A todo hombre le llega el momento de cuestionar su vida, de preguntarse, por ejemplo, si estudió la carrera que siempre quiso, si fue correcto o no cortar relaciones con su familia, o qué hace a 15.000 kilómetros de casa, en Oberhausen, un pueblo que ni siquiera sale en el mapa de Alemania. Y mi momento es justo ahora, en este martes de otoño, mientras hago la fila de una hora para ver al pulpo Paul, apenas semanas antes de que muriera. Aunque viéndolo ahora, en perspectiva, es como si  hubiera hecho la fila para visitar la tumba de un muerto célebre.

Mientras más cerca estoy de pagar los 16 euros de la entrada, más me odio por estar deslumbrado, al igual que el resto del planeta, por una mera estrategia comercial de un acuario. Y lo digo porque la posibilidad de adivinar ocho marcadores en igual número de intentos es del 0,006%, cifra muy difícil porque contra las matemáticas no pelea nadie: ni un genio como Einstein, ni un incrédulo como yo, ni un tipo con nueve cerebros y tres corazones.

Pero acá estoy, como uno más que ha caído en la trampa, rodeado de alemanes de todas las formas y tamaños, en la puerta del Sealife de Oberhausen, negocio propiedad de Merlin Entertainments Groups, la compañía de parques temáticos más grande del mundo después de Walt Disney Parks and Resorts. Y vengo porque no me conformo con los cables de AFP, ni con los informes de la CNN, ni con los programas de debate que sobre el tema organizó una estación como la BBC de Londres. Yo no entiendo cómo una cadena de televisión que fue estandarte de la resistencia británica contra los ataques nazis de la Segunda Guerra Mundial haya podido vulgarizarse tanto.

He llegado porque quiero ver con mis propios ojos, y con el íntimo deseo de desenmascarar la farsa, a un animal tan adorable como impostor, a un cefalópodo de nombre Paul, de dos años de edad y nacionalidad francesa (o inglesa, de eso debatían en vivo en la BBC) que se convirtió en el más buscado en internet durante el pasado Mundial de Fútbol de Sudáfrica, por encima incluso de España, el campeón del mundo.

La rabia y la espera las mitigo con un pasatiempo más bien pedorro: mirar los yates y buques de mediano calado que transitan por los canales del Rin (no supe que era el Rin hasta esa misma noche, cuando lo consulté en internet). Estoy en esas cuando una empleada del acuario de pelo rojo, corto, liso y disparejo recorre la fila regalando dulces e inflando bombas para los más pequeños. Habla en alemán, pero yo la miro y le sonrío como si le entendiera.

Pago la boleta y me tomo la foto de rigor con un gigante tiburón de peluche. Todos los visitantes van en familia, en excursión escolar; yo, que voy solo, luzco más ridículo que ninguno junto al muñeco de dos metros de alto. Trato de hacer mi mejor cara, pero solo puedo dar una mueca de angustia a la cámara.

Paso el mal trago y entro rápido al Sealife, diseñado para simular la sensación de caminar en el fondo del mar. Ando lo más rápido que puedo, imaginando que por ser la estrella del momento, Paul estará en la última pecera, que será gigante, dorada y repleta con, algo así, como agua Evian; lo menos que se podría hacer por un animal que generó en vida unos cuatro millones de euros en ganancias.

Pero la pecera de Paul es común, apenas justa para él, que es un pulpo común, el más inteligente de los invertebrados, capaz de resolver problemas como salir de un laberinto, dueño de un cerebro principal en su cabeza y ocho más en cada uno de sus tentáculos, pero un pulpo común al fin y al cabo. Su valía no está en sus dotes adivinatorios, sino en su riqueza gastronómica.

El pulpo está al llegar a la tercera curva del acuario, justo al lado del estanque de los cangrejos, y se reconoce porque está adornada con las banderas de los equipos participantes en el Mundial en el mismo orden en que estaban organizados en los grupos. No se es alemán en vano.

