Hace 30 años yo trabajaba en una empresa ubicada en Yumbo, a las afueras de Cali. Un día mi hermano fue a recogerme porque teníamos un compromiso por cumplir y como estábamos retrasados, él empezó a manejar a 120 kilómetros por hora. En una curva se nos atravesó un jeep y lo último que recuerdo es esta lapidaria frase que le dije a mi hermano: "¡¿Qué vas a hacer

!" Me respondió que no sabía e inmediatamente me sujeté a la guantera —en ese tiempo no existían los cinturones de seguridad—. Mi mente se fue nublando.

Cuando creí volver en mí, me vi flotando por una especie de cono que lentamente me absorbía. Podía sentir el viento pasar y pensé en mi mamá. "¡Mierda, me morí!", pensé en voz alta. Ya quería llegar hasta el fin de ese extraño viaje para acabar con la incertidumbre. En algún momento llegué a un cuarto que estaba inundado de una luz muy potente. Las paredes eran blancas y no había nada más. Entonces escuché unas voces pero no pude identificar a ninguna figura humana. No había nadie.

El diálogo entre las dos voces fue el siguiente:

—¿Quién es ella? —preguntó la primera voz.

—Nelssy Álvarez —respondió la segunda.

—¿Y por qué está ella aquí? ¿Por qué viene ahora? Todavía no le ha llegado su momento…

Entonces la primera voz ordenó que me devolvieran y en cuestión de segundos estaba flotando nuevamente en aquel extraño cono blanco y regresé más rápido que lo que me había demorado en llegar a aquella habitación luminosa. Después de un lapso me desperté en una camioneta, al lado de otro hombre. Le pregunté que qué nos había pasado. No me contestó. Pensé que era muy grosero por no contestarme y volví a perder el conocimiento.

Al tiempo abrí los ojos nuevamente y me vi acostada en la camilla de un quirófano. Escuché a las enfermeras decir que había recuperado mis signos vitales y el doctor empezó a hacerme preguntas básicas para que pudiera determinar si había perdido la memoria. Las contesté correctamente, me siguieron examinando y al rato me dijeron que tendrían que someterme a tres operaciones reconstructivas. Ocho días hospitalizada y seis meses incapacitada fueron el resultado del accidente, tiempo que fue más que suficiente para conocer los detalles que me permitieron saber lo que realmente me sucedió.

Justo después de haberme aferrado a la guantera del carro chocamos con el jeep violentamente. Mi cuerpo salió por entre el parabrisas, que rompí con la cabeza, lo cual me generó una fractura craneal frontal y una desfiguración parcial del rostro. Mi hermano solamente se fracturó la rótula. Justo después del choque, me enviaron a una clínica en una camioneta que traía el cadáver de un tipo que recién se había ahogado. Su cuerpo iba a la morgue para su respectiva autopsia y el mío lo llevaban para tratar de salvarme la vida.

Ahí fue cuando volví en mí por primera vez y pensé que el inerte cuerpo de al lado era el del supuesto tipo grosero que no quiso contestar mi pregunta. En menos de tres horas vi el túnel, me devolvieron del mismo y me despertaron al lado de un cadáver. Obviamente esta vivencia sirvió para que me volviera más creyente y para darme cuenta de que uno no se puede ir de este mundo sin cumplir ciertas obligaciones por las que vino a él. Y viendo ahora las cosas en perspectiva, creo que si hubiera muerto ese día, habría dejado muchas cosas valiosas por hacer.

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