Milan Kundera nació en Checoslovaquia. Se estableció en Francia en 1975”. La biografía autorizada del autor son esas dos frases, que en la más reciente reimpresión de su novela, La fiesta de la insignificancia, también han desaparecido. Puede que a Kundera le siguieran pareciendo demasiado, porque distraían al lector, pero no nos lo dirá; en 1985, decidió dejar de dar su opinión.

El silencio de Kundera cumple tres décadas, y hoy, primero de abril de 2016, él cumple 87 años. Un edificio ha explotado a pocas cuadras de su apartamento y los policías, con sus armas desenfundadas, evacúan la zona. Desde el cielo —el primer cielo completamente azul de este año en París—, los helicópteros de los noticieros intentan tener en exclusiva imágenes del supuesto atentado, pero la causa del estallido había sido apenas una estufa de gas.

En los países que no tienen Día de los Inocentes, la fecha oficial para los chistes es el primero de abril. Una estufa que hace pensar en un ataque terrorista un primero de abril sería una broma involuntaria en ese oscuro sentido del humor que Kundera le heredó a un cierto Franz Kafka. “Pero antes de que Kundera llegara a dar su cátedra, todos en Francia pensábamos que Kafka era un autor serio —me dice Albert Bensoussan, encargado por la Universidad de Rennes para recibir al autor, cuando en 1975 llegó a instalarse en la capital de la región francesa de Bretaña—. Fue él el primero que nos mostró el lado cómico de su obra”.

La elección de Francia como destino de Kundera se había ido perfilando desde el otoño de 1968. En ese momento, todo el mundo miraba hacia su natal Checoslovaquia, invadida por los rusos. Y preciso fue publicada la traducción francesa de su libro La broma, una especie de sátira del comunismo. Así, Kundera se convirtió, un poco a su pesar, en un símbolo de la disidencia. Cuando recibió el Premio Medicis, cinco años más tarde, ya las simpatías que despertaba en el extranjero capitalista lo habían llevado a perder su cátedra en el Instituto de Estudios Cinematográficos de Praga, la capital checa. En parte por eso, apenas le llegó la propuesta de trabajar en Rennes, el escritor y su esposa, Vera, llenaron de discos el Renault Ondine que tenían y viajaron por tierra durante 30 horas. De esa manera, dejaron atrás la ciudad donde la única actividad de escritura autorizada que Kundera seguía teniendo era la de redactar horóscopos.

“Llegaron a mi casa a las 4:00 de la tarde. Amables a pesar de semejante viaje. Me impresionó su estatura, porque Kundera debe medir casi 1,90. Esa apariencia haría que sus estudiantes lo llamaran Marlon Brando”, recuerda Bensoussan. El apartamento que él les había reservado a los Kundera estaba en el piso 30 de la torre Les Horizons, el edificio más alto de Rennes. El escritor solía decir —luego lo escribiría— que en los días despejados podía ver desde allí el Hradcany, el castillo de Praga.

En Rennes, la pareja tenía apenas una cama, un par de sillas, una máquina de escribir y un atril para las partituras de música clásica. Les gustaba salir, ir a nadar, pero Milan no le aguantaba el ritmo a Vera, quien se defendía mucho mejor que él con el francés. Un día, Kundera vio una partitura puesta al revés sobre el atril y se convenció de que había entrado un espía. Entonces decidió guardar todas sus libretas bajo llave, en un cofre que confiaba a Bensoussan cada vez que salía con su esposa de la ciudad.

“Cada día pasábamos cuatro horas ayudándole a preparar sus cursos y en la noche íbamos a un restaurante esloveno en el que ponían música gitana —cuenta Bensoussan—. Allí se bebía slivovitz, un aguardiente de ciruela. Vera y Milan tomaban mucho, supongo que por la soledad, y se aficionaron al byrhh, un tipo de vermut. En lugar de tirar las botellas vacías, Kundera las pintaba de blanco y dibujaba sobre ellas rostros que hacían pensar a veces en monstruos, a veces en bufones”.

