Un señor que conozco, que tiene el don de la palabra, que dice muchas cosas propias y ajenas, que no escribe porque le parece vanidad, y que tiene nombre de líder guerrillero y figura de burgués “in”-satisfecho, como lo dibujó un amigo que sí escribe y tiene los mejores retratos que he leído, me dijo con un tono que no podía ocultar cierto reproche paternal justo después de que le conté la primera parte de esta historia, unos meses antes de irme de esa ciudad donde el sol pica más de lo que calienta, que “uno no tiene nada que estar haciendo en la calle un 32 de diciembre”.

Ese día, o mejor, ese limbo entre el último y el primer día del año amanecí despierto y daba vueltas por toda la ciudad. Mientras manejaba, en un estado embriagado que parece de suma lucidez pero que no llega a ser elocuente y pronto se vuelve repetitivo y luego idiota, ensayaba versos propios para justificar mi huida de esa ciudad industriosa donde no se conversa porque se pierde mucho tiempo y no produce plata, pero solo atinaba a repetir una y otra vez la última estrofa de un soneto de un poeta que no parece de esa ciudad y que dice: (…) ¡Y tanta tierra inútil por escasez de músculos!/¡tanta industria novísima!¡tanto almacén enorme!/Pero es tan bello ver fugarse los crepúsculos….

En ese limbo vi fugarse los crepúsculos y para prolongar un poco mi resaca melancólica, decidí ir a la finca de mi amigo el retratista, a una hora en que en esa ciudad el sol regañón espanta a los borrachos. Crucé el puente del río fétido y tomé la autopista que corre por ese valle estrecho en medio de industrias que aun ese día no descansan y ahogan con su humo a las casauchas apretujadas en las laderas de las montañas. Necesitaba otro aguardiente, y me aguanté el miedo de aumentar las posibilidades de seguir el sino trágico de los conductores ebrios al prolongar mi recorrido, y me desvié para buscar una tienda, pues me dije que ese día en un país y una ciudad de borrachos, los peleadores, los asesinos y hasta los policías estarían dormidos. Afuera de las casas hervían ollas con sancocho y los borrachos dormían doblados en la acera, resguardados en la sombra corta de los techos que medio se asoman de sus casas. Me tomé un aguardiente doble, lo pasé con naranjada y seguí mi camino. Ese trago me renovó el ímpetu y me sentí dueño del mundo. Sano y salvo —pensaba— después de no sé cuántos aguardientes y más de veinticuatro horas sin dormir, retomé la autopista y me acordé de otro amigo que dice que la vida es de caucho. Me reí, le puse más volumen a la canción No volveré cantada por Chavela Vargas cuando estaba jovencita, acompañada por el cuarteto Lara Foster, y las guitarras y la fuerza desconocida de su voz limpia y tierna me dieron ganas de llorar. Mi amigo el retratista me llamó y preguntó cuánto me faltaba para llegar y le respondí que estaba a tres aguardientes de su casa. Se rio y yo también me reí de mi ocurrencia. Paré a buscar otro aguardiente. El vigilante de una estación de gasolina me señaló la casa donde debía tocar una ventanita de madera. Toqué, se asomó una mujer y me dijo que esperara. Abrió las dos puertas y corrió la reja. Al fondo, en un mostrador iluminado por un pequeño bombillo interno y con el vidrio empañado, vi un chicharrón tan largo que se salía de ambos extremos del plato.

—¿De cuándo es? —le pregunté a la mujer.
—De la marranada del treinta, pero está sequito de grasa y todavía está muy bueno, mi amor —dijo la señora.?—Si tiene arepa y quesito se lo compro —le dije.
—No vendo quesito pero le regalo un cuartico del que tengo en la nevera —dijo.

Mientras buscaba el quesito en la nevera al fondo de su casa me tomé el aguardiente que sirvió rebosante. Salvo por el cuarto de vaso que me llevó cuando le pedí una naranjada, y por un servilletero en el que tuve que esculcar las servilletas, y que me recordó a un escritor de esa ciudad que dice en una de sus novelas que aquel es un país de gente tan mezquina que para ahorrar corta las servilletas de papel en ocho, agradecí su amabilidad generosa. Me comí el chicharrón con arepa y quesito, pagué y salí otra vez para el carro. La señora no tenía más aguardiente, entonces me conformé con una cerveza helada para el camino.

