Mi tía me ha contado esta historia unas seis veces. Y siempre que me la cuenta (porque, por supuesto, siempre olvida que me la contó), le agrega escenas inéditas, personajes desconocidos, determinantes efectos de sonido. Y aunque esas variaciones me hacen pensar que de pronto me está diciendo mentiras, y todas las veces llego a la conclusión de que si la historia no es cierta al menos debería serlo, al final, cuando ella termina de narrarme la escena, ambos sentimos un escalofrío insoportable, como de páginas judiciales, periódicos amarillistas o accidentes de tránsito enfrente de uno.

La historia es fácil de contar. Primero se debe pensar en Navidad, en una Navidad que pueda ocurrir en Bogotá, en el pico del barrio Santa Ana, en donde las noches de todos los días comienzan por la tarde. Se debe imaginar, después, una casa de ladrillos de dos pisos rodeada por una cerca pintada de blanco que protege un jardín cubierto de piedras de colores. Es una casa de las de antes: tiene tres puertas inmensas, una gigantesca enredadera en las paredes, un tejado que, desde el cielo, parece tejido en arcilla. Desde el cielo -ahora que estamos allá- se ve una chimenea de aquellas que todavía tenían en cuenta que Papá Noel era un hombre feliz, rotundo, ajeno a la dieta de moda.

La chimenea da a la sala de la casa. La sala es amplia, llena de cuadros auténticos, mesitas para tomar el té, fotografías de papás tomándose fotos, hijos casándose y nietos naciendo. Es una sala para tiempos más civilizados: un árbol de Navidad espera en la esquina del fondo, un pesebre hecho por los hijos de un hijo descansa en el recodo junto a la ventana principal, unas luces verdes o rojas o amarillas describen el marco de un mueble de pino. Las empleadas de toda la vida, ante semejante invasión de parientes, se tropiezan las unas con las otras. La esposa del doctor, señora del hogar en días hábiles, acaba de decirles tres frases contundentes: "Al segundo piso no puede subir ningún niño", "siempre se sirve por la izquierda", "cuando terminemos de rezar la novena, por ahí en una media hora, servimos los pasabocas".

El doctor, si uno quiere, puede tener dos apellidos. El apellido de su padre era Moreno y el de su madre era Borda. Y el doctor Moreno Borda, se sabe, ha sido magistrado de la Corte Suprema de Justicia durante los últimos treinta años de su vida, y está feliz, como un monarca de obra de teatro, en el centro de la sala de su casa. Con voz de trago, de cigarrillo, de gastritis crónica, sobre los villancicos de unas monjitas españolas, que vienen del equipo de sonido con tocadiscos, se siente el dueño del mundo mientras cuenta cómo su mujer, tan absurda, tan torpe, tan inepta como siempre, se fue de bruces esta mañana en la puerta de la casa, en el caminito de piedras, lista a dañarnos a todos la Navidad porque "eso sí, me perdonarán, pero en Urgencias no hacen el arbolito y no llegan estrellas sino estrellados".

La esposa del doctor, señora del hogar cuando nadie está mirando, sonríe como una reina de belleza. Ya han pasado cuarenta años desde que se casó con él, con el magistrado, y está casi acostumbrada a este tipo de bromas pesadas. Los niños corren por toda la casa, las visitas están encantadas con la anécdota y el doctor Moreno Borda, posesionado de la escena, le pide a una de las empleadas otro whisky, porque "estas vainas de ‘ven a nuestras almas, ven no tardes tanto, consuelo del triste, luz del desterrado, vida de mi vida mi sueño adorado, mi constante amigo, mi divino hermano‘, no se las puede pasar uno a palo seco, carajo".

La novena comienza. La esposa del doctor es elegida como la lectora. Y rodeada por sus nietos y los perros de la casa, se olvida del mundo mientras lee la Consideración para todos los días ("benignísimo Dios de infinita caridad que tanto amasteis a los hombres"), la Oración a la virgen ("soberana María, que por vuestras grandes virtudes y especialmente por vuestra fe") y la Oración a San José ("oh, santísimo José, esposo de María y padre putativo de Jesús"), y no se da cuenta de que el doctor Moreno Borda les hace muecas a todos mientras ella lee, ni de las manos que su esposo agita cuando ella dice la palabra "putativo", y no entiende las risas de los niños ni mucho menos las de los grandes, que se convierten en un obstáculo molesto en la vía de su voz.