Esas botellas sostenían tablones que a su vez sostenían libros. Primero, organizó los que había podido traer de Praga. Luego, los que compraba en la librería Les Nourritures Terrestres, que las hermanas Yvette Bertho y Jeanne Denieul habían abierto en 1947. “Entre ellos se creó una relación muy cercana. Recuerdo una cena en la que ellas escribieron en el pastel de Milan ‘Živý literatura!!’, ‘¡¡Viva la literatura!!’, en checo”.

Kundera pasó algo más de tres años en Rennes. Sin embargo, nunca menciona la ciudad en su obra de ficción y, según declaró para el periódico Libération, esa fue “la primera ciudad fea” que encontró en el camino. Para Martin Danes, periodista del portal de noticias Rue 89, puede que ese disgusto se debiera al clima gris de Bretaña: en checo, la palabra lluvia es cercana a “adversidad”.

—De todas maneras —dice Bensoussan—, cada vez pasaba más tiempo en París. Nunca fue amigo de promocionar sus libros, pero en esa época todavía no podía prescindir de las lecturas en público y de las entrevistas, así que cuando terminó su contrato, se mudó a la capital, a la rue o calle Littré, ¿sabe dónde queda?

—¿Por Montparnasse?

—Exactamente donde termina la rue de Rennes.

Patrick Louis Lalanne, quien trabajaba en la oficina postal de esa calle, dice que los esposos Kundera eran prácticamente sus “amores platónicos”: “Todo mundo notaba que Milan era todo un caballero”, recuerda.

En 1985, Kundera dio la que fue tal vez su última entrevista. Solo accedió a darla porque la periodista Olga Carlisle era hija del pianista Leonid Andreyev, a quien el escritor admiraba. En la charla, dijo que ya no tenía ninguna esperanza de regresar a Checoslovaquia: “En Francia me voy a quedar por siempre y esta es mi verdadera patria”, sentenció. No se trataba solo de una declaración sentimental, sino de una realidad administrativa. El entonces presidente francés, François Mitterrand, le había dado cuatro años atrás —y al mismo tiempo que a Julio Cortázar— la ciudadanía francesa. En ese momento, Kundera puso fin a sus dos años de apátrida, pues el gobierno checo, como castigo por su deserción, le había quitado la nacionalidad.

“Esa decisión también implicó que sus obras fueran prohibidas en Checoslovaquia —recuerda Bensounna—, así que Kundera sabía que nunca sería publicado en el idioma en que escribía. Escribir solo para traductores fue un drama que se agravó cuando comenzó a leerse en francés y se dio cuenta de que su lenguaje, que era sobrio y muy cuidado, aparecía lleno de alambiques. Entonces decidió que todos sus libros fueran traducidos de nuevo. Ese fue apenas un paso intermedio antes de que en 1993 comenzara a escribir directamente en francés”.

“Como él mismo revisó línea por línea, no es exagerado decir que ahora sus obras del periodo de lengua checa también están escritas en francés”, cuenta el académico canadiense François Ricard. Considerado el más grande conocedor de Kundera, Ricard fue el encargado de los posfacios de esas nuevas versiones y de la curaduría de su obra completa, publicada en la colección Pléiade de la editorial Gallimard.

“Cuando nos conocimos, hace más de 35 años en Montreal, Kundera me dijo que confiaba en mí porque yo era el primero que no lo veía como a un disidente sino como a un novelista —dice Ricard—. Nos volvimos amigos y siempre supe que iba a tardar en aceptar su entrada a la colección Pléiade, porque, con raras excepciones, esas ediciones vienen con anotaciones críticas y una biografía detallada del autor”.

La editorial no tuvo problema en aceptar que no hubiera ninguna nota de pie de página y que, en lugar de la vida del autor, la biografía se ocupara de cada una de sus publicaciones. Ricard trabajó durante cuatro años junto a Vera y Milan en sus archivos para establecer esa ­edición definitiva. Los archivos no incluyen borradores, pero sí todas las traducciones de los libros del escritor checo. Y en papel, por supuesto, porque el autor no autoriza las ediciones digitales.

