El escritor

El candidato coreano al premio nobel de literatura está parado sobre una mesa, con un micrófono en la mano derecha y una botella de cerveza Hite en la otra. Le pide al presidente de su club de fans que le programe en el noraebang -palabra coreana para karaoke- Quizás, quizás, un bolero muy popular en el este de Asia. Las notas de una versión en organeta se empiezan a oír en la habitación. Cuando la letra aparece en un televisor de plasma Hwang Suk Young arranca firme y entonado. "Siempre que te pregunto, cómo, cuando y donde, tu siempre me respondes, quizás, quizás, quizás". El escritor de 67 años -en realidad 66. En Corea se cuenta la edad desde la concepción-no necesita ver la pantalla. Se sabe la canción de memoria. Sólo le faltaría estar acompañado de un trío para dar una serenata en cualquier callejón de Latinoamérica. "Y así pasan los años, y tu siempre me respondes, quizás, quizás, quizás". El bolero se acaba y los aplausos llenan el cuarto donde está celebrando la firma de libros de su última novela, que en un mes ha vendido cien mil ejemplares. Hwang regresa a su asiento caminando como Godzilla por Tokio, entre vasos y bandejas de fruta y pollo frito. En Corea beber y no comer al tiempo se considera insano. Tomar una botella de Soju, aguardiente local, sin picar calamar asado en tiritas, crisálidas en su jugo o por lo menos salchichas a la brasa, es poco menos que un acto barbárico. Importa poco si hace una hora se ha tomado una cena, que por más ligera que sea siempre consiste de una sopa picante o de pasta de soya, pescado asado o crudo en forma de sashimi, arroz sin sal y docenas de acompañamientos servidos en platicos tan grandes como ceniceros. Cuando se ha acomodado del todo, Hwang me pregunta en un inglés donde el acento de Londres se mezcla con el de Nueva York:

-¿Qué carajos dice la letra?-luego suelta una risotada y me pega un palmadón en la espalda.

Con la vida que ha llevado no podría ser otra cosa que escritor. El recuento de su existencia es un mapa perfecto para leer la historia de su país durante los últimos cincuenta años. Hwang nació en Manchuria, a donde su familia se mudó luego de que Japón a principios del siglo XX apaciguara su hambre colonial anexándose a Corea. Durante cuatro décadas los japoneses les prohibieron hablar a los coreanos su idioma, los obligaron a cambiar sus nombres y les quedó tiempo de montar un sistema de prostitución para que sus soldados se desestresaran con las locales antes de iniciar las rondas. Todavía frente a la embajada de Japón en Seúl se ve a un grupo de abuelas protestar para que se reconozca la violación a la que fueron sometidas un día si y el otro también, muchas veces con la complicidad de sus compatriotas, que las vendieron o regalaron para congraciarse con los colonizadores. Hwang y su familia regresaron a la península coreana cuando los japoneses empacaron y se fueron al término de la Segunda guerra mundial, y se trasladó al sur al estallar la pelea entre las dos Coreas. A los quince años empezó una vida como jornalero en los campos devastados -obrero vagabundo dice para hacerlo sonar más romántico, menos doloroso-, ayudante de cocina en un templo budista y más tarde soldado en la guerra de Vietnam, a la que Corea del sur envió hombres para apoyar a su aliado, Estados Unidos. Por tres años Hwang se encargó de la limpieza, que no era otra cosa que borrar las huellas de masacres contra los civiles y de enterrar a los muertos. Luego fue activista estudiantil y tuvo que refugiarse en la Isla de Jeju, donde nos vimos por segunda vez a finales de la primavera.

Jeju es el balneario donde las parejas de recién casados de China, Japón y Corea celebran su luna de miel. Es una tierra extraña en su vegetación comparada con el resto del país. Hay palmeras, los inviernos son menos inclementes, las mandarinas se caen de los árboles y por supuesto no cuestan diez dólares la media docena como en cualquier supermercado de Seúl. La gente es recia, quizás por aquello de que fue ocupada por los mongoles durante tres siglos. Hwang se refugió en Jeju cuando lo estaban buscando por oponerse a la primera dictadura que gobernó a Corea después del final de la guerra y aún están en pie algunos de sus escondites preferidos, como un restaurante familiar a escasos metros de la orilla del mar donde me contó que almorzó con Jean Marie Le Clezio, el recién nombrado premio nobel. Le Clezio pasó un año en Corea, tiempo suficiente para hermanarlos.  El francés lo llamó en persona para contarle que se había ganado un premio con el que por fin iba a poder pagar todas sus deudas. Ahora es tu turno, agregó.

-Aquí venden un sashimi de un pescado que solo encuentra en las aguas de esta isla. Pidámoslo-dijo aquella vez.

