habló al oído y la calmó mientras se la llevaba a la parte trasera del restaurante. Una vez allá, el resto de los meseros la abrazaron y lograron no solo que se calmara sino que cogiera otra bandeja y atendiera a los comensales que esperaban pacientemente sus pedidos.

Ella, al igual que los meseros, panaderos, limpiadores y cajeros del café Novo, forma parte de una fundación que lleva el mismo nombre, y que capacita y emplea a personas con diferentes discapacidades cognitivas, como síndrome de Down, autismo o algún tipo de retraso mental. Así que su frustración era entendible: se había preparado por meses en atención al cliente y justo en su primer día de trabajo ya había cometido un error. Pero la verdad es que las escenas como la que presencié al lado de mi hermana no son muy comunes en este café: todos llevan el uniforme impecable, el servicio es uno de los mejores de la ciudad y la comida es deliciosa: hay todo tipo de sándwiches desde seis euros y el capuchino es delicioso.

Lo interesante de este sitio es que producen absolutamente todo ellos mismos: desde el pan negro integral hasta los sándwiches y el café. Todos los empleados se especializan en una labor específica. Para ello, la fundación los entrena en panadería, pastelería, atención al cliente, higiene en la cocina y el local, y manejo de caja. De alguna manera, el hecho de que todas las personas que trabajan en este lugar, independientemente de su condición médica, hayan aprendido un trabajo, hace que este restaurante funcione como cualquier otro, e incluso mucho mejor que la mayoría. Por ejemplo, los meseros se molestan si uno les habla más despacio y lo máximo que a uno le piden, si no entendieron algo, es que les muestren el pedido en el menú (que de paso se conocen a la perfección). Eso sí, tienen un solo monitor, una persona sin problemas cognitivos, que, más que supervisar, ayuda a los empleados en sus momentos de crisis.

En la entrada hay una gran vitrina que exhibe algunas manualidades y artículos en madera que otras personas vinculadas a la fundación hicieron para venderlas en el café. Al encontrarse con esta variedad de pequeñas obras de arte uno sabe que está en un sitio realmente especial. Después uno se encuentra con un espacio de paredes amarillas y rojas, perfectas para contrarrestar la depresión que produce el invierno eterno de esta ciudad. En el centro hay una gran mesa que tiene varios periódicos y revistas de actualidad. Los asientos son ideales para tomarse una taza de café y pasarse todo el día leyendo.

Por todo esto, el café Novo es uno de mis lugares favoritos. Por otra parte, su ubicación es ideal, queda a unos minutos del Vismarkt, que traduce literalmente ‘mercado de pescado’ y que está ubicado en una de las plazas más concurridas de Groninga. De los siete años que llevo viviendo acá, uno de mis rituales favoritos es ir de compras y después parar en Novo y comerme una tarta de selva negra, típico postre del sur de Alemania, o una torta de queso fresco y frutas, que es la especialidad de la casa.

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