Milan Kundera suele comer en el restaurante Le Récamier. Aunque los empleados del lugar coinciden con su amabilidad, aseguran que no le gusta que le tomen fotos.

Los Kundera no tienen televisor y Milan no escucha radio. Del mundo se entera por la prensa y por las visitas. Sus amigos, uno tras otro, me dicen que, a pesar de que su rechazo a las solicitudes de los medios haya terminado por darle una imagen de ermitaño, Kundera nunca ha dejado de recibir gente. Las buenas cenas y el alcohol de 41 grados siguen siendo frecuentes tanto en su apartamento parisino —al que durante muchos años solo se podía entrar si se decía un cierto refrán en checo por el citófono—, como en la casa de playa que tiene en el balneario de Le Toquet, a donde huía varios meses tras cada libro terminado y donde ahora pasa cada vez temporadas más largas.

Kundera apreció la actuación de Juliette Binoche en la versión cinematográfica de su libro La insoportable levedad del ser, hecha por Philip Kaufman, pero la manera como mostraron a Sabina (“una puta que se viene todo el tiempo”) le arruinó la película. Desde entonces, a su voto de nunca volver a dar entrevistas añadió el de jamás autorizar una adaptación de su obra.

Eso le dijeron a la arpista Anja Linder cuando se presentó a las oficinas de Gallimard con una carta para Kundera y la maqueta del disco que quería realizar: una selección de temas clásicos inspirados en La insoportable levedad del ser. Su compañera, Frédérique Bel, participaría con la lectura de fragmentos de la obra. A pesar de las advertencias, semanas después recibió en su celular la llamada de un número privado, y quedó de verse con Kundera.

“Había leído toda su obra desde el colegio —cuenta—. Cuando entré al Récamier, el restaurante donde me había dado la cita, me estaba esperando junto a Vera. Entonces me puse a temblar. Me tomó las manos entre las suyas, con mucha dulzura y le dijo a su esposa, vamos a pedirle uno de esos suflés tan ricos que hacen acá para que se tranquilice”.

En ese encuentro, y en varios de los que siguieron, Kundera siempre llegó antes que ella, y vestido de negro. Hablaron sobre todo de música. Kundera suele recurrir en sus novelas a meter partituras. La estructura musical es una constante y, en la época en la que hablaba públicamente, decía que la manera en que se divide la narración retoma el principio de la fuga. “También la manera como terminan sus capítulos… me dan la impresión de un acorde con mucha fuerza”, dice Linder.

Regards Imaginaires, el álbum de Anja, fue prensado en 2015. Los agradecimientos principales son para Vera y Milan Kundera por haber aceptado la única autorización en tres décadas para la adaptación de una de sus obras. Aún la llaman de vez en cuando, ya sin utilizar la opción de numero privado, y le obsequiaron un ejemplar autografiado de la edición de la colección Pléiade, que ella me muestra orgullosa en la pantalla de su teléfono.

En la parada de bus que queda saliendo de la estación de metro Sèvres-Babylone, hay un mapa de las calles aledañas en el que un círculo marca los puntos a los que se puede llegar caminando en cinco minutos. Ese círculo basta para abarcar el restaurante Récamier y el Hotel Lutetia, cerrado actualmente, en el que Kundera solía empinar vasos de vodka; también el kiosco de revistas en el que el periodista italiano Bernardo Valli lo vio comprar un ejemplar del diario Le Monde que rezaba en la portada: “¿Es Grecia un país europeo?”. Ese artículo corresponde al 17 de noviembre de 2011.

Porque encontrarse con Kundera en París es todo un acontecimiento. El novelista francés Philippe Claudel menciona en su más reciente libro cómo lo marcó haberlo visto un día, tranquilamente sentado, en uno de los cafés del sector. El 15 de abril de hace un año —me acuerdo porque era día de eclipse—, yo entrevistaba a Claudel para la revista Arcadia y me hablaba de ese encuentro, que había tenido lugar en el mismo café en el que estábamos sentados, el Babylone. “Pero no fue un encuentro —me aclaró Claudel—, no me atreví a molestarlo”.