Esa tarde Hwang le sugirió a la dueña que lo sirviera a la manera tradicional. Después de varias botellas de Soju, el plato llegó con la cabeza del pescado en la mitad de la bandeja. Arruyado por el licor me quedé mirándolo. Sus agallas se abrían y se cerraban en cortos intervalos. Sabía que los coreanos sienten especial debilidad por comprobar la frescura de los alimentos que van a comer. A veces las cosas llegan más allá. En Busán, puerto al sur de Seúl, comí pulpito vivo. Tomar uno de los pequeños y resbalosos tentáculos que se retorcían sobre el plato y sumergirlo en un tazón de salsa picante fue mi graduación en el uso de los palillos, que en Corea casi siempre son de metal. El pescado mitad vivo, mitad muerto, parecía que quería decirme algo pero Hwang me devolvió al mundo con otra de sus risotadas y una copita en lo alto para un brindis.

Más tarde nuestros acompañantes nos arrastraron cerca de un volcán extinto para apreciar las montañas. El escritor los dejó adelantarse por unos senderos floreados y me dijo bajo un cielo surcado por cuervos que coreaban su nombre, Hwang, Hwang, Hwang.

-A mí me interesan muchos más las personas que los paisajes. Los paisajes van a estar ahí por siempre. Qué se jodan los paisajes- y aprovechando la ausencia de los otros me acabó de contar su vida.

En 1989, con varios libros publicados, tomó un avión a Pyonygang en un rodeo que lo llevó primero a Tokio y luego a Pekín. El viaje era un desafío a la Ley de Seguridad Nacional que prohibe a los surcoreanos tener cualquier clase de contacto con Corea del Norte y, claro está, pisar su suelo a riesgo de ser encarcelado. Hwang viajó para promover un intercambio entre la Asociación Surcoreana de artistas y la Federación Norcoreana de Literatura y al terminar sus amigos le dijeron que no podía volver al país, de lo contrario sería apresado. No tuvo otra alternativa que escoger el exilio voluntario que lo llevó a vivir en Berlín, Londres y Nueva York. Cuatro años después los mismos amigos le sugirieron que regresara y en caso de que lo retuvieran harían una gran manifestación. El escritor, debilitado por no poder hablar su lengua, tomó un avión hacia Seúl. En el aeropuerto fue arrestado y condenado a siete años de cárcel.

-¿Sabes quién me mantuvo vivo? Márquez, no miento.

Tardo un poco en entender. Hwang se refiere a García Márquez por su segundo apellido como sucede en muchas partes del mundo.

-Leí Cien años de soledad cinco veces.

Quizás a muchos ya no les diga nada aquel libro pero para un prisionero en confinamiento solitario sus páginas son alimento espiritual de primera clase.

-No todo fue tan trágico. Conocí a varios mafiosos que me cogieron cariño por las huelgas de hambre que hicimos para que nos mejoraran las condiciones de reclusión. Hace poco me encontré a uno de ellos en la calle. Me saludó con un abrazo y me entregó una tarjeta. Me dijo: este es mi club. Preséntala y lleva a todos los amigos que quieras. Pasé como tres días allá.

Hwang cumplió cinco años de los siete a los que fue condenado. En ese tiempo aprendió definitivamente a lidiar con su Han, la cuota de dolor que todo coreano carga por culpa de un pasado cruento, una forma íntima de darle sentido a todo el sufrimiento e injusticia que pesan sobre un pueblo.

Escribir o cantar en un noraebang pueden ser una de las mejores formas de sobrellevarlo. Desde su asiento Hwang pide que programen Bésame mucho y me pasa el micrófono.

-Súbete a la mesa. Ahora te toca a ti- y ríe una vez más.

Fiel e infiel

Seúl está infestado de iglesias y moteles. En las noches, desde la ventana del dormitorio que ocupo en la Universidad de Hankuk, puedo contar diecinueve cruces rojas de neón que coronan los templos cristianos del barrio. Si salgo de la habitación, bajo a la calle Imunno y camino hacia el occidente me encuentro a cien metros con el Amore Motel. Cincuenta más allá está el Dream Hill. Hacia el oriente hay otros tres moteles o love hotels, como los llaman los coreanos. Unas cuadras adelante empiezan a aparecer entre restaurantes familiares y salas de internet unos pequeños locales que a simple vista parecen bares. En realidad son burdeles en miniatura, unipersonales, donde las puertas permanecen abiertas de par en par durante el húmedo verano. Desde la entrada se pueden ver bajo las luces rojas una o dos mesas con platos de anju o comida para picar, un refrigerador lleno de cerveza o Soju y al fondo una habitación donde casi siempre una prostituta se pelea con otra por el control de un videojuego mientras que algún esposo asoma su cabeza por el local. O en este caso yo, que quiero saber cuanto cuesta una hora de sexo cuando apenas puedo saludar y decir adiós en coreano y en el supermercado me ha tomado tres meses descubrir la crema de leche. La menor de las muchachas me conduce hasta una mesa. Aún dentro del lugar se oye el canto rabioso de las cigarras. Me pregunta qué quiero para tomar o eso creo. Señalo el refrigerador y suelto con voz segura, de policía exigiendo papeles:

-Mekju, juseyo.

