Yo le dije al Pelos que no se metiese. Que no chingase la madre. Que no le iba a salir bien. Pero él no me escuchó. Tampoco hacía falta ser un genio para prever las consecuencias. En nuestra carrera hay dos reglas de oro: no te acuestes con la mujer del Boss y no seas imbécil. Y el Pelos estaba violando las dos.
Así que, cuando comenzó a hacerle ojitos a la Güera, yo primero le recordé el currículum del Boss: nuestro jefe —novio y propietario de los pechos de silicona de la Güera— tiene órdenes de busca y captura en 14 estados a ambos lados de la frontera, algunas debidas a las obligaciones propias del trabajo, como decapitaciones y mutilaciones rutinarias, y otras nomás por fastidiar, como un par de denuncias por violación de dos chavas, que al fin y al cabo la pasaron chido con el Boss, pero ya se sabe lo quisquillosas que se ponen las mujeres despechadas.
Todo eso al Pelos le daba igual. Tenía enfermedad de la Güera. Cada vez que secuestrábamos a algún gringo, la metía en la casa de vigilancia y se la beneficiaba ahí mismo, frente al cliente amordazado y con los ojos tapados. Otras veces nos tocaba ejecutar a algún hijo de la guayaba, y en pleno tiroteo, el Pelos interrumpía los disparos para llamar por teléfono a su noviecita.
A mí todo eso me producía mucho estrés, porque si el Boss lo descubría, me escabecharía a mí también, con el agravante de que en mi caso, su venganza sería aún más dolorosa, porque al Pelos nadie le quitaría lo bailado, pero yo, en la hora final, no tendría el recuerdo de una buena chingada para morir con una sonrisa en los labios. Pero ni modo, pues. El Pelos era mi amigo. Mi mejor amigo. Mi carnal. Y un amigo es alguien especial. No es solo el que te avisa cuando viene la Policía. O el que comparte contigo sus putas. O el que paga la mota sin andar rechistando el precio. Un amigo es algo más. Es alguien a quien le puedes confiar lo más preciado de tu vida, incluso prestarle tu revólver.
El problema fue que el Pelos perdió la perspectiva. Se puso más temerario que nunca. A veces se colaba en la casa del Boss y se revolcaba con la Güera en medio de la colección de armas. Otras veces, le hacía guiñitos a su amante con el jefe presente, como para hacerse el valiente. Una vez llegó a decirle al Boss, cuando iba a entrar en el coche:
—Agáchese bien, Boss.
—¿Por qué, pendejo?
—Porque le van a chocar los cuernos contra la puerta.
A lo mejor por andar remojando su nacho en el guacamole del Boss, el Pelos se figuró que él también era un jefe en potencia, que su vida era un suculento chile en nogada, y no la quesadilla reseca que en realidad vivía. De toda la bola de babosos que trabajaban con nosotros, era el último del que me lo habría esperado. Pero ya se sabe. Un par de chichis vuelven muy loca a la gente.
Pero la gota que colmó el vaso fue cuando los encontré chingando en el baño del Boss. Esa noche, el mismísimo jefe estaba en la sala, viendo el fútbol con sus cuates, y podía entrar en cualquier momento. Pero al Pelos no le importaba nada. Me vio abrir la puerta y hasta me guiñó un ojo mientras los pechos de la Güera rebotaban en sus hombros como dos bolas de basquetbol.
En ese momento, comprendí que había llegado a un límite: me fui a la colección de armas del Boss, escogí la escopeta para cazar elefantes —que el Boss usaba para cazar vehículos de la DEA—, regresé al baño y les solté dos tiros, que se marcaron en la espalda de la Güera como dos bocas chillonas. Y un tercero que ya fue solo a la entrepierna de él, para estar seguro.
Y es que un carnal debe estar ahí para lo que haga falta. Así que, si tu mejor amigo quiere suicidarse, tu deber es impedirlo, hacerle ver que se mete en problemas, disuadirlo. Pero si le vale madres e insiste, tu deber ya es echarle una manito, y asegurarte de que se cumpla su voluntad. Ya lo he dicho: un amigo es alguien especial.

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