El día está soleado. El maître del Babylone arregla las mesas exteriores.

—¿Cómo me dice que se llama el señor?

—Milan Kundera. Es muy conocido.

—Espere busco.

Entramos al café.

—¿Tú has visto a este señor —le pregunta a uno de los meseros, un moreno muy joven.

—Claaaaaro. Cuando está en París viene a desayunar todos los días con su esposa. Es de los clientes que se ponen a hablar con uno y siempre recuerdan lo que uno les contó la vez pasada.

—¿Pero cómo no lo vas a conocer? —grita desde la barra un hombre que dice llamarse Dominique—. Cuando me lo encuentro por la calle me saluda de beso.

—Prefieren ocupar la mesa del fondo —continúa el mesero—, la única redonda del bar, pero si está ocupada, se sientan muy discretamente en cualquier otra. Piden café y tostadas y leen la prensa.

—Lo único es que no le gusta que le tomen fotos —remata Dominique—. No creo que se niegue, pero inspira un respeto que hace que uno tampoco se atreva. De eso hablamos con Gérard, el jefe del Récamier. Son sus clientes hace años y hasta hace poco se atrevió a sacarse una foto con ellos.

El Récamier es un local discreto en el que se puede comer por 40 euros. A pesar del precio, gama media en París, la lista de quienes lo han visitado incluye a Laura Bush y Michelle Obama, además de Cabu (el asesinado director de Charlie Hebdo), Tim Burton, Yoko Ono y Edgar Morin. No hacer ningún comentario sobre los clientes —decir con una sonrisa cortés que nadie allá hace comentarios sobre los clientes— es uno de los mandamientos de la casa.

La caseta de revistas que menciona Bernardo Velli está en el punto donde la rue Récamier se encuentra con la rue de Sèvres. “Lo conozco, claro —dice Daniel Macron, el dueño del kiosco—. Viene casi todos los días y compra Le Figaro. Creo que es Le Figaro. Tengo clientes que me han dejado obras para que se las firme y a veces le pido el favor”. El puesto de revistas de Macron también cuenta entre sus clientes al exalcalde de París Bertrand Delanöe.

“Yo no conocía a Kundera —confiesa Macron—, hasta que un día el corresponsal de The New York Times John Vinocur lo vio en la caseta y me lo dijo. No me queda tiempo para leer entre todas estas revistas, pero cuando fui a visitar a mi hija a Moscú le conté y ella me hizo leer La insoportable levedad del ser. Al regreso, le conté que mi hija era violonchelista y, muy contento, me dio un autógrafo para ella… ¿Hace cuánto tiempo que viene? Tal vez siete u ocho años. Llevo aquí doce, pero no sé si hace doce él ya vivía en esta calle”.

En este kiosko de revistas, cerca de la casa de Kundera, el escritor compra el diario Le Figaro. Cuando se enteró que a la hija del dueño le gustaba mucho su obra, le envió un autógrafo.

Ya vivía, sí. Su primer apartamento en París lo dejó a mediados de los años noventa, por la época en que se estaba pensionando de la Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales (Ehess, por su sigla en francés). Esa ha sido su segunda y última mudanza en los últimos 40 años.

Lakis Proguidis me recibe en la oficina vecina al teatro del Odéon, donde, junto a su esposa, ha estado por dos décadas al frente de la revista L’Atelier du Roman, que surgió de un seminario sobre novela que Kundera dirigió en la Ehess. La tesis de doctorado de Proguidis fue la única que Kundera aceptó dirigir durante sus 14 años como profesor. Con el tiempo, el estudiante de origen griego se convertiría en la mano derecha del autor checo.