De nuevo por la autopista, me sentía pleno, feliz porque a pocos metros encontraría la portada de la finca de mi amigo el retratista y habría llegado allí sano y salvo. Llevaba la cerveza helada entre las piernas, con el codo bien afuera de la ventana como un actor de cine de los años cincuenta, y de tanto en tanto entraba la mano para agarrar el timón y con la otra llevarme la cerveza a la boca y tomarme un sorbo largo para acabarla antes de que se calentara.

De pronto, de las casitas de la vera de la autopista salió corriendo una señora con una botella de aguardiente en una mano. Lloraba y con la otra mano se agarraba el pelo. Miró, y cuando me vio, en vez de abstenerse, se abalanzó a la mitad de la vía, justo por mi camino. Yo iba despacio y logré esquivarla. Por el retrovisor vi cómo siguió corriendo como endemoniada con la botella en la mano por la mitad de la autopista. Detrás corría un niño como un potrico desesperado que enceguecido por el miedo busca los pasos de su madre. Seguí mirando todo por el espejo, muy despacio, pero sin detenerme. El niño le gritaba pero ella lloraba y gritaba aún más fuerte, como para no oírlo. Ella paró unos instantes, abrió las piernas y se agachó un poco con las manos a la altura de las rodillas. Parecía cansada o doblegada por los gritos del niño. Pensé que se había arrepentido. Pero en realidad medía bien la distancia y, cuando lo tuvo a la altura en que ya no podía detenerse o esquivarla, se tiró de cabeza en el pavimento y estrelló su cuerpo en la trompa del automóvil que venía detrás de mí. Grité, tiré la botella de cerveza en el asiento del pasajero, pero no fui capaz de parar. Me dio miedo de que quizá los vecinos, aturdidos de rabia y de dolor, me involucraran en el asunto y de que los policías comprobaran mi estado de embriaguez. Seguí pálido y trémulo hasta la finca de mi amigo el retratista.

Una vez allí, pálido y trémulo todavía, le conté a mi amigo lo sucedido y él me invitó a la sombra del corredor de su casa y me ofreció una cerveza antes del almuerzo. Él desviaba mi retahíla como para no dejarse conmover con la tragedia. Nos tomamos varias cervezas antes y después del almuerzo, pero no pude retomar mi euforia etílica.

—Vamos a montar a caballo para que pasés el trance, no conocés unos caminos muy bonitos —me dijo cuando ya caía el sol.

Sin darme oportunidad de opinar fue a ayudarle al mayordomo a ensillar las yeguas. Nos montamos y salimos por la parte de atrás de la finca y buena parte del recorrido, casi hasta que tomamos la montaña, lo pasamos en silencio. El camino se hacía cada vez más estrecho y solitario, pero de repente aparecían unos camperos veloces y llenos de gente. Ambos estábamos nerviosos pero mientras yo les hacía señas a los conductores para que mermaran la velocidad, él parecía descansar cuando pasaban rápido por nuestro lado y se alegraba cuando nos aturdían con su música estridente.

—Me parece peor que vengan despacio y callados. Los vecinos dicen que están bajando hombres armados —dijo él.
—A mí no me da miedo que nos secuestren y nos maten, me da miedo que nos atropelle un borracho como yo, mate las yeguas y nos deje parapléjicos —le dije yo.

Nos reímos y empezamos una frenética conversación. Ya estaba oscuro y en el cielo se veían pasar las luces de los globos, y se reflejaban los chispazos y se oía el eco de los voladores.

—Hasta donde están tirando los voladores tenemos que ir, allá queda un pequeño caserío y hay una fonda agradable donde nos podemos tomar otro aguardiente —dijo él.

Yo estaba embriagado, no tanto por el aguardiente, pues hacía rato nos habíamos tomado una media botella que llevábamos, sino con mis pensamientos y con la justificación de mi partida. Desde que supo de mis planes académicos en esta ciudad donde ahora estoy, que me servía como una disculpa para el exilio, siempre cuando lo llamaba por teléfono, mi amigo el retratista me decía con tono altisonante, y luego de una pausa:

—¡Proofesoor!

