La mudanza fue el jueves 19 de octubre del año pasado. Pero solo hoy, doce meses después, siento que este es mi apartamento. El año ha sido toda una vida: las matas que compramos en Briceño crecieron, murieron y volvieron a crecer; los libros de mi familia se fueron acomodando poco a poco en los estantes de las bibliotecas; los platos viejos se refundieron en los escaparates de la cocina (Dios: no encontraba las cosas en su sitio) hasta que lo mejor que pudo hacerse fue deshacerse de todos. Pero ya. Ya está todo en su lugar. La gente se siente bien acá desde que entra. Duermo bien en esa habitación. Me gusta cómo llega la luz de la tarde por la ventana de la sala. Me anima ver el afiche de Días de radio apenas abro la puerta de la entrada. Me siento orgulloso del trencito de lata que me regalaron, de cumpleaños, mis amigos. Este sitio soy yo. Ya sé quiénes son bienvenidos. Ya sé quiénes no.

Lo peor de un trasteo es elegir qué cosas sobran. El ejercicio de meter los objetos en cajas —el paisaje es horrendo: una ciudad de cajas— es un ejercicio devastador. El desmonte de los armarios prueba que se ha vivido de paso. La imagen del apartamento que se despide de uno, vacío pero con las huellas de los muebles sobre el tapete avejentado, produce una tristeza que alcanza a dejar cicatrices. Pero lo que más cuesta es botar algo a la basura: todo podría servir para algo algún día, todo carga algún recuerdo. Ahora que lo pienso, ahora que vuelvo a esos días de ese octubre, la verdad es que no se me ocurrió lanzar a la caneca ninguno de los objetos que habitaban la casa vieja. Solo hasta hoy tuve el impulso de hacerlo. Regalé la mitad. La otra mitad terminó en el cuarto de los desperdicios. Y no sentí nada de nada.

La mudanza comenzó a las siete de la mañana de aquel jueves. Todo se fue. El pequeño señor que cargaba los muebles en su espalda pareció un superhéroe (subía y bajaba en cuestión de segundos) hasta que estuvo claro que en realidad eran dos hermanos gemelos. Y yo me quedé ahí, en la esquina en donde no estorbaba, listo a cerrar la puerta con seguro por última vez. Pero tuve que moverme —cómo no— cuando se oyó por todo el cuerpo la tremenda explosión en el parqueadero de la Universidad Militar que queda en la calle cien con la carrera once. El apartamento en el que vivía en ese entonces quedaba en esa misma vía, unos pasos antes de llegar a la séptima, en aquel edificio que se llama La Gran Vía. Y era de esperar que el atentado nos dejara sordos, que hiciera temblar las ventanas como hojas y consiguiera que el gemelo más fuerte saliera volando contra el ascensor.

La cuestión es, en fin, que me mudé acá unas horas después con la sensación de que la operación había empezado con el pie izquierdo: el peor día posible. Y que, aunque esa misma noche logré que se pareciera al sitio en el que quería vivir, solo desde hoy siento que este es mi apartamento.

La verdad es que acá todo ha salido mejor de lo esperado. Ha habido reveses. Ha habido escenas incómodas. Pero pueden contarse con los dedos de una mano. En este lugar fui recibiendo a una serie de personas entrañables (ha habido desayunos, almuerzos, comidas) hasta montar una nueva familia de esas que uno hace por fuera de la familia, volví a jugar juegos de mesa, leí un estante de libros sobre la Bogotá vieja, terminé una novela para saber en qué acababa la historia, vi la segunda temporada de Grey's Anatomy como si no me quedara remedio, vi a mis sobrinos muertos de la risa en el cuarto en el que estoy escribiendo, redacté un guión en chiste con un amigo que conozco desde hace 27 años, ayudé al rescate de un gato recién nacido que se cayó en el patio del vecino de abajo, y de paso, a fuerza de elegir en qué sitio iban las cosas, aprendí a soportar días de rabia, logré reconocer que estaba triste y dejé de sentir tanta culpa por ser la persona que soy desde que he tenido que ser una persona: estoy a punto de vivir, en paz, con mis propios gemelos.

Ya regalé lo que me sobraba. Ya regalé lo que no era del todo mío. Me faltaba abrir un par de cajas que no me había atrevido a ver. Y ya. Acabo de hacerlo y no me dolió ningún recuerdo. Boté mis cuadernos de la universidad, boté las cartas que ya no me decían nada de mi mismo, boté, incluso, las fotografías que me creaban la peligrosa ilusión de que "todo tiempo pasado fue mejor". Sentí, mientras tanto, que la nostalgia es inútil. Que el pasado no estuvo mal. Pero que esto está hasta ahora comenzando.

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