Claro que afirmar que está ahí es apenas un decir, porque su pecera está vacía. Heikel, la rubia de no más de 20 años que cuida el estanque de la celebridad del momento, explica que Paul salió temprano esta mañana, como todos los días, se alimentó con moluscos, nadó un par de horas y se escondió en algún lugar entre las algas, los maderos, la arena, la desteñida réplica de la Copa del Mundo y los dos balones que adornan su estanque. El lugar de un metro de ancho, un metro de profundo y metro y medio de alto puede no sonar a mucho, pero es todo un latifundio para un animal como él, que no supera los 30 centímetros y carece de huesos. Cualquier rincón es una guarida en potencia.

Heikel agrega que desde que saltó a la fama se ha vuelto caprichoso, sale cuando se le da la gana y cuando lo hace no es por mucho tiempo. Los visitantes, decepcionados, esperan durante unos minutos y ya resignados, antes de irse, le toman un puñado de fotos a la pecera vacía para poder decir que ahí vive Paul (sin flash, porque no está permitido). El único pulpo que verán ese día será de peluche y lo comprarán en la tienda de regalos a ocho euros.

Pero yo no soy un visitante cualquiera, soy un periodista que ha cruzado el Atlántico para cumplir una misión, así que durante las próximas ocho horas me quedaré en el interior del Sealife como si del fondo del mar se tratara, veré cada estanque una y otra vez y cada tanto volveré al de Paul a ver si está allí. Al final del día, y tras haber jugado con las tortugas, haber visto alimentar a los tiburones y golpear sin permiso el vidrio donde nadan las rayas, mi cuaderno marca 12 visitas sorpresa con igual número de fracasos. Para la última, la guardiana del pulpo ya no es Heikel, sino Denise, que se encoge de hombros cuando le pregunto, sumergido en la indignación —nunca mejor justificada—, si Paul piensa salir hoy.

El ejercicio del día sirvió para sentirme engañado —más—, para confirmar mi teoría de que Paul es un engaño (ya que además parece no existir) y para notar que en los parlantes del Sealife suenan durante todo el día solo tres canciones tipo new age que rotan todo el tiempo. Me voy derrotado, nadie más decepcionado que yo; bueno, quizá Hans, un alemán de Bonn que vive en Madrid desde hace diez años, habla perfecto español y que llegó hasta Oberhausen con sus hijos, todos uniformados con la camiseta de España, para visitar a Paul. Hermanados por la tristeza, dejamos el lugar con el corazón roto y una cantidad innumerable de fotos de un estanque vacío.

***

Estoy dispuesto a pagar otros 60 euros de noche de hotel, y 16 más de la entrada del día siguiente, solo porque Paul lo amerita. Ni siquiera Paul, sino la idea de develar su misterio. Esa noche, en lugar de ver televisión en alemán, me dedico a investigar del tema.

No hay nada que pruebe que exista un animal con capacidades premonitorias, pero hay por lo menos un par de casos en la historia reciente que ponen a pensar. Cada 2 de febrero, 30.000 personas llegan a Punxsutawney, Pensilvania, para saber qué tiene que decir Phil, la marmota, con respecto al clima. Si el animal sale de su madriguera y ve su sombra, se asusta y vuelve a ella, lo que quiere decir que habrá seis semanas más de invierno. Si no la ve, quiere decir que la primavera está a la vuelta de la esquina. La ceremonia se celebra desde finales del siglo XIX y un estudio reciente afirma que Phil acierta entre el 75% y el 90% de las veces.

Sin embargo, lo más parecido al caso del pulpo Paul ocurrió también en Alemania a comienzos del siglo XX. Se trataba de un caballo llamado Hans que supuestamente tenía propiedades para hacer operaciones matemáticas, trabajar con fracciones, decir la hora, calcular el calendario y distinguir tonos musicales, todo por medio de golpear el suelo con una de sus patas delanteras. Su dueño, un profesor de matemáticas llamado Wilhelm von Osten, recorrió parte de Europa haciendo exhibiciones, y el negocio iba bien hasta que se creó una comisión para investigar el fenómeno.