“El primer año, el seminario estaba abierto a todo el que quisiera inscribirse —cuenta Proguidis—, pero Kundera comenzó a sentirse incómodo porque la mayoría de los estudiantes venían por verlo a él y no para discutir sobre la novela como forma de arte. Entonces decidió que quienes se inscribieran deberían presentar un ensayo de diez páginas. Los leía, y de los 40 que se presentaban él se quedaba con ocho o diez. Aun así, intentaba que su seminario fuera el más cosmopolita de la escuela”.

Kundera dedicaba las clases a sus autores fetiche: Musil, Kafka, Broch y Gombrowicz. “De la novela de Europa Central decía que tenía más en común con la de América Latina que con la del resto de Europa. También decía que había un amor por el barroco impensable, por ejemplo en Francia. Kundera exponía con fluidez y nadie se atrevía a interrumpirlo. Eso solo cambiaba cuando traía su magnetófono para hacernos escuchar obras de música clásica que relacionaba con los autores con los que estábamos trabajando”. Y entre esas obras estaban las composiciones de Leoš Janácek.

Es probable que Janácek haya sido el primer compositor que Milan Kundera escuchó en la vida. Había sido el maestro de uno de los mejores amigos de su padre. Nunca lo conoció, pues el músico murió siete meses y medio antes —y 100 kilómetros al este— del nacimiento del futuro novelista. Pero las fidelidades de Kundera duran toda la vida.

Philippe Labro y yo hemos intercambiado llamadas durante semanas. Me da nombres, me recomienda encuentros, pero nunca dice nada de los Kundera. Con el tiempo, voy entendiendo que no es un gesto de descortesía conmigo, sino de delicadeza con ese vecino y amigo de años del que dijo “tiene uno de los rostros de hombre más bellos que yo haya visto”. En su Fiesta de la insignificancia, Kundera hace decir a uno de sus personajes que “amistad” es la única palabra sagrada en su vocabulario de incrédulo.

Labro es el autor del único perfil del novelista checo publicado en los últimos años. En el breve texto, que apareció en la revista Paris Match, cuenta que cuando le dijo a Kundera que “la risa, la burla y la broma” atravesaban toda su obra, pero que con La fiesta de la insignificancia “había ido más lejos”, Kundera sintió que la conversación se estaba volviendo entrevista y, como no da ninguna, respondió con una sonrisa muda e indulgente. En otro de sus textos, publicado en 2003 en la revista L’Express, Labro confesó que desde su apartamento veía una lucecita prendida hasta tarde. Era la de su vecino, Kundera.

Estoy cerca del edificio del escritor. Ahora que las sirenas se han callado, intento imaginar de cuál de las ventanas de esta calle saldrá la música de Janácek. Así sabré que Kundera está tras ella. Si ocurriera hoy, primero de abril, tal vez la música de Janácek se transformaría en un vals festivo y, como en las íntimas recepciones recurrentes en sus novelas, al cumpleaños de Kundera irían llegando Labro y Lakis y Albert con sus esposas. Y Philippe Sollers y Anja Linder y los meseros del Babylone y el señor del kiosco con su hija recién llegada de Moscú.

Conozco el refrán checo, santo y seña para entrar a esa fiesta que no tendrá lugar: Máme doma kocoura (tenemos un gato en casa)... pero no lo usaré nunca. Mientras pienso en eso, comienzo a escribir una carta que haré fotocopiar y meteré en cada buzón de la calle: “Querida Vera: soy un periodista colombiano y me han pedido que escriba sobre Kundera. Mientras más me adentro en su mundo, más los admiro a ustedes dos, más pienso conocerlos y más me siento un intruso. No juzguen, por favor, a las personas que han hablado conmigo. Han sido tan discretos como yo impertinente, y lo poco que han dicho lo han dicho con inmenso respeto y cariño. Hoy es primero de abril. Un edificio ha explotado en el barrio sin que fuera un atentado, pero sobre todo Milan está de cumpleaños. Ese tipo de bromas con doble filo son las que hacen soportable nuestra vida. Transmítale, por favor, mis felicitaciones”.

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