La mayor me trae cinco botellas de cerveza. Le trato de explicar que una es suficiente pero ni las señas sirven para hacerme entender. Parece que el consumo mínimo por fuerza debe ser el principio de una borrachera. Mi capital solo alcanza para dos cervezas, así que me paro y me voy. Total, solo venía a preguntar cuanto marca el sexo por hora, no a tenerlo. A la salida del burdel de bolsillo me cruzo con un hombre que se tambalea. Sus pasos enredados lo llevan con fortuna a la mesa que acabo de dejar libre. Un náufrago de la noche que se aferra al primer madero que se le cruza. Mis cinco botellas no completaron el viaje de vuelta hacia la nevera. El tintineo de su argolla matrimonial contra un cenicero de metal las trae de regreso. En Corea el adulterio está castigado por ley con penas que pueden llegar a los dos años de cárcel, aún así el 70% de los hombres admite que le ha sido infiel a su mujer según un reporte de la BBC. El año pasado Ok So-Ri una conocida actriz de televisión fue condenada a ocho meses de prisión por haber engañado a su marido con un cantante de pop. La corte al dictar la sentencia enfatizó que la ley sobre el adulterio está hecha para proteger el estricto orden social heredado del confucionismo que llegó desde China a la península coreana hace siete siglos. Sin embargo, el país a mediados de los años ochenta contaba con seiscientas mil mujeres que prestaban servicios sexuales, el mismo número de miembros de las fuerzas militares. Un ejército de prostitutas literalmente dispuestas a abrigar entre sus piernas a los machos de un país donde los matrimonios arreglados siguen siendo moneda corriente. Vale decir que por cada siete hombres adúlteros una mujer ha confesado serlo. Para practicar la infidelidad sin excesiva culpa están los burdeles y por supuesto los moteles. La competencia es tan fuerte que ya no basta ofrecer una habitación con proyector, conexión a internet ilimitada y dispensadores de juguetes sexuales en los pasillos. Los moteles en Corea han optado por emular a los parques temáticos. Algunos ofrecen habitaciones con motocicletas de alto cilindraje o terrazas con telescopios, otros permanecen con renos y arbolitos de navidad los 365 días del año. Mientras asistía a un festival de cine en Busán me quedé dos noches en el Inca Motel, una réplica de una casa de muñecas bastante inquietante. Los cuartos venían equipados con mesitas para servir el té y un tocador con cepillos y hebillas de todos los tamaños. La segunda noche traté sin suerte de cambiarme al Drama Motel, al otro lado de la calle (en Corea a las telenovelas se les conoce como dramas). La persona que me habló del sitio me dijo que las habitaciones hacían las veces de locaciones de televisión, con cámaras, cables, cajas de maquillaje y escenografía. El sexo llevado a escena. Me pregunto si llegan incluso a los dramas históricos, muy populares en el país. Sería curioso vestirse con el complicado hanbok -el traje tradicional- para luego tardar otros veinte minutos en quitárselo.

Dejo al hombre con las botellas y las prostitutas y regreso a mi habitación. A la mañana siguiente me lo encuentro al frente de una iglesia, con la cara verde. Debe haber vomitado toda la madrugada. Es domingo y se ha ofrecido como voluntario para ayudar a parquear los carros de los feligreses. Los misioneros protestantes que llegaron al país a finales del siglo XIX hicieron bien su trabajo. El cristianismo es la religión con más fieles en Corea, aunque los evangelizadores jamás previeron variables como la Iglesia de la Unificación creada por Sun Myung Moon, que se autoproclamó el nuevo Mesías y aún así tiene dentro de una multitud de industrias asociadas a su culto a Kahr Arms, una fábrica de pistolas 9 mm.

El veterano

En Cali conocí a un hombre delgado y firme como una vara de bambú. Se llamaba Danilo Ortiz, tenía un tigre tatuado en el antebrazo y pasó la mitad de los tres años que duró la guerra de Corea con un radioteléfono al hombro y el resto del tiempo en un campo de prisioneros administrado por los chinos, los aliados de Corea del norte. Cuando entrevisté al cabo Ortiz me pareció estar frente a un hombre que no tenía deudas del alma o acreedores de dientes afilados. El saludo que me ofrece el sargento Yu me da la misma impresión. Me ha estado esperando al final de uno de los tantos callejones del distrito de Eul Ji ro la zona de Seúl donde se consiguen baldosas, tubos, espejos, todo lo necesario para remodelar un apartamento o un local comercial. Lleva una cachucha con un escudo de su regimiento, un cinturón con una chapa conmemorativa y una tira azul al cuello que hace las veces de corbata anudada por un distintivo más. Lo contacté a través de la Asociación de veteranos de Corea. Quería cerrar un círculo, hablar con un coreano que había estado hace 50 años en el mismo campo encharcado que Ortiz o el coronel Nolasco Espinal, un militar salido de un pueblo frío de Antioquia que le sirve aguardiente a sus invitados en unas copitas con una gisaeng de hombros descubiertos en el fondo. En Japón el mundo de las geishas mal que bien sobrevive. En Corea las gisaeng, sus pares, dejaron de existir después de la guerra cuando el Ministro de Asuntos Interiores prohibió los Kwonbon o casas donde se formaban las mujeres destinadas a entretener a los hombres con música y danza tradicional. La más famosa de todas las gisaeng fue Kim Ja-ya, que después del decreto ministerial se hizo rica con una casa de te que funcionó en una colina con una vista privilegiada sobre Seúl. La señorita Kim, nunca se casó a pesar de haber estado enamorada toda la vida de un poeta, dejó a los especuladores inmobiliarios mordiéndose los codos: en 1996 donó el terreno avaluado en 125 millones de dólares de la época a un monje budista para que lo transformara en un templo al que a veces va el sargento Yu.

