Situación: tu novio y tú platican a calzón quitado, entrepernados, sobre las fantasías de cada uno. Él, por supuesto, como la mayoría de los hombres, siempre ha querido un trío, pero nunca lo ha hecho. O por lo menos eso te dice. Yo, por mi parte, quería ir a un bar swinger. A él no le pareció tan atractivo, pero la esperanza es lo último que muere. Como sea, yo, como la novia alivianada que soy y con la única intención de complacerlo, dije: hagamos el trío. Solamente puse tres condiciones: que yo reclutara a la otra chica, que fuera una extraña y que lo hiciéramos en un hotel.

Me di a la tarea durante semanas de escanear a las mujeres que asistían a los eventos a los que íbamos juntos. Una noche en un bar, una chava que iba con mi amiga se sentó junto a nosotros y echamos un trago casual. Entre sutil y coqueta, le dije que estaba superlinda, le elogié el cabello y los tacones, también le hice entender que nos había caído perfecta. Le eché a mi novio la mirada 33 (esa de “ya la encontré”) y supe por su expresión que le encantaba la idea. La mujer era atractiva, sonriente y tenía voz ronca.

La invitamos a seguir la fiesta, porque eran pasadas las 4:00 de la mañana y el bar ya estaba muerto. Ella dijo “arre”, por lo que entre otros detalles deduje que era del norte de México. Como sea, entendió enseguida el rollo y de lo más natural tomamos los tres un taxi al departamento de mi novio. Ahí rompí una de mis propias reglas, la del hotel. El emocionado y afortunado anfitrión sirvió otros tragos y puso música. Empezamos a cantar, nos reímos un poco de nervios y, cuando menos lo planeamos, ya estábamos cada uno en nuestro papel.

El juego inició entre ella y yo, él observaba con brillo en los ojos desde otro sillón. La parte más sencilla, por así decirlo, fue besarnos, de ahí se desprendió lo demás. Siguió el cachondeo y aún con ropa trazamos ambas nuestras curvas. Mi novio, excitado e impaciente, esperando alguna señal para integrarse al juego, sacó de un cajón un par de vibradores y nos los dio. A las dos se nos iluminó la cara, ese camino ya era conocido. Ahí se terminó de prender la escena. Él comenzó a deshacerse de nuestras prendas con los dientes; las mías primero, claro está.

De alguna manera noté que ellos dos, aun sin conocerse, se coordinaron sin palabras para complacerme a mí, cosa que agradezco porque estuvo increíble. Ambos tocaron mis puntos eróticos y eso desvaneció todos mis prejuicios. El resultado fue que, lejos de sentirme celosa o en conflicto, gocé muchísimo, recibí caricias en todos lados. El roce con otros dos cuerpos fue una sensación nueva y fascinante. El resto se lo pueden imaginar.

Si tuviera que calificar esa noche le pondría cinco estrellas. Después de lo que pasó, dormí como ángel, con una sonrisa en el rostro. Solo diré que les recomendaría ampliamente la experiencia a todas las parejas.

Mi plan era enviar a nuestra invitada a su casa en un taxi antes de que amaneciera. Básicamente, tenía celos de que compartiera nuestra cama y de que mi novio la viera de día y le fuera a gustar más que yo, con mis ojeras y el pelo esponjado. Pero tardamos tanto que el sol salió —segunda regla que rompí— y ella quiso irse antes de que pudiera ser incómodo para alguno de los tres. Fue lo mejor, considerando que una vez que te pones la ropa, te conviertes en la persona que normalmente eres: llena de juicios, de pudor y de conciencia sobre lo socialmente correcto. Además, ya se nos había bajado la borrachera.

No pasó más nada con la norteña. Tan frescos nos dijimos: “Estuvo chingón, cuídate”. Lo que sí ocurrió fue que una mujer quedó enteramente satisfecha y un hombre, muy agradecido; la sensación fue de gratitud recíproca. No es tan difícil complacer a tu hombre, basta con apapacharlo, no armarle pedo por todo, tomar la iniciativa de vez en cuando y sorprenderlo, especialmente sorprenderlo.

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