Llegan los pasabocas. Cantan los villancicos. El nieto preferido trata de subir las escaleras, pero una de las empleadas, la de menos palabras a la mano, alcanza a detenerlo, a decirle no con la cabeza, a devolvérselo a la mamá respectiva. Es un momento glorioso: el doctor Moreno Borda ve la escena, se levanta, va hasta donde está su hija. Y bajo la mirada del auditorio, alza a su nieto preferido. La esposa del doctor, aún molesta por el irrespeto a la novena de aguinaldos, se sorprende de la actitud de abuelo que asume su esposo, pero, con la guardia abajo, acepta su invitación a unírsele en el centro de la sala para brindar, con un nieto en una mano y una copa en la otra, por muchas Navidades más, juntos, en el centro de esa familia que han logrado después de cuarenta años de batallas. Se levanta. Y, aunque tropieza con un cojín traído de Italia, alcanza a llegar al centro de la escena.

Todos aplauden. Y todos, sonrientes, navideños, entregados a la imagen de un presente inolvidable, de un pesebre de hijos, de padres, de nietos, se quedan callados, como estatuas, cuando el doctor Moreno Borda, todo un magistrado de la Corte, le devuelve el nieto a su hija, recorre el escenario hasta donde está su señora y les pide que le concedan un último brindis, un brindis por el retraso mental de su mujer, que no es síndrome de Down, no, porque eso sí se nota, sino un vergonzoso problema motriz, una de esas torpezas que no le hacen daño a nadie, pero tendrían éxito si se presentaran en un circo.

La esposa del doctor no puede más. Su codo tembloroso es la suma de las burlas de los últimos cuarenta años. La última frase de su marido ha sido la gota que ha rebosado la copa. Y la champaña que ha lanzado a la cara de su marido amarillento es, para ella, una simple consecuencia. Si hubiera aplicado ojo por ojo, diente por diente cada vez que ese esposo la humillaba en frente de la gente, el ilustre doctor Moreno Borda se habría pasado la vida con licores en la cara. No sé si queda claro: ella le lanza la champaña a la cara, él cierra los ojos de repente, los nietos se mueren de la risa, los perros ladran un poco y los adultos, todos, comienzan a sufrir de taquicardia.

En la última versión de mi tía, una empleada sonriente, la de menos palabras a la mano, deja caer una bandeja, un magistrado grita "Dios mío" y el disco de los villancicos de las monjitas españolas se termina. El doctor Moreno Borda saca un pañuelo de su blazer, se seca la cara, sale de la sala sin disculparse con los invitados y, sin voltear a ver ni a hijos, ni a nietos, ni a doctores, ni a empleadas, sube al segundo piso de la casa, va hasta la inmensa biblioteca hecha de códigos, libros de los hermanos Mazeaud y constituciones de las de antes, y saca de su escritorio el revólver cargado de su padre.

Desciende, como un sonámbulo, a la sala de su hogar. Y dispara una, dos, tres veces contra su esposa, que cae sin vida en la chimenea de la sala, y que entonces, desde arriba -desde el cielo- se reduce a una mancha de sangre, en medio del frío de la Navidad, en la parte alta de Santa Ana, en la noche dispersa de una Bogotá de páginas judiciales, periódicos amarillistas o accidentes de tránsito enfrente de uno.

Tic
Ricardo Silva Romero
Editorial Planeta
El título de su última novela, Tic, nació en un vuelo a Barcelona y en sus propias palabras es sobre las cosas que se nos salen de las manos. La escribió entre septiembre y noviembre de 2000 y la corrigió tres veces. La historia acerca de un hombre que se levanta convertido en otro fue publicada por Planeta este año. Tiene la mejor carátula de un libro colombiano reciente, y en ella Silva afila su humor y profundiza la extrañeza que le causa vivir en el mundo que le tocó en suerte. Es su primera novela después del éxito en que se convirtió Relato de Navidad en la Gran Vía.

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