En su oficina, un cuarto sin ventanas forrado por estanterías llenas de folletos que comparte con otros dos veteranos, me hace entrega oficial de su tarjeta. La recibo con las dos manos como exige la etiqueta del caso. Después de vivir seis meses en Corea tengo 86 tarjetas de presentación diferentes. Unas llevan la foto del portador, otras complicados escudos de universidades o logos de empresas. Un poeta me entregó una con un dibujo de su autoría. Tal cantidad de tarjetas no quiere decir que haya llevado la vida social de diplomático. Las bussiness cards no son un capricho esnobista en Corea. En una sociedad regida por las jerarquías en la que siempre hay alguien por encima, donde la cadena de poder y el respeto ciego pasa por el presidente, el militar, el policía, el jefe, el profesor, el padre, el hermano mayor y la suegra, en el caso de las mujeres casadas, las tarjetas sirven para saber qué terreno se pisa. Qué dignidad, grado o título tiene la persona recién conocida y el trato que se le debe dar. El respeto que me produce el veterano no depende de su tarjeta. Basta saber que llevó una vida paralela al cabo Ortiz. Los dos nacieron en pueblos pequeños y llegaron al ejército antes de los 20 años, después de terminar el colegio. La pobreza los arrastró a las filas. Ambos hicieron parte de un escuadrón de comunicaciones y prefirieron no despedirse de sus novias cuando llegó la hora de ir a combatir. Yi perdió en la guerra la falange superior de su índice izquierdo y Ortiz el ojo derecho. Juntos supieron de la compasión en mitad de la nieve de aquellos días. La intérprete que me acompaña me explica que al final de la guerra el sargento casi pierde los dedos de los pies, congelados por un frío de menos 18 grados C, pero una prisionera norcorena se los salvó. La mujer pasó una noche entera con ellos entres sus manos. Al despedirnos el sargento y los otros veteranos quieren una foto conmigo. Hace medio siglo no veían a un colombiano, me dice la intérprete, que se ha convertido en mi madrina en Seúl.

En el segundo piso del Memorial War Museum en el centro de Seúl hay una sala destinada a los quince países aliados de Corea del Sur durante la guerra. El maniquí de la vitrina que corresponde a Colombia está pintado con un tono ocre, como de piel bronceada y tiene un bigote grueso, erizado. Lleva un uniforme sencillo de campaña, austero, muy diferente al exotismo del uniforme turco o el ostentoso del belga, compañeros de palco. Al lado, en un televisor se puede ver una secuencia de tres minutos en blanco y negro. El corto muestra a los primeros soldados colombianos que desembarcaron en Busán, cuando todavía era primavera. Salen felices, marchan en desorden y ríen para la cámara. Otra toma muestra una improvisada becerrada sobre la cubierta de un acorazado norteamericano, cerca a Hawaii. Uno de ellos se acerca y dice algo. Es muy joven y lleva bigote, no tan rebelde como el del maniquí. Un compañero le tumba la gorra y sale corriendo. Puede ser Juan Domingo Varón. Su nombre está grabado a las afueras del museo en una placa. Fue uno de los 69 colombianos desaparecidos en combate. 

La princesa

Corea es un paraíso para cualquier podófilo. En general es un país bastante generoso con los hombres que tienen otros fetiches las piernas largas y los zapatos de tacón alto. Una seulita me contó que hasta bien entrados los años noventa era muy difícil conseguir en la ciudad zapatos planos que no fueran versiones para abuelas. Varias generaciones de mujeres asistieron a la universidad en tacones y aún en el descomunal y limpísimo metro de Seúl -la línea más larga atraviesa la metrópoli en 118 minutos con paradas en 59 estaciones- la proporción de coreanas que los usan es altísima, no importa que las caminatas para cambiar de vagón a veces sean interminables. Un simple transbordo puede tomar diez minutos a paso de marchista olímpico por escaleras, corredores, pasillos, rampas de 45 grados y toda suerte de recovecos. La banda sonora de Jongo Sam-ga, una de las estaciones más congestionadas de la ciudad, es un continuo taconeo. Por sus pisos, inundados con el dulce olor de las castañas asadas, se oye el constante clac-clac de un batallón de mujeres. Si un tacón se desprende por el afán o se queda enganchado en una escalera eléctrica, el fatal accidente puede ser solucionado de inmediato: muchas estaciones funcionan como intrincados pasajes comerciales donde por supuesto además de películas hongkonesas, abanicos pintados a mano, corbatas con brillantes incrustados, te verde y celulares con televisor, se consiguen tacones. Como si no bastase, las coreanas suelen combinarlos con minifaldas o shorts sin importar lo que marque el termómetro. No es extraño encontrarlas caminando por la nieve con un grueso anorak y las piernas apenas protegidas por unas medias delgadas. Soo Kim no podía llegar de otra manera. Falda ajustada arriba de la rodilla y tacones negros, perfectos, sin ninguna clase de adornos.