Un estudio realizado por 13 personas concluyó que Hans había sido entrenado por Von Osten y que el animal respondía al lenguaje corporal de su dueño. Hans era muy inteligente y podía notar las reacciones del matemático tales como cambios en el tono de voz o el lenguaje corporal, reconociendo automáticamente cuándo tenía que dejar de golpear el piso. De hecho, cuando se hicieron pruebas con el caballo sin la presencia de Von Osten, su porcentaje de respuestas correctas bajó del 89% al 6%. El caso hizo carrera en psicología, dando lugar a un efecto llamado Clever Hans, en honor al sabio equino.

Y al parecer fue el efecto Clever Hans lo que pasó con Paul. Cada vez que el pulpo hacía uno de sus rituales de adivinación, lo hacía frente a las cámaras, pero también a sus entrenadores, lo que podría haber "contaminado" el comportamiento de un animal que, como él, es capaz de resolver problemas tales como salir de un laberinto.

Todo lo que hiciera el animal se convertía en noticia mundial. Se llegó a decir que había un acuerdo entre la Fifa y Merlin Entertainments Groups para amañar el resultado de los partidos, o que se ponía intencionalmente un mejillón descompuesto en uno de los recipientes, y uno fresco en el otro. Lo que fuera con tal de justificar la infalibilidad de Paul.

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Cuando Alemania jugaba, el plan en la región de Renania, donde se encuentra Oberhausen, era ir antes del partido hasta el Sealife para enterarse de primera mano qué había dicho Paul. En días así, el tiempo de espera en la fila no era de 50 minutos, sino de hasta tres horas, y muchos hinchas tenían que devolverse a sus casas sin poder entrar.

El método de adivinación de Paul consistía en que antes de cada partido se le presentaban dos recipientes idénticos, transparentes y rectangulares, cada uno con un mejillón en su interior. Uno de ellos estaba marcado con la bandera de Alemania y el otro con la bandera del equipo oponente. Se interpretaba que del recipiente del que comiera Paul saldría el equipo ganador.

La gente de Sealife montó el show que era seguido por millones, pero nunca dio una explicación al respecto, por eso todo el mundo comenzó a hablar. Los pulpos como Paul no viven más de tres años, aunque para la fecha de su muerte, tenía más de cuatro. En la marcha hubo informaciones contradictorias, y al parecer se cambió la versión: se dijo que no había nacido en 2006, como en un principio, sino a comienzos de 2008. Luego, cuando empezó a correr el rumor de que Paul escogía las banderas de colores más vivos (de ahí que prefiriera a España sobre Holanda en la final) los biólogos marinos salieron a aclarar que los pulpos comunes tienen visión blanco y negro, y que lo que Paul veía era una amplia gama de grises.

Más arriesgada que todos, la china Jiang Xiao, directora de un documental sobre el pulpo, afirmó que estaba segura de que Paul había muerto exactamente el 9 de julio, 48 horas antes de la final, y que lo supo porque ese día notó al personal del acuario en extremo nervioso y misterioso, y que en esa fecha ella había recibido un trato muy diferente al de días anteriores.

Pese a los rumores, la popularidad de Paul nunca bajó. Tantas propuestas descabelladas llegaron a las oficinas de Sealife (hacer una película en la que un hincha alemán resentido mataba al animal, organizar una gira por las principales ciudades españolas) que la empresa creó el puesto de mánager Paul, responsabilidad que recayó en Chris David. El inglés rechazaba más solicitudes de las que aceptaba, y se afirmaba que sus órdenes eran cobrar por cada aparición del pulpo en la prensa. El rumor nunca se confirmó hasta que en agosto unos periodistas del diario español Marca quisieron saber cómo le iría al corredor de Fórmula 1 Fernando Alonso en el GP de Hungría.

Los reporteros insistieron pese a que se había anunciado que el España 1 - Holanda 0 del 11 de julio en Johannesburgo había sido lo último en el campo de la adivinación que había hecho Paul. Cuando David dijo que hacer tomas del pulpo (sin ningún tipo de predicción) costaba 15.000 euros (40 millones de pesos colombianos), el escándalo llegó a la prensa y la imagen de Paul, un animal inocente, se dañó para siempre.

