Me invitan de SoHo a escribir una columna sobre el mejor arquero de la historia del fútbol. Ocho mil caracteres con espacios. El 24 de junio es la fecha límite para la entrega, me advierten, y yo me dispongo a decir que no. Educadamente, con la cortesía que merecen los amigos de SoHo, voy a responderles que no. Que no puedo. Y no porque no se me ocurra ninguna idea al respecto. Pero la idea que se me ocurre es nada más que un nombre. Un nombre que para mí lo dice todo. Todo.

Ubaldo Matildo Fillol.

Listo. Termino la columna. Diecinueve caracteres. Veintiuno, con espacios. No tengo nada más que decir.

Será porque estamos en junio, y junio es época de Mundiales, y Mundiales en Buenos Aires quiere decir invierno y frío, pero la imagen, la primera imagen, la mejor imagen que me viene de Fillol, lo tiene de buzo verde, pantalón negro y medias blancas, atajando para la Argentina en el Mundial 78. Y por eso me vuelvo a recomendar: dejemos esta columna acá. Digamos que no. Escribile un correo a la gente de SoHo y decile que no, que gracias, pero que no te gusta escribir sobre arqueros. Será lo mejor. De lo contrario, detrás de esa primera imagen de Fillol con el buzo verde vendrán otras que es preferible olvidar.

Usa el número cinco en la espalda, Fillol, en su buzo verde. El orden de los números de los jugadores de la Selección Argentina va por orden alfabético. Por eso, Norberto Alonso, el habilidoso de River, lleva el 1 aunque jugará poco y nada a lo largo del torneo. Y Mario Kempes, que será el goleador y la gloria, usa el 10. Y Leopoldo Luque meterá goles imprescindibles con el 14.

Fillol usa el 5 en el buzo verde y es mi ídolo. Tengo 10 años y soy muy tímido y demasiado perfeccionista. Y los partidos en el barrio a veces son un tumulto de piernas y de gritos en el que me pierdo y me siento un fracaso. Hasta que un día, en un rapto de inspiración, me voy al arco. Así, sin que nadie me lo pida. Echo al que han condenado a ese sitio y me pongo en su lugar. Y empiezo a revolcarme sobre el cemento de la calle. Los otros, primero, se sorprenden de que ese morochito callado tenga, por detrás de sus silencios, alma de kamikaze. Después dejan de sorprenderse y se limitan a agradecer las atajadas imperiosas. Ese es mi puesto y lo será por muchos años. Que los demás corran detrás de la pelota. Yo desde aquí los espero y los observo. Estoy para salvarlos a todos. Un mesías ridículo de flequillo oscuro y rodillas ensangrentadas.

Y Fillol es mi héroe porque con él sucede lo mismo que conmigo. Cada vez que la Selección Argentina corre peligro, cada vez que 25 millones de argentinos, como dice la canción del Mundial, se quedan con los ojos abiertos y el corazón detenido porque están por doblegarnos, Fillol vuela de palo a palo y nos salva. Fillol tapa todo lo que le tiran. Fillol espera agazapado a húngaros, a franceses y a italianos. A polacos, brasileños y peruanos. Fillol tapa cuatro pelotas imposibles a esos holandeses de camisetas gris claro, porque la televisión en Argentina todavía es blanco y negro y nadie sabe que son anaranjadas, del mismo modo que nadie sabe que el buzo de Fillol es verde oscuro.

Me gustaría conversar con mi papá de las cosas que está haciendo Fillol en el arco de Argentina. Nosotros en Independiente lo hemos tenido a Pepé Santoro, otro arquerazo. Pero estos son los tiempos de Fillol. Y a mí no me importa que él ataje en River. Yo lo quiero igual. Yo quiero ser como él. Quiero que mis amigos piensen de mí lo que yo y toda la Argentina pensamos de él. Fillol nos salva. Fillol nos cuida. Fillol nos mantiene con vida en el campeonato. Pero mi papá no está para que conversemos.

Yo no entiendo bien qué pasa, pero desde que empezó el Mundial mi papá está raro. Está raro desde antes, en realidad. Se cansa mucho. Siempre anda con sueño. Hace un montón de tiempo que no jugamos juntos al fútbol en la calle. Hace demasiados días que no me felicita viéndome volar sobre el cemento. El primer partido del Mundial, contra Hungría, sin ir más lejos, papá se fue a dormir al final del primer tiempo. Con mis hermanos nos miramos extrañados. Nadie se va a dormir en medio de un partido del Mundial. Y menos mi papá, con lo que le gusta el fútbol. Pero mi papá se fue igual. Y en el segundo partido, contra Francia, pasó algo parecido.