La intérprete ha decidido que es hora de que experimente uno de los deportes favoritos de los jóvenes coreanos, el Sogeting o cita a ciegas. Tanto a su amiga como a mí nos dio coordinadas precisas: deben encontrarse a la salida de la estación de Hongdae, una zona frecuentada por las tantas hordas universitarias que habitan la ciudad. Parte de Seúl ha tendido a organizarse comercialmente alrededor de las grandes universidades. El resultado: cañaduzales de neón, toldos callejeros que abren a las once de la noche y cierran a las cinco de la mañana y centenares edificios donde pueden convivir un café, un restaurante vietnamita, un noraebang de lujo, un bar de jazz especializado en vinilos y un almacén de condones de diseño.

Después de un corto y tímido saludo de mi parte, su belleza es tan indiscutible como el poder destructor de una bomba nuclear, Soo me propone que vayamos a comer a un restaurante que funciona en una casa antigua con techo de tejas de barro. Al entrar nos quitamos los zapatos y los dejamos en un locker de madera. Debe calzar 255. Mi talla según la costumbre coreana de medirla en milímetros es 265. Guardo la llave en un bolsillo y presencio un instante que le subiría toda la sangre a Luis Buñuel, aquel director de cine que daba la vida por el pronunciado arco de un pie o unos dedos con las justas proporciones. Las piernas de Soo están libres de medias y terminan en unos pies aterradoramente perfectos. Intuyo largas sesiones en un salón de masajes y pedicure, tan comunes en Seúl como las ventas de empanadas en Bogotá.

Nos sentamos sobre unos cojines rojos y de inmediato la mesera trae una botella de te de maíz helado. En la mesa contigua una pareja de adolescentes vestida con una camisa a cuadros idéntica come Samgyeopsal. Es común ver por las calles de Seúl a quinceañeros vestidos de la misma forma o con gorras iguales. Lo hacen para dar a entender que son novios. Con las mangas arremangadas y perfecta sincronía doran los trozos de tocino sobre una parrilla emplazada en el centro de la mesa, los sumergen en salsa soja, los coronan con una lámina de ajo asado y los envuelven en hojas de lechuga. En pocos minutos desaparecen la orden y piden una nueva. Ruego porque Soo se anime a pedir el barbecue de cerdo -muchos de los platos coreanos va al centro de la mesa y se comparten- pero me suguiere que ordenemos noodles fríos para contrarrestrar el calor del verano. Por supuesto es más que una invitación, es una orden que imparte bajo la supuesta la infalibilidad de su belleza, que para mi gusto se desmorona a la luz del restaurante. Mientras llegan los platos me entero de que estudia derecho en la Ewha Womans University, la institución privada para mujeres más antigua de Seúl. La Ewha, que significa la academia del pero en flor, tiene fama de ser un escampadero para aquellas que aguardan por un marido adinerado y poderoso, todo lo que no soy. Cuando le informo que trabajo como periodista y que no habría llegado a Seúl de no ser por una invitación, una mueca de desconsuelo cruza su cara, de una perfección conseguida en un quirófano de Apjeong, la zona con más clínicas de cirugía plástica por metro del sudeste asiático. Las agencias de viajes de Taiwan, Japón y China suelen ofrecer paquetes médicos para tener un rostro diferente en un solo día. Los ojos de Soo no tienen nada de asiáticos. Sin duda un médico les hizo un pequeño corte para convertirlos en dos ojos redondos, grandes e inexpresivos. Así como muchas adolescentes colombianas le piden a sus padres de regalo de quince años sendos implantes de silicona, las coreanas optan una intervención para alargar sus párpados y verse como occidentales. La comida llega. Un tazón para cada uno con noddles en un caldo de vegetales y trozos de hielo nadando. Comemos concentrados. El silencio se corta con una pregunta:

-¿Qué tipo de sangre eres?-La intérprete ya me había instruido sobre esta curiosidad. Muchos coreanos creen que la sangre determina el carácter de una persona. Así que respondo B positivo como habría podido responder "mi signo zodiacal es acuario" al otro lado del mundo. Una nueva mueca, esta vez más destemplada, descompone su cara. Según la creencia el hombre tipo B positivo es mujeriego y reacio a los compromisos.