También, tenía presente sus palabras, cuando dijo que los académicos en literatura suelen buscar su propia grandeza en la medianía de los otros. Y, entonces, para hacerlo reír y tocarle un poco su ego, mientras nos bajamos un momento de las yeguas para que descansaran, fingí una actitud profesoral, imposté la voz y repetí de memoria partes de un extenso retrato que hizo de un amigo suyo escritor. Luego, como un reproche de sus intromisiones irónicas en mi vida, le cité de memoria esta décima de su amigo: Todos me dicen que viva/ de esta o de otra manera, /todos me dicen que muera/ hacia abajo o hacia arriba. /Todos dicen en qué estriba/ la brega que yo asumí/ desde el día en que nací/ para jugarme del todo. / Dejen que viva a mi modo, / nadie morirá por mí.

Le dije, además, que estaba cansado de mí en esa ciudad y ese país de borrachos, pero que no respeta a los borrachos, y que me quería ir para esa otra ciudad civilizada, que nunca duerme, que respeta a los borrachos y que se hizo para caminar. Hablamos de la brutalidad del aguardiente y del descanso que supondría tomar vino, en esa ciudad de buenos vinos, un trago que a nosotros nos duerme pero no nos emborracha, y donde la gente puede conversar hasta el amanecer sin embrutecerse y sin sentir que pierde el tiempo.

Mientras conversábamos, poco a poco el camino se ampliaba de nuevo y se convertía en calles asfaltadas, con resaltos al frente de las secuencias espaciadas de casas, cuya arquitectura, iluminada por grandes lámparas del nuevo alumbrado público en el vecindario, conservaba algunos vestigios campesinos, pero casi todos opacados por hojas de cinc y altas e irregulares columnas de cemento sin terminar y con las varillas a la vista. Así, llegamos a la fonda, amarramos las yeguas y pedimos aguardiente. La casa era acogedora y parecía sumergida entre árboles centenarios. De los aleros del techo de tejas de barro colgaban matas con flores y, entre estas, muchas y pequeñas luces de colores navideños. En un principio el ambiente parecía apacible. Mi amigo se había olvidado de que nos podían secuestrar y yo de que un borracho nos atropellara. Pero en la parte de atrás de la fonda, en la pendiente hacia la montaña, se elevaba una mole de cemento y, más arriba todavía, desde una terraza descubierta, unos borrachos gritaban y tiraban voladores. Cuando cesaban los estallidos, unos parlantes destemplados convertían la música en un ruido insoportable. No podíamos conversar, y las yeguas se movían de un lado a otro, respiraban fuerte y rápido, y parecían reventarse de miedo. Pero decidimos aguantar hasta acabar el aguardiente.

En una breve pausa de música y pólvora oímos unos estruendos. Luego, a los gritos de los hombres se unieron unos alaridos de mujeres y de niños. Un poco torpes ya por el aguardiente, yo logré pararme para correr hacia la montaña y mi amigo se dispuso a cruzar la calle para soltar las yeguas. En ese momento, una niña apareció corriendo por el corredor de la fonda y le gritó a una mujer que estaba sentada y recostaba la cabeza en una de las mesas de la entrada:

—¡Ma, ma, el tío se cayó de la plancha!

A los gritos anteriores se sumaron unos nuevos gritos y a estos otros y otros desde el fondo de la cocina, y luego se unieron los de los vecinos. En medio de la gritería y el movimiento, supimos que el señor se desplomó de la plancha, atravesó el techo de la perrera y allí yacía atrapado boca arriba e inmóvil. Para que no se escapara de miedo a la pólvora habían encerrado allí a la perrita y, por las dudas, a alguien se le ocurrió improvisar un candado para asegurar el postigo de la reja. Pero en ese momento nadie se acordaba dónde estaba la llave. Mientras los familiares y voluntarios rompían el alambre de la perrera con piedras, palos y todo lo que encontraban a su alrededor, nosotros le hacíamos señas a uno de los vecinos para que parqueara su camioneta en reversa, justo en la salida del corredor de la fonda. Cuando al fin vimos que entre varios hombres sacaron al señor de la perrera y lo llevaban cargado hacia la camioneta, cruzamos la calle y nos montamos en las yeguas.