Pero para siempre es un término caprichoso, muy relativo, y en este caso no duró más de dos meses, porque Paul murió la última semana de octubre en su alberca de Oberhausen. Falleció por causas naturales durante la madrugada, también de un martes, y su cuerpo fue encontrado sin vida en las primeras horas de la mañana por empleados del acuario. La noticia fue tan dolorosa como previsible: aún con vida, Paul llevaba varios días sin moverse. Su cuerpo fue incinerado y sus cenizas serán el mayor símbolo de una sección especial que se construirá en el acuario de Oberhausen, un espacio con todo tipo de memorabilia audiovisual y de mercadeo.

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El miércoles me levanto muy temprano, hago check out, no me doy el lujo de desayunar, dejo mi maleta en un locker de la estación de trenes y me dirijo nuevamente en bus al Sealife, que abre a las 10:00 de la mañana pero me tiene a mí haciendo fila desde las 8:50. Si Paul existe, yo seré el primero en verlo hoy.

La hora se pasa rápido. Al momento de abrir las puertas hay al menos 150 personas detrás de mí que no se amontonan, nadie me empuja, nadie se cuela. Pago los euros, evito la foto con el tiburón de dos metros, paso por encima de las peceras de la entrada, no les pongo atención a las barracudas ni a otros tiburones, mucho menos a los peces gato. Cuando los de atrás descubran todo eso con asombro, yo ya llevaré varios minutos a solas con Paul, si es que está ahí, si es que es real.

Tomo con nervios la curva donde nadan los pepinos de mar y al salir de ella me encuentro con un equipo de periodistas de la cadena de televisión 2ZF. Han estado ahí desde las 9:00 de la mañana, haciendo una nota para un programa infantil. La pequeña reportera que la presenta no debe tener más de diez años, pero lo hace con un profesionalismo que sorprende. Ahí está Paul, tan pequeño cuando se contrae, tan largo cuando decide nadar de una pared a otra. Debe pasar de 30 a 70 centímetros en cuestión de décimas de segundo.

La cámara no pierde sus movimientos y lo enfoca con una potente luz, dejando así en ridículo esa norma del acuario que prohíbe a los turistas usar el flash de sus cámaras para fotografiarlo. Han pasado diez minutos y ninguna de las personas que estaba detrás de mí en la fila ha llegado. La niña reportera cierra la nota haciendo el ademán de lanzar el micrófono hacia la cámara, y una vez dicen "corten" se pone a jugar con el pulpo como la niña que es.

Paul me ha callado la boca. Así no tenga ni idea de adivinar, es real. También es igual al de las fotos, al de los videos de internet, al de las notas de CNN, aunque en televisión daba la impresión de ser más grande. Se pone a nadar de un lado a otro como si nadie estuviera allí por él. Mirarlo a los ojos basta para saber que te está observando, que siempre está alerta y que, en efecto, es inteligente. Tiene pinta de que sabe algo que nosotros no, y en efecto lo sabe, o lo sabía: cualquiera haya sido el secreto que yacía detrás su leyenda, Paul se lo llevó a la tumba. Lo que no se llevó fue ni uno de los centavos que les hizo ganar a sus dueños.

Nuestro encuentro es efímero. Minutos después llega la comitiva de visitantes y Paul se asusta, se queda inmóvil por unos minutos y luego se esconde. A la vista solo queda uno de los tentáculos, que es fotografiado hasta el hartazgo por los turistas.

Yo fui el primero en visitarlo esa mañana, y fui también uno de los últimos en verlo con vida. En su lugar, y como si se tratara de una sucesión monárquica, hoy ya nada Paul el II, que no es hijo del original porque Paul murió virgen. El nuevo Paul mide menos de 30 centímetros, es del mismo color café y tiene la misma mirada inteligente. Es un pulpo común y corriente, como todos los de su especie, y seguro no es capaz de saber cómo le irá al Rot-Weiss Oberhausen, que juega en la segunda división.

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