Soo me cuenta que ha empezado una nueva rutina de ejercicios. Yo le digo que jamás había visto una librería tan grande como Kyobo. El local subterráneo que frecuento se asemeja al piso de un gran supermercado. En lugar de la góndola de los lácteos están las estanterías de biografías y el mostrador de la carne lo ocupan los libros de viajes. Corea es el séptimo mercado editorial del mundo y Kyobo es solo un ejemplo. A las afuera de Seúl se construyó Paju, una ciudad entera que vive de los libros. El sitio preferido de Soo para hacer compras es Lotte, una tienda por departamentos. No ha comido helado de fríjol en el Palacio de Deoksu, ni ha puesto un pie en el mercado de pescado de Noreyagin, donde se consiguen cangrejos tan grandes como un gato adulto, ni siquiera ha subido a la Torre Namsam para comprobar la cursilería de los enamorados que dejan sobre un cable de acero dos candados entrelazados y botan las llaves a un abismo.

El interés mutuo decae a medida que se acaban los noodles. Mis sospechas al ver sus pies perfectos se confirman. Creo que Soo sufre de una epidemia conocida como Kyung ju pyung o enfermedad de la princesa, un término común para definir a cierto tipo de coreana obsesionada con su figura. Ayer me pareció haber detectado un ejemplo contundente en una estación de metro, donde a propósito hay espejos de cuerpo entero a la entrada de las rampas. Me subí al tiempo con una veinteañera con un pelo brillante y negro como ala de cuervo y maquillaje de salón de belleza. Entre estaciones la joven se grababa con la cámara de su celular y se retocaba unas pestañas tiesas de maniquí o movía un milímetro un mechón de pelo. Repitió la operación varias veces. Si pudiera andar envuelta en una cápsula de polietileno transparente sin duda lo haría.

La cita a ciegas agoniza y no hago mucho por darle siquiera los primeros auxilios. Pagamos en la caja y tomamos nuestros zapatos. Esta vez sus pies me parecieron de yeso. Nos despedimos a la entrada del metro. Su línea me servía pero me inventé una excusa para no tomarla. Me habría deprimido ver a Soo sacar el celular y grabarse solo para ir a casa. Regresé al restaurante y pedí una plato de Samgyeopsal y una botella de Soju como un coreano más. Por supuesto Soo no bebe. Beber engorda. La mesera que me atendió tenía los ojos como dos finos cortes y sus pies estaban vivos. Me pareció preciosa y le debo haber agradado porque regresó con mi licor sonriendo y una vez llenó mi copita me espolvoreó un polvillo de oro. Para la buena suerte, me dijeron en inglés los enamorados de las camisas idénticas, que todavía seguían comiendo.

El vengador

Nadie sabe si el hombre se quedó a ver cómo las llamas consumían la puerta de Sungnyemun, el principal tesoro nacional de Corea, o simplemente roció con disolvente la estructura construida en el año 1395, le prendió fuego con un encendedor y luego tomó un bus hasta su casa, en una isla al occidente de Seúl. Nadie sabe cómo y donde pasó esa noche el anciano Chae Jong-Gi, si cenó una sopa de pescado en el mercado de Namdaemun, con la puerta ardiendo a sus espaldas, si fumó un cigarrillo tras otro escondido entre la multitud mientras se caía a pedazos la construcción en madera más vieja del reino, la que alguna vez protegió a sus habitantes de los tigres que rondaban a Seúl hace siglos. El 11 de febrero de 2008, un día después del incendio, el viejo Chae fue capturado con la escalera que usó para escalar la puerta y el tarro de disolvente a la mitad. Antes las cámaras de televisión, con un tapabocas y la cabeza gacha, le pidió perdón a su familia por haberlos humillado. No quiso confesar que había hecho después de prender el encendedor.

Los coreanos se definen así mismos como fuertes de temperamento. Chae sin duda lo es hasta llegar a la locura incendiaria. El hombre de 69 años se vengó del gobierno al no recibir suficiente dinero por un terreno de su propiedad que más tarde los constructores convirtieron en un horrible conjunto de torres multifamiliares hechas del más ordinario hormigón. Combatió cemento con fuego. Se cobró del delirio urbanizador quemando una de las pocas reliquias de la dinastía Joseon (1392-1910) que sobrevivieron a la guerra que destruyó su país. Por su acto recibió diez años de cárcel. Cada nación incuba una forma particular para que los hombres manifiesten su ira. En Colombia un hombre en silla de ruedas y su hijo secuestraron un avión con 25 personas a bordo armados con una granada de fragmentación para protestar por una indemnización que les negó la Corte de Estado. El hombre perdió la movilidad después de un tiroteo en el que participó la policía.