De regreso le dije a mi amigo que ya no tenía dudas de que me iba cuanto antes para esa ciudad civilizada donde los borrachos no se caen de las planchas porque no hay planchas, y concluimos que alguno de los dos tenía que escribir esta historia. Emprendimos el resto del camino hasta la finca silenciosos y de prisa.

Pasó la resaca de diciembre y me fui de esa ciudad donde no se puede caminar y donde los borrachos se suicidan en la calle, delante de sus hijos. Pero, pronto, empecé a recibir llamadas de mis amigos que me invitaban a celebrar la Navidad otra vez allá en esa ciudad bulliciosa y angosta, donde el ruido se concentra y acumula. No me creyeron que me iba y tampoco se imaginaron que no quería regresar. Porque de allá recuerdo casi todo sin nostalgia, salvo, tal vez, al burgués “in”-satisfecho, a uno que otro amigo, y el sabor del quesito y el aguardiente. Por eso, me alegré cuando, el último día de diciembre, mi amigo el retratista me llamó y anunció que me visitaba. Luego, gran parte de la noche de fin de año, mientras tomaba buenos vinos y comía buenos quesos, imaginé nuestras largas caminadas por esta ciudad que se hizo para caminar, mientras hablábamos de mujeres, de conquistas y de deseos insatisfechos. A pesar de los propósitos de enmienda, tomaríamos mucho vino y, cuando este nos empezara a dormir, buscaríamos otro trago más parecido al aguardiente. Mi mente se ausentaba de la fiesta para ensayar la crónica que le relataría a mi amigo del entorno y el talante de los invitados. Al pensar todo esto, y cada vez que me tomaba un trago, sin remordimientos repetía una y otra vez la frase de mi amigo en una de sus obras autobiográficas, según la cual, “mi vida consiste en sentirme”.

Después de muchas horas de conversación, de buenos vinos y buenos quesos, satisfecho, estaba también despierto ese día, ese limbo, y vi fugarse los crepúsculos del nuevo año. Una vez en el bus de regreso estaba tranquilo porque, en esta ciudad civilizada, llegaría sano y salvo a mi casa. En aquel estado embriagado que parece de suma lucidez, imaginaba que le anunciaría a mi amigo mis nuevos planes, que consistían en no escribir, en irme también de esta ciudad, en caminar por la vida como un vagabundo, pero sin la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser. Pensaba que tiene razón el burgués “in”-satisfecho cuando dice que “es mejor vivir poéticamente que ser poeta”.

Estaba en estas meditaciones cuando, vencido por el vino y el sueño, me quedé dormido con el tiquete del bus entre los dedos y la cabeza recostada en el marco de la ventana. Luego, el bus se detuvo en un semáforo en la esquina de un parque. Entreabrí los ojos y me llamó la atención un corrillo de hombres amanecidos y medio despelucados que conversaban cerca del bus. Miré a uno de ellos y me dije: “Así debo verme yo”, y se me cerraron otra vez los ojos. Unos instantes después, uno de los hombres se acercó a la ventana y me dijo algo que no entendí. Sostenía un cigarrillo desde el extremo del filtro con las yemas de los dedos y, por sus ademanes, me percaté de que se disponía a quemarme la cara. Me alejé de la ventana, me senté en la silla contigua y se me entrecerraron nuevamente los ojos. “¡Pobre bobo!”, me dije. Cuando el bus arrancaba, el hombre golpeó las latas cerca de mi ventana. Abrí los ojos, y sin voltearme, pude ver que el hombre se impulsaba para escupirme a la cara y acertó.