En el tercero, contra Italia, ni siquiera se levantó a mirarlo. Es de noche y hace mucho frío, explica mi mamá. Lo justifica. Pero esas no son razones válidas, pienso yo. Nunca más va a jugarse un Mundial en la Argentina. Hay que levantarse a mirarlo. Aunque uno se sienta mal o tenga sueño, qué tanto.

Mejor me desentiendo del sueño de mi papá y me concentro en el partido. Me pasa lo mismo que cuando juego. Quiero que los rivales se acerquen al área de Argentina. Quiero que pateen fuerte y a los ángulos. Quiero que mis hermanos lancen exclamaciones ateridas. No me preocupa porque sé de qué se trata este negocio. Es igual que en mis partidos de la calle. Lo lindo no es que tu equipo ataque todo el tiempo. Lo lindo es que los rivales se acerquen a tu arco. Lo lindo es que pateen. Lo lindo es que se animen a gritar, esperanzados, un gol que no va a ser nunca gol porque Fillol y vos van a impedirlo.

Que pateen todo lo que quieran. No pasa nada. Fillol vuela y saca un tiro libre del ángulo superior derecho y los corazones vuelven a latir. Alguno dice que Fillol sale poco del área chica, en las pelotas aéreas. Al que lo dijo casi tuve que pegarle dos trompadas, después de que lo dijo. Pero me agarraron entre varios y me conformé con gritarle. Vociferando le expliqué que no, que Fillol no necesita salir a cortar centros. Que le alcanza con volar para todos lados. El chico que lo dijo no insistió. No sé si lo convencí o me tuvo miedo. En una de esas fue por eso, yo que soy tan calladito. Pero con el Pato que no se metan. Dicho sea de paso, no sé por qué le dicen Pato. Creo que porque tiene las piernas un poco chuecas, como los patos. Pero no estoy seguro. Me gustaría preguntarle a mi papá, pero cuanto más avanza el Mundial, más lo escucha como quien oye llover.

Y mi casa se ha vuelto un lugar silencioso y triste de caras largas cuyas razones no comprendo. Menos mal que tengo los partidos del Mundial y que Argentina sigue avanzando. Mi hermano trae a casa las revistas El Gráfico y Goles. Y en las fotos a color se ve clarito que el buzo del Pato es verde y las medias, blancas. Uno de los pibes dice que el buzo de Fillol tiene acolchonadito en los codos, para que no se lastime. A mí me cuesta creer semejante maravilla.

Con lo bien que me vendría a mí un buzo así. Tengo unas lastimaduras perpetuas en los codos y en las rodillas. En cada partido se me salen las cascaritas, y entre partido y partido se me vuelven a formar. Mi mamá me dice que tengo que tener cuidado, que se me puede ulcerar la piel. Igual mamá está en su mundo. Habla poco y piensa mucho. Y casi siempre está en el dormitorio con papá.

Fillol es el mejor arquero del mundo porque cuando un delantero se va solo, pero solo, solo, sin marca, contra su arco, Fillol lo sabe esperar. Fillol no se queda pegado a la raya de gol, ni sale a la desesperada. No, señor. Fillol elige un punto DE-TER-MI-NA-DO del campo de juego. Un lugar SE-CRE-TO que es un sitio mágico donde el delantero va a fracasar. Fillol le va a tapar el tiro con esas piernas que algunos dicen que son un poco chuecas, aunque a mí me parece que no. Fillol es el dueño de ese espacio que no está marcado en ningún sitio salvo en su cabeza de genio.

Con Fillol no nos puede pasar nada malo. Con Fillol no nos pueden ganar. Fillol es capaz de detener todo lo malo antes de que eso malo llegue hasta nosotros. Sea lo que sea. Un cañonazo disparado por un delantero brasileño, un cabezazo holandés. O algo peor.

Uy.

Acabo de percatarme de que casi llevo escritos los dichosos 8000 caracteres. Es raro. Para escribir UBALDO MATILDO FILLOL me alcanzan 21. Vaya uno a saber en qué extraños senderos de mi pasado se me extraviaron todos los demás.

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