El profesor

Al profesor Jang sus amigos más cercanos le dicen el Yucateco, no precisamente debido a su paso por México. "No lo ves, es bajito y cabezón", suelta en perfecto español uno de sus colegas. Jang no se desespera por devolver el sablazo. Tiene la paciencia de un guepardo hambriento frente a una manada de antílopes. Reconoce el momento perfecto para un ataque. El profesor me ha propuesto la dura tarea de dar una charla sobre escritores colombianos y mientras llegan los alumnos le muestro una curiosidad que compré en un callejón de Insadong, el barrio de los anticuarios. Es una colección de escudos entre los que se encuentran la figura de Mao, la bandera de Corea del Norte y la cara de Kim Jong Il, su líder. Jang reacciona con espanto. "Guarda eso", ladra. En Corea del Sur cualquier referencia al vecino produce comezón, tanto así que el rojo desapareció de la paleta de colores por muchos años. El libro The Koreans, escrito por Michael Breen, corresponsal del periódico inglés The Guardian, recoge una anécdota bastante diciente: En la copa mundial de Inglaterra 66, Corea del norte le ganó a Italia en los cuartos de final. La dictadura militar que comandó al Corea del Sur después de la guerra no permitió que la noticia fuera transmitida. Los aficionados surcoreanos de aquel entonces recuerdan que fue bastante extraño que en las noticias dijeran que solo siete equipos habían pasado a la siguiente ronda.

Para calmar los ánimos invito al profesor a un café. Decidimos tomarlo en una banca, detrás de la facultad donde enseña. Cuando nos asomamos dos estudiantes que fuman se paran asustadas y hacen seña de que van a botar sus cigarrillos. Muchas jóvenes aun se sienten obligadas a no fumar frente a hombres mayores, en especial profesores y jefes, un vestigio mas de la rígida etiqueta derivada del confucianismo. Jang es un hombre de avanzada y las conmina a que sigan disfrutando de sus cigarrillos sin problemas, una de las razones por las que es bastante querido entre los estudiantes de la Universidad Nacional de Seúl, la mejor del país. Millares de coreanos luchan todos los años por pasar los exámenes de admisión. Asegurar un pupitre en ella significa más adelante tener medio trasero en un puesto de trabajo bien remunerado. Para conseguirlo deben los estudiantes deben pasar literalmente por una carnicería durante el colegio. Corea al no tener grandes recursos naturales previó que la única forma de que el país saliera de la ruina después de la guerra era a través de un rígido sistema educativo, que con los años convertiría al país en un enclave tecnológico. Cosa que sucedió. ¿Su televisor, aire acondicionado, nevera son LG? ¿Su celular o la pantalla de su computador es Samsung? ¿Su carro es Daewoo, Kia o Hunday? Sin tener conciencia todos estamos rodeados de artículos Made In Corea. El precio a pagar por ser una potencia mundial fue grande. Que lo digan los estudiantes de colegio, a los que siempre se les ve ceñudos o mal encarados con justa razón. Su jornada arranca a las ocho de la mañana y termina a las cinco de la tarde y después vienen las horas de estudio voluntario hasta las once de la noche. Voluntario claramente es un decir. En su vida todo está dispuesto para que pasen el Sooneung o Exámen nacional. El puntaje que alcancen determinará si pueden entrar a una de las universidad top del país. De 600 mil estudiantes que presentan el examen pasan 10 mil a la Universidad Nacional de Seúl y a las dos que le siguen en la lista. "En el colegio no tuve amigos, solo competidores. Mi vida empezó cuando pasé a la universidad", me dijo una amiga coreana. Una de sus conocidas ha desarrolado una extraña patología: ha tratado de entrar por diez años seguidos a la Facultad de leyes y aún sigue luchando. Vive sola en un cuarto y estudia para el examen durante once meses. Dice que su vida estará asegurada si pasa. Entre tanto una década se le ha escurrido entre las manos. La universidad representa un corto verano de alegría porque después las cosas se tornan igual de complejas. Corea del Sur, según la OIT (organización mundial del trabajo), es el país donde la gente trabaja más horas al año. El profesor Jang ha sabido escoger. Su trabajo es bien pago, tiene prestigio y unas vacaciones que todos los demás envidian. Quizás por eso vive sin afanes. Después de la charla me invita a tomar en un bar Makkoli, bebida tradicional coreana parecida a la chicha, tan común que se vende en botellas etiquetadas en los supermercados. En la puerta del sitio mira su reloj y le dice a su amigo, el que lo ha llamado Yucateco: "Bueno, creo que es hora de que te vayas, tu mujer te espera". Jang además es soltero.

El refugiado

Sentados en el piso de una casa medio desocupada. Sobre la mesa jugo de naranja. En la pared un mapa de la península. Un ventilador ronca desde una esquina.

-¿Cómo escapó de Corea del Norte a China?

-Caminé dos días y crucé el río Doo Hang en la noche. Los cazadores no se dieron cuenta, estaban celebrando el Chusoeok (día de acción de gracias coreano)

-¿Cazadores?

-Si, hombres que cazan a los que tratan de cruzar la frontera. Les pagan por cada uno que maten.

-¿Dónde se alojó en China? ¿En qué trabajó?

-Trabajé en una granja, en una fábrica de chicles, en un restaurante y en una fábrica de acero. Primero viví en una cueva. Muchos de los que escapan viven en cuevas, luego me pasé a una bodega de unos amigos de mi madre. Ella nació en China.

-¿Y por qué se tuvo que ir de China? ¿Cómo llegó a Corea del sur?

-Alguien me denunció. Escapé a tiempo a Mongolia y la crucé en una carroza hasta llegar a Tailandia. En Bangkok fui a la embajada y ahí me mandaron a Seúl. Llegué hace tres años. No me acostumbro todavía a los carros. Vivo solo.