Mientras me limpiaba pensé que en ese país de agravios y esa ciudad de ultrajes y provocaciones donde antes vivía nunca nadie me había tocado la cara. Me paré y corrí hasta la puerta, toqué el timbre y le grité al chofer para que parara, pero en esta ciudad civilizada los buses no se detienen en cualquier parte. Debí esperar hasta la próxima parada. Se abrieron las puertas del bus, me bajé y corrí hacia mi ofensor, como puede correr un borracho amanecido con el vigor de la adrenalina. Mientras corría, me preguntaba si sería capaz de golpearlo o si le ofrecería la otra mejilla y simplemente le gritaría que me respetara. Pero, jadeante, ya muy cerca de llegar hasta la esquina donde todavía estaban los hombres parados, me reafirmaba y repetía este estribillo que antes había inventado: “¡Qué me podrá pasar a mí que vengo de la ciudad de la rabia y del país de la violencia inmanente!”. Mi ofensor estaba parado de perfil y por eso no se dio cuenta de que me aproximaba. Cuando se volteó, yo ya estaba muy cerca y me abalancé sobre él con todo el impulso que traía de la carrera. Cayó de espaldas y yo encima de él. Sentí cuando su cabeza retumbó contra el suelo. Me incorporé de rodillas y le daba tantos puñetazos en la cara que sentía cómo, con cada golpe, se me desprendía la piel de los nudillos. Pensé que había muerto pero seguía golpeándolo con más fuerza. Estaba exhausto y, luego de una breve pausa, cuando me disponía a golpearlo de nuevo pero ya sin tanta determinación, me dieron unos golpes por la espalda. Sentí frío, después calor, intenté voltearme, pero me desplomé hacia un costado. Vi cómo el hombre se escurrió del otro lado y salió corriendo. Mi alrededor se inundaba de sangre. Intenté levantar un brazo para pedirles auxilio a los transeúntes que miraban y seguían su camino, pero las manos no me respondían. No me ayudaban, quizá porque a ellos también les daba miedo de que los involucraran en el asunto. Me desvanecí. Luego, aquí en el hospital, los médicos me explicaron lo de las puñaladas y me dijeron que había tenido suerte de no morir, pues una ambulancia que pasaba con otro herido me auxilió cuando ya había perdido mucha sangre.

Hoy, desde esta ciudad, me digo que la vida no es de caucho, y recuerdo a otro escritor que vive en esa ciudad odiosa donde no se puede caminar, pues en una de sus novelas dijo algo que no es novedoso, pero que a mí hasta hace poco no me parecía obvio: “El hombre no hace lo que quiere sino lo que puede”. Llamaré a mi amigo el retratista y le diré que no venga, que ya no vale la pena, que ya no podremos recorrer la ciudad y que yo ya no podré vivir a mi modo. Le diré que el burgués “in”-satisfecho ya está en camino y que cuando llegue le ofreceré disculpas por burlarme de esos personajes con costumbres curiosas de esta ciudad quienes, ya pasada más de la mitad de sus vidas, caminan de la mano de sus padres y los besan en público. Le ofreceré disculpas por invertir una ley natural fundamental que consiste no solo en que los hijos entierran a sus padres, sino que los deben cuidar después de que estos pasan cierta edad. Le pediré que me perdone por dañarle su vida que hasta el momento había sido una fiesta, aunque pocas veces carnavalesca, a él que siempre y en todas partes había tenido la libertad de quedarse cuando se tenía que ir. Pero, en algún momento muy próximo, mientras el burgués “in”-satisfecho me arrastre por el mundo, también le anticiparé un homenaje que había reservado para cuando él muera. En la versión traducida por un poeta de esa ciudad, le recordaré el final de un poema de Geraldino Brasil que él me enseñó cuando su padre murió:

(…) Inclusive una vez mi padre recibió críticas/porque vio un poemita que yo iniciaba/ en una hoja en mi cuaderno de matemáticas/ y no me tiró de la orejas para corregir mi destino. / Resultado: yo gustaba de mi padre/aun después de la edad en que el padre deja de ser un ídolo, /e iba con él por la calle como si fuese mi tío, / deseando que todo el mundo supiese que él era mi padre.

El burgués “in”-satisfecho es mi padre y tenía razón. Uno no tiene nada que hacer en la calle un 32 de diciembre. Yo ya no podré sentirme y, como el hombre que se cayó de la plancha, tampoco podré volver a caminar.

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