-¿Qué era lo peor de vivir en Corea del norte?

-El sistema del triángulo. Usted tiene que vigilar a una persona, esa persona a otra y esta última lo vigila a usted. Lo peor es el triángulo se da en las familias. A mi me tocaba vigilar a mi mamá.

-¿Cómo es Pyongyang?

-Sólo estuve una vez. Está llena de casas de mentira para que los turistas las vean de lejos. No hay nada dentro de ellas, son de madera. También los mercados son falsos. Me acerqué a uno y las frutas que se ofrecían era de plástico.

-¿Extraña algo?

-La leche y los huevos. Aquí no saben a nada.

La intérprete

Desde el barco puedo ver fluir el río Han lento y pesado como el mercurio. En la orilla algunos pescadores tienden sus cañas al final de esta tarde de otoño. No sé qué clase de peces pueden sacar de un río que parte en dos a Seúl, una ciudad con 11 millones de habitantes o el doble si se cuenta la zona metropolitana. En cincuenta años los coreanos pasaron de una dieta exclusiva de arroz y papas, a que todos y cada uno de sus taxis -ensamblados por ellos mismos- vayan equipados con un GPS que le indica al conductor de viva voz tres rutas alternas en caso de un atasco a un kilómetro. A este salto de la pobreza absoluta a tener una economía en el número once en el ranking de los poderosos se le conoce como el milagro del río Han. Después de terminada la guerra apenas un par de puentes lo cruzaban. Hoy son 27 las estructuras que comunican el norte, la parte más antigua de la ciudad, donde las anguilas nadan en estanques a las afueras de los restaurantes a la espera de un comensal que las escoja, con el lujoso nuevo sur, en el que se puede beber una taza de te cultivado en Sri Lanka mientras el cliente mete sus pies en un estanque de agua cristalina y un cardumen diminutos peces se encarga de retirar la piel muerta acumulada por un largo día en el gimnasio.

No había estado tan cerca de sus aguas milagrosas, que han engendrado una que otra pesadilla en el afán coreano por la modernización. En 1994 el puente de Songsu se vino abajo. La soldadura de sus bases se realizó bajo el grito que gobierna muchas de las actividades del país: pali, pali (rápido, rápido). A veces, en el metro, veo como la bruma cubre el río y apenas puedo adivinarlo a pesar de que mide un kilómetro de orilla a orilla. Son las ocho y apenas está anocheciendo. El instituto que me invitó a pasar seis meses en esta península que permaneció aislada por decisión propia cientos de años, ha organizado un corto recorrido con cena incluida por el río a bordo de un barco de dos pisos en el que se celebra un matrimonio. Me acompañan, una poeta de Túnez, una escritora palestina y nuestra intérprete. Antes de pasar al buffet oímos cantar a un imitador coreano de Frank Sinatra, un viejo que dobla perfecto Fly me to the moon para los invitados a la boda. La palestina y yo pedimos cerveza y una vez terminamos de comer salimos del salón principal y vamos a fumar afuera, con el viento de la noche, que ya ha llegado. Estamos rodeados de hombres y mujeres asiáticos embrujados por el humo de los cigarrillos, una constante en este santuario donde tarde o temprano vendremos a vivir todos los fumadores del mundo. En las películas coreanas todavía los protagonistas fuman con pasión, sabiendo que en ello se les va la vida.

Terminado el cigarrillo nos asomamos a la boda, el acontecimiento más importante en la vida de muchos coreanos. Aquí el amor tiene poco que ver. Un matrimonio es un contrato y por eso aquel que haga una falsa promesa puede ir a la cárcel. Muchos buscan su compañero a través de agencias especializadas o de un Chomjaengi, adivinos a los que los coreanos no solo acuden con fines matrimoniales. La compra de una casa o incluso una decisión de estado puede pasar sus servicios. Lo asombroso de una economía de primer orden en manos de una cultura profundamente animista. Los salones de bodas son quizás las únicas construcciones que rompen con la monótona arquitectura de Seúl. Una tremenda y dolorosa mezcla acabó con las construcciones tradicionales: los colonizadores japoneses destruyeron la mayoría de templos y palacios. La guerra borró lo que los japoneses no tocaron y los bulldozers que iniciaron la reconstrucción arrasaron con lo que quedaba. La fiebre no cede. Una de las primeras imágenes que guardo de la ciudad es el antiguo estadio de béisbol de Dongdaemun. En menos de seis meses desapareció. El sitio donde quedaba ahora es un cráter lunar a la espera de los pilares de un nuevo centro comercial. La intérprete se une con su cigarrillo en la mano y de la nada nos dice que ella también se va a casar a pesar de que sus padres no estén de acuerdo. Se va a casar por amor, una rareza, una excentricidad. Me disculpo para ir al baño. Una mujer sin país y otra probablemente sin familia se quedan mirando el río Han, que estuvo desde el principio, fue testigo del milagro y seguirá su curso cuando todos nos